El futbolista que entró a probarse unos vaqueros
Trabajo desde hace un par de años en una boutique de ropa en pleno centro de Valencia. No es un trabajo glamuroso, aunque la gente se lo imagine: pasas la mañana doblando camisetas que otros vuelven a desdoblar, recolocas maniquíes y sonríes a quien entra solo para mirarse en el espejo. Pero esa tarde de octubre, justo cuando terminaba de ordenar un expositor de sudaderas, entró él, y todo lo que creía saber sobre mí misma se descolocó en cuestión de segundos.
Lo vi antes de oírlo. Un hombre alto, de piel oscura y hombros que llenaban el marco de la puerta, se quedó parado un instante mientras sus ojos se acostumbraban a la luz de la tienda. Cruzamos una mirada breve, apenas un parpadeo, pero hubo algo en ella que me dejó la garganta seca. No fue cortés. Fue de las que te desnudan sin tocarte.
—Buenos días —dijo, con una voz grave que parecía venir de muy abajo.
—Buenos días, bienvenido —respondí, fingiendo seguir con las sudaderas mientras lo seguía de reojo.
Apartó la mirada hacia el fondo del local y empezó a pasear entre los percheros con esa calma de quien no tiene prisa por nada. Yo me dije que era un cliente más, que ya estaba mayorcita para ponerme nerviosa por un desconocido. Mi cuerpo, sin embargo, no me hizo ningún caso. Sentí ese cosquilleo concreto, el que no se confunde con otra cosa: las bragas se me humedecieron de golpe, los pezones se me marcaron contra el sujetador y noté cómo mi coño palpitaba solo con verlo moverse. Antes de pensarlo demasiado ya estaba caminando hacia él.
—¿Te puedo ayudar en algo? —pregunté.
Volvió toda su atención hacia mí, y esta vez no disimuló. Me miró despacio, de arriba abajo, como quien estudia algo que piensa follarse.
—Estoy mirando. Me habían recomendado esta tienda hace poco —dijo.
—Abrimos hace unos meses, pero la verdad es que nos está yendo muy bien —contesté, y noté que mi propia voz salía un punto más ronca de lo normal.
Había algo magnético en aquel hombre que no terminaba de explicarme. No era solo el físico, que también. Era la seguridad con la que ocupaba el espacio, la manera tranquila en que sostenía mi mirada sin pestañear. No me resultó incómodo. Al contrario: me resultó peligrosamente cómodo. Y por debajo del uniforme, sin poder evitarlo, ya me lo estaba imaginando desnudo, con la polla dura entre las manos.
—Puede que me lleve un par de cosas —añadió—. Me gusta vuestro rollo.
Me reí, sincera, y le dije que cualquier cosa que necesitara me avisara. Luego le di espacio, porque sé que la mejor manera de vender es no perseguir. Me retiré detrás del mostrador y lo observé escoger unos vaqueros con la concentración de quien elige algo importante. Concéntrate, Carla, me ordené a mí misma. No sirvió de nada. Cada vez que se agachaba, se me iban los ojos al bulto que se le marcaba en la entrepierna, y apretaba los muslos bajo el mostrador para calmar el latido que me subía desde el coño.
***
Unos minutos después salió del probador. Como no había espejo dentro, tuvo que asomarse al grande del pasillo, y yo aparecí por detrás justo cuando se miraba de perfil. Se había puesto unos vaqueros oscuros y una sudadera lisa que se le ajustaba a la espalda de una forma que debería estar prohibida.
—Veo que has encontrado lo que buscabas —dije, con una sonrisa que no era del todo profesional.
—¿Tú crees? —me retó, mirándome a través del espejo.
—Te queda genial. Y no lo digo por vender.
—Algo tendrás que vender —sonrió—. ¿Qué me vas a decir?
Solté una carcajada, esta vez más grave, casi una provocación.
—Tengo que vender, claro. Pero no estoy ciega. Que te queda como un guante es un hecho objetivo.
Se rió, satisfecho, y me dijo que se llevaba los vaqueros, dos sudaderas y un puñado de camisetas que ni se molestó en contar. Hice una broma sobre que iba a hacer el agosto con él, y entonces ladeó la cabeza con un gesto entre divertido y altanero.
—¿Todavía no sabes quién soy? —preguntó.
—¿Debería?
—Soy futbolista. Juego en el equipo de la ciudad.
Me encogí de hombros con total honestidad.
—Pues no tengo ni idea. No me gusta el fútbol. Yo me fijo en otras cosas.
Aquello le hizo gracia de verdad. Estaba claro que no era la respuesta que solía recibir, y mi indiferencia, lejos de molestarle, le encendió algo en la mirada.
—¿Y en qué te fijas, entonces? —dijo, bajando un poco la voz.
Decidí ir a por todas. No sé de dónde saqué el descaro, pero a mis casi cuarenta ya he aprendido que las oportunidades que dudas son las que más se lamentan.
—En el color de tu piel —respondí, sosteniéndole la mirada—. Y en cómo se te marca la polla debajo de esos vaqueros.
Algo cambió en su cara. Se le borró la sonrisa de cliente y apareció otra cosa, más cruda, más directa.
—Si quieres te la enseño entera —dijo en voz baja—. La piel y la polla.
—Ardo en deseos —contesté, y sentí el calor subiéndome por el cuello—. Salgo de trabajar en una hora. Y llevo el coño mojado desde que has entrado por la puerta.
***
Me dijo que se llamaba Émile, que era senegalés y que llevaba dos temporadas viviendo en España. Le cobré la compra con manos que intentaban no temblar, le ofrecí la tarjeta de fidelización para que la próxima vez le saliera más barato, y aproveché para anotarle mi número de teléfono en el reverso del ticket. Le dije que, si lo había atendido bien, me avisara cuando volviera para asesorarlo yo misma. Era mentira y los dos lo sabíamos.
—Encantado, Carla —leyó mi nombre en la etiqueta del uniforme—. ¿Solo puedo escribirte sobre ropa, o también para otras cosas?
—Te he dado mi número personal y me voy a montar en tu coche —respondí—. Diría que estoy abierta a otras propuestas.
Sonrió, y por primera vez fui yo la que lo puso nervioso a él, aunque solo durara un segundo. Hacía tiempo que no sentía esa corriente, esa anticipación que te araña por dentro y te hace consciente de cada centímetro de tu propia piel.
—Me gustaría hablarte de muchas cosas —dijo—. Aunque ninguna tenga que ver con la ropa.
—Pues ya tienes mi número. Tú dirás.
Dudó un momento. Lo noté en cómo apretó los labios antes de hablar.
—Me encantaría pasar todo el fin de semana follándote. Pero esta noche tengo que viajar para un partido.
Sentí una punzada de decepción tan rápida que me delaté.
—No pasa nada —dije, intentando sonar despreocupada—. Mejor así.
—No, espera. Me interesas de verdad. Y nos queda toda la tarde para nosotros —insistió—. Te recojo en la puerta dentro de una hora.
Le di un beso rápido en la comisura de los labios, casi sin pensarlo, y vi cómo se marchaba sorteando los percheros. Cuando la puerta se cerró, me quedé apoyada en el mostrador, suspirando como una adolescente y maldiciéndome por dentro por desear tanto a un hombre al que había conocido hacía cuarenta minutos. Me metí un momento al baño del personal, me bajé las bragas y las encontré empapadas, con una mancha de flujo que atravesaba la tela. Me pasé un dedo por el coño solo para comprobar cuánto chorreaba, y tuve que morderme el labio para no gemir allí mismo.
***
Una hora más tarde, exacta, su coche estaba aparcado frente a la tienda. Un Aston Martin gris oscuro, bajo y elegante, que desentonaba en la calle peatonal como un animal exótico en un parque municipal. Me subí intentando aparentar una naturalidad que no tenía, y en cuanto cerré la puerta el silencio acolchado del habitáculo me envolvió.
—¿Vamos a tu casa? —pregunté.
—Está a quince minutos. —Hizo una pausa y me miró—. Aunque no sé si voy a aguantar quince minutos sin metértela.
No aguantamos ni cinco. Salimos del centro, tomó una avenida que bordeaba el cauce viejo del río y, en cuanto encontró una zona arbolada y tranquila, apartó el coche bajo unos plátanos enormes y apagó el motor. El silencio se volvió denso. Me giré hacia él y ya no había nada que decir.
Me besó como si llevara horas conteniéndose. Su boca era cálida y exigente, la lengua me entró hasta el fondo y yo se la chupé como si ya me estuviera comiendo otra cosa. Sus manos, enormes, me recorrieron la espalda por debajo de la blusa, me desabrocharon el sujetador de un tirón y me atraparon las tetas por debajo del tejido. Los dedos se cerraron sobre mis pezones duros, los pellizcó, los retorció con la fuerza justa para arrancarme un jadeo.
—Joder, qué tetas —murmuró contra mi cuello—. Me las voy a comer enteras.
Se abrió paso hasta ellas, me levantó la blusa y me arrancó el sujetador flojo. Se metió un pezón en la boca y lo mamó con ganas, chupando, mordiendo, tirando con los dientes hasta que se me escapó un gemido que llenó todo el coche. Yo me incliné sobre la palanca de cambios, le mordí el cuello, le tiré de la sudadera que acababa de comprarme. Le busqué la bragueta a tientas, se la bajé y saqué la polla de golpe: gruesa, larga, oscura, con la punta ya brillante de líquido preseminal. La sentí caliente y pesada en la palma, más grande de lo que había imaginado, y solo con tenerla en la mano se me contrajo el coño.
—Hostia —susurré—. Menuda polla tienes.
—Y toda entera para ti —contestó, con una sonrisa lenta.
Nos reímos un segundo de lo absurdo de la situación, dos desconocidos jadeando en un coche de lujo a plena luz de la tarde, y después dejamos de reírnos. Me agaché sobre su regazo como pude, con el cinturón todavía puesto, y me metí la punta en la boca. La chupé despacio primero, saboreándola, pasándole la lengua por el glande, dibujándole el frenillo con la punta. Después la tragué hasta donde llegué, con las dos manos rodeándole la base, y empecé a mamársela con hambre, subiendo y bajando, dejando que un hilo de saliva se me escapara por la comisura.
—Así, así —jadeaba él, con una mano hundida en mi pelo, empujándome despacio contra su verga—. Cómete esa polla entera, joder.
Sentí cómo se le hinchaba en la boca, cómo la punta me golpeaba el paladar, y me obligué a tragarla hasta la garganta. Él tiró de mi pelo hacia atrás justo antes de que fuera demasiado tarde.
—Ven aquí. No me quiero correr todavía. Quiero metértela.
Con cierta gimnasia conseguí pasar al asiento del copiloto reclinado y luego sobre él. El espacio era mínimo y eso lo hacía todo más urgente, más torpe, más real. Me arranqué las bragas por debajo de la falda y se las tiré a un lado, y él bajó la mano y me abrió los labios del coño con los dedos, buscándome. Cuando me tocó el clítoris se le escapó una sonrisa.
—Estás empapada, joder. Chorreando.
—Llevo así desde la tienda —jadeé—. Métemela ya, por favor.
Me metió dos dedos hasta el fondo, giró la muñeca dentro de mí y los sacó brillantes de mi flujo, chupándoselos delante de mi cara. Yo no aguantaba más. Me agarré la polla, la coloqué contra la entrada y me dejé caer sobre él despacio, despacio, sintiendo cómo me abría por dentro centímetro a centímetro. Era gruesa de verdad, y mi coño tuvo que ceder para tragársela. Cuando la tuve entera dentro se me escapó un gemido largo y todo el aire se me fue de golpe.
—Joder, qué apretada estás —gruñó él, con los dedos clavados en mis caderas.
Me moví sobre él marcando yo el ritmo, despacio primero, sosteniéndome en sus hombros, dejando que su polla me llegara al fondo en cada bajada. Sentía cómo el glande me golpeaba justo donde quería, cómo el coño se me abría entero para él y volvía a cerrarse a su alrededor cuando subía. Luego cada vez con más hambre, más rápido, machacándome contra él, dando saltos cortos que hacían chocar mis tetas contra su cara. Él las atrapó con la boca al vuelo, chupándome un pezón y luego el otro, mordiéndolos hasta hacerme gritar.
—Sí, así, dame duro —jadeaba yo—. Fóllame en tu puto coche de lujo, fóllame como si nos fueran a pillar.
—Cabalga esa polla, guarra —contestó él entre dientes—. Te la voy a llenar entera.
Él me miraba desde abajo con esa expresión salvaje que le había visto en la tienda, mordiéndose el labio, dejando que fuera yo quien mandara. Me bajó una mano por el vientre y me buscó el clítoris con el pulgar, frotándomelo en círculos mientras su polla seguía entrando y saliendo. Se me nubló todo. El coche se mecía con nosotros, los cristales se empañaron y a mí dejó de importarme por completo dónde estábamos.
Sentí cómo se acercaba mi corrida, cómo se me tensaban los muslos, cómo el coño empezaba a apretarme la polla en oleadas. Le quería demostrar de lo que es capaz una mujer que sabe lo que quiere. Me solté del todo, apoyé las manos en el techo del coche y me follé yo sola su verga, subiendo y bajando con toda la fuerza que tenía, gimiendo sin filtro, hasta que reventé encima de él con un grito que me salió del vientre. Me corrí a chorros, empapándole la polla y los muslos, con el coño temblando en espasmos largos que no paraban.
—Espera —jadeó él en un momento, agarrándome las caderas para frenarme—. Voy a terminar. Sal, que te empapo.
Pero yo no quería esperar. Algo en su advertencia, en esa pérdida de control de un hombre que parecía controlarlo todo, me encendió hasta un punto que no me esperaba. En lugar de apartarme, lo apreté más fuerte contra mí, lo hundí del todo, apreté el coño alrededor de su polla y le susurré al oído:
—Córrete dentro. Quiero sentir cómo me llenas.
Noté cómo se quebraba bajo mis manos, cómo dejaba de luchar y se entregaba con un gemido grave que le salió del pecho. La polla se le hinchó dentro de mí, palpitó una, dos, tres veces, y sentí los chorros calientes de su semen llenándome el coño, tan abundantes que empezaron a escaparse por los bordes y a bajarme por los muslos.
—Te dije que pararas —murmuró después, con la respiración entrecortada y una mezcla de reproche y asombro.
—No eres mi dueño —respondí, todavía sin moverme, con la frente apoyada en la suya y la polla todavía dentro—. Me avisaste, y eso fue justo lo que me puso. Me encanta sentirme llena de tu leche.
Me levanté un poco y se la saqué despacio, y su semen se derramó sobre su vientre en un hilo espeso y blanco que contrastaba contra su piel oscura. Me pasé dos dedos por el coño, los saqué chorreando de su corrida mezclada con la mía, y me los chupé mirándolo a los ojos.
—Eres increíble —dijo, y se rió, rendido—. Estás loca.
—Y tú tienes una polla que merece que la aprovechen.
***
Llegamos a su casa medio vestidos y con las mejillas ardiendo. Su semen seguía escurriéndome por la cara interna de los muslos, empapando el asiento de cuero, y a él le tuve que subir yo misma la cremallera para que pudiera bajarse del coche. Era un piso enorme en una urbanización a las afueras, de esos con ventanales del suelo al techo y muy pocos muebles, como si quien viviera allí no terminara de echar raíces. No me dio tiempo a admirarlo. Apenas cruzamos el umbral, me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al sofá.
Me tumbó bocarriba, me arrancó lo que me quedaba de ropa y se abrió paso entre mis piernas hasta pegar la boca a mi coño. Se me escapó un gemido en cuanto sentí su lengua. Me lamió entera, de abajo arriba, recogiendo los restos de su propia corrida sin ningún pudor, con los ojos clavados en los míos. Después se centró en mi clítoris, chupándomelo, atrapándolo entre los labios, dibujando con la punta de la lengua círculos rápidos que me hicieron arquear la espalda.
—Joder, así, así, no pares —gemía yo, tirándole del pelo—. Cómeme el coño entero.
Me metió dos dedos mientras seguía comiéndome, curvándolos por dentro, buscándome ese punto blando y hinchado que hizo que empezara a temblar en cuestión de segundos. Me corrí en su boca con un grito, apretándole la cabeza contra mí, mojándole la barbilla entera. Él se levantó relamiéndose, con la polla otra vez dura, y me dio la vuelta sobre el sofá.
—A cuatro patas. Ahora te voy a follar como toca.
Me puse a cuatro con el culo en pompa y sentí cómo se colocaba detrás de mí, cómo me frotaba la punta de la verga contra los labios del coño, mojándola en mi flujo. Me la metió de una embestida hasta el fondo y me hizo gritar contra el cojín. Empezó a follarme fuerte, cogiéndome por las caderas, tirándome del pelo, dándome cachetes en el culo que me dejaban la piel ardiendo.
—Así te gusta, ¿eh? —jadeaba él, cada palabra acompañada de un envite brutal—. Que te folle como a una guarra.
—Sí, joder, más fuerte, más —le contestaba yo, echándole el culo atrás para recibirlo mejor.
Pasamos la tarde entera enredados. Recorrimos el salón, la cocina de mármol frío donde me sentó en la encimera y me la volvió a meter con las piernas abiertas encima de él, la habitación con esa cama absurdamente grande donde acabamos con él debajo y yo cabalgándolo del revés, dándole la espalda para que me viera el culo entero mientras me la metía. Probamos posturas hasta perder la cuenta: yo boca abajo con una almohada bajo el vientre, él penetrándome desde arriba con toda su envergadura pegada a mi espalda; yo apoyada contra el ventanal, con las tetas aplastadas contra el cristal, mientras él me la clavaba desde atrás y me susurraba guarradas al oído; yo sentada en su cara, ahogándolo con mi coño mientras él bebía todo lo que le daba.
Émile resultó ser un amante atento bajo toda aquella seguridad, alguien que sabía leer un cuerpo, que se tomaba su tiempo en los lugares correctos y que se reía con facilidad entre un beso y el siguiente. Me lo hizo dos veces más, corriéndose una en mi boca —y esta vez sí me tragué hasta la última gota, con la lengua fuera para que lo viera— y otra sobre mis tetas, marcando mi piel de blanco. Yo, que llevaba demasiados meses dejándome llevar por la rutina, redescubrí lo que era desear sin freno y ser deseada de vuelta con la misma intensidad. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. En algún momento me daba igual.
Cuando el sol empezó a caer, nos quedamos un rato tumbados, recuperando el aliento, mientras la luz anaranjada entraba por los ventanales y nos dibujaba sombras largas en la piel. Yo tenía el coño dolorido y las tetas marcadas por sus mordiscos, y el semen se me había secado en la cara interna de los muslos. Él tenía que viajar esa noche y yo tenía que volver a mi vida de siempre, a las sudaderas y los maniquíes y los clientes que solo entran a mirarse al espejo.
—Esto no se va a quedar aquí —dijo, acariciándome el hombro—. Te lo prometo.
—No prometas nada —contesté, sonriendo—. Hoy ya ha sido suficiente.
No volví a saber gran cosa de él. Me escribió un par de veces desde otras ciudades, fotos de hoteles, mensajes a deshora, y luego el fútbol se lo llevó lejos, como me imaginé que pasaría. No me importó. Nunca pretendí quedármelo. Lo que me quedé fue la tarde, intacta, y la certeza de que a veces la vida te cruza con alguien sin previo aviso, entre dos percheros, para recordarte que sigues viva.
De eso ya ha pasado un tiempo, y todavía no se lo he contado a nadie. Esta es la primera vez. Cada vez que entra un hombre alto por la puerta de la tienda, levanto la vista una décima de segundo, por si acaso. No vuelve, claro. Pero el cosquilleo, ese cosquilleo concreto que no se confunde con otra cosa, sigue ahí, esperando. Y por las noches, cuando me meto la mano entre las piernas y me acuerdo del sabor de su polla y del calor de su corrida llenándome, todavía me corro pensando en él.





