El contrato que me convirtió en letrina
Marcos llevaba semanas esperando aquella cita. El proceso de selección había sido largo: un formulario detallado, una entrevista por videollamada, una segunda entrevista presencial con alguien del personal que ni siquiera le dijo su nombre. En ningún momento durante todo ese proceso se había detenido a pensar realmente en lo que significaba lo que iba a hacer. Solo en la fantasía. Solo en la anticipación.
Ahora, de pie frente al escritorio de Silvia, la jefa de sala del Club Ónix, comenzaba a entenderlo.
El local era exactamente lo que había imaginado: paredes tapizadas de terciopelo negro, iluminación de araña con cristales rojos, objetos de cuero y metal colgados con precisión detrás de vitrinas iluminadas. Cada detalle estaba calculado para transmitir una sola cosa: aquí mandan otros. Marcos recorría las paredes con los ojos mientras Silvia hablaba.
—El contrato establece que el club no asume ninguna responsabilidad por los efectos derivados de la experiencia —explicaba Silvia con el mismo tono que usaría para describir la letra pequeña de un seguro de hogar—. Una vez dentro de la cabina, eres tú quien ha decidido estar ahí, de forma libre y voluntaria.
—¿Me estás escuchando? —preguntó sin alzar la vista del papel.
—Sí —respondió Marcos—. Que no os hacéis responsables de nada. Lo entiendo.
—Bien. Tienes un botón de emergencia dentro. Si lo pulsas, interrumpimos todo de inmediato y alguien irá a sacarte. Pero pierdes el depósito. Los mil quinientos euros.
Mil quinientos euros. Casi mes y medio de trabajo. Perderlos no era una opción que Marcos quisiese considerar. Cogió el bolígrafo que le ofrecía Silvia y firmó el contrato sin leerlo del todo. Solo cuando soltó el bolígrafo se dio cuenta de que le temblaba la mano.
—Bienvenido al Club Ónix —dijo Silvia con una sonrisa fría—. Esta noche eres la letrina del baño de mujeres. Mi compañero Andrés te explicará el resto. Abrimos en treinta minutos.
***
Andrés tenía metro ochenta y pico, mandíbula definida y ese tipo de calma que solo da haber trabajado años en ambientes así. Le estrechó la mano a Marcos con firmeza.
—Ya me contó Silvia lo que vas a hacer —dijo—. Tienes un estómago de acero. A mí me darían arcadas de solo pensarlo.
El problema era precisamente ese. Marcos nunca se había detenido a pensarlo de verdad. Había fantaseado, había buscado, había rellenado formularios. Pero pensar con detalle, con calma, era otra cosa. Y ahora, en ese pasillo con olor a cuero y vela, la realidad lo alcanzó por primera vez.
¿Qué había firmado exactamente?
Había aceptado pasar seis horas encerrado bajo el inodoro del baño de mujeres de un club BDSM. Voluntariamente. Pagando por el privilegio. A disposición de cualquier mujer que decidiese usar esa cabina esa noche, sin importar lo que necesitase hacer. El depósito era la garantía de que cumpliría. No había vuelta atrás.
Por primera vez aquella noche, Marcos tuvo ganas de salir corriendo.
—Vamos, que llegamos tarde —dijo Andrés, y comenzó a caminar.
El baño de mujeres era pequeño pero cuidado: suelo y paredes de loseta negra mate, dos lavabos de cerámica blanca con griferías doradas, un espejo grande con iluminación perimetral. Al fondo, dos cabinas. Una con una pegatina de silueta femenina normal. La otra con la silueta de una mujer de pie sobre una figura masculina postrada.
—Esta es la tuya —dijo Andrés abriendo la segunda puerta.
A primera vista parecía una cabina normal. El inodoro blanco, la cisterna, las paredes oscuras. La única diferencia era que el suelo estaba ligeramente elevado, como si algo ocupase el espacio bajo él.
—El inodoro no tiene conexión al desagüe —explicó Andrés—. Todo va a un cajón interior sellado con serrín absorbente. Las clientas pueden elegir qué cabina usar. No todas quieren participar. Las que entran aquí, saben lo que hay, o lo descubren por el cartel de la puerta.
Atravesaron un pasillo trasero hasta llegar a una sala que parecía un almacén reconvertido. En un rincón, junto a una taquilla metálica de varios compartimentos, había una puerta cerrada con llave. Andrés la abrió.
Dentro había un cajón metálico sobre raíles, del tamaño justo para un cuerpo adulto tumbado, diseñado para deslizarse dentro de un hueco en la pared a la altura del suelo. El cajón era abierto por arriba. En el fondo, una lámina impermeable negra y una capa de serrín que olía vagamente a pino.
—Parece una cámara de resonancia —dijo Marcos.
—Tiene ventilación forzada —respondió Andrés—. Siempre hay aire limpio. No te asfixias.
De la taquilla sacó tres objetos: un mono de plástico negro, unas gafas de seguridad y algo que Marcos tardó un segundo en identificar.
—¿Un retenedor bucal?
—Viene en el contrato —dijo Andrés sin apartar la vista—. Las clientas quieren esa parte de la experiencia. Si no es lo que esperabas, dímelo ahora y resolvemos lo del depósito.
Marcos pensó en los mil quinientos euros. Pensó en que debería haber leído el contrato completo. Pensó en que ya era demasiado tarde para cualquier cosa que no fuese seguir adelante.
—De acuerdo —dijo—. Pero deberían dejarlo más claro desde el principio.
Se puso el mono, que le cubría desde los tobillos hasta el cuello. El retenedor era sorprendentemente cómodo: mantenía la mandíbula en una posición natural aunque con la boca entreabierta. Andrés lo ajustó por detrás con cuidado.
—Cuando entre el cajón, verás el botón rojo a tu derecha. Si lo necesitas, úsalo sin dudar. Hay gente vigilando y tienes aire de sobra. Intenta relajarte. Al fin y al cabo, viniste a esto.
Marcos se tumbó sobre el serrín. Andrés extendió una última capa de arena absorbente sobre sus piernas.
—¿Todo bien? —preguntó Andrés levantando el pulgar.
—Todo bien —respondió Marcos imitando el gesto, aunque no estaba seguro de que fuese verdad.
El cajón se deslizó hacia adentro con un sonido metálico suave. La oscuridad fue casi total. Marcos respiró despacio, contando las inhalaciones, y esperó. Bajo el mono de plástico, su polla ya empezaba a endurecerse. Empalmado, atrapado, cubierto de serrín, se dio cuenta de que llevaba semanas masturbándose pensando exactamente en este momento, y que la realidad le tenía la verga tan dura que le dolía contra la tela.
***
Carla llevaba dos cervezas de ventaja sobre Nuria cuando el espectáculo sobre el escenario del club alcanzó su punto álgido.
El bailarín —moreno, alto, con ese tipo de abdominales que salen en los anuncios de perfume— se movía sobre una mujer rubia atada de pies y manos a una camilla de cuero negro. La rubia estaba desnuda, con las piernas abiertas de par en par por las cuerdas, el coño depilado y brillante bajo los focos rojos. El bailarín llevaba solo un tanga de cuero negro que apenas contenía el bulto de su polla, y se paseaba alrededor de la camilla con una fusta en la mano, dándole golpecitos secos en el interior de los muslos, en las tetas duras, en el clítoris hinchado. La rubia gemía cada vez que la fusta le rozaba el coño, y arqueaba las caderas buscando más.
Luego el bailarín se sacó el tanga de un tirón. La verga que le saltó fuera era gruesa, larga, curvada hacia arriba. Todo el club soltó un murmullo de aprobación. Sin ceremonia, sin condón, le metió la punta a la rubia entre los labios del coño, la restregó de arriba abajo hasta que ella empezó a suplicar en voz alta pidiéndole que se la clavase, y entonces empujó de golpe hasta el fondo. La rubia soltó un grito que se oyó por encima de la música.
La coreografía era precisa, casi mecánica, pero el efecto era completamente distinto. Carla sentía el calor extenderse por el pecho, bajar por el vientre, y clavarse entre las piernas en un latido sordo. Tenía las bragas empapadas. Se las notaba pegadas al coño cada vez que cambiaba el peso de una pierna a la otra.
A ella no le importaban especialmente los hombres musculados. Lo que le encendía era la imagen de aquella mujer atada, sin capacidad de moverse, completamente a merced de lo que decidiese el otro. Eso era lo que la hacía salivar. Se imaginaba ella misma sujetando la fusta, o mejor todavía: se imaginaba con un desconocido debajo, incapaz de escapar, mientras ella le usaba como le diese la gana. La idea le apretaba el clítoris hasta hacérselo palpitar bajo la falda.
—Voy al baño —le gritó a Nuria cubriendo su boca como un megáfono improvisado.
—Te acompaño, yo también necesito.
Cruzaron el local hasta el fondo. En el baño de mujeres, una mujer de unos cuarenta y tantos se retocaba el delineador frente al espejo. Las miró por el reflejo sin girarse.
—Ve tú primero si quieres —le dijo Nuria a Carla—. Lo mío va para largo.
—Entonces usa la segunda cabina —dijo la mujer del espejo con una media sonrisa—. Está diseñada para eso.
Antes de que pudiesen preguntarle qué quería decir, la mujer recogió su bolso y salió.
Nuria y Carla se miraron. Se acercaron a la segunda cabina. La pegatina de la puerta las detuvo un momento: una silueta femenina de pie sobre una figura masculina postrada bajo ella.
—A mí me parece igual que la otra —dijo Nuria encogiéndose de hombros.
—Pues ve tú a esa y yo voy a la de al lado.
Nuria entró, cerró el pestillo y colgó el bolso en el gancho de la puerta. No reparó en el cartel que había justo debajo del gancho. Levantó la tapa del inodoro, se bajó las bragas hasta las rodillas y se sentó.
El frío de la cerámica le cogió por sorpresa.
Llevaba con necesidad de ir desde antes de salir de casa. Ahora, en el silencio relativo de la cabina, dejó que el cuerpo hiciese lo que llevaba horas pidiendo. El alivio fue inmediato y largo. Casi tres segundos. Resopló.
Entonces escuchó algo. Un sonido amortiguado, difícil de clasificar. Como si alguien intentase suprimir arcadas. Venía de algún lugar muy cercano, quizás desde dentro del propio inodoro.
Golpeó suavemente el tabique de madera.
—Oye, ¿estás bien? ¿Vas a vomitar?
—¿Qué dices? —llegó la voz de Carla desde fuera de la puerta principal del baño—. Estoy aquí fuera esperándote.
Nuria frunció el ceño. Cogió papel, se limpió, y cuando levantó la vista se encontró con el cartel pegado en la parte interior de la puerta de la cabina.
«Estimadas clientas del Club Ónix: se encuentran haciendo uso de mucho más que un inodoro convencional. Este espacio está reservado para quienes desean explorar formas extremas de dominación y sumisión. Nuestro esclavo, presente de forma voluntaria bajo el asiento, se ha ofrecido para ofrecer una experiencia única a las amantes del BDSM sin límites. La práctica está enmarcada dentro del protocolo SSC —seguro, sano y consensuado— y RACK. Disfruten sin reservas.»
Nuria tardó varios segundos en procesar lo que acababa de leer.
Luego se levantó de golpe, como si el asiento quemase.
Se asomó a la taza.
En el interior, parcialmente cubierta de lo que Nuria acababa de depositar, había una cara humana. Un hombre. Movía la cabeza de lado a lado con lentitud, intentando apartar la masa que le cubría desde la barbilla hasta los ojos. Uno de sus ojos lloraba. El otro parpadeaba con dificultad.
El primer instinto de Nuria fue tirar de la cadena. Alargó la mano al botón y lo pulsó. No pasó nada.
Un segundo más tarde comprendió que si hubiese funcionado, habría podido ahogar a aquel hombre.
—¡Carla! —gritó abriendo la puerta de la cabina—. Ven aquí. Ahora mismo.
Carla se asomó con cara de «¿qué has roto?».
—¿Qué pasa?
—Mira.
Carla miró dentro de la taza y se quedó paralizada exactamente dos segundos. Luego soltó una carcajada tan brusca que rebotó contra las losetas del baño.
—¡Tía! —gritaba entre risas—. ¡Acabas de cagar encima de alguien!
—¡Baja la voz! —susurró Nuria, aunque ya ella también empezaba a sonreír a pesar de sí misma.
—¿Que baje la voz? ¡Hay un tío en el váter! ¡Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida!
Carla buscó el móvil en el bolso y empezó a grabar con la linterna encendida, iluminando la cabina desde arriba.
—¿Qué haces? —preguntó Nuria.
—Si cuento esto sin vídeo, nadie me cree. Nadie.
Nuria miraba la escena con una mezcla de asombro y algo parecido a la compasión. El hombre seguía moviéndose ahí abajo, intentando zafarse despacio.
—¿No deberíamos llamar a alguien del personal?
Carla bajó el móvil un momento y la miró con los ojos muy abiertos.
—Nuria. Mi amor. Ese hombre está ahí porque quiere. Probablemente ha pagado una cantidad indecente de dinero por estar exactamente en esa posición. Lee el cartel.
Nuria lo leyó de nuevo. Luego volvió a mirar al hombre. Luego otra vez el cartel.
—¿Pero no se está ahogando?
—Tiene ventilación. Si estuviese en peligro real, habría pulsado algún botón de emergencia. Esta gente no puede permitirse tener un muerto en el local.
Aquello tenía sentido. Nuria lo sabía. Y aun así le costaba borrar del todo el primer impulso de lástima.
—Qué cerdo —dijo al final, casi en un susurro, mirando al hombre moverse despacio bajo los restos de sus propias necesidades.
—Exactamente —dijo Carla—. Un cerdo voluntario. Que nos invita.
Carla se pasó la lengua por los labios. Tenía el coño palpitando desde el espectáculo del escenario, empapado en las bragas, y ahora la imagen de aquel hombre atrapado bajo la taza, indefenso, cubierto de mierda ajena, le estaba retorciendo el clítoris de una forma nueva. Se llevó una mano por debajo de la falda sin disimulo, se coló los dedos por dentro de las bragas y se rozó el coño mojado delante de Nuria.
—Joder, tía —jadeó Carla—. Estoy chorreando. Mira. —Sacó los dedos brillantes y se los enseñó—. Este cerdo me está poniendo cachondísima.
Nuria soltó una risa incrédula, pero no apartó la vista.
—Estás fatal.
—Fatal de necesidad. —Carla se metió los dedos otra vez, esta vez más adentro, y comenzó a frotarse el clítoris con círculos lentos mientras miraba al hombre bajo el inodoro—. ¿Tú no?
Nuria tragó saliva. La verdad era que también lo estaba. Desde que había leído el cartel, algo caliente le había empezado a subir por dentro. Nunca se había considerado una mujer dominante ni de fantasías crueles, pero saber que aquel desconocido estaba ahí abajo porque quería, porque le pagaba a alguien por quedar reducido a esto, le había apretado un botón que no sabía que tenía.
***
Apenas dos minutos después de aquella primera visita, Marcos vio cómo un nuevo cuerpo se instalaba sobre la taza.
No había conseguido apartar nada de su cara. Era pesado y viscoso, se adhería a la piel sin ceder. Lo movía de un lado al otro con el cuello, despacio, intentando que la gravedad lo hiciese por él. Pero no había manera.
Entonces sintió calor. Presión. Otro peso descendiendo.
Giró la cara hacia arriba en el momento equivocado.
Le cayó de lleno en diagonal: primero cerró los ojos de golpe, luego notó el peso extendiéndose desde la boca hasta la frente. A continuación llegó el chorro. Lento al principio, luego con más fuerza. Le caía sobre la nariz, obligándole a abrir la boca para respirar. Gran error.
Las arcadas llegaron de inmediato, pero no había forma de vomitar en esa posición. El peso sobre la lengua era real, sólido, imposible de ignorar. Tragó. Intentó no pensar. Tragó de nuevo.
Lo que más le afectaba no era el olor. Ni siquiera el sabor. Era la imagen mental de sí mismo en ese momento: tumbado bajo un inodoro, cubierto, a merced de dos desconocidas que reían y sacaban fotos con el móvil. La humillación era tan total, tan completa, que las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiese hacer nada para evitarlo.
Y bajo el mono de plástico, la polla le seguía dura como una piedra, empapada del líquido preseminal que se le había ido escapando durante toda la sesión. Sentía la verga latir contra la tela, presa, pegajosa, y cada arcada, cada humillación nueva, se la ponía más tiesa. Podía correrse solo con el roce del mono si dejase de contenerse. Ese era el peor secreto de todos.
Y aun así no alargó la mano hacia el botón rojo.
¿Por qué no lo hago?
No era solo el depósito. Eso lo sabía. En algún lugar muy por debajo de las arcadas y el asco y la vergüenza, algo en él estaba exactamente donde quería estar. Su polla lo sabía antes que su cabeza. Eso era lo más perturbador de todo.
***
Carla había tomado la decisión sin anunciarlo. Simplemente cerró la puerta de la cabina y comenzó a desabrocharse el cinturón.
—¿Vas a hacerlo? —preguntó Nuria desde fuera, con una voz que era más incitación que pregunta.
—Voy a intentarlo —respondió Carla mientras se acomodaba sobre la taza—. A ver qué sale.
Se bajó la falda y las bragas hasta los tobillos de una sola vez. Las bragas estaban tan mojadas que se le pegaban a los muslos. Se sentó a horcajadas sobre la taza, con las piernas bien abiertas, y bajó la vista para asegurarse de que la boca del hombre quedase justo debajo de su coño. Perfecto. Estaba alineado.
—Escúchame bien, cerdo —dijo Carla en voz alta, con la voz áspera de quien lleva media hora con el clítoris hinchado—. Voy a mear encima de ti. Y como derrames una sola gota, te lo vuelves a chupar. ¿Entendido?
Marcos, bajo ella, movió la cabeza en un asentimiento torpe. La lengua se le asomaba entre los labios como pidiendo.
Carla se relajó y dejó que el chorro saliese. Un hilo caliente, dorado, cayó directo sobre la boca abierta del hombre. Ella misma se quedó impresionada de cuánto le puso oírle tragar. Cada glup amortiguado desde el fondo del inodoro le apretaba el coño por dentro. Se llevó la mano derecha entre las piernas y empezó a masajearse el clítoris mientras seguía meando, mezclando los dedos con el chorro, salpicándose ella misma los muslos.
—Uf, joder —jadeó—. Cerdo. Cerdito de mierda. Trágatelo todo.
Cuando terminó de mear, no se levantó. Al contrario. Se echó un poco hacia atrás, apoyó la espalda contra la cisterna, y separó los labios de su coño con dos dedos hasta dejar el clítoris al aire, justo encima de la cara del hombre. Empezó a frotárselo con la yema del dedo corazón, rápido, sin parar, mirando cómo la boca de Marcos se movía debajo esperando lo que fuese que le tocase.
—Chúpame —ordenó Carla dejándose caer un poco más—. Chúpame el coño, sucio.
Bajó las caderas hasta que su coño empapado quedó sobre la boca de Marcos. Notó la lengua caliente, hambrienta, colarse entre sus labios y buscarle el clítoris con desesperación. El retenedor le mantenía la mandíbula abierta, así que Carla podía frotarse todo lo que quisiera contra esa boca sin que él pudiese cerrarla. Empezó a montar la cara del hombre como si fuese una silla, meciendo las caderas adelante y atrás, aplastándole la nariz contra su hueso púbico.
—Eso es, cerdo —gemía—. Con lengua. Métemela dentro. Más adentro, joder.
La lengua de Marcos entró y salió obediente, empapada, y Carla sintió el orgasmo subirle desde los muslos como una ola. Se agarró con una mano al borde de la cisterna, con la otra se apretó una teta por debajo del sujetador, y se dejó ir sobre la cara del hombre soltando un gemido largo, gutural. Se corrió a chorros contra su boca. Sintió cómo él tragaba también eso, sin rechistar, sin dejar de lamer, hasta que el clítoris le vibró tan fuerte que tuvo que apartarse.
Nuria apoyó la espalda contra la puerta exterior del baño y escuchó. Primero la risa nerviosa de su amiga. Luego silencio. Luego los gemidos. Luego otro sonido que le hizo cubrirse la boca con la mano y meterse la otra por dentro de las bragas sin darse cuenta.
Cuando Carla salió, tenía los ojos brillantes de la risa contenida y los muslos internos empapados.
—Tía —dijo—. Esto ha sido lo mejor de mi vida. Me he corrido en su boca. Se lo ha tragado todo. Te lo juro.
—Zorra —dijo Nuria riendo, con los dedos aún húmedos por debajo del vestido.
—Prueba tú. Tienes que probarlo. Su lengua es una máquina.
Nuria dudó solo un segundo. Luego entró.
Se bajó las bragas, se sentó a horcajadas sobre la taza como había visto hacer a Carla, y bajó la vista. Marcos la miraba desde abajo con la cara embadurnada, la boca abierta, la lengua fuera. Nuria sintió algo retorcerse dentro de ella. Nunca en su vida había hecho nada parecido. Y sin embargo se descubrió a sí misma diciendo:
—Sácame la lengua, cerdo. Enséñamela bien.
Marcos obedeció. Nuria bajó las caderas y se sentó sobre su cara. La lengua le entró en el coño con la misma hambre con la que había servido a Carla, y Nuria echó la cabeza atrás con un jadeo. Se agarró a los tabiques de la cabina para no perder el equilibrio y empezó a moverse encima de él, restregándose el clítoris contra su nariz, dejando que la lengua le buscase el agujero. Estaba tan mojada que le costaba mantener la fricción.
—Joder, joder —susurraba—, es verdad que es una máquina.
Le duró poco. Llevaba caliente desde el espectáculo, se había estado tocando fuera de la cabina escuchando a Carla, y ahora la lengua de aquel desconocido humillado le rozaba el clítoris con una precisión desesperada. Se corrió mordiéndose el puño para no gritar, apretando los muslos contra las orejas del hombre, echándole encima toda la humedad de un orgasmo largo que la dejó temblando.
Cuando salió, tenía los ojos brillantes de la risa contenida y algo más. Un rubor que le bajaba desde las mejillas hasta el escote.
—Tía —dijo—. Esto ha sido lo mejor de mi vida.
Se asomaron las dos. Marcos seguía ahí abajo, moviéndose menos que antes. Las arcadas venían y se iban. Tragaba cuando podía. La cara le brillaba de una mezcla de mierda, meados y flujos de dos coños diferentes.
—Pobrecillo —dijo Nuria sin demasiada convicción.
—Pobrecillo nada —dijo Carla—. Mira su cara. Y mira lo que tiene entre las piernas.
Carla alumbró con la linterna del móvil. Bajo el mono de plástico se marcaba, inconfundible, un bulto largo y duro. La verga del hombre latía atrapada contra la tela, con una mancha oscura de humedad justo en la punta.
—El cerdo está empalmadísimo —soltó Carla soltando otra carcajada—. Le hemos comido la cara, le hemos meado, se lo ha tragado todo, y el tío tiene la polla como una piedra.
No era exactamente la cara de alguien que sufría sin más. Era algo más complicado que eso.
Carla encontró la escobilla en la esquina de la cabina y, casi por impulso, comenzó a arrastrar los restos hacia la boca entreabierta de Marcos.
—Oye —dijo Nuria en voz baja, mitad escandalizada, mitad divertida—. ¿Le estás empujando?
—Le estoy ayudando a aprovechar su fantasía al máximo —respondió Carla sin dejar de reír.
—Cerdo —le decía Carla mientras extendía los restos con la escobilla—. Te gusta comer mierda, ¿verdad? Te la gastas, la tragas, y encima se te pone dura. Pues con las que te has topado. Esta noche se lo pienso contar a todas las chicas del bar. Vas a ver qué noche más rica. Van a hacer cola para mearte encima. Igual alguna te deja correrte, si se le antoja. Igual no.
Marcos había dejado de intentar resistir. Masticaba despacio, con los ojos cerrados, esperando que pasase. La verga le latía tan fuerte contra el mono que sentía cada pulso en la punta. La humillación era total. Perfecta. Insoportable. Era exactamente lo que había pagado por sentir, aunque en ningún momento de los últimos meses, mientras fantaseaba con esto y se corría en su propia mano, había llegado tan lejos en su imaginación.
De repente, tres golpes secos en la puerta de la cabina.
—¿Os vais a quedar mucho? —preguntó una voz de mujer desde el otro lado—. Tengo muchísimas ganas.
A Marcos se le encogió el estómago. Y la polla le dio un tirón nuevo.
La noche aún no había terminado.