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Relatos Ardientes

La confesión que solté en un hotel lejos de casa

Yo no estaba preparado, pero las cosas que de verdad te marcan suelen llegar justo cuando menos las esperas. La sorpresa y la imprevisión son buenas amigas de los mejores regalos y también de los peores tropiezos. En mi caso, por suerte, fueron de los primeros.

A Damián Carrizales lo había conocido apenas esa misma mañana en Río Claro, una ciudad chica y tranquila, bastante alejada de Puerto Sereno, donde yo vivía con mi mujer y mis dos hijos. Damián era un tipo de modales algo toscos, pero de verbo preciso y sensato. Me lo asignaron como compañero para un trabajo de dos días en Río Claro. Él venía de Monte Verde, un pueblo cercano donde había nacido y vivido toda la vida.

Era ya de madrugada y yo estaba acostado, casi desnudo, junto a Damián. Todavía me sentía borracho de incredulidad por todo lo que él y yo habíamos hecho en las horas previas. Mi ano estaba vencido. No me dolía, en realidad, pero quedaba un atisbo de maltrato. Esa noche por fin me había desvirgado, para siempre. Es uno de los pasos más importantes en la vida sexual de un hombre que, como yo, llevaba años descubriéndose como lo que popularmente llaman un hétero curioso.

La brisa fresca entraba por la ventana abierta y levantaba apenas la cortina, dejando colar la luz tenue de un farol de la calle. La corriente daba una falsa sensación de alivio al rozarme la piel. Damián estaba a mi lado, agotado, casi roncando boca arriba, con el cuerpo apenas cubierto por la sábana blanca.

Aún me costaba asimilar lo que había pasado. Era la primera vez que dormía así con otro hombre. Y cuando digo «así», me refiero en calidad de amante. Sin habernos dicho nada, Damián y yo habíamos iniciado y sellado esa noche una especie de relación amorosa. Me costaba pegar un ojo y dejar de pensar en mi mujer, tan lejos y tan ajena al remolino de cosas sexuales y emocionales en las que yo me había metido.

No supe en qué momento me quedé dormido entre tantas cavilaciones. Cuando abrí los ojos, la claridad de los primeros rayos invadía la habitación 302 de aquel hotel barato del centro de Río Claro. Las bocinas y el ruido de la ciudad empezaban a meterse por la ventana. Damián seguía dormido boca arriba, con la sábana hecha una tira entre los dos.

Su bóxer ajustado, blanco con la tira negra arriba, se le había recogido entre los muslos potentes y le quedaba muy a la vista. El sexo se le dibujaba bajo el bulto de la tela suave. Una imagen muy sugerente. Su pecho desnudo y varonil invitaba al morbo. Un respingo de deseo me recorrió de pronto al verlo así, y se me dibujó una erección casi instantánea. Quería tener sexo con él otra vez, pero era mejor esperar a que despertara. Faltaba poco más de media hora para que sonara la alarma de las seis y treinta.

***

Todo había empezado la noche anterior, cuando ya agotados del día de campo llegamos al hotel después de cenar unas empanadas en un puesto callejero. Subíamos las escaleras camino de nuestras habitaciones. Yo ya tenía la llave en la cerradura cuando Damián, que siguió caminando hacia la suya, me propuso que viéramos juntos el partido de fútbol del que habíamos hablado a ratos durante el día. Me pareció una buena idea. Apenas nos conocíamos, pero el juego pensaba verlo igual a solas en mi cuarto. Mejor verlo con otro fan.

Me di una ducha larga, llamé a mi mujer un rato para reportarme y ponernos al día. Pocas veces me tocaba viajar por trabajo. Era la tercera vez, si no me equivocaba, en los cinco años y medio que llevaba en la misma empresa. Me puse ropa fresca y crucé a una tienda justo enfrente del hotel. Compré algo de picar y una paca de doce cervezas bien heladas. Ni idea si Damián bebía, pero para mí ver fútbol acompañado sin cerveza era como ir a una fiesta sin música.

Toqué su puerta blanca. Damián abrió y se le iluminó la cara al ver las cervezas y los pasabocas. Soltó una carcajada.

—Eres de los míos, carajo.

—Tú sabes, fútbol y cerveza es lo mejor.

—Totalmente. Pasa, acomodémonos.

Él, igual que yo, estaba recién bañado. Olía a aire limpio y llevaba una camisilla blanca de cuello redondo y un pantalón de pijama a cuadros grises, suelto y cómodo. Tenía el pelo negro abundante todavía húmedo. Se había afeitado y eso le daba un aspecto bastante jovial. Me hizo pasar y guardamos las cervezas en el frigobar del cuarto. Nos sentamos al borde de la cama, tendida con prolijidad por el personal. Enfrente, la pantalla del televisor. Faltaban cinco minutos para que arrancara el partido y empezamos a charlar de todo un poco con la primera cerveza en la mano.

La conversación tenía un tono ameno, mucho más suelto que las pocas que habíamos cruzado durante el día en el terreno. Nos pusimos al día. Me habló de su mujer, de sus hijos, de su pueblo, y yo le conté algo de lo mío. Mezclamos anécdotas laborales con esas conversaciones triviales que sirven para engrasar una buena charla.

Empezó el juego y todo se centró en el partido. Damián tenía un conocimiento exhaustivo de la actualidad del fútbol local. Se sabía a cada jugador como si fuera amigo personal suyo, los pormenores de cada traspaso, cada lesión. Una enciclopedia caminante con cerveza en la mano.

De pronto, Salinas, el número siete de nuestro equipo, empezó a fallar pase tras pase. Hacía malas devoluciones, perdía la pelota, cometía faltas estúpidas. Las críticas de Damián, con tono de fan frustrado, llovían sin parar. Me daba gracia verlo y oírlo, ya casi terminando la segunda cerveza cada uno.

—Ese pendejo solo sirve para cagarla. Lo único bueno que tiene es el tremendo culo. Debe ser eso lo que no lo deja jugar bien.

Cada vez que Salinas cometía un error, y fueron muchos, Damián era implacable y siempre aludía a las nalgas del jugador. Allí me llamó la atención y me asaltó la curiosidad. ¿Por qué tanto comentario al trasero del tipo? Salinas era un nalgón evidente, más todavía por ser bajito, pero no era costumbre hacer tantas referencias, ni siquiera para denigrar.

Me levanté a buscar la tercera cerveza. Faltaban diez minutos para terminar el primer tiempo e íbamos perdiendo uno a cero. Volvía con las botellas cuando Damián, estresado como un fan loco, gritó otra sandez porque Salinas había malogrado un pase claro para el gol del empate.

—¡Tonto ese, culón de mierda, carajo!

—Oye, relájate. Toma tu cerveza. Seguro lo cambian para el segundo tiempo.

—Eso espero. Las nalgas no lo dejan jugar. Culón de mierda.

—Oye, ya en serio, ¿te gustan las nalgas de él? —le pregunté casi entre risas.

—Culo es culo, mijo. Ahora mismo me gustaría castigarlo y clavarle la verga a ese pendejo, a ver si mejora su fútbol.

Me reí, aunque no sabía bien si Damián hablaba en serio o solo tiraba burradas por la rabia. De todos modos, me resultaba llamativo oír a un hombre decir esas cosas de otro hombre. Seguimos mirando en silencio, que rompí yo al ver una toma cercana de Salinas, casi de espaldas, durante un saque de banda.

—De verdad que es nalgón. No me había fijado —comenté banalmente.

—Bien culoncito que es. Y como es bajito, seguro que lo enculan rico —agregó Damián con fastidio.

—Oye, a ti como que sí te gusta su culo. Ya en serio.

—Te dije, para mí culo es culo.

—¿Incluso si es de hombre?

La tercera cerveza ya iba tocando fondo. Los ánimos estaban subidos y la atmósfera era festiva, a pesar de la derrota parcial y del cansancio del día. La estábamos pasando bien. Mejor que mirar el juego cada uno en su cuarto, definitivamente. Fui por la cuarta.

—Mira, en el gimnasio al que voy hay un par de tipos con unos tremendos de culos. Uf.

—¿Y tú los miras? ¿En serio? ¿Desnudos? —pregunté atónito, aún sin saber leer si lo decía en broma o en serio. Apenas lo conocía.

—No, no desnudos. Ojalá, ja, ja. Pero sí en bóxer, en los vestuarios, cuando se cambian al salir de la ducha. Coinciden a veces conmigo en ese espacio. Tú sabes. Uno se mira mucho entre hombres, pendejo. No me digas que a ti no te pasa.

No dije nada. Contraje los músculos del cuerpo de puro asombro. Me invadió un atisbo de vergüenza y mi cerebro intentaba procesar lo que Damián decía, así, sin tapujos, como si habláramos de chicas. Seguramente el alcohol ayudaba. Dentro de mi estupefacción, su comentario solo me creaba un interés magnético. Era la primera vez que me hallaba así, a solas con un hombre en una habitación de hotel, lejos de mi mujer, tocando temas que un tipo hétero, casado o con novia, a veces piensa y nunca comparte por miedo o por pura vergüenza. Damián me sacó de las cavilaciones con una pregunta que sentí como vidrios molidos en los oídos.

—¿Te pasa o no te pasa?

—¿Qué cosa? —me hice el bobo.

—Digo, ¿no te ha pasado eso de querer mirar por pura curiosidad a un hombre cuando está desnudo o casi?

—No —contesté rápido, incómodo, nervioso. Mentía, claro. Damián seguramente lo notó.

—Ja, ja. ¿Nunca comparaste la verga con tus amigos meando? Es normal, eh. No te sientas mal por eso.

—Bueno, eso sí, tal vez —mi tono seguía cortado.

—Es que todos hacemos eso. Nos gusta el morbo entre hombres, lo que pasa es que nadie lo admite para que no lo crean mariquita, pero eso no tiene nada que ver. No es malo ni raro. Nos gusta, queramos aceptarlo o no. Hasta los que se dan de más machitos, te digo.

Su verbo era certero. Su sinceridad, abrumadora. Su justificación, nítida. Tenía toda la razón. Yo lo sabía. Hacía tiempo que había llegado a la misma conclusión por cuenta propia. Había entrado mil veces a chats anónimos para hablar de ese tema con otros hombres hétero casados y había comprobado lo común que es el morbo entre hombres. Lo había descubierto temprano, pero no lo había entendido del todo hasta cierta madurez y la llegada de internet, con el porno infinito y las redes donde uno puede explorar todos esos vericuetos proscritos. Yo mismo ya había tenido pajas intensas mirando fotos y videos de hombres mostrando el pene, y había tenido que admitir, con resignación, que una fibra interior me vibraba de placer cuando tenía un desnudo masculino delante de los ojos.

Todavía me acordaba de la revista de ropa interior que mi prima Lorena dejaba en casa cuando se dedicaba a las ventas por catálogo. Las páginas de chicas en lencería me producían morbo, sí, pero también me ocurría algo cuando pasaba a las páginas de hombres. Los modelos en bóxer y calzoncillos clásicos, para sorpresa mía, me despertaban algo que en aquellos años no sabía identificar, al fijarme en los bultitos bien marcados de la parte delantera de la prenda. Otra vez Damián, con su voz grave y su modo algo tosco, me arrancó de los pensamientos.

—¿Y ahora, de grande, no te sigue pasando?

—Eh, bueno, no voy al gimnasio, la verdad.

—Pues entonces, a ver, no sé, cuando meas en baños públicos, o cuando ves películas de culeo. Tú sabes, uno es curioso.

No contesté. Esquivé la pregunta y me quedé en silencio. Me daba miedo, vergüenza, no sé qué cosa, pero no me dejaba responder con honestidad. Qué miserable soy, mirándolo a él tan resuelto y yo aquí atascado y mentiroso. Me dio fastidio conmigo mismo por no tener las agallas.

—Compa, yo a eso no le paro bolas. Las vainas son como son. Si no me quieres decir, está bien, te entiendo. No pasa nada. Y perdona si te jodo la vida hablándote de esto, pero tú comenzaste con la preguntadera. Solo te digo.

Me sentí aún peor con eso y algo súbito, que salió seguramente del poder desinhibidor del alcohol, me hizo sacar fuerzas de donde no tenía y aflojé la lengua con resolución de suicida.

—¿Sabes algo? Tienes razón. Te diré lo mío. Yo creo que a los hombres nos pasa algo con las cosas abultadas del cuerpo. Nos llaman la atención las nalgas, las tetas, las curvas, las caderas anchas, los labios carnosos, los muslos.

—Sí, así es. ¿Y a qué viene todo eso?

La voz me temblaba un poco y una sensación de fiebre súbita me calentaba la cabeza y bajaba por la garganta. Aun así, seguí.

—Pues que no sé bien por qué, cuando veo a un hombre en bóxer, siento algo al mirar la loma que se forma. Tú sabes, la bolsa delantera.

Damián arqueó las cejas mientras sonreía con cierta picardía.

—¿Te gusta el bulto que la verga forma en el bóxer?

Más directo y claro no pudo ser, pero así era él con su verbo. Bien conciso. Se me subieron los colores a la cara y por un instante toda la vergüenza del mundo pareció entrar por la ventana y darme un bofetón.

—Yo creo que sí —contesté como un crío reprendido por sus padres admitiendo algo indebido.

No podía creer que me hubiera atrevido a decir lo indecible, a confesarle lo inconfesable, encima a un hombre que apenas conocía. Bendita cerveza. Lo que llega a hacer. Damián se llevó las manos a la cara y se reía. No le entendía bien el gesto algo burlón, que me resultó desconcertante mientras yo me desgarraba el alma de vergüenza. Debió ver mi cara de angustia, porque corrigió la actitud al instante.

—Oye, me río porque me parece una situación cool, no me burlo de ti, por si lo crees, eh. Tranquilo.

Damián tomó aire, se arrimó al extremo de la cama donde yo estaba sentado, indefenso, con la cerveza casi terminada, y como si fuera mi compadre de toda la vida, me dio un abrazo fraternal.

—¿Ves? Te lo dije. A todos nos pasa, hombre. No tiene nada de malo, ni nada de raro, ni nada de feo, ni nada de nada. Te lo dije. Eres de los míos. Me gusta que seas franco. Eso te hace sentir bien. Vas a ver que tengo razón. Uno tiene que ser uno mismo, mijo. Si no, se le jode la vida lleno de frustraciones.

—¿Eres psicólogo o qué? —le pregunté con ironía, ya con el alma más tranquila después de oírlo.

—Claro, las consultas no las doy gratis, ja, ja. No, hombre, qué va. Pura reflexión y sabiduría popular. En esta vaina de la sexualidad hay todos los colores.

—Es que pareces tener las cosas tan claras como si te dedicaras a eso.

—Te diré la verdad. Tengo un primo mayor que salió mariquita y una hermana menor que es machorra, tú sabes, lesbiana de esas amachadas. Y esa gente sufrió bastante. Rechazo de la familia y todo ese mierdero que te imaginas. Hasta fueron al psicólogo por depresión y fue todo un drama. Al final de tanta sufridera la vida se les compuso cuando se aceptaron. Mi primo es soltero, pero no le niega a nadie que es marica. Mi hermana vive hoy con una mujer, su mujer. Y punto. De esa experiencia ajena aprendí. Yo no sé qué soy, compa, si bisexual, hétero flexible, hétero curioso, no sé qué mierda sea. No me importa. Lo que me gusta en el sexo lo admito y lo asumo. Después, que no le hagas daño a nadie. Todo se vale.

—Tienes razón —le dije con el espíritu contento y lleno de paz, a pesar del nervio que todavía me cosquilleaba en el estómago.

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