Me atrapó con sus pies en la oscuridad del cine
Llegué al límite y mi abuela lo sabía perfectamente. Me miraba con esa calma suya mientras movía los pies enfundados en unas medias de rejilla, el roce sedoso de la tela contra mi piel teniéndome al borde desde hacía varios minutos. Sus tobillos se movían con precisión, sin apresurarse, como si disfrutara mucho más de mantenerme en ese estado que de lo que estaba por venir.
Tenía sus propias bragas metidas en la boca. Las había pedido yo, al principio de la tarde, y ella las había colocado allí sin decir una sola palabra, con esa expresión de quien sabe exactamente lo que está haciendo y no necesita que nadie se lo explique.
—Dale todo a tu abuela —murmuró, y el sonido de su voz en ese momento fue suficiente para que yo perdiera el control.
Me vine con fuerza. El semen se derramó por sus plantas y entre sus dedos, empapando las medias hasta que la tela oscura quedó completamente manchada. Me temblaban las piernas. Tuve que apoyar una mano en la pared para no perder el equilibrio.
Ella bajó los pies lentamente al suelo, miró el resultado con satisfacción visible y se quitó las bragas de la boca.
Entonces escuchamos el grito desde el pasillo.
Mi madre llevaba un rato en el cuarto contiguo. Cuando oyó el sonido de mi voz romperse, vino corriendo como si la hubieran llamado, con los ojos entornados y ese gesto suyo de quien ya no distingue bien dónde termina el placer y dónde empieza el instinto.
Se arrodilló sin que nadie se lo pidiera y empezó a lamer los pies de mi abuela con una concentración casi religiosa, limpiando con la lengua todo lo que quedaba entre sus dedos mientras mi abuela se quitaba la otra media y comenzaba a meterse los dedos en el coño, completamente ajena al resto del mundo.
Fue en ese momento cuando entró Rodrigo.
Era venezolano, alto y con las manos grandes. Mi padre lo conocía de algún trabajo antiguo y lo llamaba cuando él no tenía fuerzas para nada. Rodrigo entró sin llamar, como tenía por costumbre, evaluó la situación en dos segundos y se colocó detrás de mi madre sin decir una palabra. No hacía falta. Ella no levantó la cabeza ni un instante: siguió lamiendo mientras Rodrigo la tomaba por las caderas y empezaba a embestir con fuerza.
Yo me tumbé en la cama y los observé durante un momento.
Entonces miré el reloj.
Veintiocho minutos.
Me había olvidado por completo de Camila.
Habíamos quedado hacía dos semanas. Una película, una excusa para salir, nada más. Camila era compañera del curso de diseño del semestre anterior: una chica tranquila y lista que nunca decía demasiado pero que siempre parecía estar pensando algo que no compartía con nadie.
Me vestí en cuatro minutos exactos. Tomé las llaves del carro. Desde el pasillo escuché a mi madre gemir, un sonido largo y ronco que Rodrigo acompañó con algo que sonó a palmada. Mi abuela respondió con un monosílabo satisfecho.
Cerré la puerta de la calle con cuidado y salí corriendo.
***
Llegué al centro comercial con seis minutos de margen. Compré las entradas en la máquina automática, una caja grande de palomitas en el mostrador y una botella de agua, y entré a la sala justo cuando apagaban las luces para los tráileres.
Camila ya estaba sentada. Llevaba una camiseta oscura y unos jeans, el pelo recogido con descuido, y sostenía un vaso de refresco entre las manos con la concentración de quien necesita algo a lo que agarrarse.
—Pensé que no venías —dijo sin mirarme.
—El tráfico —mentí, aunque ella no preguntó más.
Me senté a su lado. La sala estaba medio vacía. El tráiler de una película de acción llenó la pantalla durante tres minutos y yo comí palomitas sin prestar demasiada atención, ofreciéndole a ella de vez en cuando. Camila tomaba una sola, siempre, como si calculara exactamente cuánto era aceptable tomar de algo que no era suyo.
Cuando empezó la película me di cuenta de que no me interesaba nada. Era algo de misterio con una trama que tardaba demasiado en arrancar. Dejé las palomitas en el reposabrazos y miré hacia el lado.
Camila se estaba quitando las zapatillas.
Lo hacía con calma, sin hacer ruido, con un pie ayudando al otro en el talón. Las dejó caer suavemente al suelo y cruzó los pies sobre la base de la butaca de enfrente. Llevaba unos calcetines de algodón blanco, bastante comunes, del tipo que uno compra en paquetes de seis.
Me giré hacia la pantalla.
No pienses en eso.
Pasaron cinco minutos. Diez. La película seguía sin convencerme. A mi izquierda, Camila no se movía. El olor llegó despacio, sin que yo pudiera precisar exactamente cuándo empezó: algo cálido, orgánico, el aroma inconfundible de un pie que ha estado encerrado durante varias horas. Discreto, presente, imposible de ignorar una vez que lo habías detectado.
Tragué saliva y miré fijo a la pantalla.
Sentí que Camila giraba levemente la cabeza hacia mí.
—¿Estás bien? —preguntó en voz muy baja.
—Sí —dije, demasiado rápido.
Ella no dijo nada más. Volvió a mirar la pantalla. Y entonces, sin previo aviso, levantó el pie derecho y lo apoyó con suavidad sobre mi muslo. No con fuerza. No con urgencia. Solo lo dejó ahí, como si fuera el gesto más natural del mundo.
Me quedé paralizado.
Lo mantuvo quieto unos segundos. Luego lo movió un poco hacia arriba. Luego un poco más. Cuando llegó a donde llegó, los dos sabíamos perfectamente que no había nada casual en lo que estaba pasando.
—Camila —susurré.
—Calla —dijo.
Retiró el pie. Pensé que iba a parar. En cambio, se inclinó hacia mí, sacó el calcetín del pie derecho con un gesto lento y completamente deliberado, y lo presionó contra mi cara con una firmeza que no admitía discusión.
El olor me golpeó directo y sin filtros. Salado, denso, cargado de horas. Se me puso la polla dura en tres segundos.
—Muérdelo —murmuró.
Abrí la boca. El calcetín entró. Su sabor llenó mi lengua, y el olor se volvió más intenso porque ya no había ninguna distancia entre él y yo. A mi alrededor la sala seguía oscura, la película seguía, nadie miraba en nuestra dirección.
Camila se recostó en su asiento con una calma que me desconcertó.
—Llevamos dos semestres en el mismo edificio —dijo en voz baja, sin mirarme—. Hay una IP registrada en la red del campus que lleva dieciocho meses publicando relatos sobre pies en varios foros. Me llevó cuatro días rastrearla. Dos semanas más y supe de quién era.
Me quedé sin aire.
—No te preocupes —continuó—. No se lo he contado a nadie. —Hizo una pausa deliberada—. Todavía.
Esa última palabra cayó en el silencio de la sala como una piedra en el agua.
Camila tomó el calcetín del pie izquierdo, lo sacó despacio y lo colocó sobre mi entrepierna a modo de funda improvisada. Luego apoyó ambos pies sobre mis muslos y comenzó a moverse.
No era torpe. No era tentativa. Sabía exactamente lo que hacía.
Empujaba y aflojaba con los arcos de los pies, variando el ritmo, presionando más cuando notaba que yo tensaba los músculos y soltando justo antes de que llegara al límite. Era una tortura calculada, milimétrica, y la disfrutaba. Podía verlo en la ligera curva de su boca, en cómo miraba la pantalla sin verla de verdad, pendiente de cada reacción mía por el rabillo del ojo.
Yo tenía el calcetín en la boca y no podía decir nada. Solo respirar por la nariz. Solo aguantar.
—Cuando quieras —susurró—. No tengo ninguna prisa.
En la pantalla, los personajes discutían algo que ya no me importaba. En mi butaca yo apretaba los puños contra los reposabrazos y contenía el aliento con toda la concentración que me quedaba.
Cuando me vine, lo hice en silencio absoluto. El calcetín absorbió casi todo; algo se escapó igualmente por el costado. Noté cómo Camila presionaba un poco más fuerte exactamente en ese instante, exprimiendo cada contracción, sin perder el ritmo hasta que no quedó nada más que dar.
Luego retiró los pies despacio.
Me sacó el calcetín de la boca sin brusquedad y lo sostuvo un momento frente a ella, examinando el resultado con una expresión que no era ni repulsión ni entusiasmo, sino algo que se parecía más al análisis técnico.
—Bastante —dijo, como si evaluara un dato.
Y entonces hizo lo que yo no esperaba: se restregó ambos calcetines en las palmas de las manos, distribuyendo el semen de manera pareja, y se los volvió a poner. Primero el izquierdo. Luego el derecho. Ajustó la goma en el tobillo de cada uno con cuidado, como si estuviera preparándose para salir a correr.
Intenté pasarle un pañuelo de papel que saqué del bolsillo. Ella lo ignoró, se lamió la palma de la mano despacio, cerrando los ojos un momento, como quien prueba algo que tiene un sabor más interesante de lo esperado.
—Gracias —dijo.
Yo no supe qué responder.
La película terminó veinte minutos después. Cuando encendieron las luces, Camila recogió sus zapatillas del suelo y se las ató con calma. Yo me quedé sentado unos instantes, sin estar completamente seguro de si podía levantarme todavía.
Salimos juntos al pasillo. Olía a palomitas y a aire acondicionado, y la gente pasaba a nuestro alrededor sin saber nada de nada.
—¿Te llevo a casa? —pregunté.
—Ya vino a buscarme —dijo.
Bajamos por las escaleras mecánicas hasta la planta baja. Junto a la entrada principal, apoyado en una moto, había un chico que levantó la mano cuando nos vio. Camila recogió el casco que él le tendió y se giró hacia mí antes de ponérselo.
—Me encanta saber que lo siento en cada paso que doy —dijo. Y añadió, casi en voz baja, como si fuera algo menor—: Escribe más. Los leo todos.
Se subió a la moto. El chico arrancó sin preguntar nada. Yo me quedé en la acera viendo cómo se alejaban, con el ruido del motor perdiéndose entre el tráfico, pensando en todas las palabras que no había dicho y en todo lo que, sin saberlo, ya había dicho durante meses en foros que creía anónimos.
Volví al carro. Conduje hasta casa en silencio.
Cuando entré, la casa estaba en calma. Rodrigo ya se había marchado. Mi madre dormía en el sofá con la televisión encendida. Mi abuela tenía su propio televisor puesto sin volumen y miraba la pantalla con esa indiferencia suya de siempre.
No dije nada. Fui directo a mi cuarto, me senté frente a la pantalla en blanco del ordenador y empecé a escribir.