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Relatos Ardientes

El hombre del piso de abajo sabía esperar

Esto pasó hace tres años y todavía pienso en ello más de lo que debería.

Me llamo Valeria. Tenía veintinueve años cuando ocurrió, trabajaba cosiendo ropa a destajo desde casa, y llevaba tres años viviendo con Rodrigo, mi novio de entonces. Éramos el tipo de pareja que se instala en una rutina sin cuestionarse nada: él trabajaba en una compañía de seguros, yo en casa, y la vida pasaba tranquila y sin sobresaltos. No era mala vida. Solo era eso: tranquila. En la cama era igual: dos minutos de manoseo, él encima, dos minutos más y a dormir. Hacía meses que no me corría con él, y ya ni me molestaba en fingir.

Cuando nos mudamos al país nuevo, el que lo hizo posible fue el tío de Rodrigo. Aurelio. Cincuenta y cinco años, mecánico de camiones, dueño de su propio taller a dos kilómetros de la casa. Una persona directa, de pocas palabras, que nos cedió el piso de arriba mientras nos asentábamos. Nosotros ocupábamos el segundo; él vivía en el primero.

Aurelio era alto, por lo menos un metro noventa, moreno, con una barba cerrada que le daba un aspecto entre rudo y severo. No era el tipo de hombre al que uno imagina con malas intenciones. No hablaba de más, no preguntaba de más. Nos ofrecía café, se interesaba por cómo estábamos, y seguía con lo suyo. Rodrigo le tenía cariño; yo lo veía como una figura de autoridad, alguien a quien respetar y no molestar.

Pero hay personas que te miran de una manera que se nota aunque no quieras notarlo.

***

El domingo que todo empezó, Rodrigo había salido temprano. Yo me había instalado en la terraza con la máquina de coser y un montón de prendas atrasadas. Llevaba horas trabajando cuando escuché pasos en la escalera y la puerta que daba a la terraza se abrió.

Era Aurelio.

—No sabía que estabas aquí —dijo, deteniéndose en el umbral.

—Me levanté temprano. Rodrigo trabaja hoy.

Asintió sin moverse. Me miró un segundo más de lo necesario antes de decir:

—¿Te traigo café?

—Claro, gracias.

Volvió con dos tazas y se sentó en la silla de enfrente. Hablamos de cosas sin importancia: la economía, el barrio, mi familia. Era fácil hablar con él cuando no lo pensaba como el tío de mi novio sino simplemente como un hombre sentado al sol con una taza en la mano.

Después me preguntó si sabía algo de informática.

—Tengo que registrar unos documentos para un crédito en el banco —explicó—. No sé bien cómo hacerlo.

—Puedo ayudarte cuando termine aquí.

—No hay apuro.

Terminé de rematarle el dobladillo a un vestido y me levanté. Llevaba una licra ajustada y una blusa corta, la ropa que usaba cuando estaba sola en casa. No me había dado cuenta de lo que traía puesto hasta que tuve que bajar al piso de abajo.

Su cuarto estaba algo desordenado, como suelen estarlo los cuartos de los hombres que viven solos: ropa doblada encima de la silla, herramientas sobre una mesa al fondo, una cama grande contra la pared. Me senté frente a la computadora y crucé las piernas. Él acercó una silla y se sentó a mi lado.

Mientras ingresaba sus datos, me dijo su edad en voz alta, como si acabara de recordarla.

—Cincuenta y cinco. Ya estoy viejo.

—No parece —respondí sin pensar.

Él sonrió. Una sonrisa corta, sin prisa. No dijo nada más.

Terminé en veinte minutos, le expliqué qué había hecho y me levanté para irme. Cuando salí al pasillo sentí su mirada en la espalda. No me di vuelta.

***

Después de ese día algo cambió entre nosotros, aunque ninguno de los dos lo nombrara.

Aurelio empezó a saludarme diferente. Si había alguien cerca, era el mismo de siempre: un gesto con la cabeza, un «buenos días» de rutina. Pero cuando estábamos solos, se acercaba, me daba un beso en la mejilla que duraba un segundo más de lo normal, y se iba sin decir nada.

Una tarde, cuando Rodrigo había bajado al carro a buscar algo, Aurelio me saludó en el pasillo y en lugar de la mejilla me besó en la boca. Fue rápido, suave, casi como si hubiera sido un error de cálculo. Se disculpó de inmediato y desapareció escaleras abajo antes de que yo pudiera reaccionar.

Me quedé quieta en el pasillo, la mano apoyada en la pared, y sentí cómo se me apretaban los pezones bajo la blusa.

¿Qué acaba de pasar?

No le dije nada a Rodrigo.

***

Un sábado por la noche bajamos juntos a comprar hamburguesas y encontramos a Aurelio en el patio tomando cerveza con una mujer. Morena, muy guapa, con una risa fácil. Saludamos y seguimos. Rodrigo comentó algo gracioso sobre su tío y me tomó de la mano.

Esa noche, cerca de las dos de la madrugada, me desperté con ruidos abajo. Bajé a buscar agua y al pasar junto a la puerta del cuarto de Aurelio escuché con claridad la voz de una mujer.

—Así, así... no pares... más adentro, papi, más adentro...

Me quedé pegada a la pared del pasillo escuchando. Se oía el golpe seco de una cama contra el muro, un ritmo firme, sin apuro. La mujer gemía como si le estuvieran arrancando algo desde muy adentro. Después un gruñido grave de él, largo, y ella soltando insultos entrecortados, pidiendo que no se saliera, que se corriera dentro. Sentí que la licra del pijama se me pegaba entre las piernas. Volví a subir sin el agua, me metí en la cama al lado de Rodrigo que roncaba, y me toqué en silencio hasta que me corrí mordiendo la almohada.

Por la mañana, cuando salí a la terraza con la máquina, Aurelio abrió la puerta al poco rato y se asomó. Llevaba solo el paño de ducha enrollado a la cintura. Me dijo que no sabía que estaba ahí y que iba a preparar café. Hablamos un momento. Yo miraba la pantalla de la máquina, pero de reojo veía el tejido ajustado a su cuerpo. Cuando se inclinó para alcanzar su taza, el paño se tensó y noté que debajo había algo considerable. Un bulto largo, grueso, que le colgaba pesado por el muslo.

Eso debe ser normal. No lo mires.

Antes de entrar, me dijo que quería pedirme el número de teléfono. Para cualquier cosa que necesitara, nunca se sabía. Se lo di sin pensarlo demasiado.

Luego lo vi desde la ventana de la terraza caminando hacia el patio. En un momento se soltó el paño, lo recogió del suelo con calma y siguió caminando unos pasos antes de envolverse de nuevo. Solo medio de lado, pero lo suficiente. Le vi la polla entera: gorda, oscura, con la cabeza gruesa y las venas marcadas, colgándole medio dura entre las piernas. Se me secó la boca.

Ese hijo de puta sabe exactamente lo que está haciendo.

***

Esa misma tarde me escribió al celular.

Llevaba el apartamento a medias de limpiar: tenía puesta una licra corta, una blusita fina sin sujetador y unas sandalias de tiras. No tenía nada mejor a mano, así que bajé así.

Él estaba en la cocina cuando entré. Olía a taller, a aceite y a algo limpio mezclado. Llevaba el overol de trabajo puesto. Me sirvió café, nos sentamos, y por un momento pareció que iba a ser igual que la otra vez: yo ayudando con la computadora y él asintiendo sin entender del todo.

Entonces me dijo:

—Quería hablar de aquella tarde.

—¿Cuál? —pregunté, aunque sabía perfectamente cuál.

—El beso en el pasillo. Se me fue. Me dio pena.

—No tiene importancia, Aurelio. Olvidémoslo.

—Para mí sí tiene importancia. —Hizo una pausa—. La verdad es que llevas tiempo en mi cabeza. No sé qué me pasa cuando estás cerca.

Lo miré. Él me miraba a mí, y en ese momento noté que no estaba incómodo ni avergonzado. Era alguien que había decidido decir algo y lo estaba diciendo sin rodeos.

—Eso debe ser la confusión de vivir en el mismo espacio —respondí, intentando mantener el tono casual—. Nos cruzamos mucho.

—No es confusión. Es que me la pongo dura pensando en vos.

Hubo un silencio. Él se acercó un poco más en la silla. Yo seguía mirando la pantalla.

—Te escucho cuando estás arriba con Rodrigo, ¿sabes? —dijo, más bajo—. Escucho la cama moverse dos minutos y después nada. Él te folla y no te hace ni un ruido. Ni un gemido. Y él no te escucha a vos, pero yo sí. Sé que te quedás con las ganas.

No respondí. Esas palabras me golpearon de una manera que no esperaba, porque eran verdad y yo lo sabía, y nunca lo había dicho en voz alta.

Entonces sentí su mano sobre mi rodilla.

Era una mano grande, de trabajo, con los nudillos un poco ásperos. No apretó. Solo la dejó ahí.

—Déjame —le dije.

—Solo quiero hablar.

Pero ya no estaba hablando. Se había acercado y pasaba los labios por mi cuello, muy despacio, sin ninguna prisa. La barba raspaba levemente. Tocó un punto que yo no sabía que tenía hasta ese momento y solté el aire de golpe.

Para. Para ahora mismo.

Pero no paré.

Su mano empezó a subir por mi muslo. La detuve con la mía. Él me la tomó con suavidad, la apartó a un lado, y siguió.

—Tranquila —dijo en voz baja—. Déjate.

Cerré los ojos. La barba en mi cuello, su voz cerca del oído, la mano que llegó entre mis piernas y presionó sobre la tela. Los dedos gruesos frotaron por encima de la licra, apretando justo donde tenía el clítoris, y se me escapó un jadeo. Buscó el borde de la licra y metió la mano por dentro. Sin bragas. Se rio bajito cuando lo descubrió.

—Mirá vos —murmuró—. Bajaste sin nada.

—No me di cuenta.

—Sí te diste cuenta.

Sus dedos se deslizaron entre los labios de mi coño y encontraron la humedad sin buscar. Uno entró, después dos, moviéndose despacio, sacándolos empapados y volviendo a meterlos. Con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos lentos. Se me aflojaron las rodillas contra la silla.

—Estás chorreando —dijo simplemente—. Todo esto es por mí, Valeria.

—Es el calor —respondí, con la voz rota.

Se rio muy bajito y hundió los dedos más adentro, curvándolos hacia arriba, y me arrancó un gemido que no pude tragarme. Con la otra mano me subió la blusa, se agachó y me chupó un pezón entero, tirando con los dientes y con la lengua a la vez. Yo le agarré la cabeza sin darme cuenta y lo apreté contra mi pecho.

—Bajate del taburete —me ordenó.

Le hice caso.

Me llevó a su cama sin que yo opusiera demasiada resistencia. Me senté en el borde. Él se arrodilló frente a mí, me quitó la licra tirando de ella hacia abajo por los tobillos, y se quedó un momento mirándome el coño abierto antes de agacharse.

—Qué rico coño tenés —murmuró—. Rosado, chiquito, todo mojado para mí.

Me abrió las piernas con las dos manos, me las echó sobre sus hombros, y pegó la boca ahí abajo. Cuando pasó la lengua por mí de abajo hacia arriba, larga y lenta, cerré los ojos y me aferré a las sábanas con las dos manos. La barba me raspaba el interior de los muslos y me quemaba, pero no de dolor. Chupaba los labios, los mordisqueaba con cuidado, y cada dos o tres pasadas se detenía en el clítoris y lo lamía en círculos, después con la punta, después atrapándolo entre los labios y succionando.

Era paciente. No tenía ninguna prisa. Sabía exactamente dónde y cómo, y lo hacía con una calma que Rodrigo nunca había tenido. Empujé su cabeza una vez, sin pensar, y él respondió con más presión, con más tiempo. Metió dos dedos y siguió chupando el clítoris al mismo tiempo, moviendo los dedos dentro con un ritmo lento que me subía la espalda de la cama.

—Ay, dios... —dejé escapar—. No pares, no pares...

—No paro, mi amor. Correte en mi boca.

Moví las caderas contra su cara, sin vergüenza ya, empujando el coño contra su lengua, y cuando aceleró la succión sobre el clítoris me corrí con un grito que apagué mordiéndome el dorso de la mano. Todo el cuerpo se me sacudió sobre la cama, las piernas apretándole la cabeza, y él siguió chupando hasta el último temblor, bebiéndose todo lo que le solté encima.

No debería estar haciendo esto.

Pero lo estaba haciendo.

Cuando se levantó, tenía la cara brillante de mí, la barba mojada, y se relamió sin quitarme los ojos de encima. Se bajó el cierre del overol, se lo desprendió por los hombros y se lo dejó caer a los tobillos. Debajo llevaba solo una camiseta sin mangas y nada más. Su polla saltó libre y se me cortó el aliento.

La tenía dura, gruesa, mucho más larga que la de Rodrigo, con la cabeza morada e hinchada y una vena gorda subiendo por debajo. Le colgaban dos huevos pesados. Me quedé mirándosela sin poder disimularlo, con la boca entreabierta.

—No —dije—. Eso no va a caber.

—Sí va —respondió, con la misma calma de antes—. Vení. Chupámela primero, así te acostumbrás al tamaño.

Me deslicé de la cama al suelo, arrodillada frente a él, y la agarré con la mano. Pesaba. No me llegaban los dedos a cerrarse alrededor. Le pasé la lengua por la cabeza, probándolo, salado y limpio, y él soltó un gruñido bajo. Abrí la boca y me metí toda la punta, después un poco más, chupando despacio.

—Así, así... más adentro —me dijo, agarrándome del pelo—. Con la lengua abajo.

Le hice caso. Me la fue empujando hasta que me tocó el fondo de la garganta y tuve que sacarla para respirar, con un hilo de baba colgando del labio. La volví a meter, más despacio, y le acaricié los huevos con la mano libre. Él me guiaba la cabeza con las dos manos, marcando el ritmo, follándome la boca con embestidas cortas.

—Qué bien la chupás, puta. Rodrigo no te enseñó esto.

La saqué, jadeando, con la mano bombeándosela.

—Cállate.

—No. Decilo. Decí que él no te la coge así.

—No me la coge así.

—Bien. Ahora subí a la cama.

Me tiró del brazo y me acostó boca arriba. Se subió encima con las rodillas entre las mías, empujándomelas abiertas, y se agarró la polla con la mano para restregarme la cabeza por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en mi humedad.

—Aurelio, en serio... más despacio...

—Voy despacio, mi amor. Aguantame.

Empujó. La cabeza entró de una y se me escapó un quejido. Se quedó ahí un momento, mirándome la cara, y después siguió empujando, milímetro a milímetro, abriéndome. Cerré los ojos con fuerza y me mordí el labio. Dolía, pero no de la manera mala. Era una presión que llenaba todo y que me dejó sin aire durante un segundo. Lo sujeté por los brazos, clavándole las uñas. Él no se movió hasta que se lo permití con el cuerpo, un relajamiento pequeño, involuntario. Terminó de meterla entera hasta que sentí los huevos contra el culo, y ahí se detuvo.

—¿Toda? —le pregunté sin abrir los ojos.

—Toda. Todita adentro.

Empezó a moverse. Salidas largas, casi hasta la punta, y de vuelta hasta el fondo, sin apuro, dejándome sentir cada centímetro. La cama empezó a crujir bajito. Yo dejé de pensar en Rodrigo, en el piso de arriba, en lo que significaba todo aquello.

Solo sentía.

—Mirame —me dijo—. Abrí los ojos y mirame mientras te la meto.

Los abrí. Estaba encima de mí, con la mandíbula apretada, los brazos a los lados de mi cabeza, cogiéndome con una calma feroz. Me sostuvo la mirada mientras entraba y salía, y no pude apartar los ojos.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Sí.

—Decilo entero.

—Me gusta cómo me la metés.

—¿Mejor que él?

—Mejor.

Sonrió y aceleró. Ahora las embestidas eran más duras, el sonido húmedo llenaba el cuarto, y los muelles de la cama chirriaban con cada golpe. Me agarró una pierna, me la dobló contra el pecho y se hundió más profundo desde ese ángulo. Grité, apagado, y me tapé la boca con la mano. Él me la apartó.

—No. Quiero oírte. Rodrigo no está.

—Me van a escuchar los vecinos...

—Que escuchen.

Me la seguía metiendo, cada vez más fuerte, y yo ya no podía cerrar la boca. Se me escapaban gemidos, insultos, cosas que no había dicho en años. Me puso boca abajo, me levantó las caderas con las dos manos, y me la volvió a meter por detrás de una sola vez. Le grité en la almohada. Empezó a follarme así, sujetándome de la cintura, con embestidas duras que me hacían golpear la cabecera de la cama.

—Dame el culo —me dijo, agarrándome una nalga y abriéndomela—. Todo entero, Valeria. Sos mía esta tarde.

—Sí... sí, papi... como quieras... —Ya no controlaba lo que decía.

Me pasó el pulgar mojado en saliva sobre el agujero del culo y presionó apenas, sin meterlo, y solo con eso me corrí otra vez, gritando en la almohada, apretándole la polla desde adentro con espasmos que no podía parar. Él gruñó, siguió empujando dentro de mis apretones, y a los pocos golpes lo sentí ponerse rígido.

—Me voy a correr —jadeó—. ¿Adentro?

—Afuera, afuera...

La sacó justo a tiempo, y me sentí la espalda y el culo bañados con chorros calientes, uno tras otro, mientras él soltaba un rugido grave y se vaciaba a través de las nalgas y la parte baja de la espalda. Fueron muchos, y espesos. Me dejó caer boca abajo, temblando, con las piernas todavía separadas y el semen escurriéndome por los costados.

Se quedó quieto un momento y luego se apartó. Me levanté en cuanto pude, busqué la ropa con dedos torpes, me la puse de cualquier manera pegándomela a la piel manchada. Él se recostó en la cama, con la polla todavía brillante y a medio bajar, y me tomó de la cintura desde atrás.

—Quédate un rato. Te la meto otra vez.

—No puedo.

Subí descalza, cerré la puerta del apartamento y fui directamente al baño. Me quedé bajo el agua caliente un buen rato, con el olor a aceite de taller, a él, y a semen todavía mezclado en la piel. Me lavé por dentro con la mano y sentí que seguía chorreando lo suyo. Entre las piernas me ardía de una manera nueva, buena, y tenía las marcas rojas de la barba en el cuello y en los muslos.

¿Qué hice?

No había respuesta fácil para eso. Solo el agua caliente, y el silencio del piso de arriba, y los pasos de Aurelio moviéndose tranquilamente en el de abajo.

Esa fue la primera vez. Solo la primera.

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Comentarios(10)

melinda_scl

Excelente!!! me tuvo enganchada hasta el final

Gastón_86

Uff, que relato tan bien contado. Se siente real, eso es lo que mas me gusta de estos

PatriciaH

Por favor seguí con una segunda parte, no puede quedar así

RojoNocturno

Me recordó a algo que me pasó hace años con un vecino... estas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree jaja

LuciaRdP

Muy bueno, la tensión al principio es lo mejor. Seguí escribiendo!

Chepe92

genail!!! tremendo relato

NightReader_ARG

La forma en que lo narraste me hizo sentir que estaba ahi. 5 estrellas sin dudas

Nomar

Esa espera que mencionas en el titulo lo dice todo. Muy bueno

SofiaKV

Esperando mas relatos tuyos, escribis increible. Saludos desde Córdoba!

etchegaray

corto pero intenso, quede con ganas de mas :)

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