Lo que pasó en el parking aquella noche de copas
Habíamos vuelto de las vacaciones y pasamos una semana entera sin vernos, cada uno enredado en su trabajo, hasta que por fin llegó el fin de semana. Quedamos el sábado por la noche y todo transcurrió como en los buenos tiempos: una cena tranquila, las primeras risas, y después esa ronda interminable de bares por el centro, de copa en copa, hasta que los dos íbamos más borrachos de lo que reconoceríamos al día siguiente.
En la barra del último local te acaricié por encima del vestido, despacio, mientras esperábamos que nos sirvieran. Sentí cómo tu piel se erizaba bajo la tela y cómo girabas la cara hacia mí. Nos besamos como si no hubiera nadie más, con esa urgencia que solo aparece cuando llevas demasiadas horas conteniéndote.
Salimos a la calle. El aire frío nos despejó un poco, aunque no lo suficiente. Caminamos sin rumbo y, casi sin pensarlo, te desvié por una bocacalle más oscura, donde apenas pasaba gente. Te cogí de la cintura y te apoyé contra el lateral de un coche aparcado. Te besé el cuello mientras apretaba mi cuerpo contra el tuyo, y noté que la respiración se te entrecortaba.
—Aquí no —susurraste, pero no me apartaste.
Te cogí de la mano y te arrastré hacia una calle todavía más tranquila, una hilera de comercios cerrados con las persianas bajas. Cada diez metros te detenías para besarme, y cada vez yo te obligaba a seguir andando, riéndome contra tu boca.
Llegamos al hueco de la entrada de una tienda cerrada, un rincón en penumbra protegido de la vista. Te empujé contra la pared y te devoré la boca. Mis manos recorrieron tu cuerpo entero: tus caderas, tus muslos, la curva de tu espalda. Estabas completamente entregada, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
Esta noche no íbamos a parar.
Bajé una mano por debajo del vestido y comprobé lo lejos que habías llegado tú sola, sin que apenas te tocara. Te acaricié despacio, recorriéndote, y tú movías las caderas buscando mi mano. No objetaste nada cuando te quité la ropa interior y me la guardé en el bolsillo. Sabías que esa noche podía hacer contigo lo que quisiera, y eso te gustaba.
—Pareja, ¿algo por aquí? —nos sorprendió una voz desde la acera.
Era un hombre alto y corpulento, cargado con dos bolsas grandes de las que vendían los manteros por el centro. No te atreviste ni a mirarlo; escondiste la cara en mi cuello y te abrazaste a mí con fuerza. Pero noté que tu respiración seguía acelerada, que no era solo vergüenza lo que sentías.
—¿No tendrás una pulsera de hilo? —le dije, con una calma que no sé de dónde saqué.
Mientras él rebuscaba en las bolsas, tú seguías sin querer separarte. Te giré con suavidad hasta dejarte frente a él. Era de hombros anchos, manos enormes, una presencia que llenaba el callejón. Sacó varias pulseras y yo escogí una de cuero trenzado.
—Pruébasela, por favor —le pedí.
El hombre se agachó y te rodeó el tobillo derecho con una de sus manos para colocarte la pulsera. Me miraste a mí, luego lo miraste a él. Apenas te sostenías en pie. Yo te aguantaba por detrás, con las manos en tus caderas, y sin que él lo notara fui subiendo el borde de tu vestido, lo justo para que, al levantar la vista, adivinara hasta dónde había llegado nuestra noche.
Se relamió de manera casi involuntaria, sin dejar de mirarte. Cuatro manos sobre ti, dos miradas, y tú entre ambos, temblando de una mezcla de pudor y deseo que jamás te había visto.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté.
—Diez euros —respondió él, con la voz un poco más ronca.
—¿Te gusta, cariño? —te dije al oído.
No contestaste. Mis brazos te sujetaban firme, él seguía agarrándote el pie con los ojos clavados en ti. Subí otro poco el vestido. La escena lo dejó sin palabras. Sus manos empezaron a deslizarse por tus piernas, y tú, lejos de cerrarte, te arqueaste para facilitárselo.
—¿Y no podemos llegar a otro tipo de acuerdo? —pregunté.
Te separaste las piernas casi sin darte cuenta. Soltaste un gemido bajo que intentaste tragarte sin conseguirlo. Me miraste, lo miraste, y entendí que ya no había marcha atrás.
—Cariño —te dije—, ¿quieres seguir esto en otro sitio?
Asentiste sin dudar, con la mirada vidriosa.
***
El hombre se incorporó y me dijo que tenía un coche aparcado en el parking de la plaza, a un par de calles. Te rodeé la cintura y echamos a andar, él detrás, apurando el paso para no perdernos. Te costaba caminar, respirabas entrecortada, y mientras avanzábamos yo te susurraba al oído todo lo que estaba a punto de pasar.
—Mira cómo te observa —te dije, subiendo apenas el bajo del vestido para que él tuviera una buena vista de tu cuerpo a contraluz de las farolas.
Lo miraste por encima del hombro. Sus ojos no se despegaban de ti. Te sabías deseada por un desconocido y te dejabas mirar, y esa sensación, la de ser el centro de un deseo ajeno, te encendía más que cualquier otra cosa.
Llegamos a la entrada del parking. Las puertas viejas chirriaron y una segunda figura asomó desde el fondo del pasillo en penumbra, un compañero del primero. Se hablaron en un idioma que no entendimos y los dos rieron.
—Amigo, ¿él puede mirar? —preguntó el primero, señalando con la cabeza.
Te miré, dándote la última oportunidad de frenarlo todo con un solo gesto. Pero tu mirada lo aprobó. Asentí y cruzamos la puerta. Te flaqueaban las piernas por la tensión, por la excitación, por el miedo a lo desconocido. Y, sin embargo, el deseo pudo más que el miedo.
Llegamos al coche, en un rincón mal iluminado del aparcamiento. Te abracé por la espalda y empecé a acariciarte por encima del vestido. Sentías mis manos apretar tus pechos, recorrer tus caderas, rodearte el cuello, todo delante de dos extraños que no apartaban la vista de ti. Empezaban a impacientarse, y tú te dejabas mostrar por mí como una ofrenda.
Bajé los tirantes del vestido y dejé tus pechos al descubierto. El frío de la noche te endureció los pezones al instante. Los dos hombres se acercaron despacio. Yo me senté en el borde del maletero abierto y te giré para que ellos pudieran verlo todo.
Primero uno, luego el otro, empezaron a acariciarte el cuerpo con manos torpes de tanta urgencia. Cerraste los ojos y echaste la cabeza hacia atrás, dejándote tocar por manos que ni siquiera conocías. Lejos de avergonzarte, buscabas más, ofrecías más, te girabas para que ninguno se quedara sin tocarte.
Te tumbé sobre el maletero, con la ropa enredada en la cintura, y empecé a hacerte el amor mientras ellos seguían recorriéndote con las manos y la boca. Te sentías observada, deseada, rodeada, y eso te llevaba a un lugar al que nunca habíamos llegado juntos. Dejabas escapar sonidos que no sabía que guardabas dentro.
Me retiré para que uno de ellos ocupara mi lugar, y tú no apartabas la mirada de la escena, como si necesitaras verlo para creértelo. El segundo se colocó a tu lado y tú lo buscaste con la mano sin que nadie te lo pidiera. Yo me aparté un paso, dueño de la situación y a la vez espectador de algo que jamás habíamos imaginado en voz alta.
—¿Te gusta sentirte así? —te pregunté.
—Sí —respondiste con un hilo de voz, sin abrir los ojos.
Te sentías sucia y libre al mismo tiempo, las dos cosas a la vez, y por primera vez no luchabas contra ninguna de ellas. Movías las caderas marcando tú el ritmo, alternando la atención entre uno y otro, perdida en una espiral de la que no querías salir.
Llegaste al límite varias veces, una detrás de otra, abrazándote con las piernas a un cuerpo desconocido mientras gritabas sin poder contenerte. El primero terminó con un jadeo ronco, empujándote con toda su fuerza, y enseguida el otro ocupó su lugar. Se escuchaba la respiración de los cuatro rebotando contra el techo bajo del aparcamiento.
—No pares —le pediste tú misma, agarrándote a sus brazos.
Y él no paró. Te sostenía las piernas, abriéndote al placer, mientras yo te miraba desde un lado sin creerme del todo que aquella mujer entregada y desatada fueras tú, la misma con la que había cenado tranquilamente unas horas antes.
Cuando por fin terminó, los dos hombres se apartaron, recogieron sus bolsas y desaparecieron por el pasillo oscuro tan rápido como habían llegado. Nos quedamos solos en el rincón del parking, tú medio vestida sobre el maletero, yo de pie frente a ti, los dos sin aliento.
—No me puedo creer lo que acaba de pasar —dijiste, entre la risa y el asombro.
Te ayudé a colocarte el vestido. Te temblaban las manos. Salimos del aparcamiento abrazados, en silencio, por las mismas calles vacías de antes, ahora cómplices de algo que nadie más sabría jamás.
De vuelta a la rutina, los días siguientes me sorprendí pensando en ello más de lo que debería. Y por tu manera de mirarme cada vez que salíamos de noche, supe que tú también. Nunca lo hablamos del todo. Pero los dos sabíamos que aquella noche habíamos cruzado una línea que ya no podríamos volver a fingir que no existía.





