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Relatos Ardientes

La ejecutiva madura llegó antes de lo esperado

Crucé la puerta de la oficina bancaria con la decisión tomada desde antes de salir de casa. No cogí número, no me senté en la sala de espera. Fui directo al despacho acristalado de Elena Vidal, la jefa de la sucursal, que tenía la misma expresión de siempre: condescendiente, impecable, lejana.

La vi mirarme por encima de la montura de sus gafas mientras terminaba con otro cliente. Tenía cuarenta y pocos años y los llevaba con esa arrogancia que solo tienen las mujeres que saben exactamente el efecto que producen. Me planté junto a la puerta de su despacho y esperé hasta que el cliente se fue.

—Tiene que pedir cita —me dijo sin levantar la vista del ordenador.

—Trabajo en el turno de tarde y me he escapado. Necesito una respuesta hoy.

Levantó los ojos. Me midió. Fue una décima de segundo, pero fue suficiente para que algo cambiara en su postura.

—Pase.

Deslicé el DNI sobre la mesa. Ella lo cogió, tecleó algo, y vi el momento exacto en que encontró la nómina en la pantalla. La espalda se le tensó un poco hacia arriba. La voz bajó un tono.

—¿Qué tipo de activo busca exactamente?

—Un piso. Una casa. Me da igual si necesita reforma.

—Seguro que tenemos algo. Déjeme unos días.

—¿Y quién me informó de que tenían cartera de este tipo? —pregunté, aunque no necesitaba la respuesta.

Ella enarcó una ceja. —¿Un conocido?

—Una conocida —dije—. Alguien que te recuerda muy bien de una noche en el club Onírico. Alguien que tiene muy presente la marca que le dejé en el cuello.

El color le subió por el cuello antes de llegar a la cara. Primero blanco, luego rojo. Se puso de pie como si fuera a pedirme que me fuera. No lo hizo. En cambio, cerró la puerta de su despacho con cuidado.

—¿Cómo te atreves —susurró, ya sin la voz de directora.

—Solo digo que a mi «asesora particular» le gustó mucho la reunión. ¿Sigues teniendo la marca?

Se mordió el labio inferior. Un gesto que rompía por completo la imagen que mantenía hacia afuera.

—A las cuatro en tu casa —dijo al fin—. Y quiero una sorpresa. Como aquella noche.

***

Fui a la piscina municipal a matar el tiempo. Era la hora de más calor y el ambiente era un caos de niños y jubilados. Estaba buscando un sitio a la sombra cuando escuché la voz.

—¡Eres un mentiroso! ¡Me has puesto los cuernos con Andrea, mi mejor amiga! ¡Todo el mundo lo sabía menos yo!

La que hablaba tenía dieciocho años y un bikini verde que no era lo que más llamaba la atención. Lo que llamaba la atención era la furia que le devoraba la cara mientras le gritaba a un chico que intentaba encogerse y desaparecer.

—¡Y encima en la cama eres un desastre! ¡Andrea me lo ha contado todo! ¡Qué vergüenza!

El chico dijo algo en voz baja. Ella se dio la vuelta con una energía que hizo que el pelo le cruzara la cara de golpe.

—¡A la mierda!

Se alejó con ese paso de quien está a punto de llorar pero se niega. Yo estaba tumbado en la hamaca del lado y me buscó con la mirada, necesitada de público.

—Menudo sinvergüenza —dije.

Se sentó a mi lado sin que nadie se lo pidiera. —¿Me pones crema en la espalda? Que me estoy quemando.

Era evidente que quería que su ex lo viera. Me daba igual. Le pasé la crema por los hombros y sentí cómo su respiración cambiaba cuando mis dedos llegaron al borde del bikini. Sus hombros eran perfectos, la piel tensa y caliente bajo el sol.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —pregunté.

—Un año. Y era el único con el que había estado.

—Lo has dejado muy mal parado delante de toda la piscina.

—Se lo merece.

—Puede. Pero si con él no has tenido una buena experiencia, lo que has perdido no es gran cosa.

Se giró a mirarme. —¿Qué insinúas?

—Que quizás todavía no has probado lo que de verdad puede ser.

Le brillaron los ojos. Entre indignación y algo más. Se levantó, recogió su bolsa y se fue sin despedirse. Yo me quedé pensando en Elena.

Me duché para quitarme el olor a cloro, me puse un pantalón de lino claro sin nada debajo y una camisa blanca. Esparteñas. Estaba calculando los tiempos cuando sonó el timbre.

***

Era Valeria.

Estaba en el rellano con el mismo short amarillo de la piscina y una camiseta fina sin sujetador. Me miró con esa mezcla de desafío y nervios que tienen las chicas cuando han tomado una decisión que no saben si es buena.

—He pensado en lo que dijiste.

—Valeria, ahora mismo no puedo. Va a venir alguien.

—¿Una mujer?

—Sí.

Sonrió. Pasó de largo y se metió en el piso como si viviera allí. Se sentó en el sofá y cruzó las piernas. Intenté razonar con ella. Fue inútil.

—Me iré cuando llegue —dijo.

—Tiene que ser antes de que llegue.

Buscaba el argumento correcto cuando el timbre volvió a sonar. Elena. Veinte minutos antes de la hora.

Entró como si ya conociera el piso. Me empujó contra la pared del pasillo y me besó antes de que la puerta acabara de cerrarse, con una urgencia que llevaba horas acumulada. Cuando se separó, vio a Valeria en el sofá.

—¿Y esta?

—Es mi vecina. Una amiga.

—¡Tengo dieciocho años, no soy ninguna cría! —protestó Valeria desde el sofá.

Elena la miró. La miró de verdad, de arriba abajo, con esa calma calculada que tenía para todo. Luego se sentó en el sillón de enfrente y cruzó las piernas.

—¿Cómo te llamas?

—Valeria.

—Elena. —Pausa—. ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.

Y así empezó. No sé cómo lo hacía Elena, pero en cinco minutos Valeria le estaba contando todo: el ex, Andrea, la escena en la piscina. Elena escuchaba con esa atención absoluta que hace que la gente se sienta vista. Le tocó el brazo. Le apartó el pelo de la frente con un gesto lento, casi hipnótico.

Yo me quedé quieto.

—Eres muy guapa —le dijo Elena, y su voz tenía una textura diferente a la de hacía un momento.

Valeria no lo vio venir. O sí lo vio y decidió no retirarse. El pulgar de Elena rozó el contorno de su pecho por encima de la camiseta, como por accidente. Valeria contuvo el aliento y no dijo nada. Sus pezones se marcaron bajo el tejido fino.

—¿Alguna vez has estado con una mujer? —preguntó Elena, sin bajar la voz.

Valeria negó con la cabeza. Muy despacio.

—¿Quieres saber lo que es?

***

Lo que pasó después ocurrió con una lentitud deliberada que Elena controlaba sin esfuerzo aparente. Tomó la barbilla de Valeria y la besó. No fue un beso suave. Fue un beso que dejaba claro quién mandaba, lleno de lengua y de una posesión que no pedía permiso.

Las manos de Elena le desataron el bikini superior por debajo de la camiseta y Valeria no se movió para impedírselo. Cuando cayó, se quedó con los ojos abiertos y los pezones erizados, esperando lo que viniera.

—Míralos —dijo Elena, y sus manos los cubrieron con calma—. Mírate cómo estás.

Valeria gemía con los dientes apretados, como si no quisiera hacer ruido y no pudiera evitarlo. Elena la fue desnudando sin prisa, pieza por pieza, hablándole en voz baja, tejiendo algo a su alrededor que la dejaba sin capacidad de respuesta.

Elena se giró hacia mí. —Tú, ven aquí. Y cállate hasta que yo diga.

Me levanté. Me planté frente a ellas. Elena empujó a Valeria hacia abajo, de rodillas.

—Ábrele el pantalón.

Los dedos de Valeria temblaban con la cremallera. Elena la detuvo cuando abrió la boca para empezar.

—Despacio. Primero míralo.

Le dio tiempo para acostumbrarse. Luego la fue bajando, marcando el ritmo con la mano en su nuca, sin dejarla ir más rápido de lo que ella decidía. Valeria tosía, se ahogaba, recuperaba el ritmo con una atención y unas ganas que compensaban cualquier torpeza.

Elena se masturbaba a mi lado, observando, dirigiendo con comentarios en voz baja que me empujaban al límite.

La saqué de su boca, la levanté del suelo, la tumbé en la alfombra y le arranqué el tanga de un tirón. Estaba empapada. Entré sin preámbulos y soltó un grito que mezcló sorpresa y alivio. Elena se colocó encima de su cara y Valeria no dudó: la lamió con una torpeza entusiasta que hacía a Elena echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos.

La follé con fuerza mientras Elena la usaba, y las dos se retorcían en un ritmo que fue acelerándose hasta que Elena se corrió primero, con un gemido largo y controlado incluso en el clímax.

Me corrí poco después. Las tres paredes del salón lo oyeron.

***

Después, Elena se levantó y fue a por su bolso. Lo abrí esperando que sacara algo de maquillaje. En cambio, sacó una correa de cuero negro con varias tiras en la punta. No era un juguete barato. Era el tipo de cosa que se usa en serio, con intención.

Me la lanzó.

—Quiero que esta chica vea lo que de verdad me gusta. No te cortes.

Se arrodilló en la alfombra, arqueó la espalda y me presentó el culo. Valeria estaba sentada en el suelo con las rodillas recogidas, mirando sin moverse. Sus ojos iban de la correa al cuerpo de Elena y de vuelta a la correa.

Levanté el brazo. El primer golpe cayó con un chasquido seco que resonó en toda la habitación.

Elena arqueó la espalda y gritó. Un grito que no era solo dolor, que era las dos cosas a la vez mezcladas de un modo que no tiene nombre exacto.

—Más fuerte —ordenó.

Lo hice. Y de nuevo. La correa dejaba líneas rojas en su piel pálida y Elena las pedía sin parar, entre gritos y órdenes. Me giré un momento y vi que Valeria tenía una mano entre las piernas. Se estaba tocando sin ser del todo consciente de que lo hacía, con los ojos fijos en Elena.

Cuando Elena se corrió por segunda vez, se quedó un momento en el suelo recuperando el aliento, temblando. Luego se giró hacia Valeria con una sonrisa débil pero satisfecha.

—¿Lo ves, pequeña? A esto me refería cuando te dije que quizás no habías probado lo que de verdad puede ser. Ahora te toca a ti.

***

Elena preparó a Valeria con paciencia, con los dedos primero, hablándole en voz baja, diciéndole que respirara, que se relajara, que sí podía. Valeria protestaba y obedecía al mismo tiempo, en esa contradicción de quien quiere algo y le da miedo admitirlo.

Me tumbé en el sofá. Con la ayuda de Elena, Valeria se colocó encima de mí y fue bajando despacio, a su ritmo, hasta que el gemido que soltó duró varios segundos. Se quedó quieta. Luego empezó a moverse por su cuenta, encontrando el ritmo ella sola, y el miedo que tenía en los ojos se fue transformando en otra cosa completamente diferente.

Elena le mordía el cuello y le susurraba al oído mientras yo la sostenía desde abajo. Valeria se corrió con un grito que no intentó disimular, y se desplomó sobre mi pecho sin fuerzas.

Los tres nos quedamos en silencio un momento, recuperando el aliento.

Entonces el móvil de Valeria empezó a sonar encima de la mesa.

Lo cogió sin pensar. —¿Hola, mamá?… Sí, estoy bien… Estoy en casa del vecino, el del cuarto B… ¿Cómo que subes?

Se quedó blanca.

Nos levantamos los tres a la vez. El salón era un desastre de ropa y olor. Elena se puso el vestido con una calma que me resultó irritante. Valeria buscaba el tanga por debajo del sofá. Yo me metí el pantalón y la camisa sin acabar de abrocharla.

—Lávate la cara —le dijo Elena—. Y tú, abre las ventanas.

Abrí todas las que pude. El olor no desapareció. Solo se distribuyó por el piso.

Sonó el timbre.

***

La madre de Valeria se llamaba Beatriz. Cuarenta y tantos años, el mismo pómulo alto que su hija, un vestido de verano y un perfume de señora que chocó frontalmente con el ambiente del salón. Sus ojos recorrieron la habitación en silencio: el sofá ligeramente desordenado, su hija con la cara demasiado colorada, el suelo.

Luego se posaron en Elena.

El reconocimiento fue inmediato.

—¿Señora Vidal? ¿Del Banco Central?

—Beatriz, qué casualidad. No sabía que vivías en este edificio.

—Pues sí. —Pausa—. Vine a buscar a mi hija.

—Hemos estado tomando algo. Como vi a Valeria sola en la piscina, la invité a subir. No pasa nada, ¿verdad?

Beatriz no respondió enseguida. Miró a su hija, que no la miraba. Miró el vaso de agua en la mesa. Miró el suelo de la alfombra. Luego volvió a Elena con una expresión que ya no era solo neutral.

—El aire aquí dentro está muy cargado —dijo.

—Hace calor —respondí yo.

—Mucho calor —repitió Beatriz, y en su boca sonó a otra cosa.

Se sentó. Eso no lo esperaba nadie. Se sentó en el sillón de enfrente, cruzó las piernas y miró a Elena como si tuvieran toda la tarde por delante.

—¿Y bien, señora Vidal? ¿A qué viene esta visita tan acogedora?

Elena la dejó terminar. Luego sonrió. Esa sonrisa suya que no era amable sino otra cosa completamente distinta.

—Ya que preguntas, Beatriz, a ver si eres capaz de adivinarlo tú sola. Me parece que ya lo has imaginado. Y me parece que la respuesta no te disgusta tanto como finges.

El silencio fue eléctrico. Beatriz abrió la boca. La cerró. En sus ojos había algo que no era solo indignación.

Elena se levantó despacio, cogió su bolso y me dio un beso en la mejilla. Se agachó junto a Valeria y le susurró algo que no oí. Luego caminó hacia la puerta y antes de salir se giró hacia Beatriz.

—Si alguna vez tienes ganas de entender en vez de solo juzgar, ya sabes dónde encontrarme. La puerta está abierta. Para ti también.

Salió.

El silencio que dejó era tan denso que casi se podía tocar.

Beatriz se quedó mirando la puerta un momento. Luego miró a su hija. Luego me miró a mí. En su cara había algo que no supe descifrar del todo, pero que tampoco era la furia que yo esperaba encontrar.

—Vamos, Valeria —dijo, con una voz extrañamente calmada.

Se levantó, cogió a su hija del brazo y caminó hacia la puerta. Justo antes de salir, se paró. Se giró. Me miró un segundo, largo y directo.

No dijo nada.

Pero en sus ojos había una pregunta. Una que todavía no estaba lista para formular en voz alta.

Cerré la puerta y me quedé solo en el salón, que olía a todo lo que había pasado. Supe, sin ninguna duda, que aquello no había terminado.

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Comentarios (4)

SantiCba88

Tremendo relato, esa tensión del comienzo es increible. Me quedé enganchado desde la primera línea.

RiojaLector

Por favor seguila, no nos podés dejar así jaja. Necesito saber cómo termina todo esto

Marcos_BA

Me recordó a una situación parecida que viví hace unos años, esa mezcla de nervios y adrenalina sin tiempo de reaccionar. Muy bien contado.

PatoBA

buenisimo!!! sigue así

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