Atada a la cama por mi mejor amiga aquella noche
Esa tarde de otoño, mientras preparaba la bolsa para quedarme a dormir en casa de Valeria, me llegó un mensaje que no esperaba del todo. Llevábamos años haciendo esas noches de chicas: mascarillas, películas, pizzas y conversaciones hasta las tres de la madrugada. Era nuestro ritual desde la adolescencia.
«¿Y si esta vez ponemos un poco más de esfuerzo en los atuendos?»
Tardé un momento en responder.
«¿Qué tipo de esfuerzo?»
«Conjuntos de lencería. Los mejores que tengamos. Así nos hacemos fotos y nos divertimos un poco.»
Me pareció bien. Valeria y yo nos contábamos absolutamente todo —con quién habíamos estado, qué fantasías teníamos, qué nos gustaba y qué no—, así que la propuesta no me sorprendió demasiado. Metí en la bolsa el único conjunto decente que tenía: negro, con encaje en el escote y una cadena fina que rodeaba la cintura. Y también, sin razón muy clara, una cajita pequeña que llevaba meses guardada en el cajón: un antifaz de satén, unas esposas de terciopelo y unos grilletes de acero recubierto que había comprado casi por impulso y nunca había estrenado. No sé qué me llevó a meterlos. Los metí y ya.
El camino a su casa fue tranquilo. Cuando aparqué frente al portal, vi que me había llegado una foto. Una de esas que desaparecen al cerrar la pantalla.
La abrí.
Valeria estaba frente a su espejo de cuerpo entero, con un conjunto de encaje burdeos que no le había visto nunca. Sentada en el borde de la cama, las piernas ligeramente separadas y la vista clavada en el objetivo. No era una foto inocente. No pretendía serlo.
Cerré el teléfono. Tardé un momento en salir del coche.
***
Cuando entré al piso, todo estaba diferente. Había velas repartidas por el salón, sonaba algo suave y lento de fondo, y sobre la mesa había pizza y una botella de vino ya abierta. Valeria me esperaba de pie con el conjunto que había visto en la foto. Lo llevaba puesto con una naturalidad que hacía difícil mirar a otra parte.
—Llevas demasiada ropa encima —dijo, mirando el vestido que yo llevaba.
Me lo quité sin pensar dos veces y dejé ver el mío: negro, encaje, con aquella cadena fina que caía por el costado. Valeria abrió un poco la boca y después sonrió.
—Muy bien —murmuró, como si estuviera comprobando algo.
Cenamos, hablamos, nos reímos de las mismas cosas de siempre. Pero había algo diferente en el ambiente esa noche, una especie de electricidad acumulada que ninguna de las dos nombraba. Cuando terminamos la pizza, pusimos una película y sacamos el helado. En un momento descuidé el cucurucho y me manché cerca del labio, sin acertar a limpiarme bien.
—Ahí —dijo Valeria, señalando con el dedo—. Tienes helado.
Intenté limpiarme. Fallé dos veces. Entonces ella se acercó, pasó el índice por la comisura de mi boca y recogió el resto. Lo hizo despacio, sin apuro. Mi corazón dio un salto que no esperaba.
—¿Yo también tengo? —preguntó, dándose cuenta de que la estaba mirando.
—No —respondí, apartando los ojos hacia la pantalla.
Eran casi las doce cuando propuse el juego de confesiones. Lo habíamos jugado antes, pero nunca había llegado tan lejos.
***
Empezamos con preguntas simples. La cosa fue subiendo de tono de manera casi natural, como si las dos supiéramos adónde iba y ninguna quisiera ser la primera en decirlo.
—¿Alguna vez has fantaseado con hacerlo disfrazada? —preguntó ella.
—Sí —respondí—. ¿Y tú has deseado estar con una mujer?
—Varias veces. ¿Te has masturbado viendo porno lésbico?
—Sí. Muchas —admití sin apartar la vista de la suya—. ¿Cuál es tu posición favorita?
—Depende. Con un hombre, a cuatro. Con una mujer, sesenta y nueve. ¿Eres sumisa?
—Prefiero serlo, sí. ¿Cuál ha sido tu mejor experiencia sexual?
Valeria tardó un segundo antes de responder. Se recostó contra el respaldo del sofá y cruzó las piernas.
—Con una chica. La conocí en la facultad, me ayudaba con los apuntes de estadística. Una tarde se quedó más tarde de lo habitual y empezó a llover. Le dije que se podía quedar a dormir. A mitad de la noche, cuando yo estaba medio dormida, su mano rozó la mía y ninguna de las dos la apartamos. Se giró hacia mí. Nos miramos. Nos besamos.
Hizo una pausa.
—Nadie me ha comido el coño como ella. Sus dedos hacían cosas que no sabía que eran posibles. Tardé semanas en dejar de pensar en esa noche.
Tragué saliva.
—Qué envidia —dije.
—¿Envidia de qué exactamente?
—No sé. Suena a que fue increíble. Yo nunca he tenido algo así con nadie.
—Porque nunca has estado con una mujer. —Se inclinó ligeramente hacia mí—. Una tía que sepa lo que hace es otra cosa completamente distinta. Pero bueno. ¿Nos hacemos las fotos o qué?
***
Nos pusimos de pie en su dormitorio y empezamos con las fotos. Nos turnábamos: una posaba, la otra fotografiaba. Cambiábamos de ángulo, de postura, nos reíamos cuando alguna salía borrosa o con los ojos cerrados. Era divertido. Y a la vez era otra cosa también, algo que no tenía nombre todavía.
Entonces se me ocurrió una idea.
—¿Qué te parece si hacemos una con los accesorios que traje? Tú encima de mí, como si fueras a besarme. Yo con el antifaz y las esposas.
Valeria me miró un momento sin decir nada.
—Me parece perfecta —dijo al final.
Me tumbé en la cama. Ella se colocó encima, a horcajadas, y me puso las esposas en las muñecas, enganchándolas a los barrotes de la cabecera. Después el antifaz. Con él puesto, los sonidos se amplificaron: la respiración de Valeria, el roce de las sábanas, el suave crujido del colchón cuando cambiaba el peso.
El flash del teléfono parpadeó una vez. Dos.
Y entonces sus labios tocaron mi abdomen.
No era una pose para la foto. Era real.
Un escalofrío me recorrió de la nuca a los pies. Mis pezones se tensaron de golpe. No dije nada. No me moví. Sentía su boca avanzando hacia arriba, despacio, bordeando mis costillas. El sonido del obturador dejó de escucharse. Solo quedaba ella y el calor que iba acumulándose debajo del encaje.
Se acercó a mi oído y habló muy bajito, con una voz que no le había escuchado nunca:
—Estate quieta y pórtate bien. Voy a follarte como nadie lo ha hecho todavía, y lo que vayas a sentir va a superar cualquier cosa que hayas imaginado.
No me salían las palabras.
Noté cómo separaba mis piernas con la mano, cómo corrió el encaje de las bragas hacia un lado. Sus dedos me rozaron despacio, explorando, sin apuro. Un gemido salió de mí antes de que pudiera contenerlo.
—Así, bien —murmuró ella.
Empezó suave. Muy suave. Dos dedos con movimientos lentos y circulares que me hicieron arquear la espalda. Pensé que iba a seguir así, y ya era demasiado. Pero entonces volvió a acercarse a mi oído.
—No, cariño. Así no. Llevas toda la noche calentándome, y ahora me toca a mí enseñarte para qué sirve la paciencia.
Aceleró el ritmo de golpe. Tres dedos, profundos, sin dar tregua. Yo gemía sin control, tirando de las esposas que me sujetaban las muñecas al cabecero. Con la otra mano me agarró el cuello con firmeza, sin apretar del todo, solo lo suficiente para que supiera que no me iba a mover de ahí.
Estaba a su disposición. Completamente.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Perdí la noción de todo lo que no fuera su mano, su boca, el calor que se acumulaba en mi interior. Cuando empezó a lamerme, lo hizo con una precisión que me dejó sin respiración: sabía exactamente adónde ir, qué ritmo usar, cuándo presionar y cuándo retirarse. Jugaba con mis pezones con los dedos de la otra mano, alternando la presión con una atención que me desconcertaba y me volvía loca a partes iguales.
Cuando llegué al orgasmo por primera vez, no pude callarlo. Fue una sacudida que empezó desde dentro y se extendió hasta las puntas de los pies. Me quedé temblando con las manos todavía sujetas por encima de la cabeza, el antifaz empapado de sudor y la respiración completamente rota.
Ella esperó. No se movió hasta que el temblor amainó.
Entonces me quitó las esposas. Me quitó el antifaz.
La habitación volvió a existir. Valeria estaba encima de mí, mirándome con una sonrisa que no le había visto nunca, entre satisfecha y divertida.
La besé.
La besé como si llevara tiempo queriéndolo hacer sin saber que lo quería. Me incorporé, la empujé suavemente y la tumbé a ella. Fui bajando por su cuello, sus clavículas, el espacio entre sus pechos. Seguí hasta su vientre. Hasta donde quería llegar.
La escuché gemir por primera vez y fue diferente a todo lo que había escuchado antes: algo directo, honesto, sin filtro. La hice gemir de nuevo. Y otra vez. Cuando se corrió, la sorpresa fue mutua: el squirt me alcanzó en la cara y me hizo reírme con la boca todavía pegada a ella. Valeria también se rió, con los muslos todavía temblando a los lados de mi cabeza.
Volví a comerla. Ahora era ella quien se aferraba a las sábanas.
***
Lo que vino después fue un desorden deliberado. Abrió el cajón de su mesita y sacó cosas: un vibrador, un dildo de silicona, unas pinzas pequeñas. Yo añadí las bolas chinas que había traído en la bolsa. Ninguna de las dos llevaba la cuenta de cuántas veces lo habíamos hecho ni de cuántas posiciones habíamos cambiado.
Llegó un momento en que nos colocamos la una sobre la otra, nuestros sexos en contacto, moviéndonos al mismo ritmo sin prisa. El roce de los clítoris era una presión constante y acumulativa que nos iba llevando juntas hacia el mismo borde. Las sábanas estaban empapadas. Nosotras también.
Después volvimos al dildo. Ella lo usó en mí mientras me tiraba del pelo hacia atrás con la otra mano y me decía cosas al oído. No eran cosas delicadas. Eso me hizo querer más, no menos. Me corrí tan fuerte que me quedé sin fuerzas, tumbada boca arriba, mirando el techo mientras intentaba recordar cómo respirar.
Valeria se tumbó a mi lado. Las dos en silencio durante un rato.
—No me habías dicho que sabías hacer eso —dije al final.
—No me habías preguntado.
Cerré los ojos. Seguía notando el pulso en todo el cuerpo.
No dormimos mucho esa noche. Y cuando lo hicimos, fue con las piernas entrelazadas y el olor de las dos mezclado en la almohada.
***
Todavía hoy, cada vez que recuerdo esa noche, me viene todo de golpe: la foto que desapareció en cuanto la cerré, las velas derritiéndose en el salón, las esposas en la cabecera, su voz diciéndome que me portara bien. Y siempre termino en lo mismo, con la mano entre las piernas y la memoria reconstruyendo cada detalle.
No sé si fue la mejor noche de mi vida. Pero fue, sin ninguna duda, la más honesta.
Y la próxima vez que quedemos para una noche de chicas, voy a meter la cajita en la bolsa mucho antes de que me lo pida.