El sábado que me cogí al novio de la amiga de mi novia
Después de la orgía tan intensa que vivimos Carolina, sus amigas, sus amigos y yo en casa de Joaquín, el grupo quedó más unido que antes. No hubo celos, ni reproches, ni miradas raras al día siguiente en clase. Al único que dejamos fuera del círculo fue a Marcos, que se dedicó a andar de chismoso contando lo que vio: a algunos medio desnudos y a todos besándonos con todos por culpa del jueguito de la botella. Por su lengua larga, varios compañeros del salón nos miraban distinto, o se acercaban con preguntas que olían más a morbo que a curiosidad. Nosotros no le dábamos importancia. Estábamos bien así.
A los pocos días, Sofía y Adrián me pidieron platicar a solas. Les contesté que sí, sin preguntar demasiado, y quedamos para el sábado siguiente en el cuarto que yo rentaba a una cuadra de la facultad. Allí nadie nos iba a interrumpir y, si la conversación se ponía interesante, había cama de sobra. Ellos respondieron con una sonrisa nerviosa que decía más que cualquier palabra.
Carolina y yo seguíamos perdidamente enamorados. Cogíamos todos los días, a veces dos veces, casi siempre antes de salir a clase y otra vez al volver. Nos calentábamos recordando lo que habíamos hecho en la fiesta: las manos ajenas, las bocas ajenas, la complicidad nueva. Yo no me cansaba de adorar su cuerpo, los pechos grandes y firmes, la cintura estrecha, esa panocha que se cerraba sobre mi verga como si quisiera retenerla. La penetraba en todas las posiciones que se nos ocurrían, aunque su preferida era siempre de perrito, con la cara apretada contra la almohada para que los vecinos no la oyeran.
Una de esas tardes, mientras ella se montaba encima de mí y movía las caderas en círculos lentos con mi verga adentro, le conté lo de Sofía y Adrián.
—¿Vamos a coger con ellos? —preguntó sin dejar de moverse.
—Si tú quieres, a mí me gustaría —le respondí.
Entrecerró los ojos y se mordió el labio. Conozco esa cara. Es la que pone cuando una idea le calienta más de lo que esperaba.
—Quiero que le metas la verga a Adrián —dijo en voz baja, casi en mi oído—. Que se la metas hasta el fondo. Y a Sofía también, si se puede. Aunque te aviso, está chiquita, capaz que ni la cabeza le entra. La lastimas.
Me sacó un poco de onda, pero a Carolina yo nunca le decía que no. A ella se le pasaba todo por la cabeza primero y, cuando lo decía en voz alta, ya estaba decidido. Le contesté que sí, que lo intentaría con los dos si ella estaba presente y de acuerdo.
—Inténtalo, por favor —insistió, moviendo las caderas más rápido—. No sabes lo que me va a gustar verte cogerlos. Los dos culos subiendo y bajando sobre tu verga, que es mía. Quiero oírlos gritar de dolor y placer. Quiero verte venir en sus caras, como en las películas que vemos. Quiero verte someterlos a los dos.
Lo dijo todo apretándome con la panocha, buscando que termináramos juntos, y lo logramos al poco rato. Nunca me canso de verla venirse, esa forma de poner los ojos en blanco, de sacar el pecho hacia arriba, las oleadas de contracciones que me exprimen la verga hasta la última gota. Mi mujer maravillosa.
***
El sábado no avisamos al resto del grupo. Sólo a Sofía y a Adrián. Compré unas cervezas para que los cuatro pudiéramos relajarnos, y dejé el cuarto en penumbra, con una luz indirecta detrás de la cabecera. Cuando ellos llegaron y vieron a Carolina sentada en la cama, no disimularon la sorpresa, pero les dije que entre los dos íbamos a ayudarlos mejor que yo solo. Bajaron los hombros, asintieron, y aceptaron la cerveza.
Querían hablar de lo que había pasado en casa de Joaquín. Que si se sentían raros, que si su relación seguía igual, que si era normal lo que sentían. Ni Carolina ni yo somos buenos para terapias. A los dos nos mueve la calentura más que la prudencia. Lo más sano que se nos ocurrió fue decirles que se dejaran llevar, que probaran entre ellos y con otros, y que después vieran si querían seguir juntos o buscar por su cuenta lo que los hiciera sentir bien. Y, ya que estábamos, les propusimos un intercambio en ese mismo momento. Tres cervezas después, dijeron que sí.
Tomé a Sofía de la mano y la senté sobre mis piernas. La besé con calma, sin prisa, mientras le pasaba la mano por la espalda y le bajaba el cierre del vestido. Era flaquita, mucho más menuda que Carolina, y bajo el brasier apenas se le notaba el pecho. Cuando le quité la prenda, le chupé los pezones uno a uno, despacio, y ella me sostuvo la cabeza con las dos manos, como si tuviera miedo de que parara. Olía a perfume barato y a algo dulce que no supe identificar.
La acomodé sobre mi cuerpo en sesenta y nueve. Ella se aferró a mi verga con un deseo casi torpe, le daba besos en la punta, me la recorría con las dos manos antes de hundirla hasta la garganta. Subía y bajaba con un ritmo nervioso, todavía aprendiendo. Por mi parte, la panocha de Sofía me cabía entera en la boca abierta. Pude pasear la lengua desde el clítoris hasta la entrada del ano sin esfuerzo, una y otra vez, sosteniéndola por las nalgas para acercarla a mí. Estaba tan caliente que en dos o tres minutos se vino en mi boca, sin dejar de mamármela, con un gemido ahogado que me hizo apretarla todavía más fuerte.
***
Carolina y Adrián, mientras tanto, se habían desnudado y estaban a un costado de la cama, masturbándose cada uno con sus manos, sin tocarse entre ellos. Me acosté boca arriba, me puse un condón y subí a Sofía encima. La acomodé de modo que el culo le quedara a la vista de los dos. Ella sola se fue ensartando, con un poco de dificultad, hasta donde aguantaba. Gemía de placer y un poco de dolor, y por más que intentó nunca me la metió completa, era demasiado estrecha. Me apoyó la cara en el pecho y empezó un sube y baja lento, murmurando que estaba rica, que se iba a venir pronto. Yo le agarré las nalgas con las dos manos y, mientras se movía, empecé a hacer presión con el pulgar sobre su ano. Estaba tan caliente que me permitió meter casi todo el dedo. Esa casi doble penetración la hizo correrse con tanta fuerza que sus contracciones me apretaron la verga al borde del dolor. No me vine, pero estuve cerca.
Carolina y Adrián también se habían venido en sus manos. Mi novia ya sabía que el cuerpo de Sofía no iba a calentar a Adrián, ni siquiera con esa cara de niña asustada y esos pezones pequeños que prenden a cualquiera. Lo que sí lo encendía era mi verga. Apenas salí de Sofía, ella se recostó contra la cabecera con las piernas abiertas, mirando. Me quité el condón y me senté con las piernas separadas frente a Adrián. Él entendió enseguida que le tocaba.
Se acercó casi sumiso, con una ternura que no esperaba. Me recorrió el tronco con la lengua, de la base a la punta, como un gato lamiendo un plato de leche. Después se acomodó en cuatro patas para tenerme la verga a la altura de la boca y, sobre todo, para que el culo le quedara en alto. Mientras me la mamaba, Carolina se colocó detrás de él y empezó a meterle los dedos uno por uno en el ano. Adrián gemía con la boca llena y echaba las nalgas hacia atrás, buscando que mi novia siguiera. Ella no le dejaba tocarse la verga, quería que aguantara, que no se viniera todavía.
Estuvo dilatándolo un buen rato. Yo tenía la verga adolorida del orgasmo apretadísimo de Sofía, así que sabía que iba a tardar en venirme. Carolina me miró y me dijo, sin sacar los dedos:
—Ya está listo. Cógelo.
Saqué mi verga de la boca de Adrián, me puse otro condón y me coloqué detrás de él. Entré con una facilidad sorprendente. Por dentro estaba caliente y blando, y empecé a bombear sosteniéndolo por las caderas, atrayéndolo contra mí. No pensaba en que era el novio de Sofía. No pensaba en nada. Sólo veía a Carolina al costado, tocándose el clítoris sin sacarme los ojos de encima, sonriendo con esa cara de complicidad absoluta. Adrián gemía, sollozaba, pero disfrutaba. Sin que nadie le tocara la verga, terminó viniéndose sobre las sábanas al cabo de un rato largo.
Carolina se vino casi al mismo tiempo, masturbándose con dos dedos. Sofía tenía la mano entre las piernas, de algún modo también la prendía ver a su novio así, ensartado y disfrutando una verga.
Yo seguí bombeando hasta que sentí que estaba a punto. Me salí, me quité el condón y me acerqué a la cara de Sofía. Le pedí que abriera la boca. Lo hizo sin dudar. Me vine tan fuerte que el primer chorro le cayó adentro de la garganta y el resto le quedó sobre el rostro, en los labios, en el mentón. Exprimí hasta la última gota. Después le pedí que, así como estaba, besara a Adrián. Lo hizo, y él aceptó el beso, compartiendo mi leche en sus bocas. Mientras se besaban yo me acerqué a Carolina y la besé a ella, en agradecimiento.
***
Pero todavía no terminábamos. A Adrián se le había vuelto a parar con el beso. Empezaron a fajarse y Sofía se recostó de espaldas, abrió las piernas y él se hundió en su panocha. Ella le rodeó la cintura con las piernas. En poco rato los dos estaban gimiendo otra vez. Carolina y yo copiamos la postura a un metro de distancia. Yo la cogí con fuerza, casi con violencia, buscando que sus gemidos taparan los de Sofía. Lo logramos. Cuando los cuatro nos vinimos casi a la vez, los gritos de Sofía y de Carolina retumbaron contra las paredes del cuarto.
No tardó ni cinco minutos en sonar un golpe seco en la puerta. La señora Mercedes, que me alquilaba el cuarto y vivía justo al lado, había venido a llamarme la atención. Los otros tres se metieron al baño desnudos, muertos de risa y de vergüenza, mientras yo me ponía los pantalones y abría apenas, lo suficiente para que se viera mi cara y nada más. Tenía esa mirada de molestia que ponen las dueñas de pensión cuando saben perfectamente lo que está pasando y prefieren no nombrarlo.
—Fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo, joven, bájele al volumen —me dijo sin pestañear—. Los demás inquilinos se pueden incomodar.
Le aseguré que no volvería a pasar y se retiró arrastrando los pasos.
Carolina, Sofía y Adrián habían oído todo desde el baño. Salieron en silencio, con las toallas mal puestas, y nos miramos los cuatro hasta que nos dio un ataque de risa contenida. Nos vestimos despacio, abrimos la última cerveza y la compartimos. Ya era tarde. Cuando ellos se despidieron, nos agradecieron como si les hubiéramos prestado un favor. Los acompañamos hasta la puerta de la casa. La señora Mercedes estaba en su porche, fingiendo regar las plantas a las once de la noche, y nos lanzó una mirada de juez. Carolina y yo volvimos al cuarto sin decir nada.
Nos metimos a bañar juntos, cambiamos las sábanas y, antes de acostarnos, nos besamos. La calentura volvió enseguida. La acomodé debajo de mí y entré despacio en su panocha, ya hinchada y húmeda. Ella me atrajo con las piernas, me clavó los talones en la espalda y empezamos a hablar mientras cogíamos.
—¿Te gustó? —me preguntó.
—Mucho. ¿A ti?
—Más de lo que pensé. Me gustó verte con él.
Le conté que la próxima quería verla a ella con Sofía. Que quería verle los dedos adentro de la panocha de Sofía, ayudándome a dilatarle el ano para poder penetrarla yo después. Carolina me dijo que sí, que ella también quería probarla. Y, mientras lo decíamos, nos vinimos juntos, mezclando todo, amándonos como siempre.