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Relatos Ardientes

Lo que hice mientras su mejor amiga nos miraba

4.6 (35)

Llegué al departamento de Rodrigo sin avisar, con la excusa de siempre: aburrimiento, una botella de vino tinto abierta a medias en casa y ningún plan concreto para un martes por la noche. Vivíamos en el mismo edificio desde hacía dos años, él en el cuarto piso y yo en el tercero, y esa vecindad cómoda había derivado en algo parecido a la amistad: películas sin terminar, snacks compartidos, conversaciones que se alargaban más de lo que ninguno de los dos había planeado cuando empezaron.

Abrió la puerta en camiseta y con cara de no haber hecho nada en todo el día. Me hizo un gesto para que pasara y señaló el sofá con la barbilla sin decir nada.

Había alguien más.

Una chica de cabello oscuro y corto estaba sentada con las piernas recogidas sobre el cojín, sujetando un vaso entre las dos manos. Me miró de arriba a abajo sin ninguna expresión en particular. No sonrió.

—Sofía, mi amiga de la universidad —dijo Rodrigo desde la cocina, acomodando vasos—. Sofía, esta es Valentina, mi vecina del tercero.

—Hola —dije yo.

—Hola —respondió ella, con el mismo entusiasmo con que se saluda a un técnico del cable.

Me acomodé en el otro extremo del sofá. Rodrigo volvió con tres vasos, puso algo en Netflix que ninguno de los tres llegó a ver de verdad y la noche siguió su curso: conversación fragmentada, papas fritas sobre la mesa de centro, las luces bajas y el televisor funcionando más como ruido de fondo que como entretenimiento real. El departamento de Rodrigo era pequeño y cálido, con esa clase de desorden cómodo que se acumula cuando alguien vive solo desde hace años.

A los veinte minutos ya tenía claro que a Sofía no le caía bien mi presencia. No era algo que dijera en voz alta. Era la forma en que sus ojos se movían cada vez que Rodrigo y yo intercambiábamos algo, la manera en que participaba en la conversación lo justo para no quedar fuera, pero sin soltar esa expresión de evaluación constante. Como si estuviera midiendo algo que yo no veía y que tampoco me estaban diciendo.

Todavía no entendía por qué.

Cuando ella se levantó al baño, aproveché para preguntarle a Rodrigo directamente.

—¿Pasó algo entre ustedes?

Él arrugó la frente.

—No, para nada. La intenté hace como tres años. Me dijo que no y quedamos como amigos. Tiene novio desde entonces.

Levanté una ceja.

—¿Y aun así te mira como si yo fuera la que está sobrando aquí?

Se encogió de hombros.

—Sofía es así. No le hagas caso.

Pero el vino ya me corría bien por las venas y esa clase de explicaciones me convencen cada vez menos según avanza la noche. Cuando Sofía volvió del baño y se volvió a acomodar en su sillón con esa misma expresión de jurado deliberando, algo en mí terminó de ajustarse. Me irritó. Y la irritación, mezclada con el calor del departamento y la música que Rodrigo había puesto de fondo cuando Netflix se quedó en silencio, se fue convirtiendo en otra cosa.

***

Para la segunda botella, no había cambiado nada. Sofía seguía con el ceño levemente fruncido cada vez que Rodrigo y yo nos reíamos de algo, cada vez que la conversación tomaba una dirección que nos incluía principalmente a nosotros dos. Tenía ese tipo de mirada que parece evaluar constantemente, clasificar, juzgar, sin que uno pueda identificar exactamente el criterio.

Tomé una decisión que no fue del todo racional.

Si tanto le molestaba mi presencia, que le molestara del todo.

Me acerqué a Rodrigo en el sofá. Solo un poco. Lo suficiente para que nuestros muslos se tocaran.

Rodrigo me miró de reojo sin decir nada.

Empecé a pasarle la mano por el pecho, despacio, como si estuviera pensando en otra cosa. Sentí cómo su respiración cambió: más lenta, más controlada, la clase de respiración que se hace cuando uno intenta no parecer que está notando algo que está notando perfectamente.

Miré hacia el sillón.

Sofía no había apartado los ojos de nosotros. El ceño fruncido de antes se había suavizado un poco, reemplazado por algo más difícil de nombrar. No decía nada. No se movía. Solo miraba con una atención fija y silenciosa que no tenía nada de casual.

Eso, en vez de frenarme, me aceleró el pulso de una manera que no había anticipado. Seguí subiendo la mano. Rodrigo contuvo la respiración. Noté cómo su cuerpo respondía sin lugar a dudas, y eso me pareció divertido y completamente tentador al mismo tiempo.

***

Lo besé sin darle ninguna advertencia. Un beso directo, en la boca, sin rodeos ni preámbulos. Rodrigo tardó exactamente un segundo en responder y, cuando lo hizo, fue con una mano en mi mejilla y una presión que me dijo claramente que llevaba un rato esperando que alguien tomara esa iniciativa.

Los besos fueron escalando solos. Primero suaves, luego más largos, con lengua, con las manos empezando a moverse por lugares que superaban con creces lo que era apropiado delante de una tercera persona. Rodrigo tenía los labios cálidos y sabía a vino tinto y a algo ligeramente dulce que no llegué a identificar.

—Oye —murmuró contra mi boca.

—¿Qué? —susurré.

—Que Sofía está ahí...

—Ya lo sé.

Se quedó callado un momento. Luego sus manos siguieron moviéndose.

Me levantó la camiseta. Tenía las manos grandes y frías, y ese contraste con el calor que yo ya sentía en la piel fue suficiente para arrancarme un sonido involuntario. Rodrigo deshizo el cierre de mi sujetador por detrás sin apartar los ojos de mi cara, con la clase de habilidad que se nota en los dedos de alguien que no tiene que pensar en lo que hace. Sus manos encontraron lo que buscaban y se tomaron su tiempo.

Solté un sonido más fuerte de lo que había planeado.

Miré de reojo hacia el sillón.

Sofía seguía allí. El vaso lo había dejado sobre la mesa de centro. Sus mejillas habían encendido de un rojo que la poca luz de la sala no alcanzaba a disimular. Tenía las piernas cruzadas en una dirección diferente a como las tenía antes, y las manos apretadas sobre los muslos. No parecía dispuesta a irse. No parecía dispuesta a decir nada tampoco.

Y eso —exactamente eso— me empapó de una manera que no había anticipado ni un poco.

En lugar de apartar a Rodrigo, le puse la mano en la nuca y lo acerqué más.

***

La boca de Rodrigo bajó a mi cuello. Se quedó en el punto donde la mandíbula se une con la garganta y se tomó su tiempo ahí, mordiéndome apenas, sin apresurarse. Sus manos me recorrían la espalda, los costados, siguiendo el contorno de algo que claramente llevaba un rato imaginando.

Sus labios bajaron más. Yo perdí el hilo de cualquier pensamiento que no fuera físico.

—Cógeme —le dije.

Lo dije en voz baja, casi sin darme cuenta, pero en el silencio del departamento se escuchó perfectamente.

Rodrigo levantó la cabeza y me miró. Tenía los ojos oscuros y una expresión que era mitad pregunta, mitad decisión tomada de antemano.

—Aquí —añadí.

No necesitó que se lo repitiera. Se puso de pie, fue al dormitorio y volvió en menos de treinta segundos. Me quitó el resto de la ropa de un solo tirón, me recostó en el sofá y se colocó entre mis piernas.

Miré hacia el sillón.

Sofía se había inclinado hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas. Ya no fingía que no miraba. Sus ojos se movían entre los dos con una atención sostenida que no tenía nada de accidental.

Por un momento, justo antes de que Rodrigo se moviera, sentí algo parecido a la vergüenza: estar completamente expuesta frente a alguien que casi no conocía, en el sofá de su mejor amigo, sin nada que me cubriera. Era una situación absurda, vista desde afuera. Pero entonces Rodrigo entró, y ese pensamiento se disolvió por completo.

Entró despacio, aprovechando lo preparada que yo estaba. El primer movimiento me arrancó un sonido grave que no controlé. Sus caderas llevaban un ritmo deliberado al principio, como si tanteara el terreno antes de decidir qué hacer con él. Cada embestida llegaba al fondo con una presión que no dejaba espacio libre para ningún otro pensamiento.

Pero yo seguía mirando a Sofía.

Y Sofía me miraba a mí.

En algún punto de esa mirada sostenida, con Rodrigo moviéndose dentro de mí, con la música de fondo y el ruido suave de la tela contra el cuero del sofá, algo pasó entre las dos que no sé bien cómo describir. No fue nada que se dijera en voz alta. Fue más bien una especie de reconocimiento mutuo, honesto y sin intermediarios. Ella volvió a cambiar la posición de las piernas y apretó los labios en una línea fina.

—No pares —le dije a Rodrigo.

Él no paró.

***

El primer orgasmo llegó más rápido de lo que me esperaba, impulsado por todo lo que venía acumulando desde el principio de la noche: el vino, la tensión, el fastidio convertido en excitación, la mirada de Sofía clavada en nosotros como si no pudiera hacer otra cosa. Me tensé, solté el aire en una exhalación larga y me aferré a los hombros de Rodrigo.

Él siguió sin interrumpirse.

El segundo fue diferente, más profundo, construido despacio desde adentro. Rodrigo había cambiado el ángulo, buscando algo específico que encontró sin que yo tuviera que guiarlo. Para entonces ya no miraba a Sofía. Había dejado de pensar en ella del todo. Solo sentía: la fricción, la presión, el peso de él sobre mí, el ritmo que iba subiendo de intensidad sin que ninguno de los dos lo dijera.

El tercero llegó cuando él aceleró.

Rodrigo perdió el ritmo controlado cerca del final. Empezó a moverse con más urgencia y menos cálculo, hasta que se hundió todo lo que podía y se quedó quieto con un sonido grave que le salió del pecho.

Silencio.

Los dos respirando.

***

Rodrigo se echó a un lado después de un momento. Fue entonces cuando se acordó de que Sofía seguía allí.

Me incorporé en el sofá y la miré. Estaba exactamente en el mismo lugar, con el vaso vacío entre las manos y una expresión que yo no habría sabido resumir en una sola palabra. Rodrigo murmuró algo que sonó a disculpa mientras buscaba la camiseta.

Sofía se aclaró la garganta.

—No te preocupes —dijo en voz baja—. Hasta fue interesante verlos.

Me levanté del sofá con la ropa en la mano y fui directamente al baño. Me miré en el espejo mientras el agua del grifo corría. Tenía el pelo revuelto, los labios ligeramente hinchados, una marca roja en el cuello que iba a durar un par de días como mínimo. Me vestí despacio, sin apuro, pensando en nada en particular.

Cuando salí, Sofía ya estaba poniéndose la chaqueta. Nos despedimos con la misma frialdad educada con que nos habíamos saludado al principio, como si los últimos cuarenta minutos no hubieran ocurrido en absoluto. Rodrigo me acompañó hasta la puerta del departamento con la camiseta puesta al revés.

—Oye —dijo.

—¿Qué?

—Que... no sé. ¿Todo bien?

Le sonreí.

—Todo perfectamente bien.

Bajé las escaleras hasta mi piso y entré a mi departamento. Me quedé dormida sin dificultad. Pero antes de perder la consciencia, la imagen de Sofía en ese sillón volvió una última vez: sus mejillas encendidas, sus ojos muy abiertos, el momento exacto en que se inclinó hacia adelante para ver mejor.

Que haya pasado el resto de la noche pensando en eso es algo que solo me pertenece a mí.

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4.6 (35)

Comentarios (10)

Romi_Noc

Que situacion tan intensa!!! me quede sin palabras

LucasDelV

Por favor seguila, quede con muchas ganas de saber que paso despues con la amiga

VeroLectora

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. La tension de ella ahi mirando sin decir nada es lo mejor de todo

MarcosV_88

tremendo!!! sigue asi

Chepe92

jaja no entiendo como se quedan tan tranquilos con alguien mirando, yo me moriria de los nervios jajaja. Buenisimo relato

SolDelVerano

Muy bien escrito, se nota que sabes como crear tension. Espero el proximo!

TomasRelatos

El voyerismo narrado desde adentro, asi como lo hiciste, es otra cosa. No podia parar de leer

diana_78

ufff la parte del sillon me mato. que escena

NachoCba

Se hizo corto, queremos mas :)

EnzoLector

Muy bueno! hay segunda parte?

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