Domé a mi marido abusón delante del gimnasio
Mariela y Damián llevaban tres años casados, y los últimos meses habían sido una guerra silenciosa. Lo intentaban cada noche, cuidaban la dieta, dormían sus horas, entrenaban juntos, y aun así el embarazo no llegaba. Ella nunca se quejó del desempeño de él en la cama; lo daba por secundario. Lo único que le importaba era tener un hijo, y esa obsesión los estaba devorando a los dos por dentro.
Damián era culturista. Casi un metro noventa de músculo cuidado al milímetro, y un ego del mismo tamaño. Cuando los meses pasaron sin resultado, empezó a echarle la culpa a ella con miradas, con silencios, con comentarios afilados que dejaba caer en mitad de la cena. Mariela, una mujer preciosa de cuerpo firme y mirada cansada, lloraba a escondidas en el baño y se convencía de que el problema era suyo.
Fue él quien insistió en ir al médico. Estaba seguro de que las pruebas iban a darle la razón, a confirmar que el cuerpo defectuoso era el de ella. Semanas de análisis, de salas de espera, de reproches en el coche de vuelta. Y por fin, una mañana cualquiera, el correo con los resultados llegó al teléfono de Mariela mientras los dos entrenaban en el gimnasio del barrio.
Ella lo leyó primero. Lo leyó dos veces, conteniendo el aliento. Damián era estéril. No había tratamiento, no había vuelta atrás. El problema, durante todo aquel calvario, nunca había sido ella.
Aunque sabía que no debía, sintió una oleada de alivio antes que de pena. Se acercó a él con el teléfono en la mano, intentando que no se le notara.
—Cariño, llegaron los resultados —dijo—. Lee el correo, anda.
Damián soltó las mancuernas y leyó. Se quedó rígido, pálido, incapaz de procesarlo. Estaba tan convencido de lo contrario que el papel le temblaba en la pantalla.
—Resulta que no era yo el problema —dijo ella, más tranquila de lo que se sentía—. ¿No tienes nada que decir?
Lo que vino después no lo vio venir. Sin mediar palabra, él le cruzó la cara de un bofetón que sonó en todo el gimnasio. Mariela cayó de espaldas contra el suelo de goma y rompió a llorar, más de rabia que de dolor. Tardó unos segundos en levantarse, y cuando lo hizo ya no había miedo en su voz, solo desprecio.
—Estéril, maltratador y encima un cobarde —le escupió.
La sala entera se quedó en silencio. Las máquinas dejaron de sonar. Todos esperaban un final trágico, porque Damián volvió a levantar el puño con la cara desencajada. Pero el golpe nunca llegó a ella.
***
Entre los dos se interpuso Gael, el dueño del gimnasio. Un hombre de casi dos metros, cinturón negro, manos como tenazas y una calma que daba más miedo que cualquier grito. El puño de Damián le impactó en el pómulo, y Gael ni siquiera parpadeó.
Lo que siguió duró menos de cinco segundos. Una patada seca a la entrepierna dobló a Damián por la mitad, y antes de que cayera, una ráfaga de golpes rapidísimos al rostro lo derribó como un saco. Quedó tendido boca arriba en el centro de la sala, inconsciente, con los brazos abiertos.
Y entonces empezó lo peor. Inconsciente y con el cuerpo flojo, comenzó a orinarse encima. Un charco oscuro fue creciendo alrededor de sus piernas, empapándole los pantalones cortos blancos de entrenamiento. Segundos después, la parte trasera del pantalón se manchó de marrón, inconfundible. El hombre que presumía de macho alfa se había vaciado entero en el suelo, delante de toda la sala.
Las risas estallaron por todos lados. Hombres y mujeres se acercaban con los teléfonos en alto, grabando, fotografiando, comentando entre carcajadas. Mariela, que segundos antes tenía la marca de su mano en la mejilla, se sorprendió a sí misma riendo con ellos.
Se abrazó a Gael y le dio las gracias por defenderla.
—Lo hice con mucho gusto —dijo él, sin soltarla—. Cuando despierte te lo llevas a casa y no te preocupas por nada más. De mí no va a volver a levantarte la mano.
Pero Damián empezó a despertar antes de lo previsto. Abrió los ojos, vio el círculo de gente riéndose, sintió la humedad fría bajo su cuerpo, y comprendió el espectáculo que estaba dando. La vergüenza se le transformó en furia. Se levantó como pudo, resbalando en su propia inmundicia, y se lanzó contra Gael lanzando un puñetazo torpe mientras gritaba un insulto.
La torpeza del golpe contra la agilidad del otro no tenía comparación. Gael esquivó con un giro de cintura, encadenó tres golpes a la mandíbula y remató con una patada al mentón que devolvió a Damián exactamente al charco del que se había levantado.
—Ya no te lo vas a llevar a casa —le dijo Gael a Mariela, secándose la mano en una toalla—. Ahora vamos a ver quién es aquí el poco hombre.
Sonaron aplausos en la sala. Mariela asintió despacio, con algo nuevo encendiéndose en su mirada.
***
Alguien le pasó unas tijeras de la recepción. Mariela se arrodilló junto a su marido tendido y, sin dudarlo, le cortó el pantalón empapado, después el slip y por último la camiseta, dejándolo completamente desnudo en el centro de la muchedumbre, sobre su propia orina.
—Ahora entiendo por qué nunca me llenaba —dijo ella en voz alta, con una sonrisa cruel—. No he visto una cosa tan pequeña en mi vida. Y mira que he visto en este gimnasio.
La carcajada fue colectiva. Damián se cubrió con las manos, pero ya era tarde: decenas de cámaras habían capturado cada centímetro. Mariela sintió algo que no esperaba sentir, un cosquilleo de poder, de revancha, viéndolo encogido y expuesto después de años de menosprecio.
Se acercó de nuevo a Gael, esta vez con un punto de inquietud.
—Me ha encantado verlo en su sitio —admitió en voz baja—, pero tengo miedo de cómo se va a poner en casa. Lo conozco.
—No tienes nada que temer —respondió él, mirando a Damián con desprecio—. Yo me voy a encargar de domarlo. Cuando termine, va a comer de tu mano. Aunque la verdad, no sé muy bien qué hacer con un sapo estéril, con micropene, meón y exhibicionista. Ja, ja, ja.
—Algo se rompió para siempre entre nosotros —dijo Mariela, mirando a su marido en el suelo—. Y aun así todavía siento algo por él. Lástima, sobre todo. Pero no voy a mentirte: me ha gustado verte ponerlo de rodillas delante de todos.
—Pues tranquila —contestó Gael—, porque esto no ha terminado. Su humillación va a ser mucho más larga y mucho más profunda de lo que se imagina. Te lo vas a pasar en grande.
Entre dos clientes lo arrastraron hasta la parte trasera del gimnasio, al patio donde guardaban las mangueras. El chorro de agua fría lo golpeó de lleno, limpiándolo del desastre y dejándolo aún más encogido, dando un espectáculo lamentable mientras temblaba de frío. El agua lo despertó del todo, y la rabia volvió a cegarlo. Se incorporó de golpe y se lanzó otra vez contra Gael.
Esta vez Gael no esquivó. Le clavó una patada seca entre las piernas que lo dobló en dos, se agachó, lo agarró del escroto y tiró hacia arriba con fuerza.
—No aprendes, ¿verdad? —dijo con una calma helada—. Si lo vuelves a intentar, te los arranco de cuajo. ¿Lo has entendido?
—¡Sí! —gimió Damián, con la cara desencajada de dolor—. ¡Por favor, no me los arranques! Te voy a hacer caso, lo prometo.
Mariela no podía parar de reír. Gael dio otro tirón que arrancó un alarido a su marido y, sin soltarlo, le dio la primera orden.
—Ahora vas a gatear hasta tu mujer, le vas a besar los pies y le vas a pedir perdón. Despacio, que lo oiga todo el mundo.
Damián gateó por el suelo mojado, humillado, y pegó la boca a los pies de Mariela.
—Perdóname, Mariela, por favor —sollozó—. No voy a comportarme nunca más así. Te voy a obedecer siempre. A ti y a Gael.
—Muy bien —intervino Gael—. Mañana te quiero aquí, a primera hora. Completamente afeitado de cintura para abajo, con braguitas de encaje y unas mallas rosas bien ajustadas. ¿Entendido?
—Sí, Gael —murmuró él, sin levantar la cabeza—. Te doy mi palabra. Pero por favor, no me los estires más, que se van a romper. No te enfades.
—Eso ya lo veremos, guarrilla. —Gael lo soltó por fin—. Ahora te levantas cuando puedas y te vas andando a tu casa tal y como estás. Desnudo. Y antes de salir por esa puerta, le dices a todo el gimnasio quién eres.
Damián tragó saliva, miró el círculo de teléfonos apuntándole, y la voz le salió quebrada.
—Gracias, Gael, por no arrancármelos. Soy la putita de Gael, y le voy a obedecer siempre.
***
Las carcajadas se oyeron en toda la manzana. Damián se levantó tambaleándose, cubriéndose como podía con una sola mano, y emprendió el camino a casa. Aunque vivían a pocas calles, cada paso era un suplicio. No se atrevió a taparse del todo en ningún momento, consciente de que cualquier gesto sería más material para las cámaras. Lo grabaron desde los balcones, le gritaron desde los coches, lo señalaron desde las terrazas. El macho alfa del barrio, desnudo y llorando por la acera a plena luz del día.
Una vez en casa, se derrumbó. Lloró desconsoladamente, hecho un ovillo en el suelo del salón, y le suplicó a Mariela que llamara a Gael, que le pidiera clemencia, que no lo humillara más al día siguiente. Ella lo miró desde arriba, impasible, con los brazos cruzados.
—Te buscaste todo esto solito —dijo—. Eres un hijo de puta que me pegó delante de todos, y cuando lo intentaste con un hombre de verdad, te puso en tu sitio en cinco segundos. Ahora todos te conocen bien. Han visto lo que escondías entre las piernas. Se acabó eso de presumir delante de tus admiradoras del gimnasio. Tomaron nota, créeme.
—Mariela, por favor… —insistió él entre lágrimas.
—Calla. Ahora vas al baño y te afeitas, como te ordenó. Y mientras tanto, yo te voy a elegir las bragas y las mallas para que luzcas precioso mañana. No me lo perdería por nada del mundo.
Llorando, Damián se arrastró hasta el baño. Cuando salió, depilado y tembloroso, Mariela soltó una risa que no podía contener y le sacó más fotos para mandárselas a Gael en ese mismo instante.
—Mañana va a ser un gran día —dijo ella, repasando las imágenes en la pantalla—. Sobre todo para ti. Gael te va a poner en el lugar que mereces, guarrilla. Y ahora, antes de que me duche, te arrodillas y me chupas los pies un buen rato. O le digo que mañana cumpla su promesa y te arranque esa minucia que tienes ahí abajo.
Damián no lo dudó. Se arrodilló de inmediato en las baldosas frías y empezó a lamer los pies de Mariela, despacio, mientras ella reía y reía mirando al techo, saboreando cada segundo de su nueva vida. Por primera vez en tres años, sintió que mandaba ella. Y no pensaba renunciar a esa sensación jamás.
El hombre que durante años se había creído intocable acababa de descubrir, en una sola tarde, exactamente para qué servía. Y lo peor —o lo mejor, según se mirara— era que apenas estaban empezando.