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Relatos Ardientes

Cuando mi compadre conoció a la travesti de casa

Conocí a Valentina en la preparatoria. Éramos inseparables: dos adolescentes con demasiadas horas libres y pocas respuestas para las preguntas que importaban. Con el tiempo la vida nos separó geográficamente, pero no en afecto. Años después me pidió que fuera el padrino de su hija mayor, y acepté sin dudarlo. A través de ese vínculo conocí también a Adrián, su esposo: un hombre de presencia física imponente, aunque descuidado en la apariencia, de esos a quienes se nota de lejos que alguien más lleva las riendas del hogar.

Adrián y yo nos hicimos amigos con naturalidad. El compadrazgo tiene esa virtud: crea una confianza que los años solos tardarían mucho más en construir. En ese entonces yo vivía en Guadalajara; ellos estaban en Puebla.

Un jueves recibí su mensaje: tenía un viaje de trabajo a Aguascalientes y necesitaba hacer escala en mi ciudad. ¿Le abría la puerta? Le dije que claro.

***

Llegó un viernes cerca de las ocho de la noche. Vi las luces de su camioneta estacionarse frente a la privada y salí a recibirlo. Traía una bolsa de viaje en una mano y, en la otra, una botella de whisky de buena etiqueta. Eso me gustó.

Nos instalamos en la sala. Puse hielo y agua mineral. Saqué también algo de hierba que había guardado para la ocasión. El primer trago se tomó en silencio, calibrando el ambiente. El segundo ya vino con conversación.

Hablamos de trabajo, de fútbol, de cosas sin peso. Pero con el tercer vaso la conversación giró hacia lugares más personales.

—¿Cómo le haces? —preguntó, mirando el fondo de su vaso—. Siempre pareces estar bien.

—Será que no llego a una casa donde alguien esté esperándome enojado —respondí.

Soltó una carcajada corta. De esas que duelen un poco por dentro.

—Ojalá. Con Valentina llevamos mal desde hace tiempo. Mucho tiempo.

No hablé. El silencio también invita, y él quería hablar.

—Llevamos más de tres años sin coger, compadre. Ni una mamada, ni un roce, ni los buenos días de los de antes. Yo no quiero buscar problemas afuera porque siempre hay consecuencias, y ella maneja el dinero, así que —se encogió de hombros— me la jalo solo. Literalmente.

—¿Tres años?

—Tres años —confirmó—. Ya ni lo intento. Me duermo con la verga parada y me despierto igual.

Serví otro vaso. Hay momentos en que la mejor respuesta no es una palabra sino un gesto.

—Tú sí te das buena vida —dijo después, cambiando el tono—. Soltero, libre, puedes coger con quien quieras.

—Más o menos —dije.

—¿Cómo que más o menos?

Hubo una pausa. No sé si fue el alcohol, la confianza acumulada en años de compadrazgo, o simplemente que esa noche tenía ganas de ser honesto. Lo que salió fue directo:

—Puedo coger con una mujer o con un hombre. En eso el sexo no me falta.

Lo vi procesar la información sin moverse. Luego:

—¿En serio? ¿Con hombres también?

—Sí. Prefiero que eso no salga de aquí, pero sí.

Asintió con un gesto que era al mismo tiempo «entendido» y «necesito digerir esto». Luego dijo algo que no esperaba:

—Mira, te voy a confiar algo que no le he dicho a nadie. A mí siempre me llamaron la atención las chicas trans. No sé cómo explicarlo. Me gustan las mujeres, pero eso no lo puedo ignorar. Se me para nomás de imaginarlo. Lo que me detiene es no saber cómo funciona. Si la otra persona también va a querer meterme la verga y yo eso no lo doy.

Respiré despacio antes de responder.

—Hay dinámicas distintas. No todo el mundo quiere lo mismo. Hay chicas que solo la reciben. Que solo quieren que se las cojan bien duro.

—¿Y tú? —preguntó, mirándome directo a los ojos.

—Yo soy pasiva. Siempre lo fui. A mí me gusta que me la metan.

No reaccionó de inmediato. Solo me observó. Yo tomé el teléfono que estaba sobre el sillón, busqué en la galería hasta encontrar la foto correcta: yo, meses atrás, con vestido negro por encima de la rodilla, peluca oscura y maquillaje discreto. Una imagen que no mostraba nada escandaloso, pero que dejaba pocas dudas sobre quién era la persona en la foto.

Se la extendí sin comentarios.

La miró. La acercó. Me miró a mí. Volvió a mirar la foto.

—Eso eres tú.

No era pregunta.

—Soy yo —confirmé.

—No te pareces en nada. Si te veo en la calle sin contexto, te saludo como a cualquier vieja y sigo caminando. —Hizo una pausa—. Estás muy buena.

Me reí. La pena y el orgullo se mezclan de manera extraña en esos momentos.

—¿Buena como mujer? —pregunté.

—Como mujer —confirmó—. De las que uno voltea a ver en la calle.

Hubo un silencio diferente entonces. Más cargado. Bajo el pantalón se le marcaba ya un bulto que no estaba antes. Me tomé un segundo antes de proponer lo que nunca había propuesto de esa manera:

—Si quisieras conocerla en persona... podría llamarla. Tarda unos treinta minutos en llegar.

Me observó durante unos segundos, evaluando si hablaba en serio.

—Me encantaría —dijo al fin.

Le pedí que bajara a comprar cigarrillos para darme tiempo. Se levantó sin hacer preguntas, con el pantalón todavía marcado.

***

Subí al cuarto en cuanto escuché la puerta cerrarse. Treinta minutos era optimista; tendría veinte si me apuraba.

Por suerte, ese día me había depilado. La piel estaba lista, sin un solo vello, suave hasta las nalgas.

Del clóset saqué lo que reservaba para ocasiones así: falda negra a medio muslo, blusa ajustada del mismo color, lencería roja debajo —un tanga que apenas cubría lo que tenía que cubrir, sostén de encaje con relleno—. Acomodé los implantes de silicón en las copas, me coloqué la ropa despacio, me calcé los tacones. La peluca oscura, bien cepillada y perfectamente asentada. El maquillaje fue lo que tomó más tiempo: base, contorno suave, delineado preciso, labial burdeos, brillo por encima para que la boca pidiera lo que sabía pedir.

Cuando me miré al espejo, Sofía me devolvía la mirada.

Escuché la puerta de la privada abrirse justo cuando terminaba de peinarme.

—¡Ya llegué!

Salí del cuarto y bajé la escalera con calma, marcando el peso de cada tacón sobre los escalones. Él estaba de espaldas, dejando el cambio sobre la mesa. Se giró al escuchar los pasos.

Se quedó completamente inmóvil.

—Disculpa —dije, con una voz diferente a la habitual—. Mi primo tuvo que salir un momento. Me pidió que te atendiera mientras regresa. Soy Sofía.

Sus ojos hacían el recorrido completo mientras yo hablaba: de los tacones a las piernas, de las piernas al borde de la falda, de la falda a los pechos que se marcaban bajo la blusa, y de ahí a la boca. Despacio. Como quien intenta verificar algo que no termina de creer.

—Estás... muy buena —dijo.

—Gracias, Adrián. ¿Por qué no te sientas y platicamos un rato?

Apagué algunas luces y dejé encendida solo la de la escalera. No era oscuridad; era la penumbra justa para que todo se vea sin que sobre nada.

Nos instalamos en el sillón. Me senté a su lado, con las piernas cruzadas de tal forma que la falda subiera unos centímetros más. La conversación fluyó con naturalidad, como si lo que estaba pasando fuera lo más normal del mundo. Le di algunos consejos sobre su matrimonio, sobre Valentina, sobre lo que las mujeres necesitan aunque a veces no lo sepan pedir. Él escuchó. Y en algún momento, mientras hablábamos, sentí su mano posarse sobre mi muslo.

No la aparté.

—Tienes la piel muy suave —dijo.

—Me depilé esta mañana. Toda.

Su mano fue subiendo con calma, explorando el borde de la falda, metiéndose por debajo. Me miraba mientras lo hacía, buscando alguna señal de que debía detenerse. No se la di. Al contrario: separé un poco las rodillas para que llegara más rápido.

Sus dedos toparon con el encaje del tanga. Sentí cómo se detuvo un segundo al notar el bulto que apretaba la tela, no muy grande pero presente. En vez de retirar la mano, la apretó despacio, tanteándome por encima de la lencería.

—Sofía —murmuró.

—Dime —respondí, con la voz un poco más baja.

—Tienes una cosita ahí.

—Tengo. ¿Te molesta?

—No —dijo, y siguió apretando—. Para nada.

No dijo nada más. Se inclinó y me besó.

***

Sabía besar. De los que empiezan despacio y van construyendo la temperatura sin prisa. Metía la lengua entero, con hambre atrasada de años, y yo se la recibí igual, mordiéndole el labio de abajo cuando se retiraba. Lo dejé llevar el ritmo mientras le desabrochaba la camisa, botón por botón. Tenía el pecho firme, ancho, algo de vello oscuro en el centro. Lo besé ahí también, bajé por el esternón, le pasé la lengua por un pezón y lo sentí endurecerse contra mi boca.

—Puta madre —dijo por lo bajo.

Le desabroché el cinturón con las dos manos, sin mirar. Le bajé el pantalón y el bóxer de una sola vez. Y ahí estaba.

La verga de Adrián no era grande: era una bestia. Salió tan rígida que rebotó una vez contra el vientre antes de quedarse apuntando al techo. Larga, gruesa, con las venas marcadas en toda la extensión, la cabeza morada e hinchada, ya con una gota espesa asomando en la punta. El grosor era lo que más impresionaba: más ancho que mi muñeca, y yo no tengo la muñeca fina.

Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas. Se la agarré con una mano —los dedos no cerraban del todo— y me quedé mirándola un momento. Le pasé el pulgar por la cabeza, corrí el líquido preseminal y me lo llevé a la boca. Salado, denso.

—Llevas tres años cargando esto —dije—. Lo voy a vaciar bien.

—Hija de puta —susurró, y le costó respirar.

Le escupí sobre la cabeza y bajé la boca. Los primeros centímetros pasaron. Los siguientes se atoraron: la mandíbula se me abrió al límite y ahí ya no cabía más sin dolor. La saqué, tomé aire, escupí otra vez y volví a intentar. Con la mano en la base la trabajaba en círculo, apretando en tiempos parejos. Con la boca succionaba la cabeza y los primeros cinco centímetros, cerrando los labios, hundiendo la lengua bajo el frenillo. Lo escuchaba jadear cada vez más ronco.

—Así, mamita, así.

Le agarré los huevos con la otra mano —los tenía cargados, pesados, subidos por la excitación— y se los masajeé despacio mientras seguía chupándole la cabeza. La saliva me caía en hilos por el mentón, le mojaba el tronco, le corría hasta el escroto. La sacaba, se la restregaba por los cachetes, me daba con ella en la lengua estirada, la volvía a meter. Un descuido y me atraganté; se la saqué tosiendo, con los ojos lagrimeados y el rímel corriendo, y él estuvo a punto de perder el control.

—Espera, espera —dijo, agarrándome del pelo—, así me vengo en dos minutos.

—Buena señal —dije, con la voz rota—. Pero todavía no.

Me limpié la barbilla con el dorso de la mano y me puse de pie. Le di la espalda. Me levanté la falda despacio, muy despacio, hasta que quedó arrugada sobre la cintura, y le mostré el tanga rojo mordido entre las nalgas. Me lo hice a un lado con un dedo, dejando el culo descubierto.

—Escúpeme —le pedí.

Me escupió dos veces. Sentí el chorro tibio caer justo donde tenía que caer. Con dos dedos me lo esparcí alrededor del agujero, di un par de vueltas, metí uno hasta el nudillo, después dos. Ya sabía cómo abrirme a mí misma.

Me senté sobre él con lentitud, buscando el ángulo. Le agarré la verga con la mano y la apunté al centro. Bajé unos milímetros. La cabeza empujaba y no entraba: era mucho de una sola vez. Respiré. Bajé otro poco. La corona se abrió paso y sentí el estirón puro, la quemazón buena que llega cuando algo demasiado grande finalmente cede. Solté un gemido largo.

—Despacio, despacio —dijo él, agarrándome de la cintura.

—Cállate —respondí—. Yo sé cómo la tomo.

Fui bajando de a poco, dejando que el cuerpo se ajustara centímetro a centímetro. Cada vez que sentía que ya no daba más, subía dos y bajaba tres, ganando terreno. La cabeza me golpeaba adentro, en un lugar profundo que rara vez se toca. Cuando lo sentí completamente clavado, con las nalgas apoyadas en sus muslos, me detuve un instante. Estaba llena hasta la garganta.

Luego empecé a moverme.

Al principio suave, encontrando el compás, apoyándome en sus rodillas para subir y bajar. La verga entraba y salía brillosa de saliva. Sus manos en mis caderas, siguiendo el ritmo. Sus labios en mi cuello desde atrás, mordiéndome, subiéndome el escalofrío por la espalda. Fui acelerando poco a poco y él respondió de la misma manera, empujando hacia arriba para encontrarme a mitad del camino, dando golpes secos que me hacían saltar en su regazo.

—No puedo creer esto —dijo en voz baja.

—Cállate y quédate así, cógeme —respondí—. Rómpeme el culo, papi.

Le hizo caso. Me clavó los dedos en la cintura y empezó a embestirme desde abajo con una fuerza distinta, sin miramientos. Se oían los muslos chocando, las nalgas rebotando, la saliva y el líquido chorreando por sus huevos. Yo me pellizcaba los pezones por encima de la blusa y no dejaba de gemir.

***

Me pidió que cambiara de posición. Obedecí: le saqué la verga, se la limpié con la mano y me puse de rodillas en el sillón, apoyada en el respaldo, arqueando la espalda, sacando el culo, separando las piernas lo necesario para darle acceso. La falda quedó recogida en la cintura. El tanga colgaba de un tobillo.

Él se colocó detrás de rodillas. Me abrió las nalgas con las dos manos y me miró abierta, palpitando. Escupió otra vez. Apoyó la cabeza contra el agujero y empujó. Esta vez entró de una, hasta el fondo, sin pausas.

—¡Ah, hijo de puta! —grité.

—¿Te dolió?

—Más fuerte —le pedí.

Y fue más fuerte. Y más profundo. Y más rápido.

Me agarró del pelo, juntó la peluca en un puño y jaló para atrás, arqueándome más. Me daba con los muslos contra las nalgas y el ruido era obsceno, húmedo, seco, húmedo, seco. Yo lo pedí más fuerte y fue más fuerte. Lo pedí más profundo y lo fue. Me pasó una mano por debajo, buscó mi verga —la tenía dura, chorreando— y me la agarró para masturbarme en sincronía con sus embestidas.

—Estás toda mojada aquí también —dijo.

—Es de las ganas —le respondí como pude.

Hay algo en esa postura, con el peso encima y el sonido de los cuerpos moviéndose juntos, que simplifica todo: solo existe la presión, el calor, el movimiento, la verga entrando hasta un lugar que no debería alcanzar. Los pensamientos desaparecen. Queda solo eso: el hueco lleno, la mano dura sobre mí, la piel golpeando piel.

Sentí que se me venía el primero. Le avisé con un gemido más largo que los otros.

—Me vengo, me vengo, no pares.

No paró. Me apretó la verga, me la corrió más rápido, y con dos empujones profundos me sacó el orgasmo. Me corrí sobre su mano y sobre el sillón, en varios chorros, apretándole la verga con el culo cada vez que salía un latigazo. Él me lo sintió y soltó un gruñido.

—Puta madre, cómo aprietas.

—Sigue —le dije, temblando—. No te salgas.

Después me acosté boca arriba en el sillón. Le agarré un cojín y me lo puse bajo la cadera para elevar la pelvis. Él me arrancó el tanga del tobillo y lo tiró al piso. Me levantó las piernas y las apoyó sobre sus hombros, doblándome casi en dos, y volvió a entrar. Desde esa posición podía verle la cara: ojos cerrados, mandíbula tensa, la boca entreabierta, la expresión de alguien que lleva mucho tiempo esperando algo y finalmente lo tiene.

—¿Cuánto tiempo llevabas sin coger? —pregunté.

—Demasiado —respondió sin abrir los ojos, embistiéndome.

—Se nota. La tienes durísima.

Sonrió sin poder evitarlo. Y siguió. Me la metía hasta el fondo y se quedaba un instante ahí adentro, empujando de más, buscando un centímetro imposible. Después salía casi entera y volvía a entrar de un solo golpe. Cada vez que lo hacía yo abría más la boca sin darme cuenta.

Le pedí que me mirara, que abriera los ojos. Lo hizo. Hay algo distinto en el encuentro cuando los dos se miran de frente: una honestidad que no existe en ninguna otra posición. Le rodeé las caderas con las manos y lo atraje hacia mí en cada empuje. El ritmo se fue volviendo más urgente, más irregular. Sentía la verga hincharse todavía más adentro, engordarse justo antes del final.

—Me voy a venir —anunció con la voz rota.

—Adentro —le dije—. Quiero sentirlo adentro.

Me miró un segundo, verificando.

—Adentro, cabrón —repetí—. Vacíame toda la leche.

Le bastó. Me clavó las manos en los muslos, hundió la cara en mi cuello y me embistió tres, cuatro, cinco veces más, cada una más lenta y más profunda, hasta que se quedó dentro y sentí la primera contracción. Fue como si la verga saltara en el fondo. Un chorro caliente, y otro, y otro más. Los conté por instinto: seis, siete latigazos gruesos que me rebotaban contra la pared del intestino. Tres años de acumulación descargándose de un solo tirón.

Lo sentí en cada contracción: la calidez expandiéndose hacia adentro, la presión de su cuerpo sobre el mío por un instante largo, su respiración entrecortada contra mi cuello, los huevos apretados contra mis nalgas. Yo me corrí por segunda vez, sin tocarme, solo de sentirlo estallar adentro. La verga me la dejaba en calambres y yo apretaba, apretaba, ordeñándolo hasta la última gota.

Me quedé quieta, sin moverme, sintiendo cada segundo de eso. Él tampoco se salió enseguida. Se quedó adentro, con la respiración entrecortada, dándome besos húmedos en el hombro y en el cuello. Cuando finalmente se retiró, lo hizo despacio, y la verga salió chorreando semen y saliva, todavía dura a medias.

Yo me incorporé apenas. Sentí el rastro de lo que había pasado deslizándose por el interior de mis muslos, un chorro tibio bajando hasta el sillón. Metí dos dedos, saqué un poco y me lo llevé a la boca. Espeso, salado, con ese sabor a hombre que había estado guardado demasiado tiempo.

—Llevabas mucho tiempo sin eso —dije.

—Demasiado —confirmó. Y esta vez me miró a los ojos cuando lo dijo.

***

Fumamos en silencio. Terminamos los vasos que quedaban. La sala olía a tabaco, a whisky y a semen. También a algo más difícil de nombrar.

Se fue al cuarto de visitas cerca de la medianoche. Yo me quedé un rato más sentada con las luces apagadas, escuchando la casa quieta, sintiendo todavía la carga ajena escurriéndoseme despacio.

Pensé que había sido una sola noche. Un paréntesis que se cerraría solo con el amanecer, sin conversaciones incómodas ni miradas extrañas al día siguiente. Así funcionan esas cosas, supuse. Un momento fuera del tiempo, y ya.

Estaba equivocada.

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Valora este relato

Comentarios(7)

Milo_22

Tremendo relato, no me lo esperaba para nada jajaja. Muy bueno!!

PatoNocturno

Muy buen desarrollo, la sorpresa lo hace todo mucho mas interesante. Queremos una segunda parte!

CafeLectorMdp

Me engancho desde el principio, lo lei dos veces no miento. Sigan subiendo estos relatos!!

Valentina_87

Buenisimo como lo contaron, se siente natural y sin forzar nada. Muy recomendable.

NelsonV78

Excelente!! una pregunta, esto esta basado en algo real? porque se siente muy autentico

DiegoK_lector

Estos relatos de encuentros inesperados son los que mas me gustan, tienen ese morbo de lo que no se planea. Bien escrito y con buen ritmo, ojala haya continuacion.

SabrinaT_lect

los treinta minutos esperando jajajaj me imagino la cara del compadre en ese momento

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