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Relatos Ardientes

Mi compañero me confesó lo que hizo mientras dormía

Aún me pregunto qué pasó esa madrugada. Terminé boca abajo en la cama, con los pantalones en los tobillos, las nalgas al aire y la sensación de que algo tibio y espeso se me escurría por dentro. Tardé días en armar el rompecabezas. Lo terminé de cerrar cuando él mismo me lo contó.

Por aquel entonces yo llevaba unos meses viviendo en Panamá. La empresa me había trasladado para abrir oficina y, como parte del paquete, me pagaban el alquiler de un departamento grande en el barrio de San Francisco, con tres habitaciones y vista al canal. Vivía solo y el espacio me sobraba. Cuando recursos humanos me propuso compartirlo unos meses con un colombiano que llegaba trasladado desde Medellín, no lo pensé demasiado. Total, eran apenas unos meses y la idea de tener compañía después de tantas noches mirando el techo no sonaba mal.

Rodrigo llegó un martes por la tarde. Tendría unos veintiséis años, piel canela, espalda ancha y esa forma de moverse de los que se cuidan en el gimnasio sin necesidad de presumirlo. Me dio la mano con la fuerza justa.

—Mucho gusto, Rodrigo —dijo, y yo lo conduje hasta una de las habitaciones del fondo.

Esa primera noche apenas hablamos. Venía cansado del viaje y le dije que se acomodara a su ritmo. Antes de retirarme a mi cuarto le ofrecí salir juntos al día siguiente.

—Mañana yo salgo para la oficina cerca de las ocho. Si quieres, arrancamos a las siete, desayunamos en el camino y te enseño la zona.

—Buena idea —respondió, y se cerró la puerta detrás de él.

A partir de esa mañana, todo cambió rápido. Lo ayudé con el papeleo, con la búsqueda de un departamento definitivo, con la apertura de la cuenta en el banco. Él me contaba de su novia en Medellín, de la familia que esperaba traerse en cuanto consolidara la mudanza, de lo que extrañaba y de lo que no. Como entrenaba todos los días, me arrastró al gimnasio del edificio. Después empezamos a salir a correr por el malecón de madrugada. Me jodía levantarme a las cinco y media, pero el café posterior con él en la terraza valía cada minuto perdido de sueño.

Mientras más nos conocíamos, más se relajaba. Yo seguía saliendo del cuarto vestido o, si era de noche, con una pijama de algodón decente. Rodrigo, en cambio, fue perdiendo el pudor a una velocidad que al principio me incomodaba. Pasó del pantalón corto a unos bóxers tipo tanga que le marcaban un bulto considerable incluso en reposo. Y, después de algunas semanas, empezó a desnudarse en el lavadero, dejaba la ropa sudada en la canasta y caminaba en cueros hasta la cocina con la excusa de no llevar el sudor al cuarto.

Yo intentaba no mirar. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Una tarde, después del gimnasio, se quedó plantado al lado de la nevera, completamente desnudo, sirviéndose un vaso de jugo de naranja. Me preguntaba algo, no recuerdo qué, y yo le contestaba moviéndome con la cadera ladeada para que no notara la erección que se me había disparado solo de mirarlo de reojo.

Lo notó, claro.

—Chamo, deberías ser más relajado —me dijo sonriendo, y se tomó el vaso de un tirón.

Esa frase se me quedó dando vueltas durante días.

***

El viernes siguiente terminamos en el departamento sin planes. Había llovido toda la tarde y ninguno de los dos tenía ganas de salir. Empezamos con cervezas frías. Hablábamos de todo y de nada, de cómo era crecer en su barrio, de cuánto me costaba acostumbrarme al calor pegajoso de Panamá, de las exparejas que cada uno había dejado atrás. Cuando se acabaron las cervezas, abrí una botella de whisky que tenía guardada en la repisa. Cuando se acabó el whisky, sacó él una de tequila de su mochila.

—La traje para una ocasión especial —me dijo, y me sirvió un chupito sin esperar respuesta.

Después del segundo trago de tequila, la cabeza se me empezó a separar del cuerpo. El piso del salón se movía solo. Sentía la vejiga a punto de reventar. Me levanté agarrándome a la pared y, dando tumbos, llegué hasta el baño de mi cuarto. Hice pis con la puerta abierta porque ni siquiera me alcanzó la coordinación para cerrarla. Bajé la cisterna. De ahí en adelante no recuerdo absolutamente nada.

***

Me despertó el sol entrando por la ventana sin cortina. Me dolía la cabeza como si me la hubieran abierto con un cincel. Tardé un par de segundos en darme cuenta de que estaba boca abajo, atravesado en la cama, con los pantalones y los bóxers enredados en los tobillos. Las nalgas frías. Algo tibio entre los muslos.

Levanté la cadera con cuidado. Sentí un escozor profundo, distinto a cualquier otro que conociera. Me llevé la mano y la retiré pegajosa. Me quedé sentado en el borde de la cama mirándome los dedos.

¿Qué carajo pasó anoche?

Me bañé despacio, intentando reconstruir la noche. No conseguí pasar del segundo tequila. Salí del baño con una toalla en la cintura y me asomé al pasillo. La puerta del cuarto de Rodrigo estaba entreabierta. Lo escuchaba respirar profundo, todavía dormido.

Empujé la puerta.

Estaba boca arriba, con la sábana hasta la cintura, el torso al aire. Me senté en el borde de la cama y le toqué el hombro. Abrió un ojo, después el otro, y me dedicó esa media sonrisa que ya empezaba a conocerle.

—Tengo que preguntarte algo —dije.

—Sospechaba —respondió él, y se incorporó apoyándose en el codo.

Lo que me contó después lo escuché sin interrumpirlo una sola vez.

—Te fuiste dando tumbos al baño —empezó—. Dejaste la puerta abierta. Te oí orinar y bajar la cisterna. Después pasó un rato largo y no escuché más. Te llamé desde el sofá y no me contestaste. Fui a tu cuarto a ver si estabas bien.

Hizo una pausa, midiéndome la cara. No reaccioné y siguió.

—Estabas boca abajo sobre la cama, con los pantalones y los bóxers enredados en los tobillos. Te habías quedado dormido en esa posición. Me acerqué a subirte el pantalón y dejarte tapado, te lo juro. Pero te miré las nalgas. Las tenías paraditas, como ofrecidas, y se me cruzó algo en la cabeza.

Tragué saliva.

—Te empecé a tocar despacio. No te movías, no decías nada. Me ensalivé un dedo y te lo pasé por la raya, con cuidado. Hiciste un gemido bajo, como dormido. Eso me asustó. Pensé que ibas a despertarte y me iba a tener que buscar otro departamento esa misma noche. Pero te quedaste quieto otra vez.

—Sigue —le dije, porque no podía hablar de otra manera.

—Volví a ensalivarme el dedo y a hacerte círculos en el orto. Empezaste a respirar fuerte, a parar el culo dormido, como si te ofrecieras. Ahí fue donde me quité los pantalones, te liberé una pierna, te abrí un poco más. Me la escupí, te escupí a ti, y te la metí entera. Solo gemiste una vez. Después seguiste parando el culo, como en reflejo, mientras yo te bombeaba. Duré bastante. Me terminé adentro y me quedé un rato pegado a tu espalda. Cuando te volví a oír respirar profundo, me vine a mi cama.

Me miró fijo.

—Discúlpame. Te tenía ganas desde el primer día. No iba a hacer nada si seguías despierto.

Yo no supe qué decir. Me esperaba enojo, asco, vergüenza. Me esperaba cualquier cosa menos lo que sentía en ese momento: una mezcla espesa de turbación y deseo que me cerraba la garganta.

Me metí debajo de su sábana sin pedir permiso. Él se quedó muy quieto. Dormía en bóxer y se le notaba el bulto debajo de la tela. Le pasé la mano por encima, despacio, sin decir nada, y sentí cómo se le iba poniendo dura.

—¿Qué quieres que te haga? —pregunté.

—Mámamela.

Nunca había chupado una en mi vida. Me la imaginé como un helado que se derrite y vas atrapando con la lengua antes de que te chorree por la muñeca. Le bajé los bóxers, agarré la base con dos dedos y empecé a moverla mientras me concentraba en la cabeza. La lamí entera, la chupé, la solté para tomar aire y volví a meterla. Él me ponía la mano en la nuca sin empujar, solo guiándome.

—Lo haces bien para ser la primera vez —murmuró.

Cuando se vino, intentó sacarla de mi boca. No lo dejé. Le apreté la base, le seguí lamiendo la cabeza y me tragué lo que pude. El resto me chorreó por la comisura. Subí los ojos y me lo encontré mirándome con la cara descompuesta de placer, la boca abierta, los pectorales subiendo y bajando.

—Me gustó desayunar así —le dije.

Se rio bajito. Me hizo girar de lado, me bajó el pantalón de la pijama hasta sacármelo. Acomodó su pene semierecto contra la raya de mi culo y me abrazó por la espalda, en cucharita. Así nos quedamos toda la mañana, dormitando, hasta que el sol nos pegó de lleno en la cara.

***

Esa fue solo la primera noche. Las que vinieron después fueron más largas, y más sucias. O mejores, según cómo se mire. Las contaré otro día, porque cada una se merece su propio relato.

Rodrigo terminó alquilando un departamento en Costa del Este. Trajo a su novia y al hijo recién nacido. En la oficina nos seguimos saludando con la naturalidad de dos compañeros que comparten proyectos. A veces, en mitad de una reunión interminable, levantaba la vista y lo encontraba mirándome. Apenas duraba un segundo. Lo justo para recordarme aquella madrugada en la que me desperté sin saber qué había pasado y, por primera vez en mi vida, descubrí que me gustaba que un hombre lo decidiera por mí.

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