Lo que pasó la noche que mi amante volvió a casa
Estuve cuatro días sin contestarle. Ni un mensaje, ni una llamada, ni siquiera salí a la calle para no cruzármelo por el barrio. Estaba enfadada con Bruno, aunque ni yo misma sabía bien con qué parte de él. Quizá con lo fácil que me resultaba decirle que sí.
La cuarta noche me escribió una sola línea: «A medianoche estoy en tu casa». No respondí. Pero me arreglé igual.
Acosté temprano a mi hijo, me di una ducha larga y me puse algo bonito debajo de la bata, una pieza fácil de quitar, por si acaso. Después me senté en el sofá del salón a esperar. Dieron las diez. Las once. A las doce menos cuarto ya estaba convencida de que me había dejado vestida como una tonta, y me levanté hacia el dormitorio con una mezcla de rabia y decepción.
Entonces sonó el timbre. Dos veces.
Abrí la puerta y no me dio tiempo a decir nada. Bruno me empujó con suavidad contra la pared del recibidor y me besó el cuello mientras sus manos bajaban por mi espalda. Yo intenté fingir indignación dos segundos. No aguanté ni uno.
—No pensé que vinieras —murmuré con la boca contra la suya.
—Te dije que venía.
Lo atraje hacia mí y dejé de pensar. Sentía su lengua metida hasta el fondo, su barba de varios días raspándome la barbilla, sus dedos clavándose en mis caderas mientras me apretaba contra su cuerpo. Ya se le notaba la polla dura contra mi vientre a través del vaquero, gorda, insistente, marcada. Le saqué la camiseta de un tirón y él me abrió la bata con la misma urgencia, casi arrancándomela de los hombros. Nos quedamos los dos de pie en la penumbra, él con el pecho descubierto, yo con un conjunto de encaje negro que compré esa tarde, respirando como si hubiéramos corrido.
Me besó los hombros, el principio del pecho, apartó la copa del sujetador de un tirón y me metió un pezón en la boca. Lo chupó despacio, lo mordisqueó, tiró de él con los dientes hasta arrancarme el primer gemido de la noche. Yo apoyaba la espalda en la pared fría y le recorría los brazos, la espalda ancha, esa firmeza que tenía y que me desarmaba. Le metí la mano por dentro del pantalón sin dejar de mirarlo, le agarré la polla directamente y se la empecé a masajear despacio, sintiendo cómo se ponía más dura todavía en mi puño, cómo la punta ya soltaba una gota que le corrí con el pulgar. Se le escapó un gruñido contra mi pecho.
—Así, no pares —me dijo con la voz ronca.
De repente me sujetó por la cintura y me levantó del suelo como si no pesara nada. Me agarré a su cuello, sorprendida, un poco asustada de la facilidad con que lo hacía, con las piernas abiertas alrededor de sus caderas y su bulto empujando justo entre mis muslos, contra las bragas ya empapadas.
Cómo me gusta esto y cuánto lo había echado de menos.
Me llevó así hasta el sofá y caímos juntos. Me besaba con una brusquedad que no era violencia, era hambre, y yo le respondía igual. Me arrancó las bragas con dos dedos, sin miramientos, y su mano encontró el camino directo a mi coño. Empezó a acariciarme despacio, con una paciencia que contrastaba con todo lo anterior, dibujando círculos en el clítoris con el pulgar mientras me metía dos dedos hasta el fondo. Estaba empapada, se oía el chapoteo cada vez que sacaba y volvía a meter los dedos. Arqueé la espalda. Él sonrió contra mi cuello.
—Qué ganas tenías —dijo en voz baja—. Estás chorreando, no puedes con las ganas.
No le contesté. No hacía falta. Le hundí las uñas en el hombro y abrí más las piernas para que siguiera.
***
Bajó por mi cuerpo dejando un rastro de besos y mordiscos por las tetas, la barriga, el hueso de la cadera, hasta colocarse entre mis piernas. Me subió las rodillas a sus hombros y se quedó un segundo mirándome el coño abierto delante de su cara, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Luego bajó y me lamió de abajo arriba, de una sola pasada larga y lenta, plana con toda la lengua, y creí que me moría. Otra pasada, otra, más rápido. Después se centró en el clítoris y me lo chupó como si fuera un caramelo, envolviéndolo con los labios, tirando de él suavemente con la boca, mientras me metía otra vez los dedos y los curvaba dentro de mí buscando ese punto que él conocía mejor que nadie.
Tuve que morder un cojín para no gritar y despertar a medio edificio. Me corrí con una intensidad que me dejó temblando, empapándole la cara, las piernas cerradas en torno a su cabeza, las manos enredadas en su pelo apretando fuerte. No paró. Siguió chupándome mientras yo me corría, alargándomelo, hasta que el placer se volvió casi doloroso y tuve que apartarle la cabeza yo misma.
Apenas recuperé el aliento, se bajó el vaquero y los calzoncillos de un tirón, se sacó la polla —dura, gorda, la punta ya brillando— y me abrió las piernas otra vez.
—Esto todavía no termina —dijo, y entró de golpe hasta el fondo.
Solté un gemido que tuve que tragarme a medias. Notaba cada centímetro dentro, cómo me abría, cómo me llenaba entera. Bruno empezó a follarme rápido, demasiado, el sofá crujiendo debajo de nosotros, y le sujeté la cara con las dos manos.
—Más despacio —le pedí—, que vas a despertar a mi hijo.
Bajó el ritmo, pero solo un poco. Me besaba, me lamía el cuello, me tapaba la boca con la suya cada vez que se me escapaba un sonido. Me la metía hasta el fondo y se quedaba ahí, apretado contra mí, moviendo las caderas en círculos, aplastándome el clítoris con la base de la polla, y yo me deshacía debajo de él. Cambiamos de postura varias veces sobre ese sofá que ya no volvería a mirar igual. En un momento me puso las piernas sobre sus hombros, dobladas casi contra el pecho, y entró tan profundo que perdí la cabeza y le supliqué que no parara, en susurros, porque gritar no podía. Le sentía llegar a un sitio dentro que ni sabía que existía, y cada embestida me arrancaba una lagrimita del rabillo del ojo.
Después me senté sobre él, los dos frente a frente, con la polla clavada hasta el fondo y yo empalada encima. Fui yo quien marcó el ritmo, subiendo y bajando despacio al principio, notando cómo salía casi entera y cómo entraba de nuevo hasta el tope. Él me chupaba las tetas, me apretaba el culo con las dos manos, me ayudaba a moverme. Nos mirábamos, nos reíamos entre beso y beso, nos apartábamos el pelo de la cara. Había algo en mezclar el sexo con esa ternura tonta que me volvía loca más que cualquier otra cosa. Aceleré el ritmo, cabalgándolo, y él me clavó los dedos en las caderas hasta hacerme daño.
—Voy a correrme —susurró.
—Todavía no —le contesté, y me bajé de encima antes de que fuera tarde.
Terminamos los dos sudados, agotados, riéndonos en voz baja del desastre que habíamos montado. Él se incorporó y me tendió la mano.
—Hay que limpiarse —dijo.
Eso también me gustaba de Bruno: lo amable que era después. Me ayudó a levantarme y caminamos hasta la cocina a por unas servilletas, los dos medio desnudos por el pasillo a oscuras.
***
En la cocina nos secamos uno al lado del otro, y yo no podía dejar de mirarlo de reojo. La línea de su abdomen, la espalda mojada de sudor, el pelo revuelto, la polla todavía medio dura colgando entre las piernas, brillando por mis fluidos. No sé qué me pasó. Dejé la servilleta a medias, me arrodillé frente a él en el suelo frío de la cocina y me la metí en la boca sin más aviso.
Él se apoyó en la encimera y echó la cabeza hacia atrás, soltando un jadeo que retumbó en el silencio. Yo me tomé mi tiempo, sin prisa, lamiéndosela primero de arriba abajo, envolviendo la punta con la lengua, chupando despacio con los labios apretados alrededor. Me la iba metiendo cada vez más hondo, hasta que la sentía golpearme el paladar, y me la sacaba entera para volver a empezar. Le pasaba la lengua por los huevos, uno y otro, me los metía en la boca con cuidado, y volvía a subir por la vena que le latía por debajo. Le mamaba la punta, le miraba desde abajo mientras la tenía dentro de la boca, chorreando saliva por la barbilla. Disfrutaba del poder que sentía al notar cómo se le tensaba todo el cuerpo con cada movimiento. Sus dedos se enredaban con suavidad en mi pelo, sin forzar, solo guiando.
—Ven —dijo después de un rato, con la voz ronca—. Date la vuelta.
Me levantó, me besó y me giró hacia la isla de la cocina, doblándome sobre el mármol frío contra mi piel. Me abrió las piernas de una patada suave, me agarró de las caderas y entró sin preámbulos, hasta el fondo, de una sola embestida que me arrancó un gemido ahogado. Empezó a follarme con fuerza, y el choque de sus caderas contra mi culo resonaba en el silencio de la casa de un modo que me daba pánico y me excitaba a partes iguales. Me tiraba del pelo hacia atrás, arqueándome, me decía cosas al oído —«qué coño más rico tienes», «así, apriétamela», «no puedes con toda»—, me pedía más y yo le pedía más a él. Me metió la mano por debajo y me frotaba el clítoris al mismo tiempo, y yo ya estaba a punto de correrme otra vez con la mejilla pegada al mármol.
Y entonces, en mitad de todo, oí cómo se abría la puerta de un dormitorio.
—Para —susurré con el corazón en la garganta—. Para, para.
Bruno se detuvo en seco, salió de mí al instante y se separó. Mi hijo había salido de su cuarto, medio dormido, frotándose los ojos. Le hice un gesto a Bruno para que se agachara detrás de la isla y caminé hacia el pasillo tapándome como pude, intentando que no me temblara la voz.
—¿Qué pasa, cariño? —le pregunté, agachándome a su altura.
—Tengo sed —dijo el niño, con los ojos casi cerrados—. Y tuve una pesadilla.
Le di un beso en la frente, fui a por un vaso de agua y lo acompañé de vuelta a su cama. El corazón me iba a mil. Lo arropé, esperé a que cerrara los ojos y volví al pasillo de puntillas. Cuando entré otra vez en la cocina, Bruno seguía agazapado detrás de la isla, conteniendo la risa, y al verlo así no pude evitar reírme yo también, en silencio, con las manos sobre la boca.
—Casi —dijo él.
—Casi nada —contesté—. Si llega a verte, me muero.
Mientras volvía del cuarto pensé que ni en mi adolescencia ni en mi matrimonio había vivido tantas emociones juntas como las que me hacía sentir aquel hombre. La culpa, el miedo, el deseo, todo a la vez. Y aun así no quería que se fuera.
***
Lo encontré en la cocina comiéndose un plátano de la frutera, tan tranquilo, desnudo, la polla otra vez medio dormida entre las piernas, como si aquella fuera su casa. La imagen me hizo gracia y me encendió de nuevo a la vez. Me acerqué sin decir nada, me arrodillé de nuevo en el suelo y volví a metérmela en la boca, esta vez blanda, sintiendo cómo iba creciendo entre mis labios hasta ponerse dura otra vez. Se la mamé despacio, mirándolo desde abajo, hasta dejarla lista, chorreando de saliva.
Me subió a la isla, me abrió las piernas y entró otra vez de una sola embestida. Yo ya estaba en otro mundo. Me follaba con la polla enterrada hasta los huevos, sujetándome por las corvas, y yo me agarraba al borde del mármol para no resbalarme. Después me llevó al sofá, me puso a cuatro patas, y volvió a metérmela por detrás. Notaba el peso de sus huevos golpeándome el coño con cada embestida, sus manos apretándome las nalgas, abriéndomelas. Entre embestidas y manos firmes me deslizó un dedo mojado por el ojo del culo. Al principio me sobresalté, pero poco a poco la sensación me fue gustando y terminé pidiéndole más. Me metió el dedo entero, hasta el nudillo, mientras seguía follándome el coño, y estuve a punto de correrme del susto y del placer. Cuando intentó ir más allá, sacar el dedo y sustituirlo por la punta de la polla, el dolor me hizo frenarlo en seco.
—Espera, espera, me duele —dije, incorporándome.
—¿Mucho? —preguntó, preocupado de verdad—. Lo dejamos, no pasa nada.
Esa preocupación suya, esa forma de cortar todo si yo lo necesitaba, me derretía. Lo senté en el sofá, me trepé encima de él a horcajadas y tomé el control. Me empalé sobre su polla despacio, sintiendo cómo entraba centímetro a centímetro, y empecé a moverme a mi ritmo, a mi gusto, mirándolo a los ojos, marcando yo cada movimiento. Subía hasta dejar solo la punta dentro y bajaba de golpe, sacándole un gruñido cada vez. Él me chupaba el pecho, me recorría el cuello con la lengua, me dejaba hacer. Aceleré, cabalgándolo con fuerza, con las tetas botándole delante de la cara, y me corrí así, agarrada a sus hombros, apretando el coño en espasmos alrededor de su polla, y me dejé caer a un lado del sofá con las piernas temblando.
—Me he corrido dentro —me dijo después, riéndose—. Te lo estaba diciendo y no me escuchabas.
—No escuchaba nada —reconocí, notando cómo el semen empezaba a resbalarme por el muslo.
Me río todavía al recordar lo desvergonzado que era, y lo poco que me importaba.
***
Nos duchamos juntos, enjabonándonos el uno al otro entre besos y manos que no se estaban quietas. Él me pasaba las manos llenas de espuma por las tetas, por el culo, entre las piernas, aclarándome despacio bajo el chorro caliente. Yo le agarré la polla otra vez, con las manos jabonosas, y se la masturbé bajo el agua hasta que se puso dura otra vez. Pensé que con eso terminaría la noche. Me equivoqué. Apenas salimos del baño, Bruno me alzó en brazos otra vez y me llevó a la cama anunciando que todavía no había acabado conmigo.
Lo que vino después fue más lento, más cansado, casi torpe de puro agotamiento, pero también más íntimo. Me tumbó de lado, se pegó a mi espalda y entró desde atrás muy despacio, abrazándome, con una mano en mi teta y la otra bajando a acariciarme el clítoris mientras se movía dentro de mí a un ritmo perezoso. Nos besábamos girando la cara, sin prisa ninguna, y yo me corrí una última vez casi sin darme cuenta, en un temblor largo y silencioso, mientras él se derramaba dentro de mí por segunda vez esa noche. Nos quedamos dormidos abrazados sin darnos cuenta, él rodeándome con un brazo, yo con la mano apoyada en su pecho subiendo y bajando con su respiración.
Me despertó mi hijo a la mañana siguiente, pidiendo el desayuno. Tardé un segundo en reaccionar, y cuando lo hice casi me da algo: el niño en la puerta del dormitorio, yo desnuda, y Bruno dormido a mi lado sin nada que lo tapara. Tiré de la sábana sobre él en un movimiento desesperado y me levanté para sacar al pequeño del cuarto antes de que se fijara.
Recogí la ropa del pasillo, senté a mi hijo frente a los dibujos y me puse a preparar el desayuno con el pulso todavía acelerado. Bruno apareció al rato, se cambió a toda prisa en el baño y salió como si tal cosa. Desayunamos los tres, los adultos mirándonos de reojo con una sonrisa cómplice, el niño ajeno a todo. Cuando se marchó, me besó en la puerta con una mano en mi cintura y me prometió volver.
Y volvió. Muchas veces.
***
Lo nuestro con Bruno duró casi tres años. Para nuestras familias éramos pareja; para los vecinos y el resto del mundo, solo dos amigos. Me llevaba veinte años, pero a su lado me sentía más viva que en toda mi vida anterior. Viajamos, probamos cosas que nunca me habría imaginado, nos reímos como tontos y nos deseamos hasta el último día.
Mi hijo, por suerte, nunca recordó aquella noche ni ninguna de las visitas. Era demasiado pequeño. Y yo, que durante años cargué con la culpa de aquellos despertares a medianoche, hoy lo cuento sin vergüenza, porque fue mío y fue real.
Todo terminó cuando Bruno se mudó al extranjero por trabajo y yo decidí quedarme. No hubo drama, ni reproches, solo un último abrazo largo en una estación. A veces, cuando la casa se queda en silencio a medianoche, todavía me parece oír el timbre sonar dos veces.
Espero que les haya gustado mi confesión. Esta vez sí, déjenme sus comentarios.





