El taxista que me esperaba en mi nuevo país
Estaba trabajando para una empresa de tecnología en Monterrey cuando me contactó una firma cazatalentos con una propuesta interesante. El paquete era bueno y el cargo era de director regional, pero había un detalle: implicaba mudarme de país. Cuando pregunté a dónde, me dijeron que la oficina central estaba en Panamá. Yo sabía poco más allá del canal y de algunas postales del casco antiguo.
Después de hablarlo varias noches con mi mujer y de revisar los números dos o tres veces, decidí aceptar.
Una semana antes del viaje me llegaron las instrucciones por correo desde el departamento de Relaciones Laborales. La mudanza estaba contratada, el apartamento listo y, lo más importante para esta historia, un conductor me esperaría en el aeropuerto.
Empaqué dos maletas grandes y una pequeña con lo esencial. En el avión, mientras sobrevolaba el Caribe, repasé otra vez la dirección del edificio y el nombre del taxista que tenía que buscar. Aterricé de noche, con el cuerpo cansado pero la cabeza despierta por el cambio de hora.
Después de reclamar el equipaje, me dirigí a la puerta de salida. Según las instrucciones, debía ubicar un cartel con el logotipo de la empresa y a un hombre llamado Aníbal. Lo encontré rápido. Era un señor delgado, con anteojos, que me saludó con la sonrisa práctica de quien ya hizo eso mil veces.
—Don Andrés, qué gusto —me dijo—. Mire, mi compañero Hernán es el que va a llevarlo al edificio. A mí me toca esperar a otro pasajero que llega en el siguiente vuelo. Cualquier cosa que necesite, este es mi número.
Me dio una tarjeta y la guardé en el bolsillo. Confieso que me molestó un poco que no fuera él quien me llevara. Estaba cansado y solo quería tirarme en una cama, no presentarme con un nuevo desconocido. Pero le agradecí con la mejor cara que pude y le pregunté dónde encontraba a Hernán.
—Nivel dos del estacionamiento, señor. Es un Toyota gris.
Tomé el ascensor y salí al nivel dos. Hernán ya me estaba esperando, apoyado contra el guardabarros y mirando el celular. Se incorporó cuando me vio.
—Buenas noches, don Andrés. Permítame.
Agarró las dos maletas grandes con una soltura sorprendente y las acomodó en el baúl con un movimiento medido. Yo me hice adelante, en el asiento del copiloto. Hernán era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el pelo entrecano peinado hacia atrás, bigote recortado y una pancita que se le notaba bajo la camisa pero que no le quitaba elegancia. Olía a colonia, no demasiado.
Salimos del aeropuerto y agarramos la autopista. La ciudad se veía a lo lejos, llena de torres iluminadas. Hernán manejaba sin prisa, con una sola mano arriba del volante.
—¿Primera vez en Panamá? —preguntó.
—Primera vez. Vine por trabajo, voy a estar acá una temporada larga.
—Ah, le va a gustar. La gente es tranquila. ¿Y la zona donde queda el apartamento ya la conoce?
—No, ni idea.
Empezó a contarme del barrio. Que era una zona buena, con restaurantes, con farmacia abierta hasta tarde, con un parque cerca para correr si me gustaba. Hablaba con la calma de quien hizo ese mismo recorrido cientos de veces. Me sentí más relajado.
Después de unos minutos, la conversación cambió. Hernán me miró de reojo, midiendo si podía o no podía decir lo que iba a decir.
—Don Andrés, mire, cualquier cosa que necesite, yo le ayudo a conseguirla. Por ejemplo —tanteó las palabras—, yo conozco lugares discretos donde uno se relaja, donde lo atienden bien. Si quiere, mire estos videos, para que se haga una idea de a qué me refiero.
Me pasó el celular con la misma naturalidad con que me hubiera pasado un mapa. La pantalla estaba abierta en una galería. Lo agarré por reflejo.
Y entonces vi lo que no esperaba.
No eran videos de mujeres. Eran hombres. Striptease masculino, hombres bailando para otros hombres, planos cerrados, miradas a cámara. Me puse colorado de golpe y sentí el calor en las orejas. Quise devolverle el celular y decirle que se había equivocado, pero algo me detuvo. Me daba pena ser brusco. Y, peor todavía, me daba curiosidad.
Pasé el dedo a la siguiente foto. Después a la siguiente. Hernán seguía manejando, mirando hacia adelante, dejándome el espacio.
A los pocos minutos, sin darme cuenta del momento exacto, mi miembro se empezó a poner duro. Me moví en el asiento para acomodármelo y que no se notara, pero el roce del jean lo empeoró. Cerré los ojos un segundo.
—Siga viendo, hay más adelante —dijo Hernán sin girar la cabeza—. Hay también unas fotos al final.
Lo miré de reojo. Su pantalón también tenía un bulto que él intentaba acomodar disimuladamente cada tanto.
***
Yo siempre me había considerado heterosexual. Tengo mujer, tuve novias antes, nunca me había acostado con otro hombre. Pero también es cierto que algunas veces, solo en mi cuarto, me había metido los dedos, el cabo de un cepillo, una vez incluso un pepino, y los orgasmos eran enormes, distintos, más profundos. Y siempre me quedaba después la pregunta de qué se sentiría con un miembro real adentro.
Una vez, en un viaje a Madrid, llegué a contratar un escort. Pero apenas él me intentó penetrar, me dolió tanto que le pedí que parara. Me vestí, le pagué entero y me fui sin decir más. Nunca lo volví a intentar.
Eso era lo que me pasaba por la cabeza mientras pasaba las fotos en el celular de Hernán y veía, por el rabillo del ojo, su erección debajo del pantalón.
Llegamos al edificio. Era un complejo elegante, con guardia en la portería y una entrada con espejos y plantas. Hernán bajó primero, abrió el baúl y se acomodó el bulto del pantalón sin saber que yo lo veía por el espejo lateral. Yo hice lo mismo cuando él se inclinó por las maletas.
—¿Le ayudo a subirlas, don Andrés?
—Sí, por favor.
Subimos en el ascensor en silencio. Las maletas eran pesadas y él las cargaba sin quejarse. En el piso doce nos esperaba la administradora del edificio, una señora amable que venía a entregarme el inventario.
Hernán dejó las maletas en la sala y se acercó a la puerta para despedirse mientras yo firmaba papeles.
—Don Andrés, cualquier cosa, ya sabe. Tiene mi número.
—Hernán, espere —le dije, y saqué un billete de veinte dólares—. ¿Podría hacerme un favor? Si no está muy ocupado, vaya al supermercado y tráigame algunas cosas. Le hago una lista corta.
—Claro que sí. Con mucho gusto.
Le anoté en una hoja del block del edificio: agua, pan, café, fruta, jabón, cervezas. Tomó el billete y la lista y se fue. Yo seguí firmando el inventario con la administradora. Recorrimos el apartamento, revisamos los electrodomésticos, las cortinas, las llaves. La señora me entregó las copias y se despidió. Cuando cerré la puerta, me apoyé contra ella y respiré hondo.
Llevé las maletas al cuarto principal. El apartamento era bonito, mejor de lo que esperaba. Tenía un balcón con vista parcial a la ciudad, una cocina con barra y una sala amplia. Me lavé la cara en el baño y me miré al espejo. Tenía las pupilas dilatadas todavía.
A los treinta minutos sonó el timbre.
Era Hernán con dos bolsas. Las puso sobre la barra de la cocina y empezó a sacar las cosas con cuidado, comentando los precios. Sacó el vuelto del bolsillo y lo dejó al lado de las llaves del apartamento.
Se quedó parado, listo para irse. Y entonces lo dije, sin saber bien de dónde me salía la voz.
—Hernán, no terminé de ver las fotos. ¿Le importaría si las termino antes de que se vaya?
Me miró un segundo, midiendo. Después una sonrisa pequeña.
—Para nada, don Andrés.
Me pasó el celular y se sentó en el sillón largo de la sala. Yo me senté en una silla individual, en diagonal a él. Solo se oía la música de fondo de los videos y el zumbido bajo del aire acondicionado.
***
En el segundo video la cosa empezó a subir. Ya no era solo striptease. Eran escenas más explícitas. Mi erección era tan dura que el jean me apretaba. De reojo vi que Hernán también se tocaba por arriba del pantalón, sin esconderlo del todo.
—Don Andrés, parece que algo necesita liberarse —dijo en voz baja—. Si quiere, no hay problema. Acá somos dos señores serios.
Bajé el cierre del jean hasta los muslos y me bajé también el calzoncillo lo justo. Mi miembro saltó hacia afuera, mojado en la punta. Lo agarré con la mano derecha y empecé a acariciarme la cabeza con el pulgar, despacio.
—Hernán, tranquilo, si quiere haga lo mismo.
Pero él no se bajó solo el cierre. Se desabrochó el cinturón entero, se desabotonó el pantalón y se lo bajó hasta las rodillas. Quedó con la barriga al aire y el miembro afuera, peludo, grueso, erecto. Empezó a hacerse una paja lenta, mirándome.
Yo bajé la vista al celular. Pasó otro video. Hernán se ensalivó la mano y se la pasó por la cabeza del miembro hasta dejarlo brillando, mezclado con su propio precum. Brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. No pude apartar la vista.
Solté el celular sobre el sillón.
Me paré. Me quité el jean entero, los calzoncillos, los zapatos. Me quedé con la camisa puesta nada más. Caminé hasta donde estaba él, le abrí las piernas con las mías y me senté encima, de frente, con la cara a centímetros de la suya. Olía a su colonia y a algo más, animal, que no había sentido antes.
Bajé la mano, agarré su miembro y lo guié entre mis nalgas hasta el ano. Estaba mojado por su saliva, eso ayudó. Bajé despacio. La cabeza entró suave, distinta a la vez de Madrid, sin esa rigidez. Bajé un poco más. Me tuve que detener, respirar, dejar que el cuerpo se acostumbrara. Después seguí bajando hasta que me senté del todo, con sus muslos contra mis nalgas.
Apoyé las manos en el respaldo del sillón, detrás de su cabeza, y empecé a moverme arriba y abajo. Lento al principio, después con ritmo. Hernán me miraba con la boca entreabierta, sin decir nada, dejándome a mí dirigir. Nunca había hecho algo así en mi vida. Me sentía otro. Me sentía bien.
Hernán bajó la mano y me agarró el miembro. Empezó a hacerme una paja al ritmo de mis movimientos. Eso fue demasiado. Duré apenas unos minutos más. Sentí el latigazo en la base de la columna y me vine sobre su barriga, una primera ráfaga que llegó hasta el primer botón de su camisa. Mientras me venía, mi ano se contrajo varias veces alrededor de él, y eso lo hizo terminar también. Sentí el calor adentro, una sensación nueva, rara y buena al mismo tiempo.
Quedamos así un rato largo, sin movernos. Yo apoyé la frente contra la suya, respirando. Él tenía las manos abiertas a los costados, como si no supiera bien qué hacer con ellas.
Esperé a que se ablandara y me levanté con cuidado. Fui al cuarto, busqué los pañitos húmedos que siempre llevo en la maleta de viaje, y volví. Le limpié la barriga y la camisa, le limpié el miembro. Después me limpié yo. Hernán se subió el pantalón, se acomodó la camisa, se pasó la mano por el bigote.
Antes de irse, en la puerta, me dio una palmada suave en la nalga por encima de la camisa.
—Don Andrés, lo que necesite, tiene mi teléfono.
Cerró la puerta y yo me quedé parado en el medio del apartamento, todavía a medio vestir, con la cabeza dándome vueltas.
***
Esa fue la última vez que vi a Hernán. Nunca lo llamé. Los días siguientes pensé en hacerlo varias veces, agarré el teléfono dos o tres y volví a dejarlo, pero me dio vergüenza. Y un poco de culpa, también. Pero no fue la única vez que algo así me pasó en Panamá. Esta ciudad, por alguna razón, me destapó cosas que en mi país nunca había sabido nombrar.