Aquella noche acabé entre los dos inquilinos
Me llamo Daniela y, antes de empezar, les cuento un poco de mí para que se hagan una idea. Tengo veintiocho años, soy de estatura promedio y, según me dicen, tengo carita de niña buena. Cintura marcada, tetas pequeñas pero firmes con los pezones siempre despiertos, y un culo redondo que siempre llamó la atención. Soy coqueta, lo admito, y cuando se trata de coger me convierto en otra persona: una puta con ganas. Lo que voy a contar pasó hace unos años, y todavía hoy lo recuerdo mojándome sola en la cama.
En aquel entonces tenía veinticuatro. Mis padres estaban separados y yo vivía con mi madre en la casa que nos había dejado mi papá. Sobraba un cuarto, así que ella, para tener un ingreso extra, decidió rentarlo. Llegaron dos hermanos venezolanos recién instalados en la ciudad, de unos treinta y veintisiete años. Buscaban un techo barato mientras encontraban trabajo, y a mi madre le pareció buena idea.
El día que los conocí estaban acomodando las pocas cosas que traían. Yo venía llegando del trabajo, cansada, sin nada provocador puesto: un traje sastre negro, entallado pero formal. Aun así, sentí cómo me recorrían de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en mis tetas y en mi culo con un descaro que me hizo apretar los muslos. No dijeron nada fuera de lugar, pero esa mirada se me quedó grabada toda la tarde, y en la ducha terminé metiéndome dos dedos pensando en ellos.
Pasaron los días y mi madre empezó a apoyarse en ellos para los arreglos de la casa. Eso les dio acceso a casi todos los rincones, y noté que buscaban cualquier pretexto para pasar cerca de mi cuarto. «¿Necesitas algo, Daniela?», preguntaban con una sonrisa que no era del todo inocente. Yo me hacía la desentendida, pero por dentro me gustaba ese juego, y más de una noche me dormí con la mano entre las piernas imaginándome a los dos entrando sin tocar.
El primero en insinuarse fue el menor. Era un sábado por la mañana y yo estaba tendiendo la ropa en el patio. Llevaba un short corto y ajustado que se me metía entre las nalgas. Él se quedó parado detrás, mirándome, mientras yo colgaba prenda por prenda, incluida la ropa interior.
—¿Solo usas de esos tan chiquitos? —preguntó señalando unos cacheteros—. Están muy bonitos.
Me dio risa más que vergüenza.
—A veces uso unos todavía más pequeños —contesté sin mirarlo.
—No me imagino lo rico que se debe ver tu coño ahí adentro —murmuró.
Se me apretó el estómago y noté que se me humedecía la tanga solo con oírlo hablar así, sin filtros, como si ya me estuviera cogiendo con la voz.
***
A partir de ahí, el mayor fue el que más empezó a buscarme. Tenía una seguridad distinta, una forma de hablar pausada que me ponía nerviosa de la mejor manera. Un fin de semana yo salía de fiesta con mis amigas. Me había puesto un vestido negro corto y una tanga del mismo color, casi nada debajo de la tela. Al cruzar el pasillo me lo encontré.
—Te ves para comerte el coño entero —dijo recorriéndome con los ojos—. Diviértete. Yo te espero esta noche con la verga dura.
—Gracias —respondí, y salí casi sin aliento, con la tanga ya pegada de lo mojada que estaba.
Toda la noche su frase me dio vueltas en la cabeza. Bailé, tomé un poco, algún muchacho me invitó a la pista y la pasé bien, pero esa promesa seguía ahí, latiendo entre mis piernas. Yo te espero esta noche con la verga dura. No conseguí sacármela de encima.
Llegué a casa cerca de la una de la madrugada. Mi madre sabía que había salido, así que solo le mandé un mensaje avisándole que ya estaba en casa y me iba a acostar. Avancé por el pasillo a oscuras y, al doblar, lo vi: el hermano mayor estaba afuera de su cuarto, recargado en el marco, con un vaso en la mano.
—¿Cómo te fue? —preguntó en voz baja.
—Bien, algo tranquilo. Necesitaba despejarme —dije.
Me ofreció un trago de lo que tomaba. Era tequila. Lo acepté, total, venía con ganas de seguir la noche. Nos quedamos ahí, en el pasillo, bebiendo un par de vasos. Sentía cómo sus ojos bajaban a mis piernas cada vez que creía que no me daba cuenta. Entonces me invitó a pasar.
Su cuarto era pequeño y olía a cigarro y a colonia barata. Me sirvió otro vaso y volvió a decírmelo, esta vez más cerca.
—Ese vestido te queda increíble. Te lo voy a arrancar con los dientes.
Me senté en la única silla que tenía y, al hacerlo, la tela se me subió un poco por los muslos, dejando ver el filo de la tanga. Su mirada cambió. Ya no era curiosidad: era hambre pura. Puso música en una bocina chiquita, primero cumbias y salsa, y me sacó a bailar. Me pegaba a su cuerpo con una mano firme en mi cintura, aprovechando cada giro para apretarse contra mí y clavarme el bulto en la cadera.
Después cambió a reguetón.
—¿Sabes bailar esto? —preguntó al oído.
—Algo —dije.
—Enséñame.
El reguetón se baila pegado, y él lo aprovechó al máximo. Me tomó de las caderas y me obligó a perrear contra él. Sentí su polla contra mi culo, creciendo despacio, endureciéndose contra la tela del vestido hasta convertirse en una barra caliente que se me encajaba entre las nalgas. Me dejé llevar, restregándome sin vergüenza, moviendo el culo en círculos sobre ese bulto, hasta que su voz ronca me erizó la piel.
—¿Te gusta lo que sientes, puta?
—Sí —admití.
—Decime qué es.
—Tu verga —susurré—. Tu verga dura en el culo.
***
Me volteó de golpe y me besó. No fue suave: fue un beso con dueño, con la lengua entrando entera, de esos que no piden permiso. Se lo devolví igual, chupándole la lengua como si ya estuviera mamándosela. Sus manos empezaron a recorrerme entera, bajando por mi espalda hasta el borde del vestido, agarrándome el culo por debajo con las dos manos y separándome las nalgas. Se me escapó un gemido largo cuando coló los dedos por debajo de la tanga y encontró que ya estaba chorreando.
—Estás empapada, cochina —dijo contra mi cuello, metiendo un dedo despacio hasta el fondo—. Tu coñito me traga solito.
—Ay… más —jadeé, abriendo más las piernas.
Metió un segundo dedo y empezó a bombearme parado, ahí mismo, mientras con la otra mano me arrancaba los tirantes del vestido. Me bajó la tela hasta la cintura y atrapó uno de mis pezones con la boca, chupándolo fuerte, tirando con los dientes, pasando de uno al otro sin dejar de moverme los dedos adentro. Yo me colgaba de su cuello, temblando, sintiendo cómo el pulgar me buscaba el clítoris y me lo frotaba en círculos hasta que se me doblaron las rodillas.
—Vas a acabar así, parada, como una perra —me dijo—. Después te la voy a meter.
Y acabé. Me corrí en su mano mordiéndole el hombro para no gritar, con las paredes del coño apretándole los dedos y un chorro tibio bajándome por el muslo.
Se separó un momento, se sentó en la silla y se bajó el pantalón. Cuando lo vi, se me cortó la respiración. La tenía grande, gruesa, con la vena marcada de arriba abajo y la cabeza morada y brillante de las ganas. Era más de lo que había tenido nunca.
—Ven —dijo con calma, agarrándosela por la base—. Es tuya. Por algo te dije que te esperaba. Ahora chupámela toda.
Me arrodillé frente a él y la tomé con las dos manos. Apenas me cabía. La besé en la punta, saqué la lengua y le lamí desde los huevos hasta la cabeza, despacio, mirándolo a los ojos. Después me la metí en la boca. Al principio solo la puntita, pasándole la lengua por el frenillo, y él dejó escapar un gruñido que me mojó todavía más.
—Así, mamámela toda, hasta el fondo.
Me la fui tragando de a poco, hasta que sentí que me golpeaba la garganta y las lágrimas me nublaban la vista. La saqué con un hilo de saliva, respiré, y volví a metérmela. Le agarré los huevos con una mano y con la otra le hice una paja mientras la chupaba, subiendo y bajando la cabeza, dejando que se me escurriera la baba por la barbilla. Él me agarró del pelo y empezó a marcarme el ritmo, follándome la boca sin piedad, hasta que noté cómo se me hinchaba todavía más entre los labios.
—Basta o me corro en esa boquita —gruñó, apartándome.
Me levantó y me llevó al sillón que tenía pegado a la pared.
—Quiero probar ese coñito.
Me puso en cuatro, hizo la tanga a un lado y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí su lengua caliente pasearme por el coño, de atrás para adelante, chupándome los labios, entrando con la punta, y después subiendo hasta mi culito para lamérmelo también, sin asco, dando vueltas alrededor del hoyito y clavando la lengua. Lo hacía tan bien que yo solo gemía y empujaba la cadera contra su cara, restregándome sobre su boca como una perra en celo. Me metió dos dedos en el coño y siguió lamiéndome el culo hasta que empecé a temblar entera.
—Me voy a correr otra vez —jadeé.
—Correte en mi lengua.
Y me corrí. Grité contra el respaldo del sillón, apretándole los dedos con el coño, con las piernas convulsionando. Cuando ya no aguantaba más, se incorporó.
—Ahora sí. Ahora te voy a partir en dos.
Se puso detrás, me pasó la cabeza de la polla por los labios del coño, embarrándose en mi jugo, y entró despacio, abriéndome paso centímetro a centímetro, mientras yo escurría de las ganas. Sentí cómo me llenaba, cómo me estiraba, cómo tocaba fondo hasta hacerme soltar un gemido ronco. Me sujetó de la cintura y empezó a embestir, cada vez más fuerte, sacándola casi entera y volviéndola a clavar de un golpe seco. El sonido de sus huevos golpeándome el clítoris llenaba el cuarto.
—Qué rico coño tenés, puta —gruñía—. Apretame la verga con eso.
No pude evitar gritar.
—Calla, mi mamá nos va a oír —susurré, repitiendo lo que él mismo me decía con una risa entre los dientes, aunque él me contestaba clavándomela más fuerte.
Me tiró del pelo hacia atrás, me arqueó la espalda y me cogió así un buen rato, con una mano en la cintura y la otra apretándome una teta. Después cambiamos de posición. Se sentó en el sillón y me pidió que lo montara. Obedecí. Me acomodé sobre él de espaldas, agarré su polla con la mano y me fui bajando de a poco, sintiéndola entrar entera, hasta que el culo me tocó sus muslos. Lo cabalgué despacio al principio, subiendo y bajando, sintiéndolo hasta el fondo, y luego más rápido, perdida en la sensación, rebotando sobre él con las tetas al aire y los ojos en blanco. Fue justo entonces cuando se abrió la puerta.
***
El hermano menor entró sin avisar. Me quedé congelada, ensartada y a medio movimiento, con la polla del mayor hundida hasta el fondo, y el instinto de cubrirme. Pero el mayor me sostuvo de las caderas y me obligó a seguir moviéndome.
—Tranquila, seguí cabalgándomela —dijo, y luego, a su hermano—: Date una vuelta, hermano.
—¿Por qué me voy? —respondió el otro sin moverse de la puerta, mirándome fijo las tetas que rebotaban—. Ella también puede hacerme feliz a mí. Mirala cómo goza.
El mayor me giró la cara hacia él, sin dejar de embestirme desde abajo.
—¿Lo harías? ¿Lo hacés feliz a él también? ¿Le mamás la verga a mi hermano mientras yo te cojo?
Me quedé callada un segundo. Cuando volteé hacia el menor, ya se había quitado la ropa, y tenía una polla tan grande y gruesa como la de su hermano, dura, apuntándome. Algo dentro de mí se rindió. Asentí despacio, mordiéndome el labio. Volví a moverme sobre el mayor, retomando el ritmo, y el menor se acercó y me la puso en la boca sin decir una palabra. La abrí y se la tragué de golpe, chupándola mientras rebotaba sobre su hermano. Los dos me tenían atravesada, uno en el coño y otro en la boca, y yo gemía con la verga adentro, ahogándome, dejando que me follaran la cara y las caderas al mismo tiempo.
Después perdí de vista al menor un momento hasta que lo sentí detrás de mí, con las manos separándome las nalgas y la lengua recorriéndome el culito. Bajé el ritmo sobre el mayor para facilitarle el trabajo. El menor empezó con un dedo, embarrado en su saliva, luego dos, abriéndome con paciencia porque hacía meses que no lo hacía por ahí. Me lo estiraba con calma, girando los dedos, mientras yo seguía ensartada en su hermano.
—Está apretadito —murmuró él—. Se te va a dilatar bien.
Cuando me sintió lista, se escupió en la mano, se embadurnó la polla y me puso la cabeza en el culo. Apreté los dientes y lo dejé entrar. Sentí la tensión, el ardor del principio, un pinchazo que me hizo contener el aire, y después, cuando pasó el aro, un placer profundo que me nubló la mente. Estaba partida entre los dos hermanos, quietecita un segundo, con una polla en el coño y otra en el culo, asimilando lo imposible.
—Ya la tengo toda adentro —dijo el menor, apretando los dientes—. Qué culo, hermano, la tengo toda adentro.
Empezaron a coordinarse. Uno entraba mientras el otro salía, sin dejarme un respiro, sincronizados como si lo hubieran ensayado mil veces. Sentía las dos vergas rozándose adentro, separadas apenas por una pared de carne, llenándome cada hueco, y yo gemía sin control, mordiendo el respaldo del sillón para no despertar a media casa. El mayor me chupaba las tetas mientras el menor me clavaba las uñas en las caderas y me embestía por atrás. Tuve un par de orgasmos seguidos, uno tras otro, con el coño y el culo apretándolos al mismo tiempo, hasta perder la cuenta y quedarme babeando sobre el hombro del mayor.
—Me vengo —gruñó el mayor de repente—. Me vengo adentro.
—Sí, adentro —le rogué—, llenámelo entero.
El mayor fue el primero en terminar, clavándomela hasta el fondo y vaciándose dentro de mí con un espasmo largo que sentí entero, chorro tras chorro llenándome el coño. Poco después, el menor apretó más fuerte, me embistió unas cuantas veces seguidas y también se soltó, corriéndose adentro de mi culo con un gruñido ahogado. Sentí la corrida caliente inundándome por atrás, resbalando hacia afuera cuando empezó a moverse.
Cuando salieron, me pidieron que los limpiara a los dos con la boca, y lo hice sin pensarlo, todavía temblando, arrodillada entre los dos. Les lamí las pollas una por una, chupando hasta la última gota de semen mezclado con mis jugos, mirándolos a los ojos mientras me tragaba todo. Ellos me sostenían la cabeza y sonreían.
Me vestí en silencio, con el coño y el culo chorreando corrida, y volví a mi cuarto de puntillas. A la mañana siguiente amanecí adolorida, con las piernas abiertas, y las sábanas manchadas, pero más satisfecha que nunca en mi vida.
Después de esa noche seguí con ellos, aunque quedaron tan encantados que ya no quisieron compartirme. Me buscaban por separado, cada uno por su cuenta, cuidando que el otro no se enterara. Y yo, lo confieso, los dejaba a los dos meterme lo que quisieran donde quisieran. Esa es una de esas experiencias reales que una nunca olvida.