Firmamos un contrato de sumisión en Tokio sin leerlo
El primer aeropuerto que vimos al volver fue Narita, pero el último, el de Buenos Aires, fue donde Camila se aferró a mi brazo hasta clavarme las uñas. Habíamos dormido a tramos en el avión, pastillas mediante, y ahora caminábamos hacia Migraciones con la mirada baja, como si los oficiales pudieran oler en nosotros lo que firmamos.
—Sebastián —susurró ella—. Si me preguntan qué hicimos seis semanas allá, no sé qué decir.
—Vacaciones —contesté, sin convicción—. Decimos que fueron vacaciones.
Ella asintió. En su muñeca brillaba una pulsera barata que nos regalaron al final del programa. Recuerdo del campeonato, decía la inscripción en japonés. Yo había guardado la mía en el fondo de la maleta, junto a los DVDs sellados que jurábamos no abrir nunca.
***
Seis semanas atrás, todo era un cheque y una sonrisa. El señor Hayami nos había recibido en el set con un traje gris perla y un inglés cortado a hachazos. Nos hizo firmar un contrato de quinientas páginas que nadie tradujo.
—Estándar —insistió, golpeando con el dedo la página de la firma—. Programa de competencia. Premio mayor cien mil dólares.
Camila firmó sin leer. Yo firmé después de leer las primeras veinte páginas. Quien tendría que haber leído el resto era la persona que se iba a arrepentir, y nunca imaginé que esa persona fuera yo, encerrado en un camerino de neón parpadeante, escuchando el rugido del público a través de la pared.
El programa era una variación japonesa del BDSM como espectáculo televisivo. Parejas extranjeras competían por resistencia bajo dominación: cuánto soportaba el sumiso elegido por el público antes de pedir la palabra de seguridad. Camila se ofreció primera. Camila siempre se ofreció primera.
Ganamos. Eso era lo que importaba. Ganamos, dijeron, y nos llevaron a una enfermería con paredes blancas y cámaras hasta en los vasos de agua.
Ahí Hayami soltó la frase que nos hundió.
—Felicidades. El contrato se extiende cuarenta y cinco días más. Página cuatrocientos noventa y dos. Recuperación y promoción. Compensación adicional, doscientos mil.
—¿Qué? —Camila intentó incorporarse en la camilla y no pudo. Las marcas frescas en los muslos no la dejaban moverse sin contener la respiración.
—No firmamos eso —dije.
—Firmaron todo —respondió Hayami, y abrió la página por sí solo, como si supiera de memoria dónde nos había atrapado.
Discutí. Grité. Amenacé con la embajada. Hayami sacó un sobre con fotos: nuestra casa en Buenos Aires, la escuela de Lucas, la sala de espera del jardín de Mía y Joaquín. Las miradas se hicieron silencio.
—Es legal en Japón —dijo, y dobló el sobre con cuidado, como si guardara servilletas usadas—. Y si rompen, doscientos mil de penalidad. Y los DVDs aparecen en cualquier canal. Cualquier canal latino.
Camila me miró desde la camilla con esos ojos que ya no parpadeaban. Asentí. Y firmamos otra vez, esta vez sobre nuestro propio cuerpo.
***
Las semanas siguientes fueron una jaula iluminada. Habían convertido la enfermería en un set de reality, con cámaras fijas en cada ángulo y micrófonos en las almohadas. Transmitían en vivo, veinticuatro horas. Hayami lo llamaba el lado humano del programa.
Camila no podía caminar bien las primeras noches. Aprendí a sostenerla con un brazo bajo la espalda y otro bajo las rodillas, como cuando estaba embarazada de Joaquín. Cada paso suyo era una conversación con el dolor: una respiración corta, una pausa, otra respiración. Cada paso era también una toma. Las cámaras se movían solas, sobre rieles silenciosos, persiguiendo el primer plano que diera más rating.
Lo más difícil no fue el dolor: fue la rutina. Curaciones cada mañana, baños cada noche, ejercicios de movilidad bajo la mirada de una enfermera que se llamaba Aki y que sonreía siempre, incluso cuando Camila lloraba en silencio. La cámara del baño, escondida detrás del espejo, registraba cómo se desnudaba, cómo se sentaba en la bañera, cómo se cubría los pechos con las manos cuando el agua salía demasiado caliente. Yo intentaba interponer mi cuerpo, pero las cámaras eran cuatro, y yo era uno.
Una noche, sentado en el borde de su cama, le tomé la mano y la miré directamente a los ojos.
—Camila. No estás sola.
—Lo sé —dijo. Y después, en voz más baja, sin mover los labios para que las cámaras no leyeran—: Pero los chicos sí.
Esa fue la primera noche que rezó. Yo no rezo, pero esa noche me quedé despierto mirando el techo por si alguien escuchaba.
***
Las dos últimas semanas fueron promoción. Nos sacaron de la enfermería con ropa nueva, holgada, que Hayami eligió personalmente para que se transparentaran las marcas que él consideraba más mediáticas. Programas matutinos, programas nocturnos, programas de cable. La misma pregunta repetida en treinta variaciones distintas: ¿cómo se siente ser la pareja latina que ganó?
Camila aprendió a contestar. Aprendió a sonreír mientras levantaba el ruedo de la blusa lo justo para mostrar la línea morada que le cruzaba el costado. Aprendió a decir «por mi familia» con la voz quebrada en el lugar exacto, justo antes del corte comercial.
Yo aprendí otras cosas. Aprendí a contar yenes mientras me preguntaban si la noche del castigo había sido dura. Aprendí a sonreír sin mostrar los dientes. Aprendí que si miraba a Camila durante la entrevista, los ojos se me llenaban; entonces aprendí a no mirarla.
En el último programa nos pidieron una foto. Camila en el centro de un set blanco, con las piernas levemente separadas y los brazos cruzados sobre los pechos, mostrando el tatuaje que le habían hecho la primera semana sobre el pubis. Un código de barras pequeño y negro, indeleble. Sello de campeonato, lo llamaron. Hayami enmarcó la foto y la colgó en un pasillo del estudio, junto a otras mujeres con la misma marca, todas con la misma sonrisa de tregua.
—Bienvenida al club —le dijo Hayami a Camila.
Camila no contestó. Yo le apreté la mano hasta que se le pusieron blancos los nudillos, y me prometí que esa foto nunca iba a llegar a Buenos Aires.
***
El cheque final eran novecientos sesenta mil dólares. Premio, extensión, entrevistas, regalos en especie convertidos. Hayami nos despidió en una limusina negra con olor a cuero nuevo.
—Vuelvan cuando quieran —dijo—. América Latina pronto, ¿eh? Ya estamos en conversaciones.
Su guiño me siguió hasta el embarque.
***
Aterrizamos un domingo a la tarde. En el living, los chicos habían pegado una pancarta torcida con témpera roja: ¡Bienvenidos, campeones!. Mis suegros sonreían con esa sonrisa nueva de no preguntar. Mis padres habían cocinado milanesas. Lucas, Mía y Joaquín se nos colgaron del cuello como si quisieran reabsorbernos.
—¡Mami trajo regalos! —gritó Mía, que tenía cinco años y la confianza absoluta de que el mundo siempre traía regalos.
Habíamos comprado todo en el aeropuerto, con una urgencia rara, como si los juguetes pudieran tapar los agujeros que traíamos. Un robot que disparaba luces para Lucas. Una muñeca con vestido brillante para Mía. Un tren eléctrico para Joaquín. Camila se arrodilló con esfuerzo —el cuerpo todavía tirante, las cicatrices todavía rosadas bajo la blusa larga—, los abrazó a los tres juntos y enterró la cara en el pelo de Joaquín.
Mi suegro me palmeó la espalda.
—Las deudas. Avisó tu vieja. Ya pagamos todo. Buen trabajo, hijo.
Asentí. No dije nada. ¿Qué iba a decir?
Cenamos los siete en la mesa larga, con la pantalla de la tele apagada por primera vez en años. Lucas, que tenía siete, lanzó la primera pregunta entre el primer y el segundo bocado.
—¿Y en Japón hay robots de verdad? ¿Por qué no podemos ver el programa?
—Es para grandes, campeón —dije, mientras cortaba la milanesa en cuadraditos como si él todavía tuviera tres años—. Es como un concurso de preguntas, pero con palabras difíciles.
—¿Qué palabras?
—Palabras de adultos.
Mía levantó la cuchara con el flan.
—Mami, vos dijiste que era como un juego. ¿Te hicieron cosquillas? Una vez, en una llamada, llorabas.
Camila se quedó muy quieta. Yo le vi la mano apretar el tenedor hasta que el metal se le marcó en la palma. Después soltó el aire, sonrió, le acomodó el flequillo a Mía y dijo.
—Ay, mi amor. Eran cosquillas, sí. Pero a veces las cosquillas pican un poquito. Como cuando jugás a las hadas y te raspás la rodilla. ¿Te acordás?
—Sí.
—Bueno. Así.
Joaquín, que tenía cuatro y siempre era el más callado, miró el tren en la caja sin abrir. Después la miró a ella.
—Mami, ¿el juego dolía?
Camila se agachó, le besó la frente, lo besó dos veces más, y le dijo lo único cierto que pudo decir esa noche.
—Un poquito, Joaco. Pero ya pasó. Y lo que dolía más era pensarte.
Yo cambié de tema con un truco fácil. Saqué el robot, le mostré a Lucas el botón de los láseres, lo hice desfilar por el mantel. Mis padres se rieron. Mis suegros se rieron. Los chicos se rieron. Camila también se rió, y yo le miré la risa como si fuera una herida abierta, y volví a desviar la vista.
***
Cuando los chicos se durmieron y los padres se fueron, nos quedamos solos en el sofá. La casa olía a milanesa fría y a cera de piso barata. Por primera vez en años no había deudas. Por primera vez en años podíamos pagar el colegio sin pensar. Por primera vez en años no nos despertaba la heladera vacía.
Camila apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Valió la pena? —susurró.
Le besé la cicatriz que tenía cerca del nacimiento del pelo. Era pequeña, casi invisible, pero la conocía. La había visto formarse.
—Por ellos, sí —dije—. Pero te juro que nunca más.
—Hayami dijo que el programa viene para acá.
—No va a venir.
—Si viene…
—No va a venir.
Le tomé la mano y la apreté. Ella me devolvió la presión, con la fuerza vieja, la de antes, la que yo había extrañado durante seis semanas.
—Sebastián —dijo después de un rato—. Algún día van a preguntar.
—Sí.
—Cuando sean grandes.
—Sí.
—¿Qué les decimos?
Pensé. Pensé en los DVDs sellados en la caja del armario, junto al pasaporte, junto al certificado de matrimonio, junto a una foto vieja del verano que nos conocimos. Pensé en el tatuaje que ella se cubría hasta para dormir. Pensé en la pregunta de Mía y en el silencio de Joaquín.
—Les decimos —dije, eligiendo cada palabra como si caminara por un puente fino— que mamá y papá hicieron algo para que ustedes no pasaran lo que nosotros pasamos. Y que se equivocaron al elegir el cómo. Pero que se quieren. Y que están acá.
Camila se quedó callada. Después asintió, despacio, y cerró los ojos.
Esa noche dormí con la mano sobre su cintura, sintiendo cada respiración. Soñé con el set blanco, con el flash, con la risa amable de Hayami. Me desperté de golpe a las cuatro, sudado, con la frase no mires en los labios. Era lo que yo le había dicho a ella en el estudio, cuando empezaron las cámaras, para que cerrara los ojos. Ahora me lo decía a mí mismo, en mi cama, en mi casa, con mis hijos durmiendo del otro lado de la pared.
Camila se removió. No abrió los ojos, pero buscó mi mano, la encontró, y me apretó los dedos sin decir nada.
Las sombras siempre vuelven. Lo sabíamos los dos. Pero por primera vez en seis semanas, esa noche, las sombras se quedaron del lado de afuera.