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Relatos Ardientes

El rey que disfrutó viendo a su reina con otro

El gran reloj de pie que presidía el despacho marcó las diez con diez golpes secos que resonaron en la madera oscura de las paredes. Adrián los contó uno a uno, sentado en el sillón de cuero que ocupaba el centro de la sala, con una copa de coñac olvidada sobre el brazo del mueble. Llevaba toda la tarde esperando ese momento y la espera, lejos de calmarlo, había afilado cada uno de sus nervios.

La puerta se abrió y entró Helena.

Venía vestida con un traje de noche rojo sangre que se ceñía a su cuerpo como si lo hubieran cosido sobre su piel, y caminaba sobre unos tacones negros altísimos que la hacían parecer aún más imponente de lo que ya era. Avanzó hasta el centro de la habitación con una lentitud calculada, sabiendo que él no le quitaba los ojos de encima, y se detuvo justo bajo la única lámpara encendida.

—Gracias por ser tan generoso conmigo —dijo, y su voz tenía ese tono bajo que él conocía de memoria—. Esta noche un hombre de verdad va a tratarme como me merezco. Espero que disfrutes del espectáculo.

Adrián no respondió. No hacía falta. Llevaban quince años casados y aquel juego, que habían descubierto casi por accidente una madrugada de confesiones, se había convertido en el secreto que los mantenía despiertos y deseándose como el primer día.

Helena se acercó al sillón y se arrodilló frente a él con la elegancia de quien ha ensayado cada gesto. Posó las manos sobre sus muslos, lo miró desde abajo y empezó a recorrerlo con la boca, sin prisa, alternando la lengua y los labios, mientras con los dedos le acariciaba despacio. Adrián cerró los ojos un instante y enseguida volvió a abrirlos: no quería perderse nada.

—Todavía no —murmuró él, conteniéndose—. Esto es solo el principio.

Ella sonrió contra su piel y se incorporó. Sabía leerlo como nadie. Quince años compartiendo la misma cama le habían enseñado exactamente dónde estaba el límite de su marido y cuánto placer cabía en aguantar justo antes de cruzarlo.

—Este es tu primer regalo —dijo ella, poniéndose de pie—. Si te portas bien, después te dejaré participar.

Se llevó las manos a los tirantes del vestido, los deslizó por los hombros con un movimiento perezoso y la tela cayó al suelo formando un charco rojo alrededor de sus tacones. Debajo llevaba un liguero negro, medias finas y un conjunto de encaje y transparencias que no ocultaba nada, sino que enmarcaba todo. Adrián tragó saliva. Llevaba la noche entera imaginando ese instante y la realidad superaba con creces la espera.

—Voy a poner mis agujeros a disposición de quien yo elija —anunció Helena con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Y tú vas a mirar.

Se acercó al escritorio, completamente despejado para la ocasión, y apretó el pequeño timbre que descansaba en una esquina. Antes había despachado al servicio. En toda la casa solo quedaban ellos dos y el hombre que estaba a punto de cruzar esa puerta.

***

La puerta se abrió por segunda vez y Adrián sintió que el aire de la habitación cambiaba de densidad.

El hombre que entró era enorme. Cercano a los dos metros, ancho de hombros, con el porte sereno de quien está acostumbrado a que todas las miradas lo busquen. Era un deportista extranjero, una estrella de su disciplina, de piel oscura y mandíbula fuerte, y venía vestido con un traje hecho a medida y una pajarita perfectamente anudada que contrastaba con lo que todos sabían que iba a ocurrir. Se llamaba Dominic, aunque esa noche el nombre era lo de menos.

Helena lo había conocido meses atrás a través de uno de sus contactos de confianza. Había una persona discreta para cada cosa en su vida, gente que la mantenía informada y que la ayudaba a conseguir lo que se proponía. Y Helena se había propuesto a Dominic con la misma determinación con la que se proponía cualquier otro de sus deseos.

El hombre miró a Adrián, que seguía inmóvil en su sillón, e inclinó levemente la cabeza.

—He venido tan rápido como he podido —dijo con un acento marcado y agradable—. Estoy aquí para complacer a tu mujer. Me ha pedido que la haga disfrutar de todas las formas posibles. ¿Tengo tu permiso?

Era parte del rito. A Helena le encantaba que el otro hombre pidiera autorización a su marido antes de tocarla, como si ella fuera un tesoro que solo Adrián pudiera prestar. Y a Adrián aquella formalidad lo encendía de un modo que no sabía explicar.

Asintió en silencio.

Helena se apoyó de espaldas contra el escritorio, recostó la cintura sobre el borde y separó ligeramente las piernas, ofreciéndose. Dominic empezó a desvestirse junto a la puerta, sin prisa, dejando caer la chaqueta, la camisa, todo, hasta que ante ellos quedó un cuerpo de músculos definidos que parecía esculpido. Helena lo recorrió con la mirada y se mordió el labio. Llevaba días imaginando ese momento.

Él se arrodilló frente a ella y le retiró despacio la ropa interior, deslizándola por sus piernas con una paciencia que la hizo estremecer. Cuando su boca por fin la alcanzó, Helena soltó un gemido que no esperaba. Miró a Adrián mientras la lengua del otro hombre la recorría, buscó sus ojos y, sin apartar la vista de su marido, empezó a temblar. Apenas habían empezado y ya se estaba dejando ir, sacudida por un orgasmo largo que le subió por la espalda y le erizó la piel.

Dominic levantó la cabeza, miró a Adrián con una media sonrisa y dejó que él viera el brillo en su barbilla. Adrián sonrió de vuelta, complacido. Aquello era exactamente lo que había querido ver.

***

—Ahora —jadeó Helena—. No aguanto más.

Dominic se incorporó y, en aquella misma posición, fue entrando despacio, abriéndose paso hasta el fondo. Helena, sintiéndose llena, volvió a gemir, esta vez más fuerte, agarrándose al borde del escritorio mientras él marcaba un ritmo cada vez más firme. Adrián seguía cada embestida desde su sillón, inclinado hacia delante, sin pestañear.

Tras unos minutos ella lo detuvo, se arrodilló de nuevo y empezó a recorrer con la boca el cuerpo que tanto placer le estaba dando. Lo hacía despacio, con destreza, levantando la mirada hacia su marido y hacia su amante alternativamente, con esa expresión deliberadamente provocadora que sabía que volvía locos a los dos hombres a la vez.

—Mírala —murmuró Adrián, casi para sí mismo—. Mira lo que es capaz de hacer.

Helena cumplía su fantasía punto por punto, como un plan trazado con antelación. El juego, sin embargo, todavía no había llegado a su parte favorita. Se inclinó sobre el escritorio, apoyó el pecho contra la madera fría y dejó la cadera totalmente expuesta. Adrián se levantó del sillón por primera vez en toda la noche y se acercó. No para tomar el lugar del otro hombre, sino para tener un asiento de primera fila en lo que venía.

Dominic se colocó detrás de ella y entró por el otro lado con una lentitud cuidadosa. Helena dejó escapar un gemido distinto, más grave, una mezcla de dolor y de placer que le quebró la voz. Adrián, de pie a su lado, le acariciaba la espalda y le susurraba al oído mientras ella se acostumbraba a la invasión.

—Respira —le decía—. Respira y disfrútalo.

Poco a poco el dolor se transformó en otra cosa. Helena empezó a mover la cadera, marcando ella misma el ritmo, invitándolo a más. Las sacudidas se volvieron más intensas y sus gemidos llenaron el despacho, mezclándose con el tictac imperturbable del reloj de pie. Adrián, incapaz de quedarse quieto, le acariciaba el cuello, los hombros, todo lo que sus manos alcanzaban.

***

Cuando Dominic se detuvo, exhausto, Helena no estaba ni cerca de darse por satisfecha. Lo tomó de la mano y lo hizo tumbarse sobre la alfombra del despacho. Después se colocó encima de él y, con un movimiento certero de cadera, retomó el control de la noche. Cabalgaba con una energía que arrancó una carcajada incrédula al deportista, que pese a su físico empezaba a quedarse sin aliento.

Adrián los observaba desde arriba, y cuando vio que su mujer volvía a acercarse al límite, supo que había llegado su turno. Llevaba toda la noche esperando esa señal. Helena detuvo el vaivén un instante, giró la cabeza y lo buscó con la mirada.

—Ven —le dijo simplemente.

No necesitó más. Adrián se arrodilló detrás de ella, y por unos minutos los dos hombres la tuvieron a la vez, moviéndose en un ritmo que se fue acompasando hasta volverse uno solo. Helena gritó, esta vez sin contenerse, sin pensar en quién pudiera oírla, dejándose llevar por completo. Se sentía llena, deseada, dueña absoluta de aquella habitación y de los dos cuerpos que la sostenían.

Fue ella la primera en estremecerse, y su orgasmo desató el de los dos hombres casi a la vez. Durante unos segundos no se oyó más que la respiración entrecortada de los tres y, debajo de todo, el reloj que seguía marcando los segundos como si nada hubiera pasado.

***

Más tarde, cuando Dominic se hubo vestido y se marchó con la misma discreción con la que había llegado, Helena se acurrucó contra Adrián en el sillón de cuero, todavía con el liguero puesto y el carmín corrido.

—¿Te ha gustado el espectáculo? —preguntó ella, con la voz ronca y una sonrisa cansada.

—Más de lo que debería confesar —respondió él, y la besó en la sien.

Eran un rey y una reina sin corona, dueños de un secreto que nadie más entendería. Para el resto del mundo eran un matrimonio impecable de quince años. Solo entre aquellas paredes, una noche de vez en cuando, se permitían ser exactamente lo que deseaban ser. Y a la mañana siguiente, cuando el servicio volviera y la casa recuperara su orden perfecto, nadie sospecharía jamás lo que el viejo reloj de pie había visto esa noche.

Tal vez por eso lo guardaban tan bien, pensó Adrián mientras ella se quedaba dormida sobre su pecho. Porque ningún secreto une tanto como el que se disfruta a dos.

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Comentarios(7)

Diegote_BA

Tremendo. De los mejores relatos que lei en mucho tiempo, sin dudas.

Nocturno44

Y no hay segunda parte?? Me quede con las ganas, necesito saber como siguio esa noche jaja

RosaK_Arg

Me recordo a algo que vivimos con mi pareja hace un tiempo. Esas experiencias te acercan de una manera distinta, te cambian. Gracias por animarte a contarlo.

veranocaliente77

Lo que mas me gusto es que los dos estaban de acuerdo. Se nota el amor ahi detras, eso es lo que lo hace especial.

Peke_MB

increible!!! sigue subiendo relatos asi

MarcelaS_Cor

Que bien escrito esta. Se siente real, no parece inventado. La tension del principio es lo mejor, te atrapa desde el primer momento aunque ya sabs a donde va. Felicitaciones.

carlospba

Esto es real o es ficcion? Porque se siente muy vivido. Igual excelente relato, de esos que uno termina y se queda pensando.

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