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Relatos Ardientes

El abrazo de aquel hombre todavía me persigue

Aquel viaje a Montevideo no fue como los anteriores. Llevaba toda la tarde intercambiando mensajes con una pareja que había conocido por una aplicación, y cuando empezó a caer el sol nos pusimos de acuerdo para vernos esa misma noche. Los invité al apartamento que estaba alquilando por días en pleno centro, a media cuadra de la avenida principal. Había encadenado un par de reuniones de trabajo desde que pisé la ciudad, así que decidí salir a estirar las piernas hasta un almacén cercano y comprar algo para recibirlos como corresponde.

Cuando volvía al edificio sonó el teléfono. Ya estaban abajo. Los vi bajar de un Renault gris estacionado a mitad de la cuadra y se acercaron caminando despacio, mirándolo todo, como quien no quiere parecer demasiado ansioso.

Nos saludamos con sonrisas medidas y subimos en el ascensor hablando de tonterías: del tránsito, de lo caro que estaba todo, de cuánto les había costado conseguir estacionamiento. Al rato me di cuenta de que habían fumado un poco de marihuana antes de venir, y eso le quitó la rigidez al comienzo de la noche. Serví champagne y mientras la charla se iba enredando entre miradas oblicuas, acerqué mi mano a la rodilla descubierta de Mónica, que estiró la pierna sobre mi falda aceptando la caricia sin disimulo. Los cuerpos ya se habían soltado, las sonrisas decían lo que las palabras todavía no se animaban a decir, y el ambiente se cargaba.

Me gustaba que los dos fueran bastante mayores que yo. Eso me hacía sentir un chico jugando entre adultos que celebraban su atrevimiento. Hernán, en algún momento, se levantó del sillón y nos invitó con un gesto a continuar la travesura en la cama. La desnudez nos encontró trenzados en un nudo de caricias y besos donde se confundían las pieles y las edades.

Nunca antes había besado a un hombre. Y de repente, en medio de aquella maraña, una lengua masculina me sorprendió los labios y se quedó con ellos. El tiempo se hizo elástico. La razón se fue a otra parte. Mónica me abrazó con las piernas y recibió toda mi calentura adentro, mientras Hernán me acariciaba la espalda y le iba narrando a su mujer, en voz baja, cada detalle de lo que estaba viendo.

Ese diálogo entre ellos me terminaba de prender. Yo era su muchacho, su juguete, un aprendiz que seguía sus instrucciones con la boca medio abierta. Mónica me indicó que cogiera a su marido. Hernán se acomodó de costado, ofreciéndome la espalda, y dejó que entrara en él con la misma humedad que había dejado su esposa. Ella estaba maravillada y le preguntaba a él cómo lo sentía, mientras Hernán apenas podía contestar entre respiraciones largas. No quería acabar todavía, así que me retiré antes de tiempo y me paré al costado de la cama. Aprovechamos un descanso para tomar agua y mirarnos como si recién nos estuviéramos viendo.

Nos hicimos cumplidos sobre el cuerpo del otro. Comentamos lo que nos había gustado, lo que faltaba probar. Mónica fue la que volvió a empujar el reinicio: se acomodó en cuatro puntos al borde de la cama y me invitó con la mirada. Le ensalivé bien la cola y fui apoyando la cabeza de mi verga con calma, esperando que ella me marcara el ritmo. Mientras la bombeaba parado, Hernán empezó a acercarse por detrás. Me acariciaba los hombros, me besaba la nuca, y me apoyaba sin disimulo su erección sobre las nalgas. Me dejé llevar por esos mimos paternales y por la sensación de tener a Mónica abrazándome la verga adelante mientras él me marcaba el cuerpo desde atrás. Pero al mismo tiempo tenía algo muy claro: era imposible que ese pene me entrara.

Antes, durante los preliminares, lo había tocado, lo había chupado, lo había sacudido con la mano. La dimensión de aquello superaba cualquier intento sensato de mi parte. No había forma. No iba a pasar.

Pero Hernán, que era un poco más alto, más fornido, más curtido, empezó a hurgarme la entrada con la punta. Lo dejé jugar un poquito, confiado en que cualquier movimiento mío bastaría para frenarlo. Él me tenía abrazado desde atrás, con un brazo cruzado sobre el pecho, y la cabeza de su verga apretándome. Apoyaba y salía. Apoyaba y volvía a salir. Yo le decía, casi en broma, que era muy grande, que no me iba a entrar. Él insistía con cada empuje más decidido.

—Pará —le dije—. No me va a entrar. Hablo en serio.

Apoyó otra vez. Pero esta vez no se retiró.

Empujó para seguir entrando. Sentí que la cabeza pasaba la primera barrera y un latigazo me recorrió desde el ano hasta los riñones.

—No, no, esperá —le dije con la voz más firme—. No me entra, me está doliendo.

Pero Hernán no me escuchaba. O peor: me escuchaba y decidía no escucharme. Me abrazó más fuerte sobre el pecho, encajándome la espalda contra su torso, y empujó otro poco más adentro.

—Basta, por favor —le dije—. Me duele. Me duele.

Mónica se dio cuenta antes de que yo pudiera explicarme. Vio mi cara, sintió que estaba temblando, escuchó el cambio en mi voz, y se retiró de la penetración para ponerse de pie y enfrentarlo.

—Hernán, pará, mi amor. Le estás haciendo mal.

Él ni siquiera la miró. Me abrazó todavía más fuerte y, de un solo empujón, me la metió hasta el fondo.

—¡Le está doliendo, parate por favor! —insistió ella.

Sentí cómo aquella verga me partía y empezaba a bombearme con un ritmo desesperado, como si todo lo que había aguantado durante horas se le hubiera concentrado en ese momento. El dolor era opaco, profundo, una palanca metida donde no había lugar. Intenté soltarme y solo conseguí que apretara más. Cada movimiento mío era una excusa para él de afirmar el suyo.

Esto no es lo que vine a hacer.

El llanto me subía a la garganta y no me salía. La voz tampoco. Me tenía inmovilizado contra él, una llave perfecta donde el más mínimo intento de zafar era contestado con otro empuje todavía más hondo. En algún momento decidí dejar de pelear. No por consentimiento, por economía. Porque resistir dolía el doble.

El ardor empezó a entumecerse con las embestidas. Mi cuerpo, traicionero, encontró la forma de acomodarse a algo que no había pedido. Mónica seguía hablándole, pidiéndole, después rogándole, y yo escuchaba su voz como desde el fondo de una pileta. Lo que pensaba en ese instante no era pensamiento, era una sola palabra repetida: basta. Pero la palabra no llegaba a salir porque ya no tenía aire.

***

Sinceramente, no recuerdo bien cómo terminó la noche. Mi memoria selectiva dejó ese final en una nebulosa difícil de reconstruir. Sé que en algún momento Hernán terminó. Sé que se separó de mí y dijo algo que no logré procesar. Sé que Mónica me trajo un vaso de agua y se quedó sentada al borde de la cama hasta que mi respiración volvió a parecerse a una respiración. No recuerdo cuándo se fueron, ni qué nos dijimos en la puerta. Solo recuerdo que cerré con llave y me senté en el piso del living a mirar el techo durante un rato larguísimo.

Lo que pasó después es lo más raro y lo más honesto que puedo escribir. El recuerdo de aquella noche se fue volviendo, con los días, cada vez más morboso. No menos doloroso, no menos confuso: más morboso. Más pegado al cuerpo. Empecé a repasarlo cuando me masturbaba. Empecé a buscar la sensación del abrazo, el peso de aquel brazo cruzado sobre mi pecho, el momento exacto en el que su verga venció la resistencia. Lo que en el momento fue terror y dolor, en el repaso se transformó en una imagen que me prende fuego cada vez que la convoco.

No me confundo. No me miento. Aquello fue una violación. No lo quise, lo dije, me dolió, pedí que parara, no fue consentido, y entró por la fuerza algo que mi cuerpo no estaba en condiciones de recibir. Mónica también pidió que parara, y eso es importante: hubo dos personas en esa habitación pidiéndole basta a un tercero. Todo eso es cierto y no se discute.

Y, al mismo tiempo, esto otro también es cierto: hoy, varios años después, conservo el chat con ellos. Nos escribimos cada tanto. A veces les mando una foto. A veces ellos me mandan otra. No nos volvimos a ver, pero la conversación sigue ahí, abierta, como un hilo que no me animo a cortar. Cada vez que veo el nombre de Hernán en la pantalla siento dos cosas a la vez: el escalofrío de aquella noche y el calor que ese mismo escalofrío me dejó instalado en algún lugar.

Quizá eso sea lo más difícil de contar. No el episodio en sí, sino la convivencia con el recuerdo. Saber que un cuerpo puede archivar al mismo tiempo el daño y la fantasía, sin que ninguno de los dos cancele al otro. Aprendí, sin haberlo pedido, que dentro mío también vivía una parte sumisa, un rincón al que le gustó ser tomado contra su voluntad, aunque la otra parte siga firmando que jamás debió ocurrir.

Sigo escribiéndoles. Y sigo sin entender por qué.

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