Volvimos a la clínica que nos volvió adictas
Bianca y yo somos madres desde hace ya un tiempo, y todavía me cuesta creer cómo llegamos hasta acá. Los tratamientos en aquella clínica de reproducción nos cambiaron la vida: las dos dimos a luz a unas criaturas tan hermosas como nosotras mismas. Creíamos, ingenuas, que después del parto el deseo se nos calmaría, que la maternidad nos volvería más tranquilas. Nos equivocamos en todo.
Lejos de apagarse, aquella urgencia se volvió más intensa. Parir fue una de las experiencias más fuertes que vivimos, y ahora las dos buscábamos quedar embarazadas otra vez. No solo por los hijos. Había algo más, algo que ninguna de las dos decía en voz alta pero que las dos entendíamos con solo mirarnos.
Nuestros amigos del verano seguían visitándonos con frecuencia. Nos tenían dominadas por completo, como si les perteneciéramos, y nos buscaban casi a diario desde el mismo día en que volvimos de la maternidad. Ni siquiera respetaron la cuarentena. A Bianca se le abrieron los puntos más de una vez. Y aun así, por más que lo intentábamos, ninguna de las dos lograba quedar embarazada de nuevo. Por eso decidimos volver a la doctora.
Seguíamos en forma, eso no nos faltaba; el ritmo que llevábamos nos mantenía los cuerpos firmes y atléticos. Lo único que no había vuelto a su lugar era el pecho, que conservábamos más lleno que antes. Todavía amamantábamos a nuestras criaturas, y reconozco que también a quien quisiera alimentarse de nosotras.
Extrañábamos aquellas revisiones del embarazo. Las manos de la doctora, la presencia de su asistenta, el ritual entero. No era nostalgia de paciente. Era otra cosa, y ninguna de las dos pretendía disimularlo.
Lo hablábamos de noche, en la cama, mientras nuestras criaturas dormían en la habitación de al lado. Bianca apoyaba la cabeza en mi hombro y me describía con detalle lo que recordaba de cada cita, y yo la escuchaba con el corazón acelerado, sabiendo que las dos esperábamos lo mismo. No era el embarazo lo que nos llamaba de vuelta. Era todo lo que rodeaba al embarazo, esa mezcla rara de clínica y entrega que ninguna de las dos había sentido en ningún otro lado.
***
Conseguimos hablar con ella y nos dio cita esa misma tarde. Nos preparamos como ya era costumbre: tanga ajustado que dejaba ver nuestros piercings, vestido ceñido y ningún sostén que ocultara nada. Cuando salimos del auto, Bianca me tomó de la mano un segundo y me la apretó. No hizo falta decir nada.
Al llegar a la clínica saludamos a la doctora. Había ampliado su equipo: una enfermera nueva, tan atractiva como las otras dos. Las tres nos recibieron con una sonrisa que ya conocíamos bien.
—Cuéntenme —dijo la doctora, cerrando la puerta detrás de nosotras.
—Lo intentamos todo —respondí—. Todos los días. Y nada.
Ella asintió despacio, como si esa respuesta fuera exactamente la que esperaba.
—Pasen al consultorio. Pónganse cómodas. Ya saben lo que significa.
Significaba desnudas. Y las dos obedecimos sin que nos lo repitiera.
Mientras me quitaba el vestido miré a Bianca. Su cuerpo me sigue encendiendo igual que el primer día, y sé que a ella le pasa lo mismo conmigo. Es algo que no se gasta. La doctora y sus enfermeras entraron con sus batas blancas, y la que ya nos conocía nos acomodó a las dos en las camillas de exploración, con las piernas bien abiertas y todo descubierto.
Siempre estamos húmedas, pero cuando me di cuenta de que bajo aquellas batas no llevaban absolutamente nada, sentí el calor bajándome por los muslos.
—Vamos a registrar la exploración —dijo la doctora—. Necesito que graben todo.
Las enfermeras prepararon las cámaras. Esto no parece medicina, pensé, y ese es justamente el problema.
***
Lo que vino después fue intenso de una manera difícil de explicar. Nos colocaron unos instrumentos de exploración mucho más grandes que los habituales, de los que se usan con animales grandes. Salté del dolor, pero unas manos firmes me sujetaron a la camilla y me dejaron sin posibilidad de moverme. Sentía que me partía. La doctora trabajaba con una calma que contrastaba con todo lo que yo sentía por dentro, y cuando alcé la vista vi mi propio vientre tensándose bajo la presión de su mano.
Después siguieron las enfermeras. Introdujeron un aparato que yo no reconocía y me explicaron, con una voz dulce que no encajaba con nada, que iban a hacernos una estimulación ovárica.
—Va a molestar un poco —avisó la más joven.
«Un poco» fue un eufemismo. Empezó una serie de descargas que me dejaron dolorida durante minutos. Pequeñas corrientes, una detrás de otra. Bianca lloraba en la camilla de al lado, y aun así ninguna de las dos pidió que pararan. Vinieron también unas inyecciones para terminar de estimular los óvulos.
Veinte minutos largos. Cuando todo cesó, habíamos dejado el piso húmedo debajo de nosotras. Nos retiraron los instrumentos y me sentí extrañamente vacía, rota por dentro, como después de un parto. Creía que ahí terminaba todo.
Giré la cabeza para buscar a Bianca. Tenía la frente perlada de sudor y el pelo pegado a la cara, y aun así me sonrió. Esa sonrisa nuestra, la que solo entendemos las dos, la que dice «sigamos» cuando cualquier persona sensata diría «basta». Yo le devolví la misma mueca. La doctora lo notó y no dijo nada, pero por la forma en que nos miró supe que ella también la había entendido.
No terminaba.
***
Las dos enfermeras reaparecieron sin las batas, llevando unos arneses cargados. Me explicaron, sin un gramo de pudor, que traían el material de un donante muy particular y que estaba listo para nosotras. No esperaron permiso. Inmovilizadas como estábamos, empezaron las embestidas.
Vi en sus caras una mezcla de perversión y entusiasmo. La doctora las alentaba desde un costado, repitiéndoles que no tuvieran piedad, que éramos exactamente lo que parecíamos. Y lo peor, o lo mejor, es que esas palabras me prendían más que el resto.
Fueron dos horas. Penetraciones largas, brutales, sin tregua. Y en medio de todo, lo único que yo pensaba era que aquello no se detuviera. Cuando las enfermeras quedaron agotadas, las dos teníamos el vientre tenso y abultado.
—Suficiente —ordenó la doctora—. Déjenlas.
Ninguna de las dos podía ponerse de pie. Nos pidieron que nos recostáramos boca abajo en otras camillas, y al hacerlo sentí cómo la excitación me brotaba del pecho sin control. Bianca me miró desde su camilla y soltó una risa cansada, casi de incredulidad, como diciendo «¿en qué nos convertimos?».
La doctora volvió a examinarnos con la mano y asintió, satisfecha.
—El cuello del útero responde —dijo—. Eso es muy buena señal.
Las cámaras seguían grabando una escena que de médica ya no tenía nada.
***
—Antes de terminar —anunció— quiero que conozcan al donante. Para asegurarnos del resultado.
Nos pidió que nos pusiéramos a cuatro patas, las dos. Y entonces se abrió la puerta.
Entró un hombre imponente, de piel oscura y un porte que llenaba la sala entera. Las dos enfermeras se acercaron a recibirlo como si lo hubieran estado esperando toda la tarde. Llevaba un aro de oro que brillaba contra su piel, y por un momento ninguna de las dos pudo apartar la mirada. La elegida para empezar fui yo.
Tonta de mí, pensé, creí que sería rápido.
No lo fue. Cuando sentí su intención y comprendí lo que iba a pasar, me dieron ganas de salir corriendo. Pero él me sujetó del pelo, una mano enorme cerrándose sobre mi melena rubia, y me susurró al oído que aquello recién empezaba. Bianca, a mi lado, jadeaba de pura anticipación; lo de ella con el sexo anal siempre fue una historia aparte. A mí me costó. Sentí que me abría camino hasta lo imposible, que me quedaba sin aire. Creí que iba a desmayarme.
Después llegaron las embestidas, una detrás de otra, golpeándome sin descanso durante media hora hasta que terminó dentro de mí. Cuando se apartó, yo no podía ni sentarme. No paraba de pensar que debería haberme dolido más de lo que me importó.
Era el turno de Bianca, que ya estaba en posición, jadeando de deseo antes de que él la tocara.
Con ella fue todavía más intenso. Perdió el sentido un par de veces, y aun así aquel hombre no se detenía, mientras las enfermeras se acariciaban y se besaban entre ellas y la doctora lo grababa todo desde el rincón. Calculé cerca de una hora para mi amada Bianca. Cuando terminó, las dos quedamos tiradas en las camillas, deshechas, mientras las enfermeras nos limpiaban con una delicadeza que no tenía sentido después de todo lo demás.
El donante se vistió y se fue sin decir una palabra. Fue maravilloso, y todavía no sé bien por qué.
***
Nos ayudaron a recomponernos, nos vistieron con nuestros tangas ajustados y los vestidos ceñidos, y la doctora nos acompañó hasta la puerta.
—En una semana —dijo—. Las espero.
Llegamos a casa como pudimos. Bianca apenas podía caminar, y yo no estaba mucho mejor. Nos derrumbamos en el sillón, una contra la otra, agotadas hasta el último músculo.
—¿Volvemos? —le pregunté, sabiendo de antemano la respuesta.
—Ya lo sabés —murmuró ella, con los ojos cerrados y una sonrisa.
Estamos destrozadas. Y aun así, cuento los días para que pase esta semana y tengamos que volver a la clínica. El reencuentro con la doctora fue todo lo que esperábamos, y algo más. Sé que no debería contar esto, que nadie va a creernos, que cualquiera que lo lea pensará lo peor de las dos. Pero es nuestra historia, es real, y no la cambiaría por nada.





