Confieso lo que pasó en aquel viaje de cumpleaños
Todavía estaba dándole vueltas a lo que acababa de hacer con Marcus. Seguía medio desnuda, con los pechos al aire y un sabor ajeno en la boca, intentando convencerme de que el imbécil de mi marido se lo merecía por haberme metido la idea en la cabeza. Pero la verdad era más simple: yo había aceptado. Yo había dicho que sí.
Y ahora caminábamos hacia la suite a terminar lo que habíamos empezado. No pensaba detenerme.
Carolina seguía con el vestido enrollado en la cintura, hecho un nudo. Se levantó como si nada, se alisó la falda sin ropa interior y se acomodó las tiras que apenas le cubrían los senos. Su tanga había desaparecido en algún rincón de la discoteca. De mi sostén ni rastro: lo tenía Marcus, guardado como un trofeo.
El lugar era un descontrol. La gente ya cogía sin disimulo, sin importarle quién se sentara al lado a mirar. Parejas que se intercambiaban, mujeres entre ellas frente a sus hombres. Yo, que jamás había visto algo así, descubría con un escalofrío que me gustaba. Me excitaba mirar. Y lo más perturbador era que ver a mi propia hermana entregada de esa forma me encendía como nada.
Nos terminamos los últimos tragos de la mesa. El alcohol me ayudó a pasar ese sabor que, aunque me había gustado, me devolvía la culpa. Cruzamos entre las mesas esquivando cuerpos. En una de ellas reconocí a Sofía y Ricardo, a Paula y Esteban, todos cambiados de pareja, riéndose entre gemidos como si fuera lo más natural del mundo.
Me detuve un instante. Esteban tenía a Paula doblada sobre la silla, y la cara de él era de pura felicidad. ¿Cómo puedo estar pensando esto?, me dije, imaginándome de pronto en el lugar de ella. Nunca había hecho nada parecido con Mateo en todos estos años, y ahí estaba, fantaseando con cosas que ni sabía que deseaba.
—¿Te gusta lo que ves? —me susurró Marcus al oído.
—Esa pareja estuvo con nosotros en el velero esta mañana —contesté, esquivando la pregunta—. Aunque ella no es la mujer de ese tipo.
Él sonrió, sin presionar. Salimos tomados de la mano, como si fuéramos pareja. Carolina iba colgada del brazo de Damián, que no dejaba de meterle mano, levantarle la falda y dejarle el trasero al aire en cada rincón del pasillo.
***
Lo de Marcus era distinto. En toda la noche no me había forzado a nada. Con paciencia, con frases al oído, con caricias que iban subiendo de temperatura, había ido desarmando mi voluntad pieza por pieza, enseñándome que me gustaba exhibirme y que me excitaba ver a otros disfrutar. Yo me dejé. Y ahora me llevaba abrazada, besándome el cuello, recorriéndome las curvas, sin desnudarme delante de nadie como hacía Damián con mi hermana.
Carolina, en cambio, iba feliz de que la manosearan a la vista de todos. Ella misma le había sacado el miembro a Damián y se lo besaba en la punta entre risas, como una golosa sin paciencia.
En mi cabeza la decisión ya estaba tomada. Íbamos a consumar la infidelidad que habíamos empezado en la pista. Marcus me alzaba en brazos por momentos, como si fuera una muñeca, me besaba el cuello hasta hacerme cerrar los ojos. Casi llegando a la suite me le trepé encima, igual que en la discoteca, para besarlo mientras él me cargaba hasta la puerta.
Al entrar, Carolina dejó caer su vestido al suelo, completamente desnuda. Le quitó la camisa y la bermuda a Damián, lo tomó de la mano y desapareció en su habitación dejando la puerta entreabierta. Yo llevé a Marcus a la mía. Tampoco cerré: quería escuchar.
***
Empezó a besarme despacio, como un enamorado primerizo, mientras yo le sacaba la camisa y le bajaba el pantalón hasta dejar al descubierto ese miembro que minutos antes había probado en la pista. Él me quitó el vestido por la cabeza y me dejó solo en tanga. Me recorrió el cuerpo con las manos como si lo explorara por primera vez, como si todo lo anterior hubiera sido apenas un aperitivo para esto.
De la habitación de al lado llegaban los gemidos de Carolina, cada vez más altos, seguramente audibles en medio hotel. En otro momento me habrían parecido vulgares; esa noche eran música. Sentí el calor del cuerpo de Marcus contra el mío y supe que ya no aguantaba más.
Me sentó en la cama, me acostó y me giró de manera que mi cabeza colgaba del borde. Pensé que quería que se la chupara en esa pose, pero me levantó de nuevo, me dejó boca abajo y acomodó su boca sobre mi sexo mientras su miembro quedaba justo frente a mis labios. Su lengua empezó a recorrerme, a entrar y salir, arrancándome gemidos que no podía contener. Cerré los ojos y traté de gemir bajito, para que mi hermana no me oyera, aunque a Carolina eso no parecía importarle: sus gritos subían un escalón más cada vez.
Abrí los ojos y ahí estaba su miembro, colgando frente a mí, más grueso y más largo que el de Mateo, de un color café oscuro que me sedujo de inmediato. Lo tomé con la mano y me lo metí en la boca, lamiéndolo de cabeza, vulnerable, mientras le acariciaba los testículos con la otra mano. Era una felación distinta a todas las que le había hecho a mi marido en años de matrimonio. Su lengua subía por mi sexo, llegaba hasta el borde de mi ano y volvía a bajar, y yo descubría un placer que ni en mis mejores noches con Mateo había conocido.
***
Los gemidos de Carolina se convirtieron de pronto en algo entre el grito y el llanto. Me asusté. Solté el miembro de Marcus.
—¿Qué le está pasando a mi hermana? Grita demasiado —dije, nerviosa.
Como si me leyera la mente, me bajó con cuidado y me acomodó en la cama. Se acercó a mi oído.
—Mi primo ya la está penetrando. Tranquila. En un rato la vas a oír gemir de placer otra vez.
Me sonrojé imaginándolo. Por un instante sentí pena por ella.
—Carolina llevaba mucho tiempo sin estar con un hombre —confesé sin saber por qué—. Debe dolerle.
—Ya no va a ser así —respondió, con una mueca burlona que me dejó la cara ardiendo.
***
Marcus me levantó las piernas y apoyó su glande contra mi entrada. Le puse las manos en el pecho.
—Despacio, por favor. Eres apenas el segundo hombre en toda mi vida.
Algo se le iluminó en la cara con esa confesión. Empezó a frotarse de arriba abajo, despacio, hasta que entró la punta. La sacó. Volvió a entrar un poco más. Mi respiración se aceleró, mi cuerpo se tensó, las piernas me temblaban. Era la primera vez que sentía a otro hombre que no fuera mi marido. Repitió el movimiento varias veces, paciente, hasta que de pronto entró más de la mitad y solté un gemido largo.
Las embestidas se fueron haciendo más profundas. Al principio dolía, como si mis paredes tuvieran que aprender de nuevo el grosor de otro cuerpo. Después de unos minutos lo sentí entrar entero, y lo que salió de mi boca ya no fue un gemido sino un grito, igual a los de Carolina al otro lado de la pared, que ahora gemía de un modo escandaloso, sin freno, contagiándome.
Marcus me soltó las piernas y se acostó sobre mí. En esa postura me llenaba por completo, me chupaba los pezones alternándolos, me besaba mientras me sujetaba las manos contra la cama. Descubrí otro placer nuevo: el de que te penetren mientras te muerden los senos. Así estuvimos un buen rato. Y entendí que ya estaba hecho, que ya le había sido infiel a Mateo con sus propias ganas de compartirme, y que no me sentía culpable. Me sentía, por primera vez, deseada.
***
Me levantó pegada a su torso, se arrodilló en la cama sin salirse y empezó a subirme y bajarme tomándome de las nalgas. Sentirlo entero, sostenida en el aire, con su miembro llenándome por completo, era una sensación que no sabía nombrar. Y saber que en el cuarto de al lado mi hermana también estaba entregada a otro hombre me encendía todavía más. Le hundí los dedos en el pelo, le arañé la espalda, lo abracé como si fuera mío.
El primer orgasmo me hizo aullar. Las piernas me temblaron y sentí cómo me escurría por dentro hasta mojarle los muslos. Sin darme respiro, me recostó, me puso en cuatro y volvió a entrar, esta vez sin compasión, con una fuerza que me sacaba gemidos de placer mezclados con dolor. Se aferró a mis caderas, me apretó las nalgas, salía casi por completo para volver a clavarse hasta el fondo.
Y entonces, por una razón que todavía no entiendo, recordé el dedo de Esteban en el ano de Paula y sentí una necesidad absurda.
—Quiero que me metas un dedo —dije. Fue lo único que se oyó.
Como si fuera una orden, sentí su pulgar abrirse paso en mi ano virgen mientras seguía embistiéndome. No dolía. Solo placer. Un segundo orgasmo me sacudió entera, los ojos se me dieron vuelta, y desde la otra habitación los gritos de Carolina hacían eco de los míos.
***
Marcus se acercó y me preguntó al oído si podía terminar dentro. Me dio miedo: no teníamos preservativo y yo no me cuidaba con nada. Le pedí que no, le ofrecí voltearme y recibirlo en la boca como en la discoteca. Sin protestar salió de mí, me arrodillé, y él, de pie sobre la cama, se frotó hasta vaciarse en mi cara y mi boca. Lo limpié entero, lamiéndolo hasta dejarme caer en el colchón, ahogada y satisfecha como no recordaba haber estado nunca.
Se recostó a mi lado, jugando con mis senos, diciéndome que la noche no había terminado, que lo dejara descansar un poco para seguir. Le agradecí en voz baja por haberme hecho sentir mujer. Y mientras tanto, los gemidos de Carolina volvían a subir, vulgares, imparables.
—¿Quieres ver? —me preguntó Marcus, directo—. ¿Quieres ver cómo Damián se la coge?
Como si fuera otra orden salida de sus labios, asentí con la cabeza. Me tomó de la mano y nos acercamos a la puerta entreabierta.
***
La escena me dejó sin aire. Carolina estaba en cuatro sobre la cama, recibiendo a Damián por detrás, un miembro claramente más grande que el de Marcus entrando y saliendo. Tardé un instante en darme cuenta: no la penetraba por el sexo. La estaba sodomizando. Mi hermana, la que siempre había sido la recatada, la correcta, gemía con los ojos cerrados, los puños aferrados a las sábanas, mirando hacia la puerta y dándose cuenta de que la mirábamos.
Marcus me llevó adentro para que viera de cerca. Yo avanzaba con pasos temblorosos. Damián le sujetaba las caderas, empujando cada vez más hondo, hasta que Carolina convulsionó en un orgasmo y empezó a expulsar chorros que salpicaron las piernas de él, la cama, el piso. Poco después él se vació sobre su espalda y sus nalgas, dejándola completamente cubierta mientras resoplaba como un animal. Nunca había visto nada parecido, ni siquiera en una película.
Mi hermana cayó rendida sobre el colchón. Cuando se recuperó, las dos nos fuimos al baño a quitarnos el sudor y el olor a sexo. Bajo el agua, Carolina me hizo una sola pregunta.
—¿Disfrutaste lo que hiciste?
—Sí —contesté sin dudar—. Mucho. Aunque Marcus es más cariñoso, más delicado que lo que acabo de ver con Damián.
—Aunque no lo creas —dijo ella, sonriendo—, es lo mejor que me ha pasado en la vida. Al principio dolía como nunca, no te voy a mentir. Pero después lo disfruté tanto que ya no me importó dejarlo entrar por donde él quisiera. Quiero repetirlo todos los días que nos queden de viaje.
Su confesión me dejó fría. Y a la vez me invadió una complicidad que confirmaba lo que yo ya sabía: yo también quería seguir, todos esos días, haciendo lo que Marcus me enseñara. Y eso me lo iba a guardar para mí.
***
Cuando salimos, ellos seguían en la cama. Carolina se acercó a Damián y volvió a besarlo, a acariciarle el miembro que ya estaba duro otra vez, entregada a él como una hembra a su macho. Yo me senté entre las piernas de Marcus y empezamos a besarnos mientras él me acariciaba los senos y bajaba la mano hasta mi sexo. Me excitaba no solo su forma de tocarme, sino saber que mi hermana estaba a un metro, perdida en lo suyo.
No puedo describir lo que sentí cuando, más tarde, Carolina dejó de chupar a Damián, se acercó a nosotros y pronunció una frase que me retumbó en los oídos.
—Déjame chupársela a Marcus.
Me quedé pasmada, sin saber qué decir, viendo cómo la cabeza de mi hermana bajaba sobre el miembro de mi hombre y lo lamía con la misma devoción con que lo hacía el suyo. Cinco minutos enteros estuve callada, mirando, antes de que ella regresara con Damián como si compartir el macho de turno fuera lo más normal entre hermanas.
Marcus me tomó de la cabeza, con algo de desesperación, y me devolvió a su miembro. Sabía distinto ahora, pero eso no me impidió metérmelo entero. Casi logro que terminara así cuando me apartó: quería volver a penetrarme.
Me senté a horcajadas sobre él y sentí cómo se abría paso de nuevo, ya sin importarme que mi hermana me oyera. Su piel oscura contrastaba con la mía, sus manos me apretaban las nalgas, un dedo suyo exploraba otra vez mi ano sin pedir permiso. Por primera vez yo tenía el control, y cabalgarlo era distinto a todo. Al lado, Carolina montaba a Damián, y nos mirábamos las dos mientras lo hacíamos, incrédula yo de estar disfrutando del sexo al lado de mi propia hermana.
Cuando Marcus empezó a gemir avisando que llegaba, me arrodillé frente a él y recibí su descarga en la cara, sin quitarles la mirada a ellos. Damián acababa de terminar sobre el rostro de Carolina al mismo tiempo, y mi hermana se relamía como una golosa.
Ya no quedaba ninguna duda. Mateo había dejado de ser el único. Y aquella noche, sin culpa y sin remordimiento, entendí que el placer tenía formas que nunca había imaginado, y que algunas de ellas me gustaban más de lo que jamás me atrevería a confesar en voz alta.