Mi sumisa volvió por más castigo esa noche
Volvió, y eso fue lo primero que me sorprendió.
La esperé sin esperarla, si es que eso tiene algún sentido. Le había dado mi dirección con la certeza de que el miedo pesaría más que el deseo, como pasa casi siempre. La mayoría no regresa. Se asoman una vez al borde de lo que de verdad quieren, sienten el vértigo y dan media vuelta hacia sus vidas ordenadas. Marina, en cambio, estaba de pie en mitad de la sala cuando bajé, con el abrigo todavía puesto y las llaves apretadas en el puño.
La miré como lo que era: una mujer adulta plantada frente a un territorio del que apenas conocía el nombre, y que sin embargo la atraía más de lo que se atrevía a confesar en voz alta.
Era menuda, pero el cuerpo lo tenía rotundo, de esos que la ropa formal disimula y luego desmienten. Llevaba el pelo largo, castaño con reflejos cobrizos bajo la única lámpara encendida. No conseguía sostenerme la mirada más de dos segundos.
—Quítate todo —dije, y le levanté la barbilla con dos dedos para obligarla a mirarme.
Tenía un rostro de líneas suaves, casi tímidas, que contrastaba con la firmeza de su cuerpo, y ese contraste era precisamente lo que la volvía irresistible. Había venido con ropa de oficina: blusa, falda recta, medias. Pero una vez desnuda todo eso dejó de importar, como deja de importar el envoltorio cuando ya tienes el regalo en la mano. Me detuve a mirar sus pies descalzos sobre el suelo frío, pequeños, con las uñas cuidadas.
—No pensaba que volverías —admití al fin.
Ella no contestó. No hacía falta. El temblor leve de sus hombros hablaba por ella, esa mezcla exacta de pánico y anticipación que yo había aprendido a leer con los años. Le separé los muslos con la mano, igual que la primera vez, y deslicé un dedo dentro de ella. Se estremeció de arriba abajo. Lo retiré enseguida y me lo acerqué a la cara.
Estaba empapada. Húmeda hasta un punto que ninguna timidez podía esconder. El cuerpo la delataba mucho antes que la boca.
—Veo que has hecho los deberes —dije, y me lamí el dedo despacio antes de volver a hundírselo.
Tembló de nuevo, y esta vez me entretuve un poco más, moviendo la mano con calma deliberada, hasta que lo saqué sin aviso y se lo puse contra los labios.
—Abre. Quiero que te conozcas.
Dudó apenas un instante. Después abrió la boca y me succionó el dedo, lamiéndolo con una entrega que no encajaba con su mirada esquiva. Cerraba los ojos como si así pudiera estar en otra parte.
—Mírame mientras lo haces —ordené.
Los abrió. Le costó, pero los abrió, y me sostuvo la mirada con un esfuerzo que casi me enternece. Casi.
—Esto no va de follar —le dije, y mi voz salió tranquila, didáctica, como si en lugar de una sesión le estuviera dando una clase. Y en cierto modo lo era—. Cualquiera folla. Lo que pasa entre nosotros es otra cosa. Tiene reglas. Tiene paciencia. Y tiene un precio que vas a pagar con gusto.
Le saqué el dedo de la boca y la conduje del brazo hasta la estructura de madera que dominaba el fondo de la sala, dos vigas cruzadas en aspa ancladas al muro. La primera vez la había sujetado de cara a la madera. Esa noche la giré hacia mí.
—Brazos arriba.
***
La até con cuidado, ajustando las correas de cuero a sus muñecas y a sus tobillos hasta dejarla abierta y expuesta, sin margen para esconderse. Cuando terminé, di un paso atrás para mirarla entera. Ella apartó la vista de inmediato.
Le tomé la barbilla otra vez y la obligué a enfrentarme. Nos quedamos así unos segundos largos. Noté cómo su mirada intentaba escapar de la mía, de mi calma, de esa manera serena y dominante de observarla que la ponía nerviosa y húmeda a partes iguales.
—¿Qué tal aguantas el dolor? —pregunté.
Respondió con una mirada en blanco, sin comprender del todo la pregunta.
Me alejé hasta la mesa y volví con un par de pinzas metálicas unidas por una cadena fina. Me humedecí los dedos, le pellizqué un pezón hasta sentirlo endurecerse y, cuando estuvo firme, le coloqué la primera pinza. La cadena quedó colgando, brillante, hasta el otro pecho. Repetí la operación en el pezón contrario. Vi cómo cerraba los ojos y aguantaba la respiración.
—¿Te excita ser mía? —pregunté, mientras estiraba la mano hacia la fusta que descansaba en la mesa.
—Sí, Amo —dijo con la voz temblando.
—¿Habías fantaseado con esto alguna vez? ¿Antes de mí?
No respondió de inmediato. Volví hacia ella con pasos medidos y me planté justo enfrente. De nuevo, cerró los ojos.
—Mírame —dije, y dejé que el enfado asomara apenas en la voz—. No quiero que apartes la vista. Nunca. Esa es la primera regla, y la única que de verdad importa esta noche.
Los abrió, tímidos, vidriosos. En ese mismo instante levanté la fusta y la dejé caer rozando uno de sus pechos. El golpe fue seco, calculado, lo justo para que sintiera el filo del cuero sin hacerle daño real. Se estremeció entera y tiró de las correas, que no le concedieron ni un centímetro. Las pinzas seguían firmes en su sitio. Sonreí.
—Esto es lo que más me gusta —murmuré—. El momento en que entiendes que no decides tú.
Volví a azotarla, esta vez en el otro pecho, justo por encima de la pinza. El cuero chasqueó contra la piel y ella ahogó un grito mordiéndose el labio. La cadena osciló entre sus pechos, tensa, pero las pinzas resistieron.
—¿Duele? —pregunté con suavidad, casi con dulzura.
Asintió con la cabeza, los dientes todavía clavados en el labio inferior, incapaz de articular palabra.
—Así tiene que ser —dije—. El dolor es solo el camino. Lo que hay al final lo vas a recordar mucho después de que la marca se borre.
Le di otro azote. Y otro. Y otro más, alternando entre un pecho y otro con un ritmo lento que ella no podía anticipar. Cada golpe la hacía tensarse y aflojar, tensarse y aflojar, como una cuerda que alguien afina y desafina a su antojo. Cuando uno de los azotes alcanzó de lleno una de las pinzas, esta resbaló hasta quedar prendida apenas de la punta del pezón. Marina dejó escapar un quejido largo. Tragó saliva. Cerró los ojos, los volvió a abrir, y esta vez una lágrima le rodó por la mejilla sin que ella hiciera nada por contenerla.
Me quedé mirando cómo la pinza se deslizaba lentamente, cómo el metal tiraba de la carne sensible antes de ceder. Era una tortura mínima y exquisita, aferrada a un pezón que ya no podía soportar más peso.
—Voy a ser piadoso —dije al fin.
Y descargué un azote firme, certero, que hizo saltar la pinza de golpe. Ella chilló y enseguida soltó un jadeo hondo, casi de alivio, mientras la sangre volvía a circular y el ardor se transformaba en otra cosa.
Observé su respiración. Subía y bajaba, rápida, descontrolada, al borde mismo de su límite. Y sentí algo parecido al orgullo al comprobar que todavía no había pronunciado la palabra de seguridad que habíamos acordado, esa que lo detendría todo en un segundo. Aguantaba. Quería aguantar.
—Gracias, Amo —susurró, exhausta, con un hilo de voz que apenas le salía del pecho.
Me sorprendió. Que alguien tan nueva en esto agradeciera la piedad, que entendiera ya el lenguaje íntimo del intercambio, me dijo más de ella que cualquier confesión. Una sonrisa torcida se me dibujó en la cara.
***
Me acerqué y tomé la cadena que aún colgaba de la otra pinza, la que seguía mordiendo el pezón contrario. La tensé apenas, sin tirar todavía, solo para que sintiera el peso de mi mano al otro extremo.
—¿Te gusta? —pregunté.
—Mmmff —ahogó, incapaz de decir nada coherente.
—Usa palabras. Aquí las palabras también son mías.
Respiró hondo, buscando el aire que el dolor le había robado.
—Sí, Amo —logró decir—. Me gusta.
Tiré entonces de la cadena, despacio, lo suficiente para arrancarle un gemido que ya no tenía nada de miedo. Su cuerpo se arqueó hacia mí en la medida en que las correas se lo permitían, ofreciéndose, buscándome, y comprendí que el vértigo del que tantas huían se había convertido para ella en deseo puro.
—La última vez te marchaste sin saber si volverías —le dije al oído, soltando la cadena para deslizar la mano por su vientre tembloroso—. Y aquí estás. ¿Sabes lo que significa eso?
Negó con la cabeza, los ojos clavados ahora en los míos sin que yo tuviera que pedírselo.
—Significa que ya eres mía —dije—. Y que esto no ha hecho más que empezar.
Le solté la primera correa y ella se dejó caer contra mi pecho, agotada y rendida, con la respiración entrecortada y la piel ardiendo. La sostuve un momento, porque eso también forma parte de la lección: que después de la dureza viene la mano que recoge. Le aparté el pelo de la cara húmeda y noté que sonreía, todavía con la lágrima seca brillándole en la mejilla.
—¿Volverás? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí, Amo —dijo, y esta vez me sostuvo la mirada hasta el final, sin temblar.