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Relatos Ardientes

El amo que mi novia jamás dejó de desear

En aquellos meses, Carolina vivía con sus padres. Estaba por cumplir los veintidós y yo, desde hacía poco, me había convertido en su novio, o algo parecido. Casi todas las mañanas, hasta bien entrada la tarde, se quedaba sola en su casa, y yo, que vivía a tres puertas de distancia, aprovechaba para hacerle compañía. Con los meses fuimos armando nuestra propia rutina, con sus juegos y sus fantasías, esas que un viernes cualquiera terminarían explorándose hasta el fondo.

Algunas veces, dejando la puerta entreabierta, Carolina me llamaba desde el final del pasillo y me invitaba a entrar al cuarto de sus padres. Allí la encontraba en cuatro patas, completamente desnuda, los muslos pálidos y firmes contrastando con el brillo entre sus piernas. Después nos reíamos del rastro que dejábamos sobre la cama matrimonial, jurándonos cambiar las sábanas antes de que volvieran del trabajo.

Pero Carolina, desde siempre, había sido ingobernable e insaciable. Cada dos por tres, una discusión idiota nos arrastraba a estar varios días sin hablarnos, ella acumulando rencor y yo cargado de ganas, mirando por la ventana con un nudo en el estómago. Esa semana en particular llevábamos siete días en silencio. Yo me asomaba al balcón fingiendo regar las plantas y la veía pasar con sus amigas, riéndose fuerte, mostrando demasiada pierna. Por la noche llegaban tipos a buscarlas en autos viejos, tocaban bocina y ellas salían con vestidos cortos. Yo apretaba los dientes y trataba de convencerme de que no me importaba. Mentira: me importaba demasiado.

El viernes amanecí sin ganas de nada. Estaba frente al portátil fingiendo que adelantaba un trabajo de la facultad cuando vibró el teléfono. Era ella.

«No sé si querrás saber de mí, pero te aviso: Damián me escribió después de meses de silencio. Viene en un rato a charlar.»

Sentí cómo se me caía el piso. Damián era el exnovio de Carolina, le llevaba diez años y había sido su primer amo. La dominó, la entrenó y la usó a placer durante cinco años. Yo, que más de una vez me había hecho la paja escuchando los relatos que ella me hacía de aquella época, sabía perfectamente para dónde iba esa visita. Sabía la cara que iba a poner Carolina cuando él le tocara el timbre. Sabía cómo terminaba siempre.

Le respondí con la garganta cerrada: «Si lo que querés es disfrutar, al menos contame qué vas a hacer».

Tardó dos minutos en mandarme la foto. Estaba parada frente al espejo del baño, con la lencería que habíamos elegido juntos hacía un par de meses: el sostén transparente de encaje negro que dejaba ver el rosa de sus pezones, y la tanga de hilo que apenas le tapaba el culo.

«Te voy informando», escribió.

Damián era atlético, de aspecto rudo, un poco descuidado en su ropa. Cabeza rapada, barba poblada, brazos llenos de tatuajes mal hechos. Lo vi llegar caminando por la vereda, sudado, con esa actitud de quien ya sabe que la puerta se le va a abrir. Me parapeté detrás de la cortina del living. Carolina lo recibió con una falda corta de jean y una blusa blanca de tiritas. Bajo la tela se notaban sus pechos firmes y las cintas del sostén que recién me había mostrado.

Cerraron la puerta. Mi mundo se quedó del lado de afuera, con la cara pegada al vidrio, detallando cada centímetro de esa madera inmóvil. Intenté llamarla tres veces. El teléfono sonaba sin parar. Le mandé mensajes que se acumularon en una pantalla que terminó siendo prueba evidente de mi locura.

***

Para Carolina, la relación con Damián había sido una montaña rusa. Sus primeros pasos como sumisa habían sido de su mano, a costa de varios episodios feos para su cabeza. A menudo se masturbaba en la madrugada acordándose de aquellas tardes en plazas de barrios alejados, terminando con la boca pegajosa y los pezones doloridos. Con él había aprendido a disfrutar la espera obligada, las prohibiciones de tocarse durante días, las cuentas regresivas hasta verse de nuevo. Esos recuerdos le golpearon en la nuca apenas escuchó el timbre.

Cuando abrió la puerta, la mezcla de sudor con perfume barato la mareó. Damián la repasó de arriba abajo sin saludar, deteniéndose en el escote tirante donde la tela le marcaba la forma de los pechos. Sin demasiados preámbulos, después de tantos meses, se le tiró encima y le devoró las tetas como ella había imaginado durante años. Saliva abundante, aliento ácido, manos rudas. Carolina sintió la primera oleada de jugo bajándole por los muslos y dio un paso atrás, resbalando, hasta caer sentada en el sofá.

Damián la apartó de un empujón. Se llevó las manos a la hebilla del cinturón y, mientras se desabrochaba el pantalón, le ordenó que sacara la lengua y babeara. Por la boca a medio abrir le caían dos hilos de saliva. Ella no apartaba la vista de la verga que empezaba a brotar entre la tela del bóxer. Apoyó las rodillas en el sofá, inclinó la cabeza y quiso ir despacio, saborear, recordar el sabor exacto. Pero Damián la agarró del pelo y la empujó hasta el fondo. La obligó a tragársela entera. Los gemidos se le escapaban por las comisuras, la falda subida hasta la cintura, los ojos llorosos.

***

Yo, del otro lado de la calle, había dejado el teléfono boca arriba sobre el escritorio, esperando que vibrara. No vibraba. Caminé hasta la cocina y volví a la ventana. Caminé hasta el baño y volví a la ventana. La cortina del living de su casa seguía corrida. La de la habitación, también. Apreté tan fuerte el borde del marco que después tendría las marcas de las uñas en la pintura.

Pensé en cruzar. Pensé en tocar el timbre y verle la cara a Damián. Pensé en mil cosas estúpidas. Lo único que hice fue quedarme parado, con la verga dura, escuchando el silencio de mi propio living.

***

Adentro, Carolina seguía arrodillada. Damián se había sentado al borde del sofá y le restregaba la verga por toda la cara mientras le ordenaba lamer. Le hizo bajar a los testículos, que ella se metió en la boca uno por uno con la solemnidad de quien recupera algo perdido. Después, sin previo aviso, él se abrió de piernas y le aplastó la cabeza contra su entrepierna. Como en los viejos tiempos, el sabor picante se le quedó en la lengua, esa marca que en otra época la acompañaba durante días.

—Más profundo —le dijo él, agarrándola del pelo—. Vas a dejarme tan limpio como antes.

Carolina obedeció, gimiendo entre arcadas. La saliva le chorreaba por el mentón hasta caerle entre los pechos. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa rara, mezcla de vergüenza y placer.

De golpe Damián se puso de pie. La sostuvo por el cuero cabelludo y la dejó arrodillada sobre el piso, la espalda arqueada, los labios hinchados, las mejillas brillantes de baba. Le escupió la cara. Después le dio un cachetazo, y otro, y otro, hasta que ella sonrió mostrándole la lengua. Con una orden seca le hizo gatear por todo el living, en dirección al baño. Cada tanto se detenía para meterle la verga hasta el fondo de la garganta. Las arcadas le hacían sentir que estaba viva otra vez. Los ojos perdidos, los párpados pesados, el sexo palpitándole bajo la tanga empapada.

***

Yo conocía esos juegos porque ella misma me los había contado, una noche, semidesnuda en mi cama, con los dedos metidos entre las piernas. Me los había contado para excitarme y para excitarse, para ver hasta dónde aguantaba yo escucharla hablar de otro. Había aguantado. Me había encantado. Había terminado dentro de ella mientras me susurraba el nombre de Damián al oído.

Pero esto, ahora, era distinto.

No era un cuento. Estaba pasando del otro lado de tres paredes y veinte metros de calle. Y yo no podía hacer nada salvo mirar el sol del mediodía atravesar el ventanal, marcar el paso del tiempo en el piso del living y odiarme a mí mismo por estar tan duro.

***

En el baño, Carolina se incorporó. Se limpiaba la comisura de los labios con el dorso de la mano cuando sintió la primera nalgada. Damián le había levantado la falda hasta la cintura y le había bajado la tanga hasta los muslos. La piel pálida del culo se fue tiñendo de rojo con cada palmazo. Ella, llevada por el impulso, se apoyaba contra los azulejos empinándose más, ofreciéndoselo. La piel le ardía. Casi podía sentir que se rasgaba.

No emitía una palabra. Recibía cada azote en silencio, solemnemente, como una ofrenda pendiente desde hacía años. De repente sintió las manos separándole las nalgas y el frío de los jugos acumulados bajándole por la cara interna de los muslos. El gemido sordo cuando él se la metió cruzó el baño, salió por la ventana entreabierta y, juro, llegó hasta mi vereda.

Lo que siguió fueron golpes secos de cadera contra el culo, los dedos de Damián metidos en la boca de Carolina y, al mismo tiempo, hundidos en su ano. La respiración animal de ambos rebotando en el espejo del baño. Las manos fuertes sosteniéndola por la nuca. El sexo abierto, rojo, hinchado de tanto recibir.

La intensidad fue creciendo, los alaridos también, el olor a sudor lo invadía todo. Carolina, sabiendo lo que se venía, se dio vuelta apenas él se retiró. Se puso en cuclillas, se destapó las tetas y sacó la lengua. La carga le llegó desde la cara hasta la falda, espesa, abundante, demasiado para un solo lugar. Se quedó así varios segundos, con los ojos cerrados, sintiendo cómo le resbalaba por la mandíbula y le caía entre los pechos.

***

Yo vi salir a Damián a las cuatro y veinte de la tarde. Caminó con la misma actitud con la que había llegado, quizás un poco más lento. No miró hacia mi casa. Subió a un auto estacionado en la esquina y arrancó sin acelerar.

El teléfono vibró dos minutos después.

«Vení. Quiero contarte todo.»

Me quedé un rato largo mirando la pantalla. Pensé en bloquearla. Pensé en mudarme. Pensé en cien cosas estúpidas. Después agarré la llave, salí por el portón y crucé la calle con la respiración entrecortada, sintiendo cómo se me secaba la boca con cada paso.

La puerta estaba entreabierta, igual que tantas otras mañanas.

Adentro olía a sudor, a perfume barato, a algo más. Carolina estaba sentada en el sofá, todavía con la falda en la cintura, los pechos al aire, la boca brillante. Me miró con los ojos vidriosos y una sonrisa que no era de culpa, ni de pedido de perdón, ni de bienvenida. Era otra cosa.

—Sentate —me dijo, palmeando el cojín—. Te voy a contar todo, despacio, sin saltarme nada. Y vos te vas a quedar quieto, mirándome, hasta que termine.

Me senté. Y la escuché. Y entendí, esa misma tarde, que la semana que llevábamos sin hablarnos no había sido una pelea cualquiera. Había sido la antesala de una decisión que, sin saberlo todavía, ella ya había tomado por mí.

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Comentarios (8)

Rocko

tremendo relato, de los mejores que lei aca!!!

ValentinaR33

Por favor seguí con esto, quede con demasiadas ganas de saber qué pasó después. Se hizo cortísimo

NocheLibre23

La tension al principio me tuvo enganchado desde la primera linea. Eso de quedarse mirando por la ventana... muy real

RominaBA

Me recordó a una situación parecida que viví, esa mezcla de sentimientos tan raros que te genera... lo capturaste perfecto

Facundo_bsas

buenisimo!! espero la segunda parte

DiegoNocturno

Que historia mas intensa. Se nota que el que lo escribió sabe del tema, se siente autentico

Marlena_B

hay algo en el comienzo que te atrapa y ya no podes soltar, muy bien escrito

NachoPalacios

jajaja la parte de la ventana me mato, uno no sabe si reir o llorar en ese momento. Seguí así!!

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