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Relatos Ardientes

Lo que mi amante me ocultó hasta nuestro aniversario

Renata era de esas mujeres que no se cruzan en tu camino dos veces. Morena, de caderas anchas y una risa que hacía girar cabezas en cualquier bar. La conocí en una conferencia de marketing en septiembre, cuando ella se acercó con dos copas de vino tinto y la excusa de que no quería beber sola. A los veinte minutos ya sabía que estaba casada, y a los cuarenta ya estábamos intercambiando teléfonos.

Lo nuestro empezó sin promesas. Ella me dejó claro desde el principio que tenía marido, que no pensaba dejarlo y que cualquier cosa que hiciéramos tenía que caber en los huecos que le permitían los viajes de trabajo de él. A mí me valió. Yo venía de un divorcio reciente y lo último que quería era una relación seria.

Nos veíamos los martes y los jueves, casi siempre en un hotel de la zona norte de la ciudad. Habitación 412, segundo piso, ventana al estacionamiento. Llegué a conocer el ruido del aire acondicionado mejor que el de mi propia casa.

—Mi marido se llama Iván —me dijo una de las primeras tardes, mientras se vestía frente al espejo del baño—. Es enorme. Te lo digo para que lo sepas. Si algún día nos cruzamos por la calle, no te le acerques.

—No tengo intención de acercarme a tu marido —contesté.

Ella se rió como si yo hubiera dicho una tontería.

—Eso dicen todos.

***

El sexo con Renata era distinto a todo lo que había probado. No por las posturas ni por el escenario, sino por la forma en que ella se tomaba el tiempo. Le gustaba mirar. Le gustaba estudiarme. La primera vez que me bajé los pantalones delante de ella, se quedó sentada en la cama unos segundos, observándome de arriba abajo como quien inspecciona una pieza recién comprada. Se relamió el labio inferior antes de estirar la mano y agarrarme la polla por la base, sopesándola como si calculara cuánto trabajo tenía por delante.

—Tienes un cuerpo bonito —dijo—. Lástima que no sepas usarlo.

Tardé semanas en entender lo que quería decir con eso. Esa primera tarde ella me empujó contra el colchón, se subió encima con las tetas colgando sobre mi cara y se dedicó a chupármela con una calma obscena, engullendo la polla entera hasta la garganta, sacándola con hilos de saliva que le colgaban de la barbilla, escupiendo encima del glande y volviendo a metérsela hasta que se le saltaban las lágrimas. Cuando estaba a punto de correrme paraba en seco, me apretaba la base con dos dedos y me miraba con la boca abierta y la lengua fuera. Repitió el juego cuatro veces antes de dejarme acabar, y cuando por fin me dejó, la corrida le salpicó la cara y ella se pasó el semen por las tetas con dos dedos, sonriendo.

—Ya vas aprendiendo —dijo—. Pero te queda mucho.

Una tarde de octubre, mientras me mamaba la polla con esa paciencia que me tenía al borde, sentí su dedo índice rozarme el culo por detrás. No por accidente. Era una caricia lenta, exploratoria, hecha con la misma calma con la que me había mirado aquella primera tarde. Me tensé un segundo, listo para apartarla, pero algo me detuvo. La presión era suave, y mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza pudiera oponerse. El dedo se hundió una falange, y luego otra, mientras ella me tragaba la verga entera hasta la garganta sin dejar de mirarme desde abajo.

¿Esto me está gustando de verdad?

La respuesta llegó sola. Cuando me corrí, lo hice con una intensidad que no recordaba desde la adolescencia. La corrida me subió desde algún sitio nuevo, desde detrás del vientre, y salió a chorros dentro de su boca mientras ella hundía el dedo hasta el nudillo y me tragaba todo el semen sin escupir una sola gota. Cuando se apartó, abrió la boca para enseñarme que estaba vacía, y luego se rió con esa sonrisa de gata satisfecha que ya empezaba a reconocer.

—Te lo dije —murmuró, chupándose todavía el dedo con el que me había abierto—. No sabías usar tu cuerpo.

***

A partir de esa tarde, todo cambió. No de golpe, sino con la gradualidad de quien sabe exactamente cuánto puede empujar y cuándo conviene retroceder. Un dedo se convirtió en dos. Dos dedos se convirtieron en tres. Renata me tumbaba boca arriba, me levantaba las piernas contra su hombro y me follaba el culo con los dedos mientras se sentaba en mi cara para que le comiera el coño. Yo aprendí a lamerle los labios inferiores con la boca abierta, a chuparle el clítoris hasta que temblaba, a meterle la lengua tan profundo como podía mientras ella marcaba el ritmo con las caderas y me abría por dentro con esos tres dedos empapados de lubricante. Se corría montada en mi cara, apretándome la nariz contra su hueso púbico, y sus jugos me caían por las mejillas y el cuello.

Y un sábado de noviembre, después de cenar en un restaurante japonés del centro, ella sacó de su bolso una caja envuelta en papel rojo.

—Es para los dos —dijo.

Lo abrí en el coche. Era un consolador pequeño, de silicona azul, no más grande que mi pulgar. Renata se rió de mi cara.

—No pongas esa expresión. Lo elegí del tamaño de un principiante.

Esa noche, en la habitación 412, ella lo usó conmigo por primera vez. Me hizo desnudarme delante del espejo, me untó lubricante por todo el culo con dos dedos y me pidió que me pusiera a cuatro patas al borde de la cama. Yo boca abajo, mordiendo la almohada para no hacer ruido, ella arrodillada detrás con la concentración de una cirujana. La punta de silicona empujó despacio, un centímetro, dos, tres, hasta que sentí cómo el tapón cedía y el consolador entero se hundía dentro de mí. Renata empezó a moverlo con la muñeca, sacándolo casi por completo y volviéndolo a meter, mientras con la otra mano me agarraba la polla y me la masturbaba al mismo ritmo. Yo gemía contra la almohada, la baba se me caía en la sábana, la verga me palpitaba en su puño. Cuando me corrí, la corrida me salió a chorros largos que empaparon las sábanas debajo de mi vientre, y ella siguió empujando el consolador hasta que me dejó vacío y tembloroso.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que bien.

Se acostó a mi lado, me lamió el sudor del cuello y me besó la nuca.

—Esto es solo el principio.

***

Lo del arnés vino después, en enero. Renata apareció una tarde con una correa de cuero negro y un consolador grueso, venoso, del tamaño de una polla de verdad. Se lo ajustó a las caderas frente al espejo del baño, se lo untó de lubricante con la misma calma con la que se pintaba las uñas, y salió con esa verga de plástico bamboleándose entre las piernas como si llevara toda la vida cargándola. Me folló en cuatro patas, con las manos clavadas en mis caderas, embistiéndome con un ritmo que fue subiendo hasta que la habitación entera parecía moverse. Me miraba en el espejo de la mesita mientras me destrozaba el culo, con los labios entreabiertos y las tetas rebotando a cada golpe, y me decía al oído cosas como «mira cómo te encanta, mira cómo se te abre el culo para mí, mira qué puta eres cuando quieres serlo». Yo asentía contra la almohada porque no podía hablar, y me corrí sin tocarme, disparando semen encima de las sábanas mientras ella seguía embistiéndome sin piedad.

Lo del segundo consolador, más grueso, vino en marzo. Para abril, yo ya no era el mismo hombre que había entrado en la habitación 412 aquella primera tarde de septiembre. Había descubierto un lado mío que no sabía que existía, y Renata se había convertido en la persona que más me conocía en el mundo, aunque jamás hubiéramos compartido un desayuno en mi cocina ni una película en mi sofá.

—El próximo mes cumplimos un año —me dijo una tarde, mientras se ponía las medias con la espalda apoyada en el cabecero y todavía con mi corrida secándosele en el vientre—. Quiero hacer algo especial.

—¿Algo especial cómo?

—Algo que llevo tiempo pensando.

No quiso decirme más. Cada vez que insistía, ella sonreía y cambiaba de tema. Llegué a la fecha del aniversario con una mezcla de curiosidad y nervios que no había sentido en años.

***

Reservó una suite, no la habitación 412 de siempre. Pidió champán y fresas. Encendió velas. Cuando entré, me esperaba con un vestido negro que jamás le había visto, descalza y con el pelo recogido en lo alto de la cabeza.

—¿Y todo esto? —pregunté.

—Te lo dije. Llevo tiempo pensándolo.

Nos bebimos la mitad del champán antes de tocarnos. Cuando lo hicimos, ella ya estaba más excitada que de costumbre. Lo notaba en la respiración, en la forma en que apretaba los dedos contra mi nuca cuando me besaba, en la urgencia con la que me desabotonó la camisa. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca, me mordió el labio, me arrastró de la corbata hasta el borde de la cama y se arrodilló entre mis piernas. Me sacó la polla del pantalón y se la metió entera en la boca de un solo golpe, sin preliminares, chupándomela con una furia que no le había visto antes. Se atragantaba a propósito, se le saltaban las lágrimas, la saliva le caía por la barbilla y le mojaba el escote del vestido. Cuando estaba a punto de correrme me sacó la verga de la boca y me la masturbó apuntándome a la cara mientras negaba con la cabeza.

—Todavía no. Esta noche te vas a correr cuando yo te diga.

Cuando estuvimos los dos desnudos, ella se acercó a la mesita de noche y sacó un antifaz negro de tela gruesa.

—Quiero que confíes en mí —dijo.

—Confío.

—Entonces ponte esto.

Me lo coloqué sin preguntar. Sentí la oscuridad cerrarse sobre mis ojos como una tapa, y al mismo tiempo el resto de mis sentidos se afinó. El olor de su perfume. El roce de la sábana. El murmullo del aire acondicionado. La piel se me erizó antes de que ella me tocara.

—De rodillas —ordenó.

Obedecí. Apoyé la cara y el pecho contra el colchón, las rodillas separadas, el culo en alto. Sentí sus manos abrirme las nalgas, y luego su lengua caliente lamiéndome despacio, de abajo hacia arriba, marcándome el camino. Me lamió con calma, hundiendo la punta de la lengua, chupándome con los labios, mientras yo apretaba la almohada con las dos manos. Después me untó lubricante con tres dedos, despacio, sin prisa, metiéndolos hasta el nudillo y abriéndolos en tijera para prepararme, mientras me susurraba que esa noche iba a ser distinto a todo lo anterior. Que confiara. Que no me asustara.

No me iba a asustar. Llevábamos un año entrenando.

Sentí cómo se arrodillaba detrás de mí. Sentí la presión de la punta apoyándose contra mi culo. Era distinta. No era la silicona fría a la que estaba acostumbrado. Era tibia, ligeramente más blanda, con una textura que se acomodaba mejor a la mía, y me pareció notar un latido apenas perceptible contra el pliegue. Pensé que se había comprado un juguete nuevo, más caro, más realista. Algo recién salido de una tienda especializada.

—Respira —me dijo al oído.

Respiré. La punta entró despacio. Me ardió un segundo, los músculos se tensaron por reflejo, pero ella esperó, paciente, como había aprendido a esperar conmigo a lo largo de todos esos meses. Cuando me relajé, empujó un poco más. Y un poco más. Y un poco más. Sentí cómo el glande gordo pasaba el anillo, cómo el fuste grueso me abría por dentro, cómo cada centímetro me llenaba de una forma que ningún juguete había conseguido antes.

—Dios mío —murmuré contra el colchón.

Era más grande que cualquier cosa que hubiéramos probado antes. Mucho más. Pero entraba con una facilidad rara, casi orgánica, como si el cuerpo supiera lo que estaba haciendo aunque yo no.

Renata empezó a moverse. Despacio al principio, marcando un ritmo que yo ya conocía, las manos apoyadas en mis caderas para sostenerme. Luego más rápido. Luego más profundo. Cada embestida me golpeaba en un punto por dentro que me hacía ver luces contra la venda, la polla me colgaba dura entre las piernas goteando sobre las sábanas, la piel de las nalgas me chocaba contra sus muslos con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Yo me agarraba a las sábanas, mordía la almohada, sentía el sudor caerme por la espalda. Estaba a punto de correrme sin que nadie me hubiera tocado por delante.

—Quítate la venda —me dijo de pronto.

—¿Ahora?

—Ahora.

***

Me arranqué el antifaz con una mano sin dejar de apoyar la cara contra el colchón. La habitación tardó un par de segundos en enfocarse. Lo primero que vi fue el espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared de enfrente, ese mueble largo y barato que tienen todos los hoteles de paso. En el espejo me vi a mí mismo: de rodillas, sudado, la cara medio enterrada en la almohada, la espalda doblada y la boca abierta.

Y detrás de mí, arrodillado, había un hombre.

Un hombre enorme, moreno, con los hombros anchos de quien hace ejercicio en serio. Las manos apoyadas en mis caderas. Las mismas manos que yo creía que eran de Renata. Los mismos dedos. La misma presión. Y entre sus piernas, hundida en mi culo hasta la base, una polla gorda y venosa que brillaba de lubricante y que se movía dentro de mí con un ritmo lento y firme.

Renata no estaba detrás. Renata estaba en la otra esquina de la cama, sentada en una butaca tapizada, completamente desnuda salvo por un arnés vacío que llevaba colgando entre las piernas. Tenía un consolador apoyado contra el coño y se masturbaba con la lentitud de quien no piensa apurarse, metiéndoselo hasta el fondo y sacándolo despacio, con los pezones duros apuntando al techo.

Me crucé con sus ojos en el espejo. Ella no dejó de mirarme. Tampoco dejó de mover la mano.

—Te presento a Iván —dijo, con la voz más calma que le había escuchado nunca—. Mi marido.

***

Tendría que haberme apartado. Tendría que haber gritado, levantarme, salir corriendo de esa suite con las manos cubriéndome lo que pudiera. Pensé en todas esas reacciones a la vez, en milésimas de segundo, mientras el espejo me devolvía la imagen de mí mismo en cuatro patas con el marido de mi amante metido hasta el fondo del culo.

Pero no me aparté.

Iván no se movió. Esperó. Esperó a que yo decidiera, con la verga clavada dentro de mí y las manos quietas en mis caderas. Llevaba quieto desde que me había arrancado la venda. Era yo el que tenía la última palabra, y los tres lo sabíamos, y Renata desde su butaca lo sabía mejor que nadie.

Bajé la cabeza otra vez contra el colchón.

—Sigue —dije.

Iván empujó. La polla entró hasta el fondo de un solo golpe, tan hondo que sentí sus huevos golpear contra los míos, y desde ahí no paró. Me folló con las manos apretadas en mis caderas, sacando la verga casi entera y volviéndola a hundir con un ritmo bestial, cada embestida haciéndome resbalar hacia adelante sobre la sábana. La cama crujía. El culo me ardía y me palpitaba a la vez. Yo gemía como no había gemido nunca, con la boca abierta contra el colchón, la baba cayéndome por la comisura, la polla dura goteando debajo de mí.

Desde la butaca, Renata jadeaba también, con el consolador entrándole y saliéndole del coño empapado, los dedos de la otra mano trabajándose el clítoris con círculos rápidos. Me miraba a los ojos en el espejo mientras se corría por primera vez, con un temblor largo que le recorrió las piernas.

—Más fuerte —le dijo a su marido sin apartar la vista de mí—. Rómpelo.

Iván obedeció. Se echó encima de mí, me agarró del pelo con una mano, me clavó la otra en la cadera y empezó a follarme con la fuerza bruta de quien lleva meses fantaseándolo. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo. La verga se me marcaba dura entre las piernas, golpeándome el vientre, y sentí cómo la corrida me subía desde algún sitio muy hondo que no sabía que existía.

Me corrí casi en el acto. Sin que nadie me tocara la polla por delante, sin avisar, con un grito ahogado que se me escapó entre los dientes. El semen me salió a chorros largos que empaparon la sábana debajo de mi vientre, y las contracciones del culo apretaron la polla de Iván tan fuerte que él acabó dos embestidas después, con un gruñido ronco que llenó la habitación, vaciándose entero dentro de mí en oleadas calientes que sentí llenarme por dentro. Renata, desde su butaca, dejó escapar un gemido más largo y más grave que cualquiera que le hubiera escuchado en un año, y el consolador entre sus piernas quedó empapado contra la tapicería.

Iván se quedó dentro un rato más, sin sacar la polla, respirando pesado contra mi espalda. Cuando por fin se retiró, sentí un hilo tibio de semen bajarme por el interior del muslo. Renata se levantó de la butaca, se acercó a la cama con el consolador todavía en la mano y se agachó detrás de mí. Sin decir nada, me lamió la corrida de su marido que me caía por la piel, subiendo con la lengua hasta el mismo pliegue, y me besó ahí un segundo antes de incorporarse.

Los tres nos quedamos en silencio durante un minuto entero. Solo se oía la respiración.

***

Después, mucho después, cuando ya nos habíamos limpiado y vestido y bajado al bar del hotel a beber otro champán que esta vez sí pidió Iván, Renata me lo explicó.

—Llevaba meses pensándolo —dijo—. Lo hablamos él y yo. Sabía que ibas a decir que no si te lo proponía con palabras. Así que decidí enseñártelo con las manos.

Iván asentía a su lado, removiendo la copa con dos dedos, sin decir nada. Tenía una calma rara, la de un hombre que no necesita demostrar nada porque ya lo tiene todo claro.

—¿Y si me hubiera apartado? —pregunté.

—Te hubieras apartado y se hubiera acabado todo —contestó ella—. Pero no te apartaste.

—No.

—Lo sabíamos.

***

De eso hace ya tiempo. Renata e Iván siguen casados. Yo sigo sin pareja oficial, aunque a estas alturas la palabra ha perdido bastante sentido. Los tres nos vemos los martes y los jueves en la suite del hotel, no en la habitación 412. A veces es Iván quien me espera con la polla dura y Renata mira desde la butaca con el arnés puesto y una copa en la mano. A veces somos Renata y yo, ella cabalgándome encima o abriéndome el culo con los dedos, y él mira desde la butaca masturbándose despacio. A veces los tres a la vez, y entonces no hay butaca que valga: acabo con la verga de Iván en la boca y el consolador de Renata en el culo, o con ella sentada en mi cara mientras él me folla por detrás, o cualquiera de las mil combinaciones que hemos ido inventando.

Lo que aprendí esa noche es algo que nadie me había contado antes: que el deseo no siempre viaja en la dirección que uno cree, y que a veces la persona que mejor te conoce es la que decide, sin pedirte permiso, mostrarte quién eres en realidad. Renata me mostró un espejo. Iván empujó. Yo decidí seguir.

Y esa, exactamente esa, es la confesión que llevaba años queriendo escribir.

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Comentarios(7)

MatiasMDP

que historia boa!! o final me pegou completamente de surpresa, nao esperava por isso

BrunaRS_27

Por favor faz uma continuação! Fiquei com vontade de saber tudo que aconteceu depois

SofiaVH

Li de uma vez só sem conseguir parar. Muito bem construído, a tensão foi chegando aos poucos e aí... nossa.

LucasDelRio

Me lembrou de uma situação parecida que vivi, so que a minha nao teve um desfecho tao especial assim kkk. Muito bom

TatiBH_noc

Sinceramente um dos melhores que li aqui ultimamente. Parece real sem ser forçado. Continua escrevendo!

Capi_BA

caraca, que parceiro caprichado! adorei demais

Fenix_BA

o trecho do espelho me fisgou. Nao vou esquecer cedo essa imagem

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