El dependiente que no podía dejar de mirarme
Llevaba días dándole vueltas al asunto. No porque nadie me lo hubiera pedido, sino porque la fantasía había crecido sola, con esa lentitud pertinaz de las ideas que uno intenta ignorar y que siempre vuelven. La semana anterior había pasado por delante de la tienda sin entrar, solo para mirar el escaparate, y lo había visto ahí dentro a través del vidrio: joven, con el pelo oscuro cortado sin demasiado criterio y esa forma de estar parado detrás del mostrador que tienen los chicos que todavía no saben muy bien qué hacer con su cuerpo cuando no tienen nada que hacer.
La tienda era pequeña. Galería comercial de las de antes, con suelo de baldosa y luces blancas que hacen que todo parezca más real de lo que es. Ropa de mujer en los percheros, probadores al fondo, un mostrador angosto cerca de la entrada. El tipo de local donde a media tarde de un día laborable puede estar perfectamente vacío durante horas.
Me había quedado pensando en ese chico durante días.
No en él exactamente. En la situación. En lo que podría pasar si entraba un día tranquilo con las ideas claras y la ropa correcta. Había algo en esa fantasía que me resultaba especialmente atractivo: que dependía completamente de mí. Que yo elegía cuándo, cómo y hasta dónde.
Tardé unos días en decidirme. No por miedo, sino porque quería que el momento fuera el correcto. Revisé mentalmente el plan varias veces: la ropa que llevaría por encima, la que llevaría debajo, el tipo de prendas que pediría probarme. Pensé en los ángulos del espejo, en la cortina del probador, en cómo iniciar la conversación sin que pareciera forzado. Era meticulosa con esas cosas. Prefería hacerlo bien o no hacerlo.
Elegí un martes, a media tarde. Me puse unos vaqueros ajustados y una camiseta sencilla, sin nada que llamara la atención desde fuera. Debajo, en cambio, me puse el conjunto de encaje negro que llevaba meses guardado para una ocasión que nunca terminaba de llegar: sujetador con aros y tanga a juego, ambos pequeños y precisos. Salí de casa sin saber del todo hasta dónde iba a llegar. Eso, curiosamente, era lo que más me gustaba.
***
La tienda estaba vacía. Completamente.
Cuando empujé la puerta y sonó el timbre, el chico levantó los ojos del teléfono y se puso de pie casi de golpe, como si lo hubiera pillado en algo que no debía. Le calculé veintitrés años, quizás veinticuatro. Llevaba una camisa de cuadros azul con los dos primeros botones abiertos y tenía esa expresión de quien intenta parecer competente sin haber tenido aún demasiada oportunidad de practicarlo.
—Buenas tardes —dijo.
—Buenas —respondí, y empecé a mirar los percheros sin prisa.
Lo observé por el rabillo del ojo mientras recorría la tienda. Se movía sin saber muy bien qué hacer: si acercarse o quedarse donde estaba, si preguntar o esperar a que yo lo hiciera. Cogí un vestido de un perchero, lo miré sin ningún interés real y lo devolví a su sitio. Cogí otro. Al final el chico se decidió por acercarse.
—¿Estás buscando algo en particular?
Le expliqué que quería algo para salir de noche. Algo provocativo, pero que no lo pareciera demasiado a primera vista. Mientras hablaba, lo miraba a los ojos con calma y él desviaba la vista hacia los percheros cada dos segundos, con esa incomodidad específica de la gente que no sabe que la están estudiando.
Empezó a mostrarme opciones con un entusiasmo ligeramente exagerado. Sacó vestidos de distintos colores, un par de camisetas con bordados, una falda midi que descarté con un gesto. Me quedé con dos vestidos y dos conjuntos de minifalda. Le pedí el probador.
—Al fondo, a la derecha —me indicó con la mano.
Las cabinas eran individuales, con cortina de tela gruesa. La que me tocó quedaba justo frente a un espejo de cuerpo entero que él podía ver desde el mostrador si se colocaba en el ángulo correcto. Lo había notado antes de entrar.
***
El primer vestido era de escote cruzado con la espalda completamente al aire. Era el que más me interesaba desde el principio. Me lo puse sin quitarme el sujetador, a propósito. Quería ver cómo reaccionaba antes de ir más lejos.
Salí al pasillo interior y me planté frente al espejo grande.
—¿Qué te parece? —pregunté desde allí, sin acercarme todavía.
Él se asomó desde el mostrador. Tardó un momento antes de responder.
—Te queda muy bien. Aunque... con ese escote igual necesitas un sujetador sin tirante por detrás. La tira se ve bastante.
—¿Crees que se podría llevar directamente sin sujetador?
Procesó la pregunta con una calma que le costaba mantener.
—Depende —dijo—. Del sitio adonde vayas y... sí, depende de muchas cosas.
—Voy a probarlo.
Volví a la cabina. Me quité el sujetador despacio, lo doblé y lo dejé sobre el banco de madera. Antes de salir me miré en el espejo pequeño del interior: el escote cruzado cambiaba completamente sin él. Caía distinto, se abría más, y cualquier movimiento lo convertía en algo que ya estaba a mitad de camino entre la ropa y otra cosa. Bien.
Salí de nuevo.
Esta vez me acerqué al espejo grande y empecé a moverme sin aparente intención. Giré sobre mí misma para ver el largo. Me agaché a recoger el bolso del suelo. Me estiré para mirarme desde otro ángulo. Cada gesto era calculado, aunque procuré que no lo pareciera.
Lo vi en el reflejo. Estaba de pie junto al mostrador con los brazos ligeramente cruzados y los ojos fijos en mí. Cuando me agaché, el escote se abrió lo suficiente para que no hubiera ninguna ambigüedad posible sobre qué había debajo. No retiró la mirada.
Perfecto.
—Creo que necesita algo de ajuste aquí —dije, señalándome los laterales del escote—. ¿Tú crees que se podría recoger un poco el tejido?
Se acercó sin dudarlo demasiado. Empezó a tirar del vestido por los lados con manos cuidadosas, intentando ver si era posible fruncir el tejido o ajustarlo con alfileres. Sus dedos rozaban el borde del escote, a muy pocos centímetros de la piel. No apretaba, solo tanteaba, con esa precaución particular de quien quiere tocar pero necesita que no parezca que quiere tocar.
Estuvo así casi un minuto entero.
Yo no me moví. Seguí mirando el espejo como si evaluara el resultado con ojo crítico, aunque en realidad prestaba atención a cada detalle de lo que ocurría detrás de mí en el reflejo.
—No creo que haya manera sin coserlo —dijo al final. Su voz había bajado medio tono.
—No importa —respondí—. Voy a probarme el otro vestido.
***
El segundo era ajustado, negro, muy corto. Me marcaba todo y lo sabía perfectamente. Me lo puse en la cabina y salí sin anunciarme, colocándome directamente frente al espejo grande sin decir nada.
Él se acercó esta vez sin que yo dijera una sola palabra.
—¿Este qué tal?
—No sé —dije mirándome la cadera—. ¿Se me nota la ropa interior? Con esta tela tan ajustada no sé si se marca demasiado.
—Déjame ver.
Se puso detrás de mí y estudió el reflejo con esa concentración exagerada que tiene la gente cuando intenta no parecer que está mirando exactamente lo que está mirando.
—Un poco la cinturilla de arriba —dijo—. Pero hay que fijarse mucho para verlo.
—¿Dónde exactamente? Yo no la veo bien desde aquí.
Se agachó ligeramente y pasó el dedo índice por la línea superior del tanga, siguiendo el contorno sobre la tela del vestido de un lado al otro de la cadera. Lo hizo despacio, con calma, y cuando llegó al centro la presión de su mano era real y concreta, nada casual.
—Aquí —dijo.
—Qué tacto tan agradable tiene el tejido —respondí, sin moverme.
Un silencio de tres o cuatro segundos.
Su mano se desplazó unos centímetros hacia abajo, cubriendo la curva de la nalga. Se quedó allí un momento, quieta, antes de retirarse con una calma que él mismo tuvo que imponerse.
Ninguno de los dos dijo nada.
***
Decidí que era suficiente por esa tarde.
No me había convencido ninguno de los dos vestidos. Tampoco había tenido intención real de comprar nada desde el principio. Eso siempre fue lo de menos.
Volví a la cabina con la ropa al brazo y empujé la cortina con algo más de fuerza de la necesaria, lo justo para que quedara entornada sin cerrarse del todo. Me quité el vestido negro y me quedé de espaldas al hueco, con el tanga puesto y nada más. Fingí que rebuscaba algo en el interior del bolso.
—Oye, ¿me dices qué hora es? —pregunté en voz alta.
—Las seis y veinte —respondió desde el mostrador.
—No te escucho bien, ¿puedes repetirlo?
Escuché sus pasos acercándose. Se detuvo justo en el ángulo desde el que la cortina entreabierta permitía ver el interior de la cabina. Por el espejo pequeño lo vi quedarse completamente quieto. Repitió la hora con la voz algo más baja de lo que había estado toda la tarde, y yo seguí revolviendo el bolso sin girarme, dándole el tiempo que necesitaba para que la imagen se le grabara bien.
Luego me vestí despacio, recogí mis cosas y salí.
Le devolví la ropa con una sonrisa natural.
—Gracias por tu ayuda. Al final lo voy a pensar.
—Claro —dijo—. Cuando quieras vuelves.
—Ha sido un placer —le dije.
—Para mí también —respondió. Y lo dijo de una manera específica que indicaba que hablaba exactamente de lo que parecía que hablaba.
***
Salí a la calle con esa sensación particular que deja hacer algo que llevas mucho tiempo planeando: una mezcla de satisfacción tranquila y de ganas de más. El calor que había ido acumulando durante la hora que duró todo el asunto no se disipó cuando crucé la puerta. Fue asentándose mientras caminaba, ordenándose en imágenes concretas y precisas: su cara en el reflejo cuando me agaché la primera vez, el minuto largo con las manos rozando el borde del escote, el momento exacto en que el dedo siguió la línea del tanga de un lado al otro de la cadera.
Me había contenido. Era completamente consciente de eso. Había jugado con ventaja y había parado antes del punto sin retorno, que era exactamente lo que quería hacer la primera vez. No porque no hubiera querido ir más lejos, sino porque sabía que la anticipación tiene su propio placer, distinto y más duradero que cualquier otra cosa que pudiera haber ocurrido entre esas cortinas.
El chico de la tienda no sabía muy bien qué había pasado exactamente, o sí lo sabía pero no tenía palabras claras para nombrarlo. Lo que era seguro es que esa tarde no se le iba a borrar fácilmente de la cabeza. Había sido un buen mirón sin haberlo buscado. Yo había sido una buena mirada sin que lo pareciera.
Eso era, exactamente, lo que me gustaba.
Volvería. Eso ya estaba decidido desde antes de cruzar la puerta de salida.
La siguiente vez llevaría algo sin nada debajo, o simplemente entraría y vería hasta dónde llegábamos los dos ahora que ya habíamos establecido, sin decirlo en voz alta, las reglas tácitas del juego. Había algo especialmente satisfactorio en eso: en que él tampoco las había roto. En que había llegado hasta el borde y se había quedado allí quieto, esperando una señal que yo había decidido no darle todavía.
Era mejor así. El siguiente capítulo lo decidiría yo también.
Por el momento, era más que suficiente con saber que podía. Que había entrado a una tienda vacía con una idea fija en la cabeza y había salido con exactamente lo que quería, aunque las manos no llevaran nada comprado.