Confieso mi obsesión con que terminen dentro de mí
Voy a confesar algo que nunca le dije a nadie, ni a mis amigas más cercanas ni a la terapeuta a la que fui dos veranos seguidos buscando una explicación que no necesitaba. Lo escribo porque sé que alguien, leyéndolo, va a reconocerse y va a respirar un poco más tranquila. No estás rota. No te pasa nada malo. Simplemente sabés lo que querés.
Lo que yo quiero, lo que busco con una claridad que a veces hasta a mí me incomoda, es que un hombre se corra dentro de mí. Que me llene el coño de semen caliente hasta que me chorree por los muslos. No es el riesgo lo que me enciende. De eso me ocupo yo, con método y sin dramas. Es otra cosa. Es el instante exacto en que él deja de pensar, en que toda esa fuerza que estuvo conteniendo se rinde y se vacía adentro mío. Ese segundo en que ya no manda, en que su polla late sin control descargando cada gota en el fondo de mi concha. Ahí soy yo la que gana, aunque por fuera parezca lo contrario.
Tardé años en entenderlo.
***
La primera vez que me pasó con todas las letras tenía poco más de treinta. Estaba separada hacía un año y medio, recién mudada a un departamento que todavía olía a pintura, y conocí a Marcos en el cumpleaños de una compañera de trabajo. Era de esos hombres que ocupan el lugar entero apenas entran, sin levantar la voz. Hablaba poco. Miraba mucho. Y cuando me miraba a mí, lo hacía como si ya supiera cómo iba a terminar la noche: conmigo abierta de piernas debajo suyo.
—Te llevo —dijo, no preguntó, cuando la fiesta empezó a deshacerse.
Subí a su auto sabiendo perfectamente que no íbamos a mi casa todavía. Y no me importó. Hay una libertad enorme en dejar de fingir que una no entiende lo que está pasando. Yo ya tenía las bombachas empapadas antes de arrancar el motor.
En el ascensor de su edificio no me tocó. Se quedó apoyado contra la pared, las manos en los bolsillos, mirándome con esa media sonrisa, dejando que la tensión hiciera todo el trabajo. Para cuando se abrió la puerta de su piso yo ya estaba temblando, con los pezones duros contra la tela del vestido y una humedad espesa entre las piernas, y todavía no me había puesto un dedo encima.
Adentro fue distinto. Me tomó de la nuca con una mano y de la cintura con la otra, sin prisa, como quien acomoda algo que le pertenece. Me besó hasta dejarme sin aire, con la lengua entrando en mi boca con la misma intención con la que después iba a entrarme entera. Sentí su bulto durísimo contra mi vientre y me estremecí. Le busqué el cierre del pantalón antes de pensarlo, le metí la mano y le agarré la polla, gruesa, caliente, ya mojada en la punta. Se la apreté despacio y él soltó el aire por la nariz, sin dejar de mirarme.
Me llevó al dormitorio empujándome contra la pared cada dos pasos, arrancándome el vestido, mordiéndome el cuello, apretándome las tetas por encima del corpiño hasta hacerme gemir. Cuando caí de espaldas sobre la cama me abrió las piernas con las dos manos y bajó de una, sin pedir permiso, y me clavó la lengua en el coño mojado. Me chupó el clítoris despacio primero, después con hambre, metiéndome dos dedos al mismo tiempo y curvándolos adentro. Me hizo acabar la primera vez ahí, con la boca pegada a mi concha y sus dedos hundidos, y yo apretándole la cabeza con los muslos, gritando sin vergüenza porque nadie me escuchaba y porque hacía años que no me lamían así.
Y cuando le susurré, con la voz todavía rota por el orgasmo, que tenía preservativos en la cartera, él se separó apenas, me miró a los ojos con la boca brillante de mí y me preguntó algo que me desarmó por completo.
—¿Vos querés eso? ¿O querés sentirme?
Debería haber dicho que sí, que con preservativo, que era lo sensato. Lo había hecho mil veces. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, dije la verdad.
Quiero sentirte. Quiero que te corras adentro.
***
Se subió encima mío desnudo, con la verga apuntándome, y se la agarró para pasarme la cabeza por los labios del coño, arriba y abajo, empapándola en mi jugo. Yo levanté las caderas buscándolo, desesperada, y él aguantó unos segundos más, torturándome, hasta que empujó de una sola vez y me entró hasta el fondo. Grité. Sentir una polla dura sin nada en el medio, piel contra piel, después de tantos años, fue como si me hubieran encendido por dentro.
Me la clavó a fondo, sacándomela casi entera y volviendo a hundirla, con un ritmo que fue creciendo hasta hacer crujir la cama. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le pedía más al oído. Me dio vuelta, me puso en cuatro, me agarró del pelo y me la volvió a meter desde atrás, más profundo todavía, con la mano libre apretándome el culo, dándome nalgadas que me hacían apretarlo más adentro. Me miré en el espejo del placard y vi lo que era: una mujer sudada, con la boca abierta, dejándose coger como necesitaba desde hacía años.
Descubrí esa noche que el morbo, para mí, no estaba en lo prohibido del acto en sí, sino en la entrega total. En que un hombre me sostuviera contra el colchón con todo su peso, en que no hubiera nada entre su piel y la mía, en que cuando llegara el final yo pudiera sentir el latido de él, el calor del semen saliendo a chorros, el temblor que le recorría la espalda mientras se vaciaba entero adentro mío.
Cuando Marcos estuvo a punto, después de darme vuelta otra vez y ponerme boca arriba para mirarme, hizo el gesto instintivo de salir. Y yo lo retuve. Le cerré las piernas en la cintura y le hundí los talones en el culo, y le dije al oído que se quedara, que terminara ahí, que no se atreviera a moverse.
—Adentro —le repetí, mordiéndole la oreja—. Corréte adentro. Llename.
Lo sentí rendirse. Lo sentí soltar un sonido grave, casi un quejido, mientras dejaba de pelear contra sí mismo y empujaba a fondo, hundiéndome la verga hasta el útero. Sentí las contracciones, los espasmos de la polla dilatándose y descargando, el chorro caliente estrellándose contra mi fondo una, dos, tres veces. Le apreté el coño con todo lo que tenía, ordeñándoselo, y acabé yo también, atada a él, gimiendo con la boca pegada a su cuello.
Después nos quedamos callados, los dos mirando el techo, las respiraciones bajando despacio, su semen chorreándome despacio por entre las nalgas hasta la sábana. Y en lugar de la culpa que esperaba sentir, lo único que había era una calma profunda. La calma de haber sido, por fin, exactamente lo que era.
***
Quiero ser clara con algo, porque importa. Yo no juego con mi salud ni con la de nadie. Eso es parte de lo que hace que todo funcione.
Me tomo la pastilla todos los días, a la misma hora, con una disciplina que mis amigas envidiarían si supieran para qué. No improviso. Elijo a mis amantes con cuidado, los conozco, hablamos de estas cosas antes con una franqueza que mucha gente no se permite ni en pareja. Análisis, resultados, confianza. El descontrol está en la cama; afuera soy una mujer perfectamente racional que sabe lo que arriesga y lo que no.
Lo digo porque el morbo, paradójicamente, depende de esa seguridad. Si tuviera miedo real, no podría soltarme. Es justamente porque tengo todo bajo control que puedo permitirme perder el control donde quiero perderlo. La gente confunde una cosa con la otra. Cree que buscar esto es buscar el peligro. Y no. Es buscar la rendición sin pagar el precio del peligro.
***
Después de Marcos vinieron otros. No muchos, no soy una coleccionista. Pero aprendí a reconocer el tipo de hombre que necesito, y aprendí a pedírselo sin vergüenza.
Estuvo Damián, un arquitecto que conocí en una galería de arte, todo modales y manos largas, que me llevó a un hotel en la costa un fin de semana entero y me hizo perder la noción de qué día era. Estuvo Tomás, mucho más joven que yo, con una energía que no se gastaba nunca, que me cogía tres veces por noche y a la mañana me despertaba con la verga dura entrándome por atrás, y que me enseñó que la diferencia de edad puede ser un juego delicioso cuando es la mujer la que lleva el mando. Y hubo otros nombres que ya no necesito recordar.
A todos les pedí lo mismo. Y a todos los miré a los ojos en el momento exacto en que dejaban de ser dueños de sí mismos y se descargaban en el fondo de mi concha.
Esa es mi verdadera adicción, si tengo que llamarla de algún modo. No el acto. La mirada. El instante en que el hombre más seguro de sí, el que entró pisando fuerte y mirándome como si me hubiera elegido, descubre que en realidad fui yo la que lo eligió a él. Que toda esa seguridad se deshace entre mis piernas y que, por unos segundos, me pertenece entero, con la polla latiendo adentro mío y sin poder detenerla.
***
Con Damián fue donde más lejos llegué con esto del juego mental.
Aquella noche en el hotel, después de la cena, subimos a la habitación con la lentitud de quien sabe que tiene toda la noche por delante. Él se sentó en el borde de la cama y me dejó hacer. Me desvestí despacio, no para mostrarme, sino para hacerlo esperar, para que la espera fuera casi insoportable. Me saqué el vestido, después el corpiño, y me quedé de pie frente a él en bombacha, dejándolo mirar. Le vi el bulto crecer bajo el pantalón. Me acerqué y me arrodillé entre sus piernas, le abrí el cierre y se la saqué. La tenía dura, larga, palpitando.
Se la chupé despacio, mirándolo desde abajo, jugando con la lengua en la punta, tragándola después hasta el fondo hasta hacerme llorar los ojos. Le lamí los huevos, se la mamé con hambre, escuchándolo respirar cada vez más fuerte, sintiendo cómo se agarraba de la colcha para no correrse en mi boca. Cuando finalmente me acerqué y me trepé encima, él intentó tomar el control, ponerme debajo, como hacen siempre.
—No —le dije, con una mano firme en su pecho—. Hoy mando yo.
Lo monté sin permiso. Me acomodé sobre su verga, la agarré con una mano y me la metí despacio, sintiendo cómo me abría de a poco. Bajé hasta el fondo y me quedé quieta, con él enterrado hasta la raíz, apretándolo por dentro. Empecé a moverme yo, marcando el ritmo, subiendo y bajando con las manos apoyadas en su pecho, haciéndolo entrar y salir centímetro a centímetro. Deteniéndome justo cuando lo sentía cerca, obligándolo a esperar otra vez.
Lo torturé así un rato largo. Cada vez que sentía la polla hincharse más dentro mío y los muslos de él ponerse tensos, me frenaba, me quedaba quieta con él adentro, apretándolo con el coño hasta hacerlo gemir. Le mordía los pezones, le mordía el cuello, me le reía en la oreja. Volvía a moverme lento, después rápido, y me paraba de nuevo. Hasta que el hombre elegante y dueño de todo me suplicó. Literalmente me lo pidió, con la voz quebrada, las manos aferradas a mis caderas.
—Por favor —dijo—. Por favor, dejame.
Y recién entonces lo dejé. Recién entonces bajé el ritmo justo, me incliné sobre él y le dije al oído que sí, que ahora sí, que se entregara, que se corriera adentro mío como un animal. Empecé a cabalgarlo fuerte, hundiéndomelo entero, chocando las caderas contra las suyas. Lo sentí estallar debajo de mí, todo el cuerpo arqueado, un grito ronco escapándose entre los dientes, y me quedé quieta con la verga enterrada hasta el fondo, reteniéndolo, sintiendo los chorros calientes descargándose dentro mío, uno tras otro, mientras yo lo miraba desde arriba con una sonrisa que él no se va a olvidar nunca. Me acabé yo también encima suyo, apretándolo, contrayéndome sobre su polla mientras terminaba de vaciarse, ordeñándole hasta la última gota.
Cuando finalmente me levanté, sentí su semen escaparse tibio por entre mis muslos y caer sobre su vientre. Se lo mostré. Le pasé un dedo, lo junté, y me lo llevé a la boca frente a él.
Ese poder. No conozco nada igual.
***
Mis amigas, las pocas veces que el tema rozó algo parecido, hablan de estas cosas como de un descuido, como de algo que se les escapó. «Casi me quedo dormida sin la pastilla», «uy, fue sin querer». Como si el deseo fuera un accidente del que hay que disculparse.
Yo dejé de disculparme hace tiempo.
No fue sin querer. Fue todo lo contrario. Fue lo más deliberado que hice en mi vida. Decidí, una noche de hace años, en el departamento que olía a pintura, dejar de pedir perdón por saber lo que me gusta. Y desde entonces vivo con una paz que no tenía cuando hacía todo «como corresponde» y volvía a casa insatisfecha y vagamente avergonzada de mí misma sin entender por qué.
La vida es demasiado corta para tener orgasmos a medias y deseos a escondidas.
***
Si llegaste hasta acá leyendo, probablemente sea porque algo de esto te resuena. Quizás lo sentís y no te animás a nombrarlo. Quizás lo hacés y cargás con una culpa que no merecés.
Te lo digo de mujer a mujer: explorá. Conocé tu cuerpo y conocé tu deseo, ese que está debajo del deseo que te enseñaron a tener. Hacelo con cabeza, con la pastilla puesta y los análisis al día, con amantes que se ganen la confianza antes de ganarse la cama. Poné las reglas vos. El control afuera es lo que te permite el descontrol adentro.
Y cuando encuentres a alguien que entienda el juego, que sepa rendirse en el momento justo, que te mire a los ojos cuando se te corre adentro, vas a entender de qué hablo. Vas a entender que no era el riesgo. Nunca fue el riesgo.
Era esto. Era sentirse, por unos segundos, completamente dueña de otro. Y completamente dueña de una misma. Era tener a un hombre entero descargándose en el fondo de tu concha y saber que fuiste vos la que le dio permiso.
Probalo, amiga. Te vas a encontrar a vos.





