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Relatos Ardientes

La noche en que me volví su plegaria

La habitación todavía guardaba el calor húmedo del baño de vapor. Afuera seguía existiendo el mundo, el ruido de la calle, los semáforos, la gente apurada; pero ahí dentro el tiempo se había detenido como el agua de un estanque. Las velas dibujaban círculos temblorosos sobre el suelo de tatami, y del estéreo salía un murmullo de agua corriendo, tan bajo que parecía el pulso de un río escondido bajo el piso.

Me arrodillé frente a Adrián. No como quien se rinde por miedo, sino como quien deja una ofrenda en un altar. Mi cuerpo temblaba, y no era de nervios: era de pura anticipación, esa que sube por la espalda antes de que algo importante empiece.

—Ordéname —le dije, con una voz que me salió más firme de lo que esperaba—. Pide lo que quieras y será tuyo.

Él no respondió enseguida. Me contemplaba desde el borde del sillón como quien descubre un lugar que no sabía que existía. Se levantó despacio, sin prisa, y cada paso sobre el tatami sonó como un tambor lento. Cuando su mano rozó mi mentón, su voz llegó como un susurro que quemaba.

—No quiero que lo pidas —dijo—. Quiero que lo supliques. Que me lo ruegues con cada fibra del cuerpo, hasta que tu deseo se vuelva una plegaria y el resto del mundo se borre.

No me aparté. No me quebré. Al contrario, sentí que algo en mí se erguía. Arqueé la espalda, entreabrí los labios, y lo miré como si estuviera a punto de pronunciar un conjuro que no se dice con palabras.

—Lo haré —contesté—. Pero no con la boca. Con cada gesto. Con cada temblor. Con cada parte de mí que se abra para recibirte.

Adrián cerró los ojos un instante, como si mis palabras fueran incienso. Cuando los abrió, ya no quedaba en ellos la cortesía del hombre que me había invitado esa noche. Había otra cosa, más antigua y más hambrienta.

—Entonces ven —dijo—. Y conviértete en eso.

***

Habíamos llegado a esto después de meses de rodeos. Nos conocimos en un taller de cerámica, de todos los lugares posibles, y durante semanas fingimos que lo nuestro era solo conversación y café. Pero cada despedida se hacía más larga, cada roce en la mesa de trabajo duraba un segundo de más. Una noche, frente a un par de copas, le confesé una fantasía que nunca había dicho en voz alta: la de entregarme del todo, sin reservas, a alguien que supiera leerme, que me follara como si tuviera derecho a mi coño. Él no se rió. Solo me miró un rato largo y dijo: «Entonces vamos a hacerlo bien».

Por eso las velas. Por eso el silencio. Por eso ese cuarto que él había preparado como quien arma un templo, con tatami nuevo y un solo aroma flotando en el aire, a cedro y a algo dulce que no supe nombrar.

Esa misma tarde habíamos ido juntos al baño de vapor, en silencio casi todo el rato, dejando que el calor nos ablandara la timidez. Recuerdo haberlo mirado a través de la neblina y haberle visto la polla dura marcándose bajo la toalla, y haber pensado que ya no había vuelta atrás, que esa noche íbamos a tocar el fondo de algo que llevábamos meses bordeando. Cuando salimos, todavía con la piel encendida, él me tomó de la mano y me condujo hasta el cuarto sin decir una palabra. La sola firmeza de su mano me dijo todo lo que necesitaba saber.

En el umbral me detuve un segundo. No por duda, sino para guardar la imagen: las velas ya encendidas, el tatami pálido bajo la luz temblorosa, el cojín en el centro esperándome como un sitio reservado. «Esto lo elegí yo», me repetí. No me estaban arrastrando a ningún lado. Yo había caminado hasta ahí, con los ojos abiertos, y esa certeza me dio una calma que no esperaba.

Me hinqué en el centro de la habitación con el cuerpo ofrecido, no como objeto, sino como ruego silencioso. Adrián me observaba desde el sillón con la calma del que sabe que el momento llegará exactamente cuando él lo decida. Yo no me movía. No temblaba. Esperaba. Y esa espera, esa quietud obligada, era ya una forma de placer que no había conocido antes.

Cuando por fin se levantó, lo hizo con propósito. Se acercó por detrás, y al hincarse el aire pareció detenerse conmigo.

—Suplica ahora —dijo.

No respondí de inmediato. Tomé aire desde muy adentro, como si juntara palabras que no se pronuncian con la lengua sino con el pecho.

—Mi cuerpo es tuyo —susurré—. Pero no lo tomes sin más. Reclámalo. Fóllame el coño con tu boca antes que con nada, ábreme entera con los dedos, hazme rogar por tu verga hasta que se me caiga la baba pidiéndotela. No por capricho. Por necesidad.

Adrián volvió a cerrar los ojos un segundo. Cuando los abrió, su mirada ya no era la de un hombre cualquiera.

—Prepárate —dijo—. Porque lo que voy a darte no va a ser una caricia.

***

Sus manos se posaron sobre mis caderas, firmes, seguras, como si marcaran el principio de algo antiguo. Tembló todo mi cuerpo. No de miedo: de la certeza de estar siendo leída y no solamente tocada. Bajó la cabeza, y en su respiración sobre mi piel había algo más que ganas. Había reconocimiento.

Me empujó hacia adelante hasta que quedé a cuatro patas sobre el tatami, con el culo alzado y el coño ya húmedo, brillando entre los muslos. Escuché el rumor de su ropa cayendo detrás de mí, y luego el calor de su cuerpo desnudo pegándose a mi espalda. Su polla, dura, gruesa, me rozó los muslos por primera vez, y solo con ese contacto me temblaron las rodillas.

El primer contacto de su lengua no fue en la boca, fue en el coño. Lo lamió desde atrás, de abajo hacia arriba, un lengüetazo largo y firme que me arrancó un gemido sucio, largo, que no supe callar. El segundo fue más profundo, la lengua metida entre los labios mojados, buscándome el clítoris con una paciencia obscena. El tercero me hizo apretar los ojos y morderme el labio, porque mi cuerpo entendió que ya no había marcha atrás. Él no me tocaba: me devoraba, lento, paciente, chupando, sorbiendo, hundiendo la cara entera contra mi coño como si estuviera bebiendo de un manantial que solo él conocía.

—Reclama lo que es tuyo —le rogué, con la voz rota por la entrega, empujando el culo contra su boca sin ninguna vergüenza.

Sonrió contra mis labios mojados, y sentí la vibración de esa risa baja en todo el coño. Luego dos dedos me entraron de golpe, firmes, y empezaron a follarme mientras la lengua seguía trabajándome el clítoris. Yo gemía y me sacudía como una perra, apretando su cara contra mí, incapaz de quedarme quieta. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mi coño llenaba el cuarto, y ese ruido tan sucio, tan claro, me calentaba tanto como el propio contacto.

—Córrete en mi boca —murmuró, y no era una sugerencia. Era una orden.

Me corrí. Me corrí con la cara pegada al tatami y el culo en alto, temblando entera, apretando los dedos contra su lengua, gritándole que no parara, que me siguiera comiendo. Él no paró. Bebió cada gota, me limpió el coño con la lengua, y solo cuando estuve completamente laxa, con el cuerpo suelto y la respiración rota, me soltó.

Me giró de espaldas y me tumbó boca arriba. Se arrodilló entre mis piernas, con la polla enorme, dura, húmeda ya de mi saliva anticipada y de su propio deseo. Yo estiré la mano y la agarré: gruesa, caliente, latiendo contra mi palma. Se me hizo agua la boca.

—Métemela en la boca —le pedí—. Antes que en el coño, en la boca. Quiero sentirla toda.

No me hizo esperar. Se acercó, me abrió los labios con la punta de la verga y me la fue metiendo despacio, mirándome a los ojos, hasta que sentí la cabeza dura contra la garganta. Se la mamé con hambre, con ganas, sin fingir delicadeza, dejando que se me escapara la saliva por las comisuras. Él me agarró del pelo y empezó a moverse él, follándome la boca a su ritmo, entrando y saliendo mientras yo gemía con la verga adentro. Cada embestida me hacía llorar los ojos, pero no aflojé. Me la tragué hasta el fondo, chupé los huevos, le pasé la lengua por toda la longitud como si estuviera aprendiéndola de memoria.

—Basta —jadeó él, arrancándomela de golpe—. Si sigo, me corro en tu cara y todavía no te la he metido.

Me abrió las piernas de par en par. Se colocó en la entrada, y con una lentitud que era casi insoportable, empezó a meterme la polla en el coño. No empujaba: invitaba. No invadía: reclamaba. Mi cuerpo, que por instinto se había tensado, fue cediendo de a poco, no por debilidad, sino por una aceptación que me sorprendió a mí misma. Sentí el calor, la presión, la manera en que cada centímetro de verga se volvía una pequeña conquista dentro de mí.

—Se siente increíble —jadeé, apretando los muslos alrededor de sus caderas—. Métemela toda, joder, toda.

Él lo entendía. Saboreaba cada instante: no solo el contacto, sino la entrega completa, el momento exacto en que algo prohibido se vuelve casi sagrado. Se hundió hasta el fondo de una sola estocada, y yo grité, no de dolor, sino de plenitud, porque nunca había sentido nada tan adentro. Se quedó ahí, quieto, dejándome sentir cada latido de su verga dentro de mi coño. Luego se retiró casi entero, dejándome vacía un segundo, y volvió a hundirse de golpe, hasta las bolas.

Lo hizo varias veces: salir, volver, salir, volver, cada vez más fuerte, como si mi coño fuera un verso que se relee en voz alta, una y otra vez, hasta memorizarlo. Y yo me iba abriendo, no por agotamiento, sino por deseo. Adrián lo sintió. Y como quien por fin reconoce a su igual, empezó a follarme en serio.

El ritmo se volvió constante, profundo, brutal, como tambores en una danza que viene de muy lejos. Cada golpe de sus caderas contra las mías sonaba con un chasquido húmedo en el silencio del cuarto, y mis tetas rebotaban con cada embestida. Él bajó la cabeza y me atrapó un pezón entre los dientes, chupándolo fuerte mientras seguía follándome. Yo me arqueé, hundí los dedos en su espalda, le clavé las uñas. Dejé de pensar. Por primera vez en mucho tiempo, dejé de estar en guardia.

—Mírame —me ordenó, y giré la cabeza apenas para encontrar sus ojos. En ellos no había crueldad. Había una atención feroz, como si nada en el mundo existiera salvo su polla entrando y saliendo de mi coño.

—Dime que te gusta —siseó, sin dejar de embestir—. Dime cómo te gusta que te folle.

—Así —gemí—. Así, duro, hasta el fondo. No pares, por favor, no pares.

Me sacó la verga de golpe y me giró como a un muñeco. Me puso de rodillas otra vez, con el pecho contra el tatami y el culo bien alto, y volvió a metérmela desde atrás, de una sola estocada. Desde ese ángulo entraba más profundo, tocaba lugares que me hacían gemir sin control, y él lo sabía. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a follarme como una máquina, rápido, seco, sin piedad. El sonido de sus huevos golpeando contra mi coño era obsceno, perfecto.

—Tócate —me ordenó—. Tócate el clítoris mientras te follo. Quiero sentir cómo te corres con mi verga adentro.

Obedecí. Metí la mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris hinchado mientras él seguía embistiendo. El placer me subió en oleadas, una sobre otra, hasta que sentí que algo se soltaba muy adentro y temblé entera, sin control, sin pudor, con la boca abierta en un gemido que no reconocí como mío. Mi coño se cerró en espasmos alrededor de su polla, apretándolo, chupándolo, y él soltó un gruñido bajo pero no se detuvo. Me sostuvo de las caderas y me llevó más allá del límite que yo creía tener, hasta que mi propio cuerpo dejó de pertenecerme del todo y pasó a ser parte de aquello que estábamos follando.

Hubo un momento en que perdí por completo la noción del tiempo. No sabía si llevábamos minutos o una hora entera en aquella penumbra. Solo existían su respiración pesada cerca de mi nuca, el calor de sus manos apretándome las nalgas, el chapoteo húmedo de su verga entrando y saliendo, y ese vaivén que se había vuelto el centro de todo. Cada vez que creía haber llegado al máximo, él encontraba una manera de empujarme un poco más lejos: cambiaba el ángulo, me levantaba una pierna, me pellizcaba un pezón, me metía el pulgar en la boca para que se lo chupara mientras me seguía follando.

Me puso boca arriba otra vez, se echó sobre mí con todo su peso y me clavó la polla hasta lo más hondo. Me agarró las dos muñecas y me las pegó al tatami por encima de la cabeza, dejándome expuesta, abierta, sin poder moverme. Y así, inmovilizada, me folló como si quisiera dejar marca. Yo le rodeé la cintura con las piernas y le pedí más, más, siempre más.

—No te guardes nada —me dijo al oído, con la voz ronca de tanto contenerse, y esa orden fue lo único que necesité. Dejé de contenerme. Dejé que mi voz llenara el cuarto, que mi cuerpo respondiera sin filtro, que cada temblor fuera tan honesto como una confesión hecha a oscuras. Le grité que se corriera dentro, que me llenara el coño, que no se atreviera a sacármela.

Él aceleró. Sus embestidas se volvieron erráticas, brutales, y de pronto sentí cómo se hundía a fondo, se quedaba quieto, y una oleada de calor me inundaba por dentro. Su corrida, espesa, abundante, me llenó entera mientras él gemía contra mi cuello, temblando encima de mí. Yo me corrí otra vez con él, sintiendo cada chorro de semen adentro, apretándolo con el coño para no perder ni una gota.

Nunca me había mostrado así frente a nadie, tan sin defensas, tan absolutamente follada, y descubrí que en esa desnudez total había una libertad que no sabía que existía.

***

Cuando por fin se retiró, un hilo de su semen y del mío me resbaló por el muslo. Me dejé caer de costado sobre el tatami, con la respiración entrecortada, la piel cubierta de una capa fina de sudor y el coño palpitando todavía, hinchado, vivo. Las velas seguían ardiendo, indiferentes, dibujando sus círculos en el techo. Adrián se sentó a mi lado y me apartó un mechón de pelo de la cara con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.

—¿Estás bien? —preguntó, y la pregunta, tan simple, me conmovió más que cualquier otra cosa de esa noche.

Asentí. No me salían las palabras todavía. Tenía la sensación extraña de haber dejado algo en aquel cuarto y, al mismo tiempo, de haberme llevado algo nuevo. Durante años había creído que entregarse era perder. Esa noche entendí que rendirse, cuando una elige a quién y cómo abrir las piernas, también es una manera de tomar el control. El mío. El de mi placer. El de mi propio deseo, que por fin había dejado de pedir permiso.

Me acurruqué contra su pecho. Su corazón latía rápido todavía, y el mío respondía con el mismo ritmo, como dos tambores que se han acompasado sin proponérselo. Afuera, el mundo seguía girando, los semáforos, la gente apurada. Pero ahí dentro, entre las velas y el murmullo del agua, el tiempo seguía detenido, y yo no tenía ninguna prisa por volver.

—¿Repetimos? —le pregunté al cabo de un rato, medio en broma, medio rezando para que dijera que sí. Bajé la mano y le agarré la polla, todavía tibia, todavía pegajosa de los dos—. La quiero otra vez. En la boca, en el coño, donde tú quieras.

Adrián se rió bajito, esa risa grave que me había gustado desde el primer día, y me besó la frente mientras su verga empezaba a endurecerse otra vez en mi mano.

—Tenemos toda la noche —dijo—. Y muchas más, si las quieres.

Las quería. Las quería todas.

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Comentarios(7)

Karlita_88

increible relato, me dejo sin palabras!!!

Cris_mdq

por favor que haya una segunda parte, no puedo quedarme con las ganas de saber que paso despues

FrancoLector

Me encanto la forma en que lo escribiste, se siente tan real. Se me puso la piel de gallina en mas de un momento.

Romana_BA

Buenisimo, sigue así!

Valentina_Baires

Que categoria mas subestimada la de Confesiones, relatos asi me recuerdan por que me enganche con esta pagina. Muy bueno!

MarioF_corr

Me recordo a algo que viví hace tiempo, esa sensación de no saber bien si queres o no queres... muy bien capturado.

PatriciaQ23

Me gusta mucho como manejas el ritmo, no apuras nada y se siente natural. Esperando mas relatos asi!

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