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Relatos Ardientes

Renata me hizo arrodillarme ante sus medias

Empezamos a hablar por una de esas aplicaciones de citas en las que nadie espera nada serio. Pasamos un par de semanas mandándonos mensajes hasta altas horas, y un viernes por fin quedamos para vernos en persona. Se llamaba Renata, tenía veintisiete años y arrastraba una risa fácil que sonaba como un permiso para todo.

Durante esas semanas de chat nos habíamos confesado lo que de verdad nos calentaba. A ella le gustaba ser deseada hasta el ridículo, sentirse adorada, ocupar el centro absoluto de la atención y, solo entonces, entregarse. Me pareció un milagro. Era exactamente el tipo de mujer que me desarmaba. Pero no quise mostrarme entero a la primera, así que le solté lo único que nunca había dicho en voz alta: mi obsesión por los pies envueltos en medias. El nylon, las piernas de una mujer cubiertas por esa tela tensa y brillante. Le confesé que con eso perdía la cabeza.

Ella no se rió. Solo escribió: «Entonces ya sé cómo voy a vestirme».

Pensaba en ese mensaje mientras la esperaba en el restaurante donde habíamos quedado, cerca del centro. La vi entrar y supe enseguida que era ella. Morena, baja, de formas proporcionadas, con caderas que se movían solas y un culo pequeño y firme. Llevaba un vestido de satén negro con tirantes finos, la falda terminaba a mitad del muslo, medias negras transparentes y botas de tacón que le subían hasta media pantorrilla.

Su cara era redonda, de rasgos suaves, con un aire casi aniñado que contrastaba con la seguridad de su andar. Tenía los ojos grandes, muy expresivos, y el pelo a la altura de los hombros, ligeramente ondulado. Maquillaje discreto, en tonos rosados, el mismo color del labial. Unos pendientes pequeños de oro y una cadena fina en el cuello. Olía a algo cálido que no supe identificar.

Me levanté y la besé en ambas mejillas. Nos sentamos, y empezó el juego.

La cena fluyó sin esfuerzo. Comíamos, charlábamos, nos reíamos de las mismas cosas. Pedimos un buen vino y un licor con el postre, y para cuando llegó la cuenta ya estábamos los dos achispados, con esa euforia tonta que adelanta lo que va a pasar. Le propuse seguir en un bar cercano y aceptó sin pensarlo.

El lugar estaba lleno y ruidoso. Seguimos bebiendo y acabamos en la pista, bailando pegados. Poco a poco el baile se convirtió en roces que ya no eran accidentales, manos que se demoraban más de la cuenta, besos largos como de adolescentes que descubren la boca del otro. Pude comprobar lo suave que era su cuerpo joven, cómo reaccionaba a cada caricia, cómo se rendía entre mis brazos sin dejar de sonreír. Estaba relajada y, a la vez, en control. Eso me ponía aún más.

—¿Vamos a tu casa? —me dijo al oído, no como una pregunta.

—Vamos —respondí.

***

Llegamos besándonos contra la puerta, contra el pasillo, contra cada pared hasta el dormitorio. Encendí una lámpara de luz tenue y, antes de que ella tomara el control de todo, me adelanté: le pedí que se tumbara en la cama. Lo hizo despacio, observándome, y yo me arrodillé a sus pies como quien se prepara para un ritual.

Tomé una de sus piernas con las dos manos y bajé la cremallera de la bota muy lentamente, alargando cada centímetro. Ella me miraba con una sonrisa de medio lado.

—Así que era verdad —murmuró—. Te tengo a mis pies de literal.

Le quité la bota y apareció un pie pequeño, delicado, los dedos perfectos bajo la transparencia del nylon. Olía a sudor, a cuero y a algo íntimo que solo era de ella. Apoyé ese pie contra mi cara y empecé a adorarlo: lo besé, lo olí sin descanso, dejé que esa tela tensa me rozara los labios. Renata se reía bajito, encantada con el espectáculo.

—Te falta el otro —dijo después de un rato—. No lo descuides.

Obedecí. Liberé el otro pie de la bota y lo olí con la misma hambre, pasé la lengua por la planta a través de la media, mordí el talón con suavidad. Mientras tanto, ella apoyó el pie libre sobre mi entrepierna y empezó a frotar, midiendo lo dura que ya estaba.

—Mmmm —dijo—. Me encanta esto. Qué morboso eres.

Al cabo de un rato retiró los pies de mi cara y se incorporó sobre la cama. Despacio, sosteniéndome la mirada, se quitó el vestido por la cabeza. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro, sujetador y un tanga que por detrás era apenas un hilo. Se giró y me ofreció el culo a la altura de la cara, restregándose contra mí. Saqué la lengua y la pasé por encima de la media, dejando la tela brillante de saliva justo sobre la curva.

—Desnúdate —ordenó, sin girarse.

Lo hice deprisa. Cuando me bajé el bóxer, la liberé de golpe, tan dura que casi dolía. Renata volvió a tumbarse y me dejó hacer. Empecé a pasar la punta por sus pies, subí lentamente por las piernas envueltas en nylon, la deslicé entre sus muslos y froté ahí, contra la tela, contra el calor que se adivinaba debajo. Subí hasta su sexo, todavía protegido por la media, y me moví de forma rítmica mientras ella gemía cada vez más alto.

—Estoy en tus manos —dijo, y luego se corrigió con una sonrisa—. O tú en las mías. Haz lo que quieras conmigo.

Esa frase me enardeció. Le desabroché el sujetador y seguí subiendo, pasando la punta por su vientre, por el esternón, entre sus pechos firmes. Tenía los pezones tan en punta que me detuve a rozarlos una y otra vez. Sus gemidos iban en aumento. Continué el recorrido por el cuello, la oreja, la mejilla. Le dibujé líneas húmedas por la cara mientras un rastro tibio quedaba a mi paso. Recogí un poco de esa humedad con el dedo y se lo acerqué a la boca; ella lo atrapó con la lengua y lo lamió despacio, mirándome a los ojos.

—Así, así —susurraba—. Soy tuya esta noche. Pero tú vas a hacer todo lo que yo diga.

Me senté con cuidado para ponerme a su alcance, y ella no dudó: tiró de mis caderas y empezó a usar la boca con un descaro que me dejó sin aire, lamiendo, succionando, marcando ella el ritmo mientras una de sus manitas me masturbaba con una lentitud calculada. Yo estaba en el paraíso y, al mismo tiempo, completamente a su merced. Esa era la trampa, y los dos lo sabíamos.

***

Después de un buen rato así, le pedí que se pusiera a cuatro patas. Renata me concedió el permiso con un gesto y se colocó sobre la cama, ofreciéndome el culo cubierto por el nylon. Acerqué la boca y empecé a besarlo y a aspirar a través de la tela. Hice un pequeño desgarro en la media para meter la lengua, aparté el hilo del tanga y me dediqué a ella sin prisa. Estaba en éxtasis, gemía con los ojos cerrados, apretando las sábanas con los puños.

—Sigue, no pares —jadeaba.

—Tranquila —le dije—. Voy a adorarte hasta que no puedas más.

Agrandé el desgarro de la media para deslizar un dedo mientras seguía con la lengua. Con la otra mano le tomé un pecho y le pellizqué el pezón con suavidad. Su respiración se aceleró, se volvió entrecortada, hasta que estalló en un orgasmo largo que la dejó temblando y a mí con la boca empapada de ella.

Apenas se repuso, recuperó el mando. Me empujó de espaldas contra el colchón y se sentó a horcajadas sobre mí. Sin preámbulos, se hundió de un solo movimiento, apretada, ardiente. Se quedó así, quieta, dejándome sentir cada centímetro mientras subía un pie a mi cara.

—Chúpalos —dijo—. Dedo a dedo. Despacio. Y no te muevas hasta que yo lo diga.

No se movía. Yo tenía la erección más tensa de mi vida, al borde de reventar, obligado a quedarme inmóvil mientras le adoraba los dedos uno a uno a través del nylon. Cuando ya no aguantaba más, le tomé las caderas y empecé a guiarla arriba y abajo. Renata cogió el ritmo enseguida, cabalgándome con ganas mientras yo tiraba apenas de su pelo. Me montó durante un buen rato, acariciándose el clítoris ella misma, hasta que se corrió por segunda vez con un grito ahogado.

Recogió su propia humedad con dos dedos y me los metió en la boca. Después se inclinó y me dio un beso profundo, con lengua, robándome el aire.

***

Yo seguía tumbado, derrotado y feliz. Ella se levantó, se sentó junto a mi cara y empezó a lamerse el pie con medias delante de mí, sin dejar de mirarme.

—Abre la boca —ordenó.

Obedecí. Apoyó el pie sobre mi cara, dejó caer un hilo de saliva sobre la tela y luego pasó la planta húmeda por mis labios. Repitió el gesto varias veces, marcando ella cada movimiento, mientras con la otra mano me acariciaba con esa lentitud que me tenía al borde.

Estaba a punto de perder el control, pero quería más. Quería terminar dentro de esa diosa que me había manejado toda la noche. Así que me incorporé, la tumbé boca arriba —necesitaba verle la cara— y le levanté las piernas. Empecé a embestirla con sus pies cerca de mi boca, fuerte, profundo, dándole todo lo que me pedía.

—Más —jadeaba—. No pares, dame más.

Le metí la lengua en la boca y la embestí hasta el fondo. Renata se aferró a mi espalda y se corrió una tercera vez, pidiéndome al oído que me dejara ir. Aguanté un poco más, hasta que sentí que ya no podía retrasarlo.

—Me voy a correr —le dije.

—Hazlo donde yo te diga —respondió, y se señaló la cara con una sonrisa.

Salí en el momento justo y me incorporé sobre ella. Terminé sobre su rostro, y ella cerró los ojos y abrió la boca para recibirlo, como si incluso ese último gesto lo hubiera ordenado ella. Lamió lo que pudo, despacio, sin dejar de mirarme.

Después nos abrazamos en silencio, los dos sin fuerzas, mientras la luz tenue de la lámpara dibujaba sombras en el techo. Fue una de esas noches que uno guarda para volver a ellas en la memoria. Y supe, mientras la oía respirar a mi lado, que Renata no había estado nunca a mis pies. Había sido al revés todo el tiempo, y yo no habría querido que fuera de otra manera.

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Comentarios (5)

DominarteAmo

Excelente!!! Una de las mejores que leí en esta categoría en mucho tiempo.

Valentina_rdp

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con ganas de mas. La dinámica entre ellos es increible, muy poco comun por acá.

NachoBsAs

Muy bien narrado, se nota el trabajo. No se hace largo en ningun momento y eso es difícil de lograr.

ElFantasma_77

tremendo. corto pero deja mucho para imaginar, así me gustan.

Marcos_2090

Me recordó a algo que viví hace unos años jaja. Eso es señal de que está bien escrito.

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