Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El travesti que se escondía en mí

No sé cuándo empezó exactamente. Me resulta más fácil decir cuándo empezó a importar.

Tenía cuarenta y un años, era guardia de seguridad en un centro comercial cerrado por la pandemia, y me encontraba solo en el piso que compartía con Mónica desde hacía doce años. Ella se había ido con sus padres al pueblo en cuanto decretaron el estado de alarma. Yo me quedé. El piso era grande para uno solo y el silencio pesaba de una manera que no esperaba.

El primer fin de semana abrí el armario de Mónica. No por primera vez.

***

Para entender lo que pasó durante ese encierro hay que entender lo que llevaba dentro desde mucho antes.

Soy un hombre sin ningún misterio visible. Metro setenta, ciento ocho kilos, cuarenta y tres años cuando ocurrió todo esto. Tengo la cara redonda y una calvicie que decidí aceptar hace tiempo. Nadie al verme en la calle pensaría nada particular. Soy el tipo que está detrás de ti en el supermercado, el que espera el ascensor con paciencia, el vecino que saluda en el portal.

Lo que nadie ve es que debajo de mi ropa de trabajo, a veces, llevo lencería.

No siempre. Ni siquiera frecuentemente. Pero a veces.

Empezó cuando tenía dieciséis años. Vivíamos en un bloque de pisos y la vecina del quinto tendía la ropa en la terraza que daba al patio interior. Una tarde de verano vi desde mi ventana cómo colgaba, entre toallas y camisas, una colección de ropa interior de encaje de varios colores: rosas, negros, rojos, con detalles que a esa distancia no podía distinguir bien pero que mi imaginación completaba sin dificultad. No sé cuánto tiempo me quedé mirando. Lo suficiente para que se me formara una pregunta que no supe articular hasta mucho después: ¿qué se sentiría?

No hice nada con esa pregunta durante años. Funcioné como cualquier hombre de mi entorno. Las novias que tuve, el trabajo, la vida que se espera de alguien como yo. Pero la pregunta seguía ahí, inactiva, esperando que le prestara atención.

La primera vez que le presté atención tenía veintiséis años y estaba una semana solo en el piso mientras Mónica visitaba a una amiga. En el cajón de su mesilla había un conjunto de ropa interior que no había estrenado todavía: unas bragas negras de encaje y un sujetador a juego. Lo tomé, me lo puse, me miré en el espejo del baño. Se me puso la polla dura de inmediato, apretada contra el encaje, empujando la tela hacia adelante hasta que la punta asomó por encima del elástico. Me la agarré por encima de las bragas y me la trabajé despacio, sintiendo el roce del encaje contra los huevos. Duró poco. Me corrí manchando el interior de las bragas con un chorro espeso que se filtró por el encaje. Me las quité, las enjuagué con agua fría en el bidé durante veinte minutos hasta que no quedó rastro del semen, las escurrí y las dejé secando sobre el radiador. A la mañana siguiente las volví a poner en su cajón como si nada.

Lo que sentí en esos cinco minutos frente al espejo me acompañó durante semanas. Una mezcla de cosas que no sabía separar: excitación, vergüenza, curiosidad, y algo más difícil de nombrar. Una especie de reconocimiento. Como si el espejo me mostrara algo que llevaba tiempo existiendo sin que yo lo hubiera mirado de frente.

Con los años lo fui construyendo en secreto. Compraba prendas en tiendas donde pagaba en efectivo, las guardaba en una bolsa en el fondo del armario y las usaba cuando Mónica no estaba. Siempre con el mismo ciclo: excitación, placer, vergüenza en cuanto se pasaba el calentón, promesa de no volver a hacerlo. Y vuelta a empezar.

Las fantasías que construía alrededor de todo aquello fueron cambiando con el tiempo. Al principio eran vistas desde dentro: solo yo, el espejo, la pregunta de cómo me vería alguien desde fuera. Con el tiempo empezaron a incluir a otros. Imaginaba que alguien abría la puerta y me encontraba así vestido. Que esa persona no se horrorizaba sino que me miraba de una manera que reconocía aunque nunca la había recibido de nadie. Que me empujaba contra la pared y me metía la mano por debajo de la falda para agarrarme la polla por encima de las bragas. Que me obligaba a arrodillarme y me abría la bragueta del pantalón y me metía la verga hasta el fondo de la garganta.

Había algo en la fantasía de ser visto que lo intensificaba todo. No me bastaba con ponerme la ropa. Lo que me excitaba era imaginar el efecto que producía en alguien más. Que me miraran las tetas rellenas y se les pusiera dura pensando en que las tetas eran mentira pero el culo era real y estaba listo para ser follado.

Los carnavales me daban una salida que aprovechaba con más esmero del que nadie a mi alrededor podía imaginar. Compraba pelucas con meses de antelación, practicaba el maquillaje en casa con tutoriales de YouTube, elegía la ropa con el criterio de quien sabe exactamente lo que busca. Salía a la calle con varias cervezas encima y la sensación de que por unas horas podía ser otra persona. Me miraban. Hombres que en otras circunstancias no me habrían dirigido la palabra me hacían un hueco en la barra y me preguntaban cómo me llamaba. Cuando mi voz los sacaba del engaño, algunos se quedaban turbados. Otros simplemente sonreían.

Hubo uno que me pidió el número de teléfono de todas formas.

Lo que descubrí en esas noches fue algo que no esperaba: que mi cuerpo, con el peso acumulado desde los treinta, producía un efecto determinado cuando lo vestía de la manera adecuada. Las caderas anchas que de hombre me hacían parecer más voluminoso de la cuenta se convertían, con el vestido ajustado, en algo que la gente miraba. El pecho que me había salido con los años, que siempre había visto como un problema, con el sujetador relleno tomaba una forma que dejaba de avergonzarme. Era el mismo cuerpo de siempre, visto desde otro ángulo.

Esa sensación no la olvidé.

***

Cuando llegó el encierro aguanté dos semanas como pude. Luego abrí el armario de Mónica.

Ella y yo teníamos una constitución parecida: ella medía un metro sesenta y cinco y tenía el cuerpo generoso que viene con los años y con la buena mesa. Su ropa me quedaba con diferencias: más ajustada en los hombros, más suelta en las caderas. Pero me quedaba. Y en mí producía efectos que seguían sorprendiéndome cada vez.

Pasé semanas vistiéndome cada día, sin la urgencia de antes, sin el miedo de que alguien llegara de improviso. Me hacía fotos con el móvil: el escote, la espalda, las piernas con medias de rejilla negras. Me grababa caminando por el pasillo con los tacones que encontré en el fondo del armario. Me tumbaba en la cama de matrimonio con las bragas bajadas hasta las rodillas y el vestido subido hasta la cintura, y me la meneaba con las dos manos: una para la polla y otra para meterme dos dedos ensalivados en el culo, imaginando que era otra cosa la que me entraba. Me corría hasta cinco veces al día, algunas contra el espejo del armario para verme la cara mientras el semen me caía por los muslos manchándome las medias.

Me masturbaba mirando esas fotos con una claridad de propósito que hacía tiempo que no sentía con nada. Descubrí, además, que si me chupaba el dedo y me lo pasaba por el pezón por encima del encaje del sujetador, la sensación se irradiaba hasta la punta de la polla como si estuviera todo conectado por un cable que hasta entonces no había sabido que existía.

La curiosidad de saber si a otros les produciría el mismo efecto llegó una noche de lluvia, cuando llevaba ya un mes solo. Creé un perfil en una aplicación de contactos. Subí cuatro fotos. Nada de cara, nada identificable. Solo el cuerpo, la lencería, la peluca marrón que había comprado hacía años para un carnaval.

En veinticuatro horas tenía cincuenta y tres mensajes.

Me quedé mirando la pantalla sin saber muy bien qué hacer. Hombres de todas las edades escribiendo cosas que iban desde lo directamente obsceno hasta lo inesperadamente tierno. Chicos jóvenes que mandaban fotos de sus pollas duras como tarjeta de visita, algunas todavía goteando, con el prepucio a medio bajar y los huevos apretados en el encuadre. Hombres de mediana edad con vidas establecidas que escribían largos párrafos describiendo lo que me harían: cómo me pondrían a cuatro patas, cómo me follarían la boca hasta hacerme llorar el maquillaje, cómo se correrían dentro de mí y me dejarían el semen chorreándome por las piernas. Mayores que pedían solo conversar, solo escuchar, solo saber que había alguien al otro lado.

Respondí a algunos. Me inventé una historia coherente: vivía sola, trabajaba desde casa, buscaba pasar el encierro de manera más entretenida. Ninguno preguntó demasiado.

Me puse un nombre. Silvia. Sin ninguna razón especial, solo que sonaba a alguien que sabía lo que quería.

Con el tiempo, Silvia fue tomando forma más allá del nombre. Tenía una voz diferente en los mensajes: más directa, con menos rodeos que yo. Sabía lo que quería y lo decía sin disculparse. Escribía cosas como «quiero que me la metas hasta el fondo» o «me gusta que me traten de puta» sin dudarlo dos veces. En eso, pensé más de una vez, se parecía bastante a la persona que siempre había querido ser.

Entre todos los que escribían, había un tipo de hombre que se repitió con una frecuencia que no esperaba: camioneros. Hombres en ruta que seguían trabajando mientras el mundo se detenía, con largas horas de carretera y las noches en la cabina de algún área de servicio. Escribían a cualquier hora, desde el teléfono, con mensajes cortos al principio y conversaciones largas después. Mandaban fotos desde el asiento del conductor, el volante al fondo, la mano metida en el pantalón, la polla asomando por encima del cinturón. La cabina como único espacio privado que tenían.

Había algo en ellos que conectaba conmigo de una manera que tardé en entender. Quizás era la discreción que todos necesitaban: ninguno podía permitirse que alguien lo supiera, igual que yo llevaba años sin poder permitirme nada. Quizás era la soledad compartida, la sensación de estar fuera del mundo normal mientras el mundo normal estaba paralizado. O quizás era simplemente que eran directos, sin pretensiones, sin pedir más de lo que era.

Con uno de ellos, Emilio, estuve hablando más de tres semanas seguidas. Me mandaba audios desde la carretera, con el ruido del motor al fondo, contándome con esa voz ronca de horas sin dormir todo lo que me haría si me tuviera en la litera. «Te chuparía las tetas por encima del sujetador, Silvia, hasta empaparlo. Después te bajaría las bragas con los dientes y te comería el culo hasta que me suplicaras que te la metiera». Yo le respondía con fotos o con mensajes de voz en los que intentaba una entonación más suave que la mía, con la polla en la mano, describiéndole cómo me estaba metiendo un consolador que había comprado por internet mientras hablábamos. Nunca llegamos a quedar. No hizo falta para que esa comunicación diaria se convirtiera en algo que esperaba cada noche.

Cuando las restricciones se relajaron en verano, quedé con otro. Me citó en un área de descanso a treinta kilómetros de donde vivo. Conduje hasta allí con la peluca recogida, un vestido negro de tirantes que pertenecía a Mónica y unos zapatos de tacón bajo que me daban la altura justa. Debajo, unas bragas de encaje negro, medias hasta medio muslo y nada más. Me temblaban las manos en el volante pero no di la vuelta.

Aparqué al lado del camión, un tráiler blanco con las cortinas de la cabina bajadas. Le mandé un mensaje. «Ya estoy». La puerta del copiloto se abrió y una mano me hizo un gesto para que subiera. Subí. Adentro olía a tabaco viejo, a café frío y a sudor de hombre. Él tenía cincuenta y algo, barba entrecana, camisa a cuadros abierta hasta el tercer botón, un vientre grande y unos brazos gruesos de cargar cosas toda la vida. Me miró de arriba abajo sin decir nada, con la calma del que ya sabía lo que había venido a buscar y no tenía prisa.

—Súbete el vestido —dijo.

Lo hice. Me lo subí hasta la cintura, quedándome con las bragas de encaje a la vista y la polla marcándose por debajo. Él sonrió y me puso la mano encima, apretándome por encima de la tela.

—Vaya sorpresa —dijo, aunque los dos sabíamos que no era ninguna sorpresa. Se lo había dicho por mensaje una semana antes.

Me metió la mano por dentro de las bragas y me sacó la polla dura hacia un costado. Me la trabajó con la palma áspera, escupiéndose en la mano para que corriera mejor, mientras con la otra me apretaba una teta por encima del vestido, buscando el sujetador relleno y riéndose bajito cuando comprobó que el pezón estaba debajo, real, duro. Se agachó y me lo chupó por encima de la tela, mordiéndolo con cuidado, dejándome un cerco húmedo en el vestido negro.

—Ponte de rodillas —me dijo.

Me deslicé al suelo de la cabina, entre su asiento y el volante, un hueco estrecho donde apenas cabía. Se abrió el pantalón sin ceremonia. Sacó una polla gruesa, más corta de lo que la fantasía habría pedido, pero ancha, con la piel oscura y los huevos colgando pesados sobre la ropa interior bajada. Me agarró de la peluca con una mano y me la acercó a la cara.

—Ábrela —dijo.

Abrí la boca y él me la metió despacio la primera vez, mirándome, y después de un par de idas y venidas empezó a empujar hasta el fondo, hasta la garganta, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y el maquillaje empezó a correrse por las mejillas. Me la mamé como llevaba años imaginando que se la mamaría a alguien: apretando los labios en el borde del capullo, sacándomela para lamerle los huevos uno a uno, subiendo con la lengua por toda la longitud, volviendo a metérmela hasta atragantarme. Él me sujetaba la peluca para que no se cayera y me guiaba el ritmo, respirando fuerte por la nariz, murmurando cosas: «así, puta, así, mámame la verga, trágatela toda».

Después de un rato me hizo levantarme. La cabina no tenía sitio, así que me apoyó contra el asiento del copiloto, boca abajo, con las rodillas encima del asiento y los tacones colgando en el aire. Me subió el vestido hasta la espalda y me bajó las bragas hasta la mitad de los muslos. Escupió, me embadurnó el ojete con los dedos, y luego con más saliva, y luego con un tubo de lubricante que sacó de la guantera como quien tiene ese tipo de cosas siempre a mano.

Me metió un dedo primero, después dos, sin prisa, hasta que sintió que cedía. Luego se puso detrás y empujó. La polla ancha me abrió despacio, con una quemazón que me hizo apretar los dientes, y siguió empujando hasta que la sentí toda dentro, apoyada contra el fondo. Se quedó ahí un momento, respirándome en la nuca.

—Qué culo tienes, Silvia —dijo—. Qué culo de puta tienes.

Empezó a follarme despacio, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter, mientras me pasaba una mano por debajo para agarrarme la polla y machacármela al mismo ritmo. La cabina se movía con cada empuje. Los cristales se empañaron por dentro. Yo tenía la cara aplastada contra la tapicería del asiento, con la peluca torcida y una mejilla resbalando en mi propia baba, y aun así no habría querido estar en ningún otro sitio.

Cuando aceleró supe que se estaba corriendo. Me agarró de las caderas con las dos manos, clavándome los pulgares, y empujó tres o cuatro veces bien al fondo. Sentí el calor de la corrida dentro, un chorro caliente que se me quedó ahí, y él se quedó quieto un rato antes de sacármela despacio. El semen empezó a escurrírseme por el interior del muslo, por encima de la media. Me trabajó la polla con la mano hasta hacerme correr sobre el asiento, un chorro que se estrelló contra la tapicería y otro más flojo que me quedó colgando de los dedos.

Lo que pasó duró menos de dos horas. Me senté en el coche antes de arrancar y me miré en el espejo retrovisor. La peluca estaba torcida. El maquillaje no había sobrevivido del todo. Tenía una marca roja en la mejilla del asiento del copiloto y todavía sentía la corrida ajena bajándome por dentro. Pero lo que vi en el espejo no era vergüenza. Era otra cosa que todavía no tenía nombre del todo, pero que se parecía bastante a la calma.

***

El encierro terminó. Mónica volvió. Yo pedí el divorcio cuatro meses después, sin poder explicar del todo por qué, aunque sabía perfectamente por qué.

Vivir solo me dio la libertad de ordenar las cosas a mi manera. Los primeros meses me vestía con más frecuencia de la que nunca me había permitido. Con el tiempo esa frecuencia se asentó: hay semanas en que no lo hago, y eso también está bien. Ya no viene acompañado de vergüenza.

Silvia no desapareció. Sigue en la aplicación, en la peluca guardada en la estantería del armario, en la lencería que ya es mía y que compro sin correr.

Sigo quedando con hombres de vez en cuando. Algunos viven en la ciudad y suben al piso, donde tengo el espejo grande y las sábanas que ya no comparto con nadie, y me follan sobre la cama con toda la calma del que sabe que nadie va a interrumpir. Otros pasan de camino a otro sitio, con el camión aparcado en el polígono industrial y unas horas libres antes del siguiente servicio; a esos les basta con la cabina, con las cortinas bajadas y con Silvia arrodillada entre el volante y el asiento, mamando y dejándose follar el culo hasta que se corren y arrancan.

Esos son los que más veces repiten.

No necesito entenderlo todo para saber que funciona. Solo sé que existe una versión de mí que aparece de vez en cuando, que se llama Silvia, que lleva medias de rejilla y una peluca marrón, y que ciertos camioneros buscan cuando pasan por aquí.

Y eso, por ahora, me parece suficiente.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(10)

Tomas_BR

De los mejores que lei en esta categoria, en serio. Bravo!!

MiriamSol

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termina todo. Muy enganchante.

curiosa87

Me pregunto cuantos habrán vivido algo parecido y nunca se animaron a contarlo. Muy interesante el tema.

Balta63

Excelente, muy bien escrito.

RosaGdl

Me llego al alma, de verdad. No esperaba encontrar algo tan profundo aca, pero que sorpresa tan linda.

LorenaMdQ

Que valiente escribir algo tan intimo. Se nota que hay algo personal en todo esto, o al menos eso senti yo.

Nora_P

buenisimo!!! sigue asi

DaniloBaires

Me hizo pensar en cosas que yo mismo nunca me anime a decir en voz alta. Muy bueno, gracias por compartirlo.

PabloZB

Se hizo cortisimo, queria mas jaja. Espero la continuacion!

SolBA

Que forma tan original de encarar este tema. Sin caer en lo burdo, con mucho sentimiento. Me encanto.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.