Aposté con mi amante que mi novia jamás caería
Camila llevaba conmigo unos cuatro meses. Era tierna, de piel muy blanca y pelo castaño hasta los hombros, delgada sin llegar a flaca, con un trasero pequeño pero redondito que se le marcaba con cualquier jeans. No tenía las curvas estridentes que persigue cierta clase de chico, pero su forma de moverse, recatada y consciente de sí misma, terminaba siendo más perturbadora que cualquier escote.
Vestía con elegancia juvenil, sin mostrar nada. Odiaba a las chicas que se exhibían y solía decir que no se respetaban. Tenía un costado feminista marcado, lo que me obligó a esperar bastante antes de llevarla a la cama. Una vez allí, sin embargo, era otra: desinhibida, curiosa, sin pudor. Pero solo conmigo. Nunca la vi coquetear con nadie, ni en bares ni en fiestas, ni siquiera en broma.
Lo que Camila no sabía era que yo, dos o tres veces por mes, terminaba en el departamento de Rodrigo. Él me cogía con la calma de quien sabe que vas a volver, y al día siguiente nos abrazábamos como los mejores amigos que efectivamente éramos. Lo nuestro funcionaba precisamente porque nunca lo confundimos con otra cosa.
Una tarde, después de una de sus sesiones que me dejaban caminando raro, Rodrigo se estiró en la cama y me soltó la frase que lo arruinó todo.
—Damián, me pone tu novia. Me la cogería sin pensarlo. Pero eres mi amigo. Solo lo haría si tú me das permiso.
Me reí en su cara.
—Estás loco. Camila no es de las que se te tiran encima. No te metas con ella.
—No te ofendas. Ya me conoces. Y sé que a Camila le encantaría un macho como yo. Le he visto los hoyitos en la base de la espalda en las fiestas de piscina. Los tiene iguales a los tuyos. Sexys como tú.
—Camila ya me dijo que no soporta a los mujeriegos. Que contigo jamás. Respeta a mi novia.
—¿Eso te dijo? Te mintió. Cualquier mujer se calienta con una pija como la mía. Si la dejaras sola conmigo, ella misma me pediría que se la metiera.
—No conoces a Camila. No es como las que te coges. Para ella el sexo no es lo primero. Hay sentimientos. Vínculo. Cabeza.
—Te apuesto que basta dejarla un rato a solas conmigo para que ella misma me lo pida. Sin que yo dé un paso.
Me molestó tanto su ego que le contesté antes de pensarlo.
—Camila no es así. Y no estamos en la prehistoria. No lo vas a conseguir.
—¿Apostamos?
—¿Y cómo me garantizas que es ella la que se te insinúa y no al revés?
—Que escuches todo. Te metes en mi vestidor antes de que llegue con ella y oyes hasta el último suspiro. Condiciones: no me quito la ropa, no me saco la camiseta, no le enseño nada, no la beso ni la toco hasta que ella dé el primer paso, y nunca se lo pido yo. ¿Trato?
Pensé un rato. Conocía a Rodrigo, claro. Pero también conocía a Camila. Sus ideas, su rechazo público a esa clase de hombres, su forma seca de tratar a los seductores de oficio. Estaba seguro de que iba a salir de ahí indignada. Y, sobre todo, quería verla ponerlo en su lugar. Bajarle por una vez ese ego absurdo.
Acepté.
***
El sábado siguiente había una fiesta de piscina a la que estábamos invitados los tres. Rodrigo me hizo una copia de las llaves de su departamento. El plan era simple: yo inventaba un imprevisto familiar a media tarde, desaparecía, y él se las arreglaba para llevar a Camila a su departamento con cualquier pretexto. Yo, mientras tanto, esperaba dentro del vestidor con el seguro puesto.
Rodrigo pasó a buscarnos en su coche, esta vez sin acompañante.
—Qué raro verte solo —le dije, para despistar—. ¿Y Valeria?
—Me canceló de último momento. Un viaje. Ya no encontré con quién venir.
—El galán de la facultad sin pareja. Esto hay que enmarcarlo.
Camila, callada en el asiento del copiloto, sonrió apenas. Después, sin levantar la voz, soltó su comentario.
—Tarde o temprano te pasaba, Rodrigo. Deberías sentar cabeza. Algún día te vas a quedar solo y la juventud se acaba.
En la piscina hizo lo de siempre: nadar, charlar con las chicas, evitar la mirada de los demás. Rodrigo, en cambio, se paseó con una malla diminuta que dejaba ver, sin la menor sutileza, el bulto enorme entre sus piernas. Pasó cerca de los camastros donde Camila y yo descansábamos con un coctel en la mano y se quedó parado al lado de ella más tiempo del necesario. Vi cómo Camila desviaba la mirada y la volvía a deslizar, una y otra vez, sin poder evitarlo. Estaba ruborizada.
Saqué el teléfono, fingí leer un mensaje, me alejé hacia los árboles y volví minutos después con cara de fastidio.
—Familia. Tengo que ir a buscar a un tío al terminal de autobuses. No conoce la ciudad. No puedo decirle que no a mis padres.
—Te acompaño —se ofreció Camila.
—No, quédate. No tiene sentido que te pierdas la tarde. Rodrigo te lleva a mi departamento cuando se cansen y después salimos a cenar.
—Yo te la cuido —dijo él, con esa sonrisa que solo yo podía leer entera.
***
Me metí al vestidor de Rodrigo a las cinco. Apagué la luz, eché el cerrojo por dentro, y le mandé un mensaje a Camila avisándole que el bus se había retrasado dos horas y que el cine quedaba para el día siguiente. No quería que tuviera apuro por irse del departamento.
Escuché la puerta a los veinte minutos. Voces. Pasos. Camila comentó algo sobre el calor y el cloro de la piscina. Rodrigo le explicó que tenía que mandar unos archivos urgentes al equipo, que no tardaba nada.
—Por cierto, ya no tengo que ir a lo de Damián —dijo ella—. Me acaba de avisar que su tío se demoró. Lo del cine se canceló.
—Qué pena. Yo tampoco tengo planes. ¿Te quedas un rato a charlar? ¿O te invito un café?
—Te aceptaría el café, pero no es buena idea que me vean salir de tu departamento sola. Con la fama que tienes. La gente habla. Yo pensaba ducharme en lo de Damián para sacarme el cloro y cambiarme.
—Báñate acá. Mientras yo termino con esto. Somos amigos. No pasa nada.
Insistió tres veces más. A la cuarta, Camila aceptó.
Escuché el agua de la regadera y, segundos después, alguien giró la llave del vestidor. Me sobresalté. Era Rodrigo. Entró con una muda de ropa, se llevó un dedo a los labios y me señaló un tornillo flojo en la cerradura. Lo sacó con dos dedos. Quedó un agujero del tamaño de una moneda. Me hizo seña de que mirara por ahí.
Cerré los ojos un segundo. Esto es demasiado. Pero la curiosidad me ganó y pegué el ojo al hueco.
Camila salió del baño con la ropa limpia, el pelo mojado peinado hacia atrás, sin maquillaje. Hermosa. Rodrigo le pidió permiso para ducharse él también, rápido. Le dijo que no hacía falta que saliera del cuarto, que se cambiaba dentro del baño. Camila se sentó en la silla del escritorio.
Volvió con un pantalón deportivo apretadísimo y una camiseta sin mangas. El bulto se le marcaba de un modo que ya no podía atribuirse al azar. Caminó hasta el espejo, agarró un peine y se acomodó el pelo mojado a menos de un metro de Camila. Hijo de puta, pensé. Pero no rompió ninguna regla. Sigue vestido. No la tocó. Vi a Camila bajar la vista una décima de segundo y volverla a subir. Las mejillas encendidas.
—Sabes, Camila, estuve pensando en lo que dijiste en el coche. Sobre sentar cabeza. Tú y Damián son la pareja más linda del grupo. ¿Dónde se encuentra una chica como tú? Linda, inteligente, divertida.
—Chicas así hay muchas. Tú no las ves. Solo miras tetas y traseros.
—Si alguna vez terminaras con Damián, ¿yo tendría alguna chance?
Pensé que ahí terminaba todo. Que mi novia iba a cerrarle la boca para siempre.
—Ninguna —respondió Camila sin dudar—. Aunque dejaras de ser mujeriego, cosa que dudo, prefiero a alguien como Damián. Serio. Responsable. Tierno. No necesito más.
Sonreí desde el vestidor. Ahí está. Lo está hundiendo.
—Lástima. ¿Sabes que en la facultad hicimos una lista de las chicas más sexys del campus? Apareciste. Tuviste mi voto.
Camila se giró de golpe.
—¿Una lista? ¿Como si fuéramos mercancía? Ustedes los hombres siempre nos tratan como objetos. Debería darles vergüenza.
—¿Y ustedes no hablan de chicos entre ustedes?
—Hablamos. Pero no hacemos listas. Es distinto.
—¿Y de qué hablan?
—De cosas normales. Quién es guapo. Quién no.
—¿Solo eso?
Camila bajó la vista. Tardó en contestar.
—También de cosas más sexuales. Como ustedes cuando comentan qué chica tiene mejor cuerpo. Lo mismo.
—¿Como qué, por ejemplo?
—Cosas de chicas. No insistas.
Vi a Rodrigo recargarse contra el escritorio, los brazos cruzados, el bulto del pantalón a treinta centímetros de la cara de Camila. Hijo de puta. Y vi a Camila tragar.
—Casi siempre terminamos hablando de un mismo chico —dijo ella, más bajo—. Y de cómo sería estar con él. Fantasías. Nada que vaya a pasar.
—¿Y por qué no? Si lo piensas, lo quieres. ¿Para qué reprimirlo?
—Porque las mujeres pagamos un precio. Si ustedes se acuestan con varias, son galanes. Si una mujer lo hace, es una puta. Así de simple.
—¿Y eso no te pone en contra de todo lo que defiendes? Igualdad. Libertad. Disfrutar del cuerpo. La vida es una. Si tienes una fantasía, vívela.
Hubo un silencio que duró más de la cuenta. La voz de Camila cambió cuando volvió.
—Te voy a decir algo, Rodrigo. Pero al oído. Me da vergüenza decirlo en voz alta.
Se inclinó hacia él. Susurró. En el silencio total del cuarto, alcancé a escuchar todo.
—El chico del que hablamos tiene una pija enorme. La fantasía es saber cómo se siente tenerla en la mano. O en la boca.
Se me cayó el alma al suelo.
—No me digas que estás hablando de Damián —respondió él, fingiendo inocencia.
—Ay, Rodrigo. No seas idiota. Eres tú. La pija enorme es esta.
Y Camila, mi novia, mi feminista recatada, la chica que jamás coqueteaba, le apretó el bulto a Rodrigo por encima del pantalón y le dio un beso largo, abierto, hambriento.
Quedé sin respiración. Rodrigo, sin despegarse de ella, levantó los ojos hacia la puerta del vestidor. Sabía exactamente dónde estaba yo. Había ganado. Venía a buscar el premio.
Lo que pasó después se los cuento en la próxima. Todavía no entiendo cómo terminé yo también de rodillas esa noche.