Lo que pasó en la playa mientras él pescaba
Lo que voy a contar ocurrió tal y como lo recuerdo, sin adornos. La vergüenza, el qué dirán, la promesa de fidelidad que le había hecho a mi marido… todo eso se deshizo en una sola tarde, en una playa del sur que aquel verano amaneció sin viento. El aire venía caliente, espeso, como traído de otro continente, y yo llevaba demasiados años sintiéndome invisible dentro de mi propio matrimonio.
Estábamos en un hotel frente al mar, uno de esos sitios tranquilos a los que vas pensando que la calma va a arreglar lo que ya está roto. Esa mañana le pedí a Sergio que se llevara a nuestro hijo a las rocas, a buscar cangrejos. Quería estar sola un rato, le dije. Él obedeció, como obedecía casi siempre, y yo me quedé tumbada en la arena con el biquini desabrochado y los ojos cerrados.
Fue entonces cuando apareció Amadou.
Vendía toallas y pulseras de colores que llevaba colgadas del brazo, y recorría la orilla con una sonrisa cansada de tanto repetirla. Se detuvo a mi lado y se agachó para mostrarme la mercancía. Pero su mirada no estaba en las pulseras. Bajó directa a mi pecho, sin disimulo, sin la torpeza del que se cree que no lo notas. Era una mirada de certeza, no de necesidad. Como si ya supiera lo que iba a pasar antes que yo.
—¿Le gusta alguna? —preguntó, y su acento arrastraba las palabras de una forma que me erizó la piel.
Sergio medía poco más de un metro setenta y hacía años que no me miraba así. Amadou era enorme, ancho de hombros, con unas manos que parecían capaces de rodearme la cintura entera. No me hizo falta pensarlo mucho. Llevaba demasiado tiempo apagada.
—Me gusta esa —dije señalando una cualquiera, sin mirarla.
Se sentó en la arena, a mi lado, con la excusa de mostrarme cómo se ataba. Sus dedos me rozaron la muñeca y luego el antebrazo, despacio, midiendo mi reacción. Yo no me aparté. Cuando su mano subió un poco más y me rozó el borde del biquini, contuve la respiración y entreabrí las piernas apenas unos centímetros. Fue suficiente. Él entendió.
—Tu marido… —dijo en voz baja, mirando hacia las rocas a lo lejos.
—Está ocupado —respondí.
Su dedo encontró mi clítoris por encima de la tela mojada y lo presionó con una seguridad que me dejó sin aire. No fue suave. Fue exacto. Me corrí en cuestión de segundos, mordiéndome el labio para no gritar en plena playa, con la gente paseando a pocos metros y sin enterarse de nada.
***
A lo lejos vi a Sergio enderezarse, alarmado, como si hubiera sentido algo. Empezó a venir hacia nosotros dejando al niño junto a las rocas. Yo todavía temblaba cuando levanté la mano y le grité a dos metros de distancia.
—Quédate con el niño. No volváis hasta dentro de cuatro horas.
Se detuvo en seco. Me miró, miró a Amadou, y entendió. No era la primera vez que veía esa cara suya, la del hombre que decide tragar antes que perderlo todo. Bajó la vista, cogió a nuestro hijo de la mano y se alejó por la orilla sin decir una palabra. Conocía mis impulsos. Sabía que cuando algo se me metía en la cabeza, no había razón que valiera.
—Has echado a tu marido —dijo Amadou, medio sorprendido, medio divertido.
—Y ahora tú vas a hacer que haya valido la pena —contesté.
Me reí de mi propio descaro. Tenía la arena pegada por todas partes y la mano de un desconocido todavía caliente entre las piernas.
—Antes vamos al chiringuito —añadí—. Te invito a algo. Tienes que comer. Necesito que des lo mejor de ti.
Apenas hablaba castellano, pero esa frase la entendió perfectamente. Sonrió y recogió sus toallas.
***
En el chiringuito me gasté lo que llevaba encima en cervezas y en un plato de pescado frito que él devoró como si llevara días sin comer. Lo miraba masticar y pensaba en lo absurdo de la situación: yo, una mujer casada, madre, planificando con calma una traición que minutos antes había sido solo un impulso. Pero no sentía culpa. Sentía un hambre vieja, de esas que llevas tanto tiempo ignorando que terminas confundiéndolas con resignación.
Cuando terminó, me levanté y le hice un gesto con la cabeza hacia los baños del fondo. Me siguió sin preguntar.
El cubículo era estrecho y olía a sal y a cloro. En cuanto cerré el pestillo, él me empujó contra la pared con una delicadeza que no esperaba de un hombre tan grande. Me besó el cuello, los hombros, bajó por el escote y me bajó la parte de arriba del biquini de un tirón. Tenía la boca caliente y las manos por todas partes a la vez. Yo le desabroché el pantalón con los dedos torpes de pura prisa.
—Espera —jadeé—. No tienes…
—No tengo nada —dijo contra mi oído—. ¿Importa?
Estaba ovulando. Lo sabía perfectamente. Llevaba años con el calendario grabado en la cabeza por los intentos fallidos con Sergio. Tendría que haber dicho que no. En cambio, le rodeé la cintura con la pierna y lo guié yo misma.
Los gritos, esos sí que no pude contenerlos. Creo que media playa los oyó.
***
Cuando terminó, los dos resbalamos hasta el suelo del cubículo, sudados y sin aliento. Él apoyó la frente en mi hombro y soltó una risa grave.
—Ahora eres mi mujer —dijo, medio en broma, medio no.
—Ahora soy un problema con patas —respondí mirándome el vientre—. Y puede que tú también te hayas metido en uno.
Me contó, en su español roto, que no tenía papeles, que llevaba dos años buscándose la vida en la playa, que vendía pulseras porque era lo único que había encontrado. Yo lo escuchaba y, en lugar de asustarme, sentía que algo en mí se ablandaba. No sé si fue el sexo o la soledad acumulada, pero en ese baño diminuto decidí que aquello no iba a quedar en una tarde.
***
Salimos al sol como si nada y, sin habernos puesto de acuerdo, corrimos al agua. Me colgué de su cuello, lo abracé con las piernas por debajo de la superficie, donde nadie podía ver, y lo besé por primera vez en la boca, despacio, como no se besa a un desconocido. Él me sostenía sin esfuerzo, meciéndome con el oleaje.
—¿Volveré a verte? —pregunté.
—Si tú quieres —dijo.
Yo quería. Vaya si quería.
Lo subí a la habitación del hotel mientras Sergio seguía con el niño en las rocas, cumpliendo mi orden al pie de la letra. Cerré las cortinas, dejé que entrara solo una línea de luz, y por un momento me quedé mirándolo de pie junto a la cama, todavía con la arena pegada a la piel. Era la primera vez que llevaba a alguien que no fuera mi marido a una habitación pagada con la tarjeta de los dos. Debería haberme parecido sórdido. Me pareció lo más honesto que había hecho en años.
Pasamos un par de horas allí, en una cama de verdad esta vez, sin prisas. Lo traté como a un rey y él se dejó tratar. Aprendí el mapa de su cuerpo despacio, con las manos y con la boca, y dejé que él aprendiera el mío sin esconderle nada. Yo, que llevaba años fingiendo cansancio, dolores de cabeza, sueño, no fingí ni una sola vez. Cada gemido fue de verdad, y eso, más que el sexo, fue lo que me terminó de romper por dentro: darme cuenta de cuánto tiempo llevaba apagada sin saberlo.
Antes de que se marchara le di algo de dinero para ropa y para el transporte, y nos intercambiamos los teléfonos entre besos en la puerta. No lo hice por lástima. Lo hice porque ya sabía que iba a buscarlo otra vez.
***
Bajé corriendo a la playa, todavía con el sabor de su boca y la sal secándose en la piel. Sergio me esperaba derrotado, sentado en la arena, con el niño construyendo un castillo a su lado. Besé a mi hijo, radiante, y luego me senté junto a mi marido. Mandé al pequeño a la orilla a buscar conchas.
—¿Hasta dónde llegó? —preguntó Sergio sin mirarme.
—Hasta el final —dije—. Y creo que voy a volver a verlo.
Apretó la mandíbula. Tardó en hablar.
—Estabas ovulando.
—Sí.
—Eres increíble —escupió—. Te embrujó ese tipo.
—Se llama Amadou —contesté con calma—. Y no era mi intención que pasara esto. Pero pasó, y ahora es lo que más deseo en el mundo.
—Jamás debimos venir aquí.
—Quisiste traerme lejos de las tentaciones —dije, y casi me dio risa—. Y mira. El destino tiene sentido del humor.
Se quedó callado, con la mirada perdida en el horizonte. Yo sabía que estaba calculando ya las mentiras que tendría que contarle a su familia, los silencios, las explicaciones. No me daba pena. Hacía años que el matrimonio era una cáscara y los dos lo sabíamos. La diferencia es que yo, por fin, había decidido hacer algo al respecto.
—No voy a parar, Sergio —añadí en voz baja—. Me he metido en un lío enorme, lo sé. Pero por primera vez en mucho tiempo me siento viva.
Él no respondió. Se levantó y fue hacia el niño.
***
Las semanas siguientes confirmaron lo que ya intuía aquella tarde. Y no, no me arrepentí ni un solo día. Volví a la playa, volví a buscarlo, y lo que empezó como un impulso bajo el sol terminó convirtiéndose en otra vida entera, una que no había planeado pero que reconocí como mía en cuanto la tuve delante.
A veces me pregunto qué habría pasado si aquella mañana no le hubiera pedido a Sergio que se fuera a las rocas. Si me hubiera quedado quieta cuando Amadou se agachó con sus pulseras. Pero esas preguntas no llevan a ninguna parte. Aquel día sin viento, en una playa cualquiera del sur, dejé de ser la mujer que aguantaba y me convertí en la que elige. Y eso, pase lo que pase, ya nadie me lo quita.