Mi confesión: lo que pasó aquella tarde de nieve
Llevaba meses yendo solo al chalet de la sierra, ese que había compartido con Lucía durante casi doce años de matrimonio. Desde la separación, el lugar funcionaba como refugio: sin compromisos, sin vecinos que preguntaran, sin necesidad de dar explicaciones. Ese fin de semana, además, coincidía con el último día de obras. Una cuadrilla había pasado casi dos meses ampliando la terraza trasera y renovando la cubierta del tejado.
El capataz se llamaba Roberto. Lo conocía de obras anteriores en la zona, de cuando compramos el chalet con Lucía y tuvimos que hacer arreglos urgentes en las cañerías. Era el tipo de hombre que cuesta ignorar: grande, macizo, con esa panza de quien bebe cerveza con regularidad pero sin perder ni un gramo de fuerza. Manos enormes, brazos que parecían troncos, el pelo rapado a cero, siempre en camiseta sin importar la temperatura. Tenía esa seguridad física que dan los años de trabajo duro, sin afectación, sin nada que demostrar.
Era viernes por la tarde. Los demás obreros terminaron antes de lo previsto: el cielo llevaba horas oscureciéndose, el viento había empezado a bajar de las cumbres con esa frialdad que anuncia tormenta, y nadie quería quedarse atrapado en la sierra. Roberto se quedó solo para cerrar los últimos detalles y hacerme un repaso completo de todo el trabajo ejecutado.
Recogimos las herramientas que quedaban, revisamos los acabados de la terraza y subimos al dormitorio principal a ver la ventana nueva. Después nos sentamos en la cocina con un par de cervezas. Roberto me miraba de reojo, como si estuviera masticando algo antes de atreverse a soltarlo.
—Oye, me enteré de que te separaste —dijo al final—. Lo siento, Marcos.
—Cosas que pasan —respondí—. Sobre todo cuando la mujer resulta ser más puta que lista.
Roberto soltó una carcajada breve y ronca, y su expresión cambió de golpe. Como si yo le hubiera abierto una puerta que llevaba un rato mirando desde afuera.
—Con las mujeres siempre igual —dijo—. Las madres y las hermanas son las únicas que se salvan, ¿no?
Los dos nos reímos de ganas. Me levanté a buscar la botella de coñac que guardaba en el aparador del salón. Hacía frío, el viento empezaba a silbar por los marcos, y yo tenía ganas, sin saber muy bien por qué, de quedarme ahí hablando con ese hombre más de lo que hubiera esperado.
Serví dos copas y me senté.
—La verdad es que llevábamos tiempo sin funcionar —le conté—. Yo me metí de lleno en el trabajo. Ella buscó lo que buscó, bastante descaradamente al final. Desde que nos separamos llevo casi seis meses sin follar con nadie.
Roberto abrió los ojos.
—Seis meses sin mojar la polla. Joder, eso es mucho tiempo. Un hombre como tú, con tu aspecto...
—Con mis cincuenta y pico —lo corté—. Las cosas ya no son lo que eran. Y tampoco ayuda que con Lucía, al final, necesitáramos recurrir a juguetes para que se corriera. Un dildo bien grueso que ella se metía en el coño, y que a veces me metía a mí por el culo mientras me la mamaba.
No sé por qué lo dije. Quizás era el coñac, quizás era el silencio del chalet vacío de obreros, quizás llevaba demasiados meses sin hablar con nadie de verdad. El caso es que lo solté, y noté que Roberto cambiaba de expresión.
Su mirada se volvió directa. Demasiado directa. Tenía las piernas abiertas y, sobre el pantalón, era evidente que se le había puesto dura. Un bulto grueso, largo, que le marcaba el muslo hasta media pierna. No hizo ningún gesto por disimularlo. Al revés: se la acomodó despacio con la mano, apretándosela por encima de la tela, sin apartar los ojos de mí.
—¿Te parece si aprovechamos y te enseño los trabajos del dormitorio? La ventana nueva quedó muy bien —dijo.
Me levanté. No sé si porque quería ver la ventana, o porque no quería que aquella tensión se cortara.
***
El dormitorio olía a obra reciente, a pintura y yeso seco. Los obreros habían retirado las sábanas protectoras que cubrían los muebles. La cama estaba al descubierto, tendida con las almohadas viejas de siempre.
Roberto se puso junto a la ventana nueva y me llamó con un gesto.
—Asómate desde aquí. Para ver bien el voladizo exterior tienes que subirte a la silla, pero con cuidado.
Acercó una silla. Me ayudó a subirme sujetándome bajo los brazos, y después fue bajando las manos poco a poco: la cintura, las caderas, los muslos, las piernas. Sus palmas eran ásperas, callosas, y dejaban una presión que tardaba en desaparecer. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del cuarto.
Me quedé parado en la silla mirando hacia afuera, pero no veía el voladizo. Veía la nieve que había empezado a caer. Copos grandes y lentos, blancos sobre la ladera, cubriendo el sendero que bajaba al pueblo. Y sentía las manos de Roberto recorriendo mis pantorrillas, subiendo por la parte interna de los muslos, apretando en movimientos que ya no tenían nada de profesional ni de casual. Una de sus manos se coló entre mis piernas y me palpó los huevos por encima del pantalón, sopesándolos, apretándolos con cuidado.
—Los tienes cargados, Marcos —murmuró detrás de mí—. Seis meses de aguante. Eso se nota.
Yo no dije nada. Sentí cómo su otra mano me buscaba la polla y me la agarraba entera por encima de la tela. Estaba dura, tanto que me dolía la punta contra el algodón del calzoncillo.
—Y esto también se nota —dijo con una risita ronca—. Se te está saliendo la polla del pantalón, cabrón.
Pasaron varios minutos así. Él detrás de mí, yo sobre la silla, los dos fingiendo que aquello era algo distinto a lo que era, mientras su mano seguía masajeándome el bulto y la polla se me hinchaba hasta límites que no recordaba desde hacía años.
—¿Ya has visto suficiente? —dijo al final.
—Sí —respondí, con la voz más baja de lo que hubiera querido.
Me ayudó a bajar. Esta vez no hubo fingimiento por ninguno de los dos: sus manos me recorrieron de arriba abajo mientras descendía, lentas, deliberadas, apretándome el culo, tanteando entre las nalgas por encima del pantalón. Cuando mis pies tocaron el suelo, no se apartó. Se colocó justo detrás de mí y noté su erección contra mis nalgas, grande y firme, gruesa como un puño, marcándose contra la raja de mi culo a través de dos telas.
Yo temblaba. No de miedo exactamente. Era algo más parecido a lo que se siente la primera vez que te acercas a alguien que te atrae de verdad y sabes, sin poder evitarlo, que algo va a ocurrir.
—Roberto, ¿qué estás haciendo? —dije.
Fue la única vez que lo pregunté, y tampoco puse mucho empeño en que sonara convincente.
—Voy a follarte —respondió, sin bajar la voz, sin dulcificarla, hablándome pegado a la oreja mientras me apretaba la polla contra el culo—. Llevo dos meses mirándote el culo cada vez que te agachas en la terraza. Y hoy me lo voy a comer.
***
Lo que siguió no tuvo nada de sutil ni de gradual.
Roberto me giró de un tirón, me abrió el cinturón con manos rápidas de obrero acostumbrado a manejar herramienta pesada, y me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas de una sola pasada. Mi polla saltó hacia afuera, dura, con la punta ya mojada de líquido preseminal. Él sonrió al verla.
—Bonita polla tienes, Marcos. Da pena que la tuvieras aparcada seis meses.
Se agachó sin más ceremonia y se la metió en la boca de golpe, hasta la base. Yo pegué un gemido que retumbó en las paredes vacías del dormitorio. Nadie me la había mamado nunca así, con esa hambre bruta, sin delicadezas, tragándose entera la polla y apretando los labios en la subida hasta chuparme la punta con un ruido húmedo. Sus manos me apretaban el culo, me abrían las nalgas, me hundían los dedos gordos en la raja mientras la boca me trabajaba la polla a un ritmo que me tenía a punto de correrme en dos minutos.
—Para —le dije—. Para, coño, que me corro.
Se apartó riéndose, con la barbilla brillante de saliva y de mi preseminal.
—Ni de coña te corres tan pronto. Esa corrida es mía y me la voy a ganar.
Se levantó, se quitó la camiseta de un tirón —el torso ancho, peludo, con una mata de pelo negro que le bajaba desde el esternón hasta la cinturilla— y se abrió el pantalón. Cuando se sacó la polla, se me cortó la respiración. Era gruesa, oscura, con el prepucio ya retirado, la punta hinchada y morada, una vena que le cruzaba el tronco de arriba abajo. No era enorme por largo, pero era gorda de una manera casi obscena. La polla de un hombre que sabía perfectamente para qué la usaba.
—Ponte de rodillas —dijo—. Antes de nada, quiero que la pruebes.
Me arrodillé sin pensarlo. Nunca había tenido una polla en la boca. La agarré por la base, sintiendo el calor y el peso, y me la acerqué a los labios. Él me empujó la nuca con una mano firme y me la fue metiendo despacio.
—Así, cabrón, así. Con la lengua por debajo. Chúpamela como te gustaría que te la chuparan a ti.
Yo obedecía como si llevara toda la vida haciéndolo. La lengua le recorría la vena por debajo, los labios apretaban la corona, la saliva empezaba a caerme por la barbilla. Él movía las caderas despacio, follándome la boca con cuidado de no ahogarme del todo, pero sin dejarme respirar demasiado tampoco. La escuchaba entrar y salir con un sonido húmedo, obsceno, que en el silencio del chalet sonaba enorme.
—Mira cómo nieva —dijo, con esa voz tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna prisa.
Levanté los ojos sin sacarme la polla de la boca. Tenía razón. La nieve caía espesa y densa, cubría ya el sendero, acumulaba sobre el alféizar de la ventana nueva. La tormenta que llevaba todo el día amenazando había llegado por fin. Afuera, un temporal. Adentro, otro.
—Levántate y ponte contra la ventana —dijo por fin, sacándome la polla de la boca con un ruido húmedo—. Con las manos en el marco. Ábrete de piernas.
Lo hice. Terminé de quitarme el pantalón, me coloqué contra el cristal frío con las palmas apoyadas en el marco y el culo hacia atrás. Escuché el ruido de su cinturón cayendo al suelo, y después el chasquido de un bote destapándose.
Sus dedos, gruesos y ásperos, embadurnados en vaselina, me buscaron el ojete y empezaron a trabajarlo con paciencia. Sacó un bote de vaselina del bolsillo del pantalón de trabajo —lo cual me dijo todo sobre cuánto llevaba planeando aquello—. Primero uno, dando vueltas alrededor, apretando en el centro hasta que el músculo cedía. Luego el dedo entero, hasta el nudillo. Un segundo dedo poco después, moviéndolos en tijera para abrirme.
—Relaja el culo, Marcos. Suelta. No aprietes.
Sentí presión, incomodidad, el borde del dolor. Me aferré al marco de la ventana. Cuando metió el tercer dedo pegué un gemido largo, apretando los dientes.
—Aguanta —dijo—. Ya se pasa. Si aguantas los tres dedos, aguantas la polla.
Y se pasó. O más bien se transformó. Lo que empezó siendo incomodidad fue convirtiéndose en otra cosa, más profunda, una sensación sin nombre en toda mi experiencia anterior. Sus dedos me estaban tocando algo por dentro, un punto que me hacía la polla más dura de lo que la había tenido en años, tanto que me goteaba preseminal en un hilo largo hasta el suelo.
—Ya estás listo —murmuró, sacándome los dedos—. Ahora la polla.
Escuché el ruido de un envoltorio y el papel de un preservativo cayendo al suelo. Sentí la punta gorda apoyándose en mi ojete recién trabajado. Sentí la presión creciendo, creciendo, hasta que la corona se abrió paso y entró de golpe con un pinchazo brutal. Grité. Me mordí el brazo para no gritar más.
—Ya, ya —dijo él, quieto, con una mano firme en mi cadera y la otra en mi hombro—. Se te ha metido lo peor. Respira. Ahora entra el resto.
Fue entrando por tramos, con paradas, esperando a que mi culo se acostumbrara. Cuando por fin sentí sus huevos contra los míos y su vientre pegado a mis nalgas, entendí que la tenía toda dentro. Nunca había estado tan lleno de nada.
No había estado nunca con un hombre. No lo había buscado, no lo había fantasiado. Pero ahí estaba, aferrado al marco de una ventana mientras nevaba, empalado hasta el fondo por la polla de un albañil, y lo único que quería era que no parara.
Roberto no paró. Empezó a moverse despacio, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, buscándome ese punto que me había encontrado con los dedos. Cuando lo encontró, lo supo, porque yo gemí como si me estuvieran arrancando algo por dentro.
—Ahí, ¿eh, cabrón? Ahí es donde te gusta.
Empezó a machacarme ese punto sin piedad, embestida tras embestida, con las manos apretándome las caderas y su cuerpo pesado golpeándome el culo con un ruido de carne contra carne que se mezclaba con mis gemidos y con el silbido del viento afuera. Mi polla se sacudía entre mis piernas sin que nadie la tocara, chorreando preseminal en un hilo constante.
—Voy a correrme sin tocarme la polla —jadeé—. Roberto, joder, voy a correrme así.
—Aguanta —gruñó él—. Aguanta que te quiero follar de todas las maneras antes.
Me sacó la polla de golpe, dejándome el culo abierto y palpitando, y me arrastró a la cama. Me tiró de espaldas, me levantó las piernas hasta apoyármelas en sus hombros, y volvió a metérmela hasta el fondo de una sola embestida. Yo lo vi de frente por primera vez desde que aquello había empezado: la cara roja, los ojos encendidos, el pecho ancho y peludo brillante de sudor, la expresión de alguien completamente entregado a lo que está haciendo y que no piensa en nada más. Me sostuvo la mirada sin pestañear.
—¿Te gusta? —dijo—. ¿Te gusta la polla en el culo, Marcos? Dilo.
—Sí —respondí, sin apartar la vista—. Me gusta. Me gusta la polla, Roberto. Fóllame más fuerte.
Sonrió. Me agarró la polla con la mano derecha, empezó a masturbarme al ritmo de sus embestidas, y me la clavó tan hondo que sentí sus huevos golpeándome el culo con cada embestida. Duramos así no sé cuánto. Mucho. Cambiamos otra vez de posición: me puso a cuatro patas, después boca arriba con las rodillas apoyadas en su pecho, después de lado con una pierna levantada y él penetrándome desde atrás mientras me lamía la nuca y me mordía el hombro. Era insaciable y metódico, y parecía saber exactamente en qué posición conseguiría que yo perdiera la noción de dónde estaba.
El dolor inicial quedó atrás muy pronto. Lo que vino después era otra cosa: una plenitud distinta, una rendición que no se parecía a ninguna que hubiera conocido. Me corrí en algún momento, boca arriba, con él dentro hasta el fondo, disparándome semen sobre el vientre y el pecho en chorros largos, más semen del que recordaba haber echado nunca, con un grito que me salió de una parte del cuerpo que no sabía que tenía. Roberto no paró de follarme mientras me corría. Al revés: aceleró, aprovechó los espasmos de mi culo apretándole la polla, y me embistió con más fuerza mientras yo temblaba debajo de él.
—Todavía no he terminado contigo —me dijo al oído—. Yo aún no me he corrido.
***
Al final me pidió que me pusiera de rodillas.
Yo estaba destrozado, empapado en mi propio semen y en el sudor de los dos, con el culo dilatado y palpitando. Pero me arrodillé. Él se puso de pie delante de mí, se sacó el preservativo con un tirón —lleno hasta la mitad de vaselina y de mi propio jugo— y lo tiró al suelo. Se agarró la polla con la mano derecha, roja e hinchada de tanto follarme, y se la acercó a la boca.
—Ábrela —dijo—. Saca la lengua. Que quiero verte.
Yo lo hice. Abrí la boca y saqué la lengua. Él apoyó la punta de la polla en mi lengua y empezó a masturbarse a un ritmo cada vez más rápido, con el puño cerrado, mirándome desde arriba con una intensidad que me clavaba al suelo. Escuchaba el ruido de su mano, el ruido de sus huevos golpeándome la barbilla en cada tirón, su respiración entrecortada.
—Trágalo todo —gruñó—. Como te tragabas el dildo con tu mujer, cabrón. Todo.
Empezó a correrse con un rugido largo, apretándome la nuca con la mano libre para que no me apartara. El primer chorro me dio en la lengua, espeso, salado, caliente. El segundo me llenó la boca. El tercero se me escapó por la comisura y me cayó por la barbilla. El cuarto ya lo tragué mientras él seguía disparándose contra mi paladar, empujando la polla más adentro para que no perdiera ni una gota. Terminó así, con una mano en mi nuca y los dientes apretados, con la respiración cortada, mientras yo tragaba lo que pude y el resto se escapaba por las comisuras.
Cuando la polla dejó de latir, me la restregó por los labios y la barbilla, limpiándose en mi cara sin ninguna delicadeza. Después me agarró del pelo, me echó la cabeza hacia atrás, y me metió otra vez la polla medio blanda en la boca para que se la chupara limpia hasta la última gota.
—Buen chico —dijo, y en su voz había una satisfacción tranquila que me caló hasta los huesos.
Después nos tumbamos en la cama. La nieve seguía cayendo afuera. El chalet crujía con el viento. Yo tenía el vientre pegajoso de mi propio semen, el culo abierto y goteando vaselina, la boca con sabor a su corrida. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.
—¿Te arrepientes? —preguntó Roberto.
—No lo sé todavía.
—Eso es que no —dijo, y sonó a que conocía bien esa respuesta. Como si la hubiera escuchado otras veces, de otras personas en situaciones parecidas.
Me acarició el hombro con esa misma mano que hacía un rato había sido tan implacable. Ahora era diferente. Era el gesto de alguien que sabe que ha roto algo y no lo lamenta.
—Que esto no salga de aquí —dije.
—De ti depende. Si quieres que no diga nada, no digo nada. Pero te aviso una cosa, Marcos: vas a querer que esto pase otra vez.
Le dije que necesitaba tiempo para pensar. Él dijo que bien, pero que esa noche no pensábamos nada más. Me hizo darme la vuelta, boca abajo sobre la cama, y me abrió las nalgas con las dos manos. Empezó a lamerme el ojete despacio, con una calma exasperante, la lengua caliente entrando y saliendo, subiendo por la raja hasta el arranque de la espalda y bajando de nuevo hasta los huevos, chupándomelos también, hasta que yo volví a estar duro sin querer estarlo, gimiendo contra la almohada y levantando el culo yo solo para pedirle más.
Me folló otras dos veces esa noche. Una a cuatro patas, despacio, con las manos entrelazadas con las mías por encima de mi cabeza y su boca pegada a mi nuca. La otra al amanecer, cuando yo dormía y sentí sus dedos abriéndome otra vez, y su polla entrando en un culo tan trabajado que ya se abría solo. Se corrió dentro de mí sin preservativo esa última vez, y ninguno de los dos dijo nada al respecto. Yo sentí la corrida caliente inundándome por dentro y me dormí así, empalado, con su cuerpo pesado sobre el mío y su polla soltando lo último dentro de mi culo.
Pasamos así hasta pasada la medianoche, y más allá, mientras afuera la tormenta acumulaba nieve contra la puerta del chalet y el mundo quedaba reducido a esas cuatro paredes.
***
Roberto tenía razón. No pude dejarlo en una sola vez.
Durante los tres meses siguientes nos vimos con regularidad. Él venía al chalet dos o tres veces por semana con algún pretexto —revisar una gotera, ajustar una persiana— y ninguno de los dos necesitaba que fuera verdad. Yo le abría la puerta, él entraba, dejaba las herramientas en la entrada y me follaba contra la primera pared que pillara. A veces en el recibidor, a veces en la cocina, a veces sin llegar siquiera a subir al dormitorio. El resto seguía solo, sin negociación ni discusión.
No era solo el sexo, aunque el sexo era bueno de una manera que me costaba comparar con nada anterior. Era también lo que pasaba después, cuando los dos nos quedábamos en silencio escuchando el viento o calentándonos con lo que quedara de la botella, con su polla todavía goteando entre mis muslos y sus dedos jugando distraídamente con mi ojete abierto. Con Lucía nunca había tenido esa clase de silencio cómodo. Con Roberto sí.
Cuando aquello terminó —y terminó sin drama ni pelea, simplemente porque las distancias se fueron abriendo solas, como ocurre cuando no hay futuro de por medio— intenté volver a lo que había sido antes. Busqué mujeres, salí, tuve algún encuentro que funcionó más o menos bien. Pero faltaba algo que no sabía nombrar del todo.
Con el tiempo lo entendí. Busqué mujeres a las que les gustara tomar el control en la cama, de esas que no piden permiso, que me ataran, que me follaran con arneses, que me metieran los dedos por el culo mientras me la mamaban. Funcionaba mejor. Aunque nunca del todo. Porque lo que echaba de menos no era exactamente Roberto. Era lo que él había despertado: una parte de mí que llevaba años ahí, esperando, y que yo había ignorado con bastante éxito hasta aquella tarde de viernes con la nieve cayendo afuera.
Al final lo entendí: no era que me hubiera vuelto gay. Era que había descubierto algo sobre mí mismo que no encajaba en ninguna categoría ordenada. Que el deseo, cuando lleva meses encerrado, encuentra caminos que uno no había imaginado. Y que algunos de esos caminos, por inesperados que sean, llevan a algún sitio real.
Hoy tengo una vida que pocas personas conocen entera. De puertas afuera, soy lo que siempre he sido: un hombre de cierta edad, correcto, previsible. De puertas adentro, soy también esto. Y ya no me molesta serlo.
Cosas que pueden pasar. Y que, a veces, vale la pena contar.