Me usaron como su juguete en la marcha del orgullo
Ese año decidí ir a la marcha del orgullo con todo. Me puse pantimedias bajo una falda corta, una tanga mínima, un croptop ajustado y un sostén que apenas cubría nada. Me maqué con calma frente al espejo, me coloqué la peluca negra y, para rematar el conjunto, me sujeté una cola de diablita roja sobre la espalda baja. En el bolso llevaba mis juguetes de siempre: el plug que más me gusta, un dildo y un pequeño vibrador. Salí de casa sintiéndome otra persona, una versión mía que solo aparecía en días así.
La avenida estaba repleta. Banderas, música, cuerpos sudados moviéndose al ritmo de los camiones de sonido. Durante la primera hora todo fue puro disfrute: caminar, bailar, dejarme rozar por la multitud. En una marea de gente así, las manos ajenas son parte del paisaje, y nadie le da demasiada importancia a un toque de más.
Fue a mitad del recorrido cuando los noté. Dos hombres se habían pegado a mí, uno por cada flanco, y ya no era el roce casual del gentío. Sentía sus palmas abiertas sobre mis nalgas, demorándose más de lo necesario, midiendo hasta dónde podían llegar. No me aparté. Algo en esa insistencia me prendió antes de que mi cabeza alcanzara a opinar.
En un descuido sentí un tirón seco en la cola. Volteé de golpe y ahí estaban los dos, mirándome con una sonrisa que no pedía permiso. Les sonreí de vuelta y les hice que no con el dedo, despacio, sin convicción. Avancé unos pasos más entre la multitud cuando una mano me levantó la falda por detrás.
—¿Se puede saber qué hacen? —les dije, girando otra vez hacia ellos.
—Nos gustaste —contestó el más alto, sin bajar la voz—. Queríamos llamar tu atención. O por lo menos echarnos un taco de ojo.
Pues que se lo ganen, pensé.
Me reí y, en lugar de alejarme, les dije que uno se pusiera detrás de mí. El alto no lo dudó. Me abrazó por la espalda y de inmediato sentí el bulto duro apretado contra mi short, presionándome entre las nalgas. El otro se quedó enfrente, observando, con esa cara de quien espera su turno.
Caminamos así un rato, fundidos en el río de gente. Después cambiamos. Dejé que el segundo se acomodara contra mí y noté la diferencia enseguida: lo tenía más grande, más grueso. No dije nada. Metí la mano hacia atrás, por debajo de la tela, y le agarré la verga desnuda, dura y caliente. Me calentó hasta el límite, pero sabía que ahí, en plena calle, no llegaríamos lejos. Lo aparté un poco.
No sirvió de nada. Los dos volvieron a cerrarse sobre mí, tocándome con un disimulo casi quirúrgico, aprovechando cada empujón de la multitud para hundir los dedos donde nadie veía. El más alto me bajó la cola con plug de un tirón suave. Me dio nervios; me la quité rápido, me pegué a él y me la volví a meter de un movimiento. En ese instante sentí su erección frotándose contra mi entrepierna, mojándome a través de la tela. Mi falda escondía su verga mientras él la empujaba contra mí una y otra vez.
—Estás temblando —me dijo el otro al oído—. Y eso que todavía no empezamos.
Logré despegarme, pero su amigo me atrapó por delante y volví a quedar entre los dos, prisionera de cuatro manos. Me palpaban entero, intentaban colarse en mi culo con los dedos. Yo me iba excitando con cada centímetro que cedía: el sexo en público siempre había sido una de mis fantasías, y la estaba viviendo rodeada de cientos de personas que no sospechaban nada.
Sentí que tiraban de la cola otra vez y los dejé. La tomé, la guardé en el bolso. Tenía las pantimedias rasgadas justo en medio, así que solo corrí la tanga a un lado y permití que uno me restregara la verga entera entre las nalgas. El otro lo quitó de un empujón e hizo exactamente lo mismo. Mientras avanzábamos entre la marea, cada uno me metió dos dedos y me llevaron así un buen tramo, manejándome como si fuera de ellos. Me incomodaba y me ardía por dentro al mismo tiempo.
Aguanté un poco más, después me acomodé la tanga, saqué el plug del bolso y me lo metí muy rápido. Sentía la cara ardiendo de pura excitación. Ellos empezaron a jugar con la base del plug, girándolo, empujándolo, hasta que me dilataron y me dejaron escurriendo. Les pasé el dildo para que siguieran usándome, pero al menos dándome placer. Lo metían y lo sacaban lento, profundo, fuerte.
—Mírate —murmuró el alto—. Toda una calientita haciéndose la difícil.
Trataba de ocultar lo que sentía y no podía. El segundo aprovechó un apretón de la gente para intentar metérmela, y lo consiguió: media verga adentro mientras caminábamos pegados, paso a paso, fingiendo los dos que no pasaba nada. Hice lo posible por disimular, pero no dejaba de moverse dentro de mí. Me sentía una exhibicionista descarada, una puta de marcha, y la idea me encendía en lugar de avergonzarme.
Al rato noté su semen llenándome de a poco, derramándose tibio mientras yo me mordía las ganas de gemir en plena vía pública. Cuando se salió, me escabullí hasta un baño del lado de los hombres para limpiarme un poco.
***
Me siguieron, claro. Apenas salí del baño, los dos me acorralaron contra los lavabos. El que todavía no me había cogido quiso metérmela, pero el plug le estorbaba. Lo agarró por la base y, en vez de sacármelo, tiró de él para arrastrarme adentro de un cubículo.
Me dejé llevar. En cuanto cerró la puerta, me sacó el plug de un jalón, me hundió los dedos, me empujó contra la pared y me abrió de nalgas.
—Maldita perra —gruñó—. Sabía que te ibas a dejar. Ahora vas a ser mía y te voy a dejar bien llena. Y si no te cabe todo, te lo vas a tragar.
—Por favor, no —jadeé, aunque por dentro le rogaba más—. Solo termina y vete. No me gusta cómo me coges.
No me hizo caso, y la verdad es que yo tampoco quería que me lo hiciera. Se vació dentro de mí y se salió de golpe. Me quedé un momento apoyada en la pared del cubículo, sacándome su leche con los dedos, temblando. Cuando terminé, me volví a poner el plug y salí del baño con las piernas flojas, decidida a irme a casa.
***
Era tarde y los taxis estaban por las nubes, así que bajé al metro. También quería despejarme un poco después de lo que había pasado, aunque el cuerpo todavía me zumbaba. Me fui hasta el último vagón, ese donde a esas horas viajan casi puros hombres y uno que otro de la comunidad. Iba tan lleno que tuve que arrinconarme contra la puerta.
Y entonces, para mi sorpresa, los vi: los mismos dos de la marcha, subiendo en la estación siguiente. Se me acercaron sin prisa, como si lo hubieran planeado, y poco a poco se pegaron a mí hasta volver a manosearme entre el vaivén del tren.
Quise bajarme en la próxima parada, pero ya eran cuatro los hombres que me rodeaban, formando un muro con sus cuerpos. Nadie alrededor parecía darse cuenta de lo que ocurría en ese rincón.
Uno se colocó detrás, me corrió la tanga a un lado e intentó penetrarme, pero el plug seguía dentro. Me lo sacó él mismo y me clavó su verga de una sola embestida, dura y larga, caliente, con las venas marcadas. Solté un quejido apenas audible; no quería que nadie volteara, así que me tragué los sonidos. Cuando se corrió, se apartó y otro ocupó su lugar de inmediato, repitiendo el ritual. Pasaron los cuatro. Para cuando llegamos al final del recorrido, tenía las piernas y el piso del vagón húmedos, y yo seguía intentando aparentar normalidad.
Bajé escurriendo. Salí del metro buscando un baño para adecentarme y tomé una calle poco transitada, evitando que alguien me viera en ese estado. Pero la suerte siguió de su lado: los cuatro estaban más adelante, esperando transporte. Al verme, me alcanzaron y me condujeron bajo un puente, a un hueco oscuro donde no llegaba ninguna luz ni pasaba nadie.
Allí volvieron a manosearme. Me dieron unas nalgadas que resonaron contra el concreto mientras me obligaban a arrodillarme y chupar uno por uno. Cuando terminé con todos, me acomodaron encima de uno de ellos, con el culo expuesto al aire y la boca lista para el siguiente.
—Así te queda mejor la cara —se rió uno—. De rodillas y con la boca llena.
Prefirieron hacerme una doble penetración, turnándose otra vez de a poco. Su leche tibia se sentía demasiado bien. Estar abierta como un juguete entre cuatro desconocidos, jadeando bajo el puente, me tenía en un estado de pura adrenalina y entrega. Abierta, sudada, rendida.
Uno de ellos, todavía insatisfecho, me llevó a casa en taxi. Durante el trayecto me cogió una vez más, sin pedir permiso, y el taxista —que no perdía detalle por el retrovisor— pidió unirse. Le dije que sí. Se orilló en una calle vacía y terminó dentro de mí igual que los otros. Me bajé del coche temblando de pies a cabeza, completamente usada y, contra toda lógica, satisfecha.
Al llegar a casa me arrastré hasta el sofá, me dejé caer boca abajo todavía con el disfraz puesto y me quedé dormida casi al instante, con el cuerpo latiendo y la cola de diablita aún sujeta a mi espalda.