Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi cuñada me encontró con sus bragas en la mano

Llevábamos siete meses saliendo cuando Lucía me dijo que era hora de que conociera a su familia. Lo planteó una mañana de junio, mientras desayunábamos en su pequeño departamento de la ciudad, y por su tono entendí que no era una invitación abierta a debate sino una decisión ya tomada. Asentí con la boca llena de tostada y le dije que cuando ella quisiera.

Tomamos el tren un viernes por la tarde. Yo llevaba una maleta pequeña con ropa para cuatro días y un nerviosismo que intentaba disimular leyendo el mismo párrafo de una novela una y otra vez. Lucía iba apoyada en mi hombro con los auriculares puestos, ajena a mi pánico contenido. Dos horas y media después bajamos en la estación de un pueblo del interior, cogimos un taxi y, en quince minutos, estábamos frente a la puerta de la casa donde ella había crecido.

Tocó el timbre porque, según me explicó entre risas, nunca recordaba llevar las llaves cuando salía de la ciudad. Y entonces se abrió la puerta y todo lo que yo había imaginado sobre ese fin de semana se rompió en mil pedazos.

Era Camila, la hermana menor de Lucía. Cinco años más joven, recién terminado el bachillerato, pero por lo que vi en esa primera décima de segundo nadie le habría echado menos de veintipocos. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, fina, que se le pegaba al cuerpo por el calor, y un pantalón corto deshilachado que dejaba poco a la imaginación. Tenía el pelo recogido en un moño descuidado y la piel todavía húmeda de la siesta. Cuando se lanzó a abrazar a su hermana, yo me quedé inmóvil con la maleta en la mano.

—Tú debes ser Bruno —me dijo después, plantándome dos besos en las mejillas.

Le devolví el saludo intentando no inhalar demasiado, porque su perfume —o lo que fuera, quizá solo su piel— me dejó con la cabeza en blanco por un instante demasiado largo. Lucía no lo notó. O fingió no notarlo. Nunca lo sabré.

Camila nos contó que sus padres se habían marchado el día anterior al cortijo familiar, a unos pocos kilómetros del pueblo. Tenían piscina, una parra que daba sombra a una mesa larga y la idea fija de pasar allí el fin de semana. Nos esperaban para el sábado por la tarde. Esa noche, los tres teníamos la casa para nosotros.

—La habitación de invitados es la que está pegada a la nuestra —dijo Camila—. Lucía y yo dormimos juntas siempre que ella viene. Costumbres antiguas.

Subí solo, con la excusa de deshacer la maleta. La habitación olía a cerrado y a verano. Abrí el armario para colgar dos camisas y, en uno de los cajones inferiores, encontré algo que no debería haber tocado. Un par de bragas dobladas, rosadas, con dibujos pequeños de margaritas. No eran de Lucía: ella usaba lencería oscura, mínima, otra estética. Estas eran juveniles, descaradas en su propia inocencia.

Las saqué con la intención inicial de devolverlas. Lo juro. Pero las tuve en la mano un segundo, dos, tres, y la imagen de Camila cruzando el recibidor con esa camiseta de tirantes se me metió en la cabeza con una claridad violenta. Las acerqué a la cara sin pensarlo. Tenían un olor tenue, limpio, dulce, y yo ya estaba duro antes de darme cuenta.

—Bruno, ¿vas a comer? —gritó Lucía desde la cocina.

—¡Voy! —respondí, y empujé las bragas al fondo del cajón con un gesto culpable.

Comimos los tres en la mesa de la cocina. Pollo frío y ensalada. Lucía me contaba historias de su infancia, de cuando ella y Camila pintaban en las paredes y luego se acusaban mutuamente. Yo asentía y sonreía en los momentos correctos, pero cada vez que levantaba la vista me encontraba con la mirada de Camila, fija, tranquila, como si supiera exactamente qué había pasado en la habitación de arriba.

Al terminar, dije que necesitaba subir un momento al baño. Era mentira a medias. Lo que necesitaba era estar solo durante cinco minutos para apagar lo que se me había encendido en la cabeza. Pasé por la habitación, abrí el cajón, saqué las bragas y me senté en la cama. No fue elegante. Fui directo y rápido, los ojos cerrados, con la tela apretada contra la nariz. Estaba a punto de terminar cuando escuché la puerta.

Cuando levanté la vista, Camila estaba en el umbral. No se sobresaltó. No se rio. Solo me miró con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como quien estudia un cuadro.

—Quería preguntarte si querías postre —dijo, con la misma voz tranquila con que me había recibido en la puerta.

Quise responder. No pude. Tenía una mano sosteniendo sus bragas y la otra todavía sobre mí, manchado, vencido. Sentí que el suelo se abría.

—Te he dejado una porción de tarta abajo —añadió—. La hice esta mañana. Me dijo Lucía que te gustaba el limón.

Cerró la puerta sin prisa. No oí pasos. No oí nada durante un minuto entero.

***

Bajé al salón quince minutos después con la cara lavada y un nudo en el estómago que ningún postre iba a deshacer. Camila estaba en el sofá viendo una película antigua con Lucía, que se había quedado medio dormida apoyada en su hombro. Cuando entré, Camila levantó la cabeza y me señaló con la barbilla un plato sobre la mesa de centro.

—Para ti —dijo.

—Gracias —respondí, y me sentí ridículo dándole las gracias.

Comí la tarta sin saborearla. Camila no apartó la vista de la pantalla. Lucía dormía. La tarde se nos fue en eso, en una calma extraña que parecía estar a punto de romperse en cualquier momento y nunca terminaba de hacerlo.

A última hora subí solo a mi habitación con la excusa de leer un poco. Las bragas seguían sobre la cama, donde las había dejado en el pánico. Las cogí, salí al pasillo y golpeé suavemente la puerta de la habitación de las dos hermanas. Lucía seguía abajo. Camila abrió en pijama corto.

—Te las traigo —dije, alargándole la mano.

Las cogió sin mirarlas.

—Tranquilo, Bruno —me dijo en voz baja—. Las dejé yo ahí. Sabía que llegabas hoy. Lo que no esperaba era encontrarte tan pronto, pero me alegra que el primero en mancharlas fueras tú.

Me guiñó el ojo y cerró la puerta.

Me quedé un segundo entero en el pasillo, sin entender, antes de volver a mi habitación con la cabeza dando vueltas. Esa chica de dieciocho años acababa de poner mi mundo del revés con una frase. Y lo peor, o lo mejor, era que no parecía hacerlo desde el descontrol. Lo hacía desde una calma quirúrgica.

***

El sábado a mediodía cogimos el coche y fuimos al cortijo. La carretera era estrecha y polvorienta, flanqueada por olivos. Conocí a sus padres. Su madre me dio un abrazo largo. Su padre me apretó la mano más fuerte de lo necesario y me preguntó qué hacía para vivir. Pasamos un rato en un salón pequeño donde corría un poco de aire, hasta que la madre nos dijo que nos olvidásemos de ellos y nos fuésemos a la piscina, que era para lo que estábamos allí.

Yo salí en bañador y me senté en el borde con una toalla. Lucía apareció con un trikini negro que le marcaba todo y se tumbó al sol con una novela en la mano. Camila vino detrás. Bikini diminuto, color coral, los pechos demasiado grandes para esa cantidad de tela. Se metió en el agua sin saludarme y se quedó flotando boca arriba, indiferente.

A los veinte minutos, Lucía estaba dormida en la hamaca. Yo me metí en el agua para refrescarme. Camila se me acercó por detrás con una excusa idiota sobre un manotazo en broma, y cuando me giré ya estaba contra mi pecho. La poca tela de su bikini, el agua, sus piernas rozándome. Me apretó contra ella por la cintura. Sintió, claro que lo sintió.

—Llevo veinticuatro horas pensando en esto —me dijo al oído, sin mover los labios casi—. Y tú llevas el mismo tiempo pensando en cómo arreglarlo.

No le contesté. Ella me cogió la mano por debajo del agua y me la apretó contra su cintura, y luego me besó. Un beso corto, hondo, mientras su mano libre, también bajo el agua, me apretaba por encima del bañador. Yo tenía los ojos abiertos mirando la hamaca, esperando que Lucía levantara la cabeza. No la levantó. Cuando me separé, Camila ya estaba al otro lado de la piscina, salpicándose la nuca como si nada.

Esa tarde, en el coche de vuelta, Lucía estuvo cariñosa. Me cogía la mano sobre la palanca de cambios y me decía que sus padres me habían adorado. Yo asentía y miraba la carretera. Camila iba atrás, con los auriculares puestos, mirando por la ventana.

***

Por la noche, después de cenar, la temperatura no bajaba. El termómetro del pasillo marcaba treinta y cuatro grados. Las habitaciones del primer piso eran un horno. Solo la de las hermanas tenía aire acondicionado, una unidad vieja que zumbaba desde el techo. Lucía propuso, con la inocencia con que se proponen estas cosas, que pusiéramos un colchón en el suelo entre las dos camas y durmiésemos los tres allí, como cuando ella y Camila eran niñas y montaban campamentos en el cuarto.

Acepté con un encogimiento de hombros. Camila no dijo nada. Subimos el colchón. Apagamos la luz.

Estuve quince minutos boca arriba, contando las palas del ventilador del techo. Lucía respiraba profundo a mi izquierda. El aire acondicionado tapaba todo lo demás. Pensé que tal vez había exagerado en mi cabeza, que todo se había acabado en la piscina y mañana volveríamos a la ciudad y este fin de semana sería un recuerdo extraño que me llevaría a la tumba.

Entonces sentí el colchón hundirse a mi derecha. Una pierna sobre la mía. Una mano por debajo del pantalón del pijama. Lo supe por el olor antes que por nada. Camila.

Me giré sin decir nada. La encontré desnuda de cintura para abajo. Le pasé la mano por la cadera, le abrí los muslos con una rodilla y le metí dos dedos despacio, porque ya estaba mojada antes de que llegara. Soltó un suspiro que en cualquier otra circunstancia habría despertado a su hermana.

Entonces sentí otra pierna sobre mi cadera. Por el otro lado.

—Pensé que no ibas a atreverte —me susurró Lucía al oído, mientras me besaba el cuello.

Me quedé paralizado dos segundos. Luego dejé de pensar. Saqué la mano de Camila y me llevé la otra al pecho de Lucía. Tenía a las dos hermanas alrededor, una a cada lado, y no tenía idea de cuándo había empezado esto en la cabeza de Lucía ni cuánto sabía.

—Lo hablamos hace años, ella y yo —añadió Lucía, como si me leyera el pensamiento—. Pensé que nunca encontraría a alguien que les gustara a las dos.

A partir de ahí no hubo decisiones. Hubo movimiento. Una de ellas se subió encima de mí. La otra se sentó sobre mi cara. No supe cuál era cuál hasta mucho después, cuando ya casi no importaba. En la oscuridad, con el zumbido del aire acondicionado tapándolo todo, las dos respiraban casi igual.

Las posiciones se fueron intercambiando solas, como si llevaran ensayándolas mucho antes de mi llegada. Hubo manos donde no esperaba manos. Hubo besos donde no esperaba besos. En algún momento las dos se besaron por encima de mí, despacio, y yo dejé de mirar el techo. Me corrí entre las dos sin saber dentro de cuál y con una claridad mental que no había tenido en cuarenta y ocho horas.

Acabamos los tres dormidos sobre el colchón al amanecer, sudados, pegajosos, las sábanas hechas un nudo a los pies de las camas. El aire acondicionado seguía zumbando. Por la ventana entraba la primera luz, gris todavía, y los pájaros empezaban a cantar afuera.

No volvimos a hablar de aquello durante el desayuno. Camila puso la mesa. Lucía hizo café. Yo recogí el colchón, lo subí a la cama, y nadie dijo una sola palabra. Cuando los padres llegaron al mediodía, fui exactamente el novio formal que esperaban.

En el tren de vuelta, Lucía se durmió otra vez sobre mi hombro. Yo miré por la ventana durante dos horas y media. Pensé que tal vez lo de esa noche había sido un experimento que no se repetiría. Pensé que tal vez sí. Lucía se removió en el sueño y me apretó la mano sobre el regazo.

Faltaban tres meses para Navidad. Volveríamos a esa casa.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.