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Relatos Ardientes

Esa noche en la carpa nunca se la conté a nadie

Hace casi quince años de aquella noche y todavía no se lo he contado a nadie. Lo escribo ahora porque el recuerdo me vuelve cada vez que cierro los ojos un rato más de la cuenta.

Damián y yo nos conocíamos desde los doce. Habíamos crecido casa con casa, jugábamos al fútbol en el mismo equipo del barrio y a los diecisiete nos fuimos juntos de vacaciones por primera vez sin nuestros padres. Un camping municipal cerca del mar, dos semanas pagadas con lo que habíamos ahorrado lavando autos. Era nuestra primera libertad real.

Aquella tarde volvíamos caminando de la playa hacia el camping. Cuatro kilómetros por una ruta de pinos, el sol todavía pegando fuerte, los hombros quemados, las ojotas rozando con la arena que se nos había metido entre los dedos. Veníamos cansados y callados, con esa modorra que da el mar.

A mitad de camino, después de una curva, vimos a una chica con el dedo levantado. Petisa, pelo claro, una mochila pequeña y un short tan corto que casi no se veía debajo de la remera. Nos miró sin sonreír. Le preguntamos a dónde iba y dijo que al pueblo, pero que ya no le quedaba mucha plata y que prefería caminar con alguien que sola.

—Nosotros vamos al camping —le dije—. Si querés venirte y comer algo, hay lugar.

Lo dije por decir, sin segundas intenciones. Damián me miró de reojo. Ella se encogió de hombros y se sumó a la caminata. Se llamaba Camila, tenía veintidós años según nos dijo, era de un pueblo del interior, había salido de su casa hacía tres días y no daba demasiados detalles. Mientras caminábamos, Damián le tiró un par de chistes y ella se rió por primera vez. Algo cambió ahí, en la manera en que se le iluminó la cara.

Cenamos los tres en la mesa de afuera de nuestra carpa. Arroz con atún, pan duro, vino tinto en vasos de plástico. Ella tomaba a la par nuestra y se reía cada vez más fuerte. Damián contaba anécdotas del colegio, yo escuchaba más que hablaba. La noche se hizo larga sin que nos diéramos cuenta y cuando empezó a refrescar nos metimos los tres dentro de la carpa, todavía vestidos, a seguir tomando.

No sé bien quién empezó. Sé que de pronto Camila estaba sentada en mi regazo, sin remera, y que Damián la miraba desde el otro lado de la carpa con la espalda contra el plástico. Le besé el cuello, le bajé el short. Tenía la piel todavía caliente del sol, salada. Le agarré las tetas con las dos manos, tetas chicas y firmes con los pezones parados de frío o de calentura, no sé, y se los chupé uno por uno mientras ella arqueaba la espalda. Damián seguía quieto, mirando, y yo sentía cómo se le marcaba el bulto abajo del short.

—¿Vos qué hacés? —le dijo ella, sin mala intención, casi divertida—. ¿No te vas a sumar o qué?

Él se rió, nervioso. Se sacó la remera. Y ahí, con la luz amarilla de la linterna colgando del techo de la carpa, lo vi como nunca lo había visto. Lo conocía desde los doce años, había dormido en su casa cien veces, lo había visto en malla en la pileta del club. Pero esa noche, desnudo de la cintura para arriba, con la sombra cortándole el pecho en diagonal, era otra cosa.

Camila me llevó la mano otra vez a su cintura, como pidiendo que volviera. Yo volví, pero los ojos se me iban a él. Le terminé de sacar la bombacha, una tanguita blanca ya empapada, y le abrí las piernas ahí mismo sobre la bolsa de dormir. Tenía el coño depilado, rosado, brillante de tan mojado. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba y ella se sacudió con un gemido que se debe haber escuchado en las carpas de al lado. Me quedé ahí, chupándole el clítoris, metiéndole primero un dedo, después dos, sintiendo cómo se le apretaba el coño alrededor. Ella me tiraba del pelo y movía la cadera contra mi cara, buscando más.

—Así, así, no pares —jadeaba—, seguí chupándome, la puta madre.

Cada vez que levantaba la cabeza para respirar, miraba a Damián. Él se había sacado el pantalón. Estaba sentado contra la pared de la carpa, con la verga afuera del bóxer, dura, gruesa, más grande de lo que yo hubiera imaginado nunca. Se la agarraba con la mano derecha y se la corría despacio, sin sacarme los ojos de encima. Tenía esa expresión que no sé describir, como si no entendiera qué hacía ahí y al mismo tiempo no quisiera estar en ningún otro lado.

Yo había estado con hombres antes, pero siempre con desconocidos, siempre lejos del barrio. Un par de veces en baños de boliches, una vez con un tipo que conocí en la terminal. Nunca con alguien que supiera mi nombre, nunca con alguien que al día siguiente me fuera a mirar a los ojos en la mesa del desayuno.

Damián no era una opción que yo me hubiera permitido pensar. Hasta esa noche.

Me fui moviendo despacio dentro de la carpa, llevándome a Camila conmigo. Ella se dejaba mover, riendo, mordiéndome el hombro, agarrándome la pija por encima del short. Cuando estuve al lado de Damián, dudé un segundo. Lo miré. Él no apartó la vista. Apoyé la mano abierta sobre su pecho, sentí los latidos como golpes contra mi palma, y bajé la cabeza.

Me la metí en la boca sin pensar. Toda, hasta donde pude, y cuando ya no pude más me la saqué y le pasé la lengua por los huevos, por el tronco entero, por la punta que ya tenía una gota transparente colgando. Damián dejó escapar un sonido que nunca le había escuchado, una mezcla de sorpresa y rendición.

—Puta madre, boludo —murmuró—, qué bien la chupás.

Me agarró del pelo, pero no para empujar ni para apartarme, sino para tocarme, para confirmar que era yo el que estaba ahí. Yo me la seguí mamando con ganas, ahogándome cada vez que la punta me tocaba la garganta, tragando la baba y el líquido que soltaba, sintiendo cómo se le hinchaba todavía más adentro de la boca.

Camila se acomodó detrás de mí. Su lengua bajó por mi columna, sus manos me recorrieron las nalgas y abrió. Me descubrió un lugar que nunca había compartido con nadie. Sentí la lengua tibia entrando y saliendo, un dedo mojado con saliva empujando despacio, y me tensé al principio, pero me dejé hacer, despacio, con paciencia, mientras yo seguía con la boca ocupada en Damián. Ella me comió el culo con paciencia, ensalivándomelo entero, y cuando ya tenía dos dedos adentro moviéndolos en círculos, yo estaba temblando con la verga de él llenándome la boca.

—Dejate abrir, mi amor —me susurró ella—, te tengo, dejate.

***

De rodillas, con Damián detrás y Camila al costado dejándose acariciar, perdí la noción del que había sido hasta esa tarde. Camila me pasó un frasquito de crema que tenía en la mochila y le dijo a Damián que me lo untara bien, que no me lastimara. Sentí los dedos gruesos de él resbalando entre mis nalgas, hundiéndose uno primero, después dos, abriéndome de a poco, y cada empujón me sacaba un gemido más largo. Cuando entró por primera vez con la pija, lo hizo lento, con una mano apoyada en mi cintura y la otra en mi nuca. La cabeza me forzó el anillo y ardió, dolió un instante y después dejó de doler. Sentí cómo se me metía centímetro a centímetro, cómo mi culo se abría a la fuerza para dejarlo pasar, cómo lo tenía adentro completo, apretado contra mis nalgas, respirándome en la nuca.

—Estás re apretado, la concha de tu madre —jadeó él—, no me aguanto nada así.

—Cogeme —le dije, y no reconocí mi propia voz—, cogeme fuerte, no te guardes nada.

Lo que vino después no lo había vivido nunca: una clase de placer que no tenía nada que ver con lo que conocía hasta ese día. Era otra cosa, más profunda, más adentro, más mía. Damián empezó a moverse con embestidas cortas y después cada vez más largas, sacándomela casi entera y volviéndomela a hundir hasta el fondo. Cada golpe de cadera me arrancaba un ruido de la garganta que ni sabía que tenía adentro. Sentía los huevos de él golpearme el perineo, sus manos apretándome las caderas, los dedos clavados como si tuviera miedo de que me le escapara.

Camila se me puso adelante, abierta de piernas, y me agarró la cabeza para meterme la cara entre los muslos. Me daba besos en la cara, me pasaba los dedos por los labios, me dejaba probarla. Yo le chupé el coño mientras Damián me cogía por atrás, y el ritmo se acopló solo: cada vez que él me empujaba, mi cara se hundía más en el coño de ella. Camila gemía cada vez más fuerte, apretándome la nuca con los muslos, moviéndose contra mi lengua.

—Me voy a correr, boludo, me voy a correr en tu boca —avisó ella, y a los pocos segundos se le sacudieron las piernas y me apretó tan fuerte con los muslos que no podía ni respirar. Le chupé el clítoris despacio hasta que le pasaron los temblores, tragando todo lo que largaba.

Damián no aflojaba atrás. Me había agarrado del pelo con una mano y con la otra me buscó la pija por adelante. Me la empezó a correr al ritmo de sus embestidas, con la palma áspera y torpe pero exacta. Yo estaba montado en dos placeres que se me juntaban en el medio del cuerpo. No aguanté mucho. Me corrí sobre las bolsas de dormir con un espasmo que me hizo apretar el culo alrededor de la verga de él, y sentí cómo eso lo terminó de acabar a Damián también.

—Me corro adentro, me corro adentro, la puta que te parió —gruñó, y me clavó las caderas contra mi culo, y sentí los chorros calientes soltándose adentro mío, uno atrás del otro, mientras él me apretaba contra su pecho como si no quisiera soltarme nunca.

Cuando acabó, lo hizo casi sin sonido en el último empujón, apretándome contra él. Salió despacio y sentí el semen escurriéndome muslo abajo, tibio, espeso. Yo me derrumbé sobre las bolsas de dormir, temblando, riéndome, llorando un poco también, sin entender bien por qué.

Camila se durmió primero, ovillada contra el costado de la carpa, con una sonrisa media dormida. Damián y yo nos quedamos despiertos un rato más, hombro con hombro, mirando el techo de plástico, pegajosos y sin ganas de limpiarnos. Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta.

***

Esa noche fue el principio. Damián y yo fuimos amantes durante casi un año, sin decírnoslo nunca con palabras, sin etiquetas, sin promesas. Después la vida nos separó como separa la vida a los amigos del barrio: él se puso de novio, yo me fui a estudiar lejos. La última vez que lo vi fue en el casamiento de un compañero, hace cinco años. Me abrazó largo y no me dijo nada.

***

Pero antes de Damián, antes incluso del camping, hubo otra cosa que tampoco le conté a nadie.

A los dieciocho me escapé de mi casa. No vale la pena contar por qué. Damián vino conmigo, nos íbamos a quedar en lo de un tío de él en la capital y ese era todo el plan. El tío no estaba donde decía estar, no contestaba el teléfono y nos quedamos los dos en una terminal con cuatro mangos y una mochila cada uno.

Damián consiguió dormir en una pensión por unas noches con plata que le prestó un primo. Yo no quise pedirle más. Terminé durmiendo en un estacionamiento, dentro de un auto que el sereno me dejaba usar a cambio de no hacerle problemas. Hacía un frío de cagarse. Comía lo que Damián podía robar de las panaderías a la mañana.

El sereno se llamaba Tito y un día me dijo que conocía a un tipo, un hombre solo, que buscaba a alguien que le hiciera tareas en la casa a cambio de techo y comida. Que si tenía ganas, le pasaba el dato. No lo pensé dos veces.

El tipo se llamaba Esteban. Tenía cincuenta y pico, era grandote, barbudo, peludo. Vivía en un departamento de un solo ambiente en pleno centro, con una cocina chica y una cama de dos plazas que ocupaba la mitad del cuarto. Me abrió la puerta en pantuflas, me miró de arriba abajo, y noté cómo se detuvo un segundo de más entre las piernas, y me dijo que pasara, que comiera lo que quisiera, que me bañara, que al día siguiente hablábamos.

Comí como hacía días que no comía. Después agarré una toalla y me metí al baño. Abrí el agua bien caliente, me saqué la ropa y me empecé a tocar sin pensar demasiado: llevaba dos semanas sin hacerlo y necesitaba sacarme algo de adentro. Me agarré la pija con la mano llena de jabón y me la empecé a correr apoyado contra los azulejos, con los ojos cerrados, gimiendo bajo. La puerta del baño no tenía traba.

Esteban entró con una muda de ropa en la mano. Se quedó parado, me vio con la verga dura en la mano bajo el chorro de agua. No se rió, no se fue. Se humedeció los labios con la lengua y bajó los ojos hasta clavarlos en mi pija.

Yo me había despertado ya. No era idiota: las condiciones del trato cambiaron en ese segundo. Lo miré sin taparme, sin soltarme, y me la seguí corriendo despacio, exagerándole el movimiento, mostrándosela bien.

—¿Te gusta lo que ves, gordo? —le pregunté.

Él se arrodilló en el piso de cerámica, junto a la bañera, y me dijo que podía tocarme si yo lo dejaba. Le dije que sí, pero con condiciones.

—A vos te cojo yo, todas las veces que quieras —le dije—. Pero a mí no me cogen y la boca tampoco. Ese es el trato.

Esteban aceptó sin discutir. Se metió en la bañera vestido con los pantalones y todo, se puso de rodillas frente a mí, y me agarró la verga con las dos manos. Se la empezó a mirar como si nunca hubiera visto una, me la sopesó, me pasó los pulgares por la cabeza. Le corrió el prepucio para atrás y le dio un beso largo en la punta, chupando la gota que colgaba. Yo me apoyé contra los azulejos y lo dejé hacer, mirándolo desde arriba, con el agua cayéndonos a los dos.

Me la mamó con hambre real, como el que llevaba años esperando algo así. Me la metió toda hasta el fondo de la garganta, hizo arcadas y siguió, se le llenaron los ojos de lágrimas y siguió. Me chupaba los huevos uno por uno, me pasaba la lengua áspera por el tronco, me metía la punta hasta que se le arqueaba el cuello. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y le empecé a coger la boca sin miramientos, embistiéndolo contra los azulejos, y él gemía con la boca llena y me clavaba las uñas en las nalgas.

Esa misma noche, después del baño, en la cama de dos plazas que ocupaba la mitad del cuarto, lo puse boca abajo y le abrí las nalgas peludas con las dos manos. Le pasé la lengua entre medio, arriba y abajo, y él enterró la cara en la almohada para no gritar. Le metí un dedo primero, después dos, después tres, hasta que se le aflojaron las piernas y el culo se le abrió pidiendo más. Le escupí encima, me escupí la pija, y se la fui metiendo despacio la primera vez. Le costó, era grandote y ancho pero tenía el culo apretado, y me la fue chupando de a poco hasta que la tuvo entera adentro.

—Cogeme, pibe, cogeme como quieras —me pedía contra la almohada—, no te guardes nada, rompeme si querés.

Y lo hice. Me lo cogí con todas las ganas de los días de hambre acumulada, agarrándolo del pelo, empujándole la cara contra el colchón, embistiéndole el culo con toda la bronca y el calor guardados. Era la primera vez que yo penetraba a un hombre y a Esteban no le importaba que fuera torpe: gemía bajo, repetía mi nombre, me clavaba las uñas en las nalgas cada vez que yo se la hundía hasta el fondo. Le agarré la pija por adelante y se la corrí al ritmo mío, sintiendo cómo palpitaba en mi mano. Se corrió antes que yo, largando chorros gruesos sobre la sábana, y el culo se le apretó tanto alrededor de mi pija que me sacó la corrida de adentro en tres embestidas más. Me vacié entero adentro suyo, apretándolo contra el colchón, mordiéndole la nuca.

Viví seis meses con él. Comía caliente todos los días, dormía en una cama, conseguí un trabajo de cadete en una imprenta gracias a un contacto suyo. A cambio le cumplía lo pactado, casi siempre antes de dormir, a veces a la mañana: lo daba vuelta, le comía el culo un rato, y me lo cogía hasta vaciarme. Aprendí a durar más, a hacerlo esperar, a dejarlo pidiendo. Nunca me besó en la boca después de la primera noche. Sabía que ese no era el trato.

Cuando junté lo suficiente para alquilar una pieza compartida con dos pibes de la imprenta, le avisé que me iba. Esteban no me pidió que me quedara. Me preparó un mate, me dio un abrazo corto y me dijo que si alguna vez necesitaba algo, sabía dónde encontrarlo. Nunca lo necesité.

***

Pasaron quince años. Tengo familia ahora, una vida ordenada, hijos que algún día van a leer cosas mías y no estas. Damián vive lejos y casi no nos hablamos. Esteban debe haberse muerto, o estará viejo y solo en ese mismo departamento del centro.

Pero cada tanto, cuando me pongo a manejar de noche y el camino se hace largo, vuelvo a esa carpa y a ese baño con la canilla abierta, y entiendo que lo que soy ahora se decidió en esos dos lugares, aunque no se lo cuente a nadie.

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Comentarios(6)

MirelaOK

Amei demais!! por favor faz uma continuação

LucasBA_rd

Confissões são sempre as melhores, parece real. Esse aqui em especial ficou muito bom

MarceloBH

kkkk o final nao esperava nao, que surpresa boa. Continua assim!

Natalia_Lec

Sinceramente um dos melhores que li por aqui ultimamente. Fluiu bem, parece verdade mesmo sem forçar. Continua escrevendo!

BrunaLeitora

Será que ela apareceu de novo depois? fiquei curiosa com o que veio a seguir kkk

TresDeNoche

novo por aqui e ja viciei, esse conto foi bom demais :)

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