La tarde que su hermano entró sin llamar
La noche anterior había sido larga. Sofía, Daniela y yo habíamos terminado las tres agotadas y enredadas en la cama grande del cuarto de Sofía, y cuando me desperté ya era casi la tarde del día siguiente. Salí de puntillas sin hacer ruido, recogí la ropa del suelo y me escabullí sin despertar a ninguna de las dos.
Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó si me lo había pasado bien. Le dije que sí, que habíamos visto películas y que la noche se nos fue sin darnos cuenta. No era del todo mentira: la noche también se nos había ido sin darnos cuenta, solo que la película era otra —una en la que Daniela me abría las piernas y me lamía el coño mientras Sofía me tapaba la boca con la suya para que no gritara.
Me tiré en la cama con la ropa puesta, demasiado cansada para quitármela. Me dormí en cuestión de segundos.
Cuando el teléfono vibró eran las doce del mediodía y la pantalla decía «Sofía». Lo descolgué arrastrando la voz.
—Oye —dijo ella con ese tono medio serio que usa cuando quiere que adivines qué pasa—. Tienes algo aquí olvidado.
—¿Qué?
—Tu sostén. Está en el suelo, junto a la cama. Me lo hubiese quedado, pero no es de mi talla. Aunque, si vinieras a buscarlo, se me ocurren un par de cosas que hacer con tus tetas antes de devolvértelo.
Me reí. Le dije que pasaría más tarde a buscarlo y volví a cerrar los ojos, aunque ya sabía que no iba a dormir más. Había algo en su voz que me tenía despierta: ese énfasis cómplice en las últimas palabras, como si el sostén fuera solo un pretexto. Era un pretexto. Las dos lo sabíamos. Y solo de pensarlo ya sentí el coño empezar a humedecerse.
Me duché, me vestí y le dije a mi madre que iba a casa de una amiga a recoger el reloj que me había dejado. Era lo primero que se me ocurrió. Con el reloj bastaba.
***
Sofía me abrió la puerta antes de que yo llegara al rellano. Llevaba una camiseta larga y el pelo recogido sin mucho cuidado, ese aspecto de recién levantada que a ella le quedaba mejor que a la mayoría de la gente arreglada. Debajo de la camiseta no llevaba nada; se le marcaban los pezones a través del algodón. Me miró de arriba abajo con una sonrisa que no necesitaba palabras.
—Pasa —dijo.
El piso estaba en silencio. Daniela se había ido ya, supuse. Fui directamente al cuarto y ahí estaba mi sostén, colgado del brazo de la silla del escritorio. Sofía entró detrás de mí y cerró la puerta.
—¿Lo has encontrado?
—Sí.
—Bien.
No se movió hacia el sostén. Se movió hacia mí.
Me tomó la cara con las dos manos y me besó despacio, como si tuviéramos toda la tarde por delante. Olía a jabón y a algo que no supe identificar pero que reconocería en cualquier parte. La besé de vuelta, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca, y ella respondió mordiéndome el labio inferior. Sus manos bajaron a mi cintura y me acercaron a ella sin brusquedad, con esa seguridad suya que nunca parecía calculada. Le agarré una teta por encima de la camiseta y le pellizqué el pezón; se le escapó un jadeo dentro de mi boca.
—¿Daniela? —pregunté entre un beso y el siguiente.
—Se fue hace horas. Estamos solas. Puedes gritar todo lo que quieras esta vez.
Me quité la chaqueta. Ella se quitó la camiseta de un solo tirón y quedó desnuda de la cintura para arriba, con las tetas pequeñas y firmes que yo ya me sabía de memoria y los pezones tiesos apuntándome. Me solté los pantalones y los dejé caer. Lo demás siguió con esa lógica propia que tienen los cuerpos cuando ya no hay nada que pensar y todo es tacto y calor y presencia.
La empujé suavemente hacia la cama y ella se dejó caer de espaldas, ya sin bragas —no llevaba nada debajo de la camiseta, tampoco abajo—. Me quedé mirándola desde arriba un momento. Tenía esa manera de tenderse que siempre me desorientaba un poco: los brazos a los lados, quieta, esperando, sin prisa, con los muslos entreabiertos y el coño ya brillándole de humedad, como si supiera exactamente lo que iba a pasar y eso la pusiera más cómoda que nerviosa.
Le terminé de quitar lo poco que le quedaba de ropa despacio. Ella no dijo nada, solo levantó las caderas para ayudarme. Cuando llegué a su cuello con la boca sí habló, pero no en palabras: fue un sonido corto, contenido, que me indicó que iba en la dirección correcta.
Sofía era ruidosa cuando quería, y cuando quería no era para exhibirse sino porque no podía evitarlo. Eso me gustaba. Me gustaba saber que lo que hacía le importaba de verdad, que la respuesta que me daba era involuntaria. Le puse la mano en el vientre y noté cómo se contraía. Le bajé los dedos por el pubis hasta encontrarle el clítoris hinchado, y con solo rozarlo se le arqueó la espalda.
—Joder —susurró—. Llevo toda la mañana pensando en esto.
Bajé por su cuerpo sin prisa. Me detuve en cada sitio que sabía que le importaba: le chupé los pezones uno detrás del otro hasta dejárselos duros como piedras, le mordí la piel del vientre justo debajo del ombligo, le lamí la cara interna de los muslos hasta que empezó a agitar las caderas pidiendo más. Ella enredó los dedos en mi pelo y apretó, no con fuerza suficiente para doler, solo lo necesario para que yo supiera que iba bien. Le separé las rodillas con suavidad y ella soltó el aire con un sonido que no era ni un gemido ni una exclamación, algo intermedio, algo que solo existe en ese momento particular.
Le pasé la lengua por toda la raja del coño, de abajo arriba, lento, saboreándola. Sabía a ella, a esa mezcla suya que yo ya conocía y que me ponía a cien. Le abrí los labios con dos dedos y le hundí la lengua dentro, luego le subí a chuparle el clítoris y le metí un dedo, y después dos. Ella gimió en voz alta y me apretó la cabeza contra su coño con las dos manos.
La oí respirar más rápido. Sus caderas se movieron hacia mí, follándome la cara sin ningún pudor.
Fue en ese momento cuando la puerta se abrió.
No llamó. Simplemente entró. Y durante un segundo los tres nos quedamos como congelados: Sofía se incorporó de golpe con las tetas al aire y el coño todavía brillante de saliva y de lo mío, yo me arrodillé en la cama con la boca mojada sin saber muy bien qué hacer con las manos, y él —que resultó ser su hermano Marcos, aunque tardé un par de minutos en saberlo— se quedó parado en el marco de la puerta con la bolsa del gimnasio todavía en la mano.
Era alto. Camiseta sin mangas, pantalón de chándal, el pelo húmedo. Acababa de entrenar, era evidente. Se le notaba en la tensión del cuello, en ese agotamiento particular que tiene el cuerpo después del esfuerzo físico. Y también se le notaba otra cosa: en el chándal, un bulto que crecía por segundos.
—Perdona —dijo. Pero no se fue.
Sofía lo miró fijo durante un segundo. Yo la conocía suficiente para saber que en ese segundo estaba tomando una decisión. Luego me miró a mí. Y luego volvió a mirarlo a él.
—Marcos —dijo—. Cierra la puerta.
Él la cerró. Desde dentro.
No esperaba eso. Ninguna de las dos, creo, esperábamos esa respuesta concreta. Pero ahí estaba, con la bolsa en el suelo y los brazos cruzados, esperando a ver qué pasaba a continuación y con la polla marcándosele cada vez más contra la tela del pantalón.
—¿Qué haces? —le preguntó Sofía, y en su voz había algo que no era exactamente una pregunta.
—Esperar —contestó él, sin quitarme los ojos de encima.
Sofía soltó una risa corta. Luego me miró con una ceja levantada, como diciéndome: depende de ti.
Pensé en lo sensato. Tardé menos de tres segundos en descartarlo.
—Siéntate —le dije.
Se sentó al borde de la cama. De cerca era más concreto: la anchura de los hombros, el corte limpio de la mandíbula, una cicatriz pequeña en el pómulo izquierdo que no le restaba nada. Tendí la mano y le quité la camiseta por encima de la cabeza. Él se lo permitió sin moverse, solo levantando los brazos. Tenía el pecho marcado, todavía brillante del sudor del gimnasio.
Le bajé la mano por el vientre hasta el pantalón y se la metí dentro. La polla estaba dura, gruesa, caliente. Se la agarré por la base y la saqué a la luz. Se me hizo la boca agua solo de verla. Marcos apretó los dientes cuando la envolví con la mano y empecé a bombearle despacio, subiendo y bajando el prepucio, sintiéndole la vena que le latía por debajo.
Sofía se arrodilló detrás de mí y empezó a desabotonarme la blusa mientras yo seguía mirando a su hermano y masturbándoselo con la mano. Era una situación extraña y perfecta al mismo tiempo: la familiaridad de ella detrás de mí, la novedad de él delante. El contraste hacía que todo se sintiera más intenso, como cuando hay dos fuentes de luz distintas y ninguna cancela a la otra.
Sofía me terminó de desnudar. Me quitó la blusa, el sujetador, los pantalones y las bragas empapadas, y se pegó a mi espalda desnuda mientras me lamía el cuello y me estrujaba las tetas por delante. Me pellizcó los pezones al mismo tiempo con los dos pulgares.
—Mámasela —me susurró al oído—. Quiero verte mamar la polla de mi hermano.
Me incliné hacia delante y me la metí en la boca. Estaba caliente y salada, con ese sabor a hombre que había estado sudando. La chupé entera de una vez, hasta que se me golpeó contra el fondo de la garganta y me obligó a toser un poco, y luego volví a subir despacio, dándole vueltas con la lengua a la punta antes de tragármela de nuevo. Marcos gimió por primera vez, un gemido bajo, contenido, y me puso una mano en la nuca sin apretar, solo acompañándome el ritmo.
Sofía me miraba desde atrás. La sentí meterme una mano entre las piernas por detrás y encontrarme el coño chorreando. Me metió dos dedos de un empujón y me arrancó un gemido con la polla de Marcos todavía dentro de la boca. Los dos vibramos con ese sonido.
—Está empapada —le dijo a él—. Deberías notarlo.
Me sacó la boca de la polla tirándome del pelo hacia atrás. Me recosté entre los dos. Sofía me besó el cuello desde atrás y me abrió las piernas con las suyas. Marcos esperó hasta que yo puse la mano en su pecho, y entonces se acercó. Se colocó entre mis muslos y me pasó la punta de la polla por toda la raja del coño, mojándose de mí, restregándomela contra el clítoris hasta que se me escapó un quejido de impaciencia.
—Métemela —le pedí—. Ya.
Empujó despacio. Se me abrió el coño para recibirla y noté cómo entraba centímetro a centímetro, gruesa, dura, hasta el fondo. Cerré los ojos y solté el aire de golpe. Sofía me tapó la boca con la suya y me tragó el gemido.
Lo que siguió no fue caótico. Eso es lo que más recuerdo de esa tarde: que los tres encontramos un ritmo sin que nadie lo dijera en voz alta. Sofía sabía lo que yo necesitaba porque ya lo sabía de la noche anterior. Marcos aprendía rápido y prestaba atención. No había torpeza ni urgencia mal dirigida, solo esa concentración particular que tiene el sexo cuando las personas que participan están de verdad presentes.
Marcos empezó a follarme con embestidas largas y profundas, agarrándome las caderas con las dos manos. Cada vez que entraba hasta el fondo se le escapaba un gruñido, y a mí un gemido más agudo. Sofía se colocó a horcajadas encima de mi cara, mirando hacia él, y me bajó el coño hasta la boca. Le saqué la lengua y empecé a lamérselo mientras su hermano me la metía por abajo.
Marcos tenía la paciencia de quien no tiene nada que demostrar, y eso me sorprendió. No empujaba ni dirigía; respondía. Cuando yo cambiaba de posición, él se adaptaba. Cuando Sofía le decía algo en voz baja, él escuchaba. Eso no es tan común como debería ser.
Le chupé el clítoris a Sofía hasta que empezó a temblarle todo el cuerpo y a apretarme los muslos contra las orejas. La oí gemir sin control por primera vez en horas.
—Joder, joder, joder —repetía mientras se movía encima de mi cara—. Me voy a correr en tu boca.
Y se corrió. Se corrió con un espasmo largo, apretándome la cabeza con los muslos, y yo me tragué todo lo que me cayó dentro de la boca sin dejar de lamerle el clítoris hasta el último temblor.
Se apartó, jadeando. Cambió de posición y se puso a mi lado. Le tomé la cara con las manos y la besé. Era diferente a besarla que a besarlo a él: más suave, más conocido, con el sabor de ella todavía mezclado en mi propia boca. Después giré la cabeza y besé a Marcos. Fue más duro, más directo, con menos rodeos. Le sentí un sonido en el pecho que no llegó a ser voz. Sofía aprovechó ese momento para bajar la mano y frotarme el clítoris mientras su hermano me seguía follando.
Hubo un momento en que abrí los ojos y los miré a los dos. Marcos tenía el cuello hacia atrás y los ojos cerrados, embistiéndome con más fuerza. Sofía levantó la mirada hacia mí y me guiñó un ojo con una naturalidad que me arrancó una risa, algo que no esperaba que pudiera pasar en ese momento pero que de alguna manera lo hizo todo más real.
Los tres nos reorganizamos sobre la cama con esa fluidez extraña que tienen los cuerpos cuando el pudor ya no ocupa espacio. Marcos salió de mí un momento —con la polla brillante de mis jugos— y me pusieron a cuatro patas. Sofía se tumbó debajo de mí, boca arriba, con su coño justo debajo de mi cara, y Marcos se colocó detrás y me la volvió a meter de una embestida.
Gemí contra el coño de ella. Empecé a lamérselo otra vez mientras él me follaba por detrás cada vez más rápido, la carne contra la carne haciendo ese ruido húmedo y obsceno que llenaba la habitación entera. Sofía y yo nos turnamos: unas veces le chupaba yo a ella, otras veces ella se incorporaba y me chupaba las tetas colgantes o me metía los dedos en la boca. Marcos siguió el ritmo que le marcábamos sin quejarse.
—Abre los ojos —le dije en un momento dado, cuando conseguí levantar la cara del coño de Sofía.
Los abrió. Me miró de una manera que no supe muy bien cómo catalogar, pero que no me dejó indiferente. Sin apartar los ojos, me metió el pulgar en el culo. Aullé.
—Despacio —murmuré, aunque no tenía muy claro si le estaba pidiendo que parara o que siguiera.
Él entró despacio en ese otro sitio cuando llegó el momento —después, cuando Sofía se salió de debajo de mí y se puso a mi lado, y me abrió las nalgas con las dos manos para dejarle sitio a su hermano—. Dolió al principio, el tipo de dolor que no es exactamente malo sino que ocupa espacio hasta que deja de hacerlo. Sofía estaba a mi lado con la mano en mi cadera y la otra en mi clítoris, frotándomelo en círculos pequeños, y eso me ayudó a mantenerme anclada mientras el resto se acomodaba. Me costó un par de minutos acostumbrarme al peso de su cuerpo, a la manera en que se movía, diferente a todo lo que conocía. La miré a ella. Sofía me devolvió la mirada con una expresión que era mitad afecto y mitad algo sin nombre, y me sorprendí pensando que esto —todo esto— también era una forma de intimidad.
Después ya no dolió. Después solo fue movimiento y calor y el sonido de los tres respirando en la misma habitación, y la polla de Marcos entrándome cada vez más profundo, y los dedos de Sofía sin parar en mi coño.
Sofía se colocó delante de mí y nos besamos mientras él seguía detrás, cada vez más rápido, cada vez más brusco. Me metió dos dedos en el coño al mismo tiempo que su hermano me la seguía metiendo por el otro lado, y noté las dos cosas a la vez, las dos presiones, las dos formas de llenarme. No sé cuánto tiempo duró. No lo medí. En algún momento las dos llegamos juntas, casi al mismo tiempo —yo gritando dentro de su boca, ella temblándome contra los dedos que yo le tenía metidos—, y él no tardó mucho más: sacó la polla en el último segundo y se corrió sobre mi espalda con un gruñido ronco, largo, chorros calientes que Sofía se dedicó a esparcirme por la piel con la mano después, casi con cariño.
***
Los tres nos quedamos quietos. La tarde se había colado por la persiana en tiras de luz que cruzaban el techo en diagonal.
Marcos se durmió primero. Lo escuché hacer esa transición entre la respiración agitada y la respiración profunda, ese descenso tranquilo que tienen los cuerpos cuando ya no les queda nada que hacer. Cuando miré a Sofía ella también estaba con los ojos cerrados. Me quedé un momento mirando el techo, con la mano de Sofía en mi brazo y el cuerpo de Marcos a mi lado, todavía sintiendo su semen secándoseme en la piel de la espalda.
No iba a olvidar esta tarde. Eso ya lo sabía.
Me incorporé despacio. Recogí mi ropa del suelo en silencio: la blusa, los pantalones, la ropa interior. Esta vez también el sostén, que seguía en la silla del escritorio donde lo había encontrado al llegar. Lo guardé en el bolso sin hacer ruido.
Me vestí en el baño. Me miré en el espejo un momento. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, una mancha de semen todavía en la cadera que me limpié con un poco de papel, y una expresión que no era exactamente orgullo pero tampoco exactamente vergüenza. Era otra cosa. Algo parecido a la satisfacción tranquila de quien ha hecho exactamente lo que quería hacer y no necesita convencerse de que estuvo bien.
Recogí mis cosas, salí al pasillo y cerré la puerta sin hacer ruido.
La calle estaba llena de gente normal haciendo cosas normales. Yo caminé entre ellos con el sostén en el bolso, el coño todavía hinchado y palpitando debajo de las bragas, y la cabeza todavía a mitad de aquella habitación, en aquella luz de persiana, entre aquellos dos cuerpos dormidos.
***
No he vuelto a ver a Marcos. Sofía y yo seguimos quedando, aunque las cosas entre nosotras son distintas desde entonces: más cómodas en algunos sentidos, más complicadas en otros. Es lo que pasa cuando cruzas ciertos límites con alguien; ya no hay manera de volver exactamente al punto de partida.
Pero el punto de partida tampoco era tan interesante.