La tarde que lo dejé entrar por primera vez
Tenía veintisiete años cuando entré por segunda o tercera vez a ese local del centro. Uno de esos negocios que existen pero nadie admite conocer: fachada discreta, letrero opaco, una hilera de cabinas oscuras en la parte trasera donde uno paga por ver películas para adultos en privado. No era un lugar elegante. Tampoco pretendía serlo.
Yo era —soy— bisexual. No hacía publicidad de eso entonces, ni falta que hacía. Me bastaba con saberlo yo, y con vivir de acuerdo a ello cuando la situación lo permitía. Había tenido experiencias con hombres antes, pocas, siempre en contextos más controlados que ese. Esa tarde entré al local sin expectativas concretas. Solo con ganas de descansar del mundo un rato.
Era un miércoles por la tarde, cerca de las dos. El encargado apenas levantó los ojos cuando pagué. Recuerdo que el lugar olía a ambientador de pino y a algo más viejo debajo. En el pasillo había seis cabinas y de todas ellas solo una tenía la luz encendida.
Elegí la de al lado.
***
La cabina era pequeña: una silla de plástico, una pantalla empotrada en la pared, un panel de monedas. Las paredes laterales tenían ventanillas corredizas, del tamaño aproximado de un ladrillo, que permitían mirar hacia las cabinas contiguas. Las conocía de la vez anterior. Sabía para qué servían.
Puse unas monedas, elegí algo al azar en el menú y me senté. Durante los primeros minutos no hice más que mirar la pantalla sin prestar demasiada atención. Luego, al cabo de un rato, escuché algo desde el otro lado de la pared. No era el audio de la película del vecino.
Era una respiración. Contenida. Rítmica.
Deslicé la ventanilla.
Al otro lado había un chico de unos veinticinco años. Pelo oscuro, mandíbula ancha, ojos entrecerrados. Tenía el pantalón a medio bajar y se tocaba con la mano derecha, lento, casi distraído, como quien piensa en otra cosa mientras hace algo mecánico. No era un hombre grande: delgado, más bien. Pero lo que tenía entre los dedos era bonito. Bien proporcionado, con una curva leve hacia arriba que le daba carácter.
Me miró.
No se detuvo. No se cubrió. Solo me miró, y siguió.
Eso ya era una respuesta en sí mismo.
Estuve unos segundos observando sin hacer nada. Luego, porque no hay forma más directa que la directa, le hablé en voz baja:
—¿Puedo tocarte?
El chico no respondió con palabras. Se subió el pantalón a medias, se levantó, y tres segundos después golpeó mi puerta con los nudillos.
***
Le abrí.
Entró sin apuro. Era de mi misma altura, tal vez un centímetro más bajo. Llevaba una camiseta gris y unos joggers negros que bajó antes de sentarse en la silla como si la cabina fuera suya. Eso me gustó: la calma. No estaba nervioso. Yo sí, un poco.
Me arrodillé frente a él.
Lo tomé con ambas manos primero. Estaba casi completamente duro ya. Lo moví despacio, solo tanteando el peso y la temperatura, mientras él apoyaba la cabeza contra la pared y miraba el techo. No habló. Yo tampoco.
Luego me lamí la palma y volví a tocarlo, con más presión esta vez, con un ritmo más definido. Sentí cómo cambiaba su respiración. Pequeños detalles: la tensión que subía por sus muslos, la forma en que sus dedos apretaron los bordes de la silla.
Quería más que eso.
—¿Tienes condón? —le pregunté.
Se levantó sin decir palabra, salió un momento a su cabina y volvió con uno. Me lo extendió. Se lo puse yo, despacio, tomándome el tiempo que quise. Luego lo metí en mi boca.
Era mi primera vez con condón puesto. La sensación es diferente: menos contacto directo, menos sabor, pero hay algo que no cambia, que es el movimiento, el lleno y el vacío, la forma en que un hombre respira cuando se deja ir. Trabajé con la boca y con una mano al mismo tiempo, marcando el ritmo yo. Él puso los dedos en mi cabeza, sin apretar, solo para saber dónde estaba.
Estuvimos así varios minutos.
Entonces habló por primera vez:
—¿Quieres que te lo meta?
***
No lo había pensado. O sí lo había pensado, pero no de forma consciente, no como una posibilidad real para esa tarde. Era algo que había fantaseado alguna vez, en la comodidad abstracta de la imaginación, donde todo es fácil y sin consecuencias. Pero ahí, en esa cabina pequeña, con ese chico delante, la pregunta era concreta.
Y yo quería.
—Sí —dije—. Pero necesito algo para lubricar.
El chico asintió. Volvió a salir. Tardó más esta vez. Cuando regresó traía un frasco de crema. Crema para manos, de las corrientes, de farmacia. No era lo ideal, pero era lo que había.
Me quité los zapatos. El pantalón. Me quedé con la camisa puesta.
Me puse de pie y me apoyé contra la pared, de cara a la pantalla, con las palmas planas sobre la superficie fría. Él se colocó detrás. Sentí primero sus dedos, lentos, aplicando la crema. No era algo que él hiciera por primera vez: eso quedó claro de inmediato. Sabía qué hacer. Sabía cómo preparar. No fue brusco ni apurado. Tomó el tiempo necesario para que yo me relajara, para que lo que iba a venir pudiera venir.
Cuando empecé a sentir la presión, contuve el aliento.
Entró despacio. Muy despacio. Una incomodidad al principio que no era exactamente dolor, sino extrañeza: la sensación de algo que tu cuerpo todavía no reconoce, que no sabe cómo catalogar. Aguanté. Respiré. Y en algún punto —no sé exactamente cuándo— la incomodidad se disolvió en otra cosa.
Presión. Calor. Algo que llegaba hasta el centro y desde ahí se expandía.
No tenía nombre para eso entonces. Ahora sí lo tengo.
***
Empezó a moverse. Lento, con un ritmo que fue marcando él solo, sin preguntarme, porque no hacía falta preguntar. Mi cuerpo le daba toda la información que necesitaba: apretaba cuando él salía, se abría cuando volvía. Eso es lo que pasa cuando encaja bien: que el cuerpo aprende solo, sin que nadie tenga que enseñarle.
Me masturbé mientras él me penetraba. Era la única forma de que mi cabeza no se perdiera en demasiadas cosas a la vez. El movimiento de mi mano me anclaba al presente, a la cabina, a ese miércoles de tarde que no iba a parecerse a ningún otro.
Estuvimos así unos minutos en esa posición hasta que le pedí que parara.
—Cambiemos —dije.
Me senté en la silla con las piernas abiertas. Él se colocó delante, entre mis rodillas. Levanté un poco las caderas y él volvió a entrar, esta vez desde otro ángulo. Más profundo. Diferente. Mejor.
Acercó la cara.
No sé por qué lo besé. No estaba en el plan de esa tarde, si es que había uno. Pero lo besé, y él correspondió sin dudar, y durante un rato largo estuvimos así: su boca sobre la mía, su cuerpo moviéndose dentro del mío, mis manos aferrando sus hombros para no perder el equilibrio. Era una escena extraña y perfecta al mismo tiempo. Dos desconocidos que no sabían sus nombres, haciéndose eso, y encontrando en ello algo que no era solo físico.
Yo seguía tocándome. El ritmo de mi mano iba siguiendo el ritmo de él.
Cuando sintió que estaba cerca, sus movimientos cambiaron. Más cortos. Más bruscos. La respiración contra mi mejilla se volvió irregular. Me apretó por los costados y se detuvo. Un segundo de tensión completa. Luego lo soltó todo.
***
Se quedó quieto un momento, con el peso de su cuerpo levemente apoyado en el mío. Luego salió con cuidado. Se quitó el condón. Se limpió con un papel que sacó del bolsillo. Me miró una vez, sin decir nada en particular, y salió de la cabina.
Yo me quedé.
Seguí tocándome, solo, con la pantalla frente a mí mostrando algo que ya no veía. Terminé unos minutos después, de pie, con una rodilla apoyada en la silla para mantener el equilibrio. Me limpié como pude. Me vestí.
Cuando salí al pasillo, el chico ya no estaba. La cabina de al lado tenía la puerta abierta y la luz apagada. El encargado seguía sin levantar los ojos de su revista. La calle me recibió con una luz de tarde que me pareció más intensa de lo normal.
***
Hace mucho tiempo de aquello. Varios años ya. No volví a ver a ese chico. No supe nunca su nombre, ni él el mío. Eso también puede ser una forma de relación: breve, sin palabras, sin consecuencias visibles hacia afuera.
Lo que sí quedó fue la experiencia en sí. La memoria táctil de algo que no sabía que quería hasta que lo tuve. Esa tarde aprendí algo sobre mí que no estaba buscando aprender, y eso tiene un valor propio que no depende de si el escenario fue bonito o elegante o la situación más romántica del mundo.
No lo fue. Fue una cabina pequeña que olía a ambientador de pino y a plástico viejo. Un desconocido con una crema de manos de farmacia. Un condón de la marca más barata. Y sin embargo, cuando pienso en esa tarde, no pienso en lo que faltaba. Pienso en lo que estuvo.
Lo cuento ahora porque puedo. Porque hubo un tiempo en que esta parte de mí vivía en silencio, ordenada en compartimentos sin salida. Contar es, también, una forma de soltar. Una forma de decir: esto me pasó, fue mío, y no me arrepiento de nada.
Si te has reconocido en algo de lo que escribí, ya sabes que no estás solo.