El verdad o reto que nos volvió cuatro novios
Tengo cuarenta y dos años ahora y arrastro esta historia desde hace casi dos décadas, sin habérsela contado nunca a nadie que no estuviera dentro de ella. La cuento aquí porque pesa menos cuando se escribe, y porque a veces uno necesita confesar algo aunque sea a desconocidos.
A los veinticinco vivía solo. Me había mudado del departamento de mis padres a los dieciocho, fue lo único que pedí de regalo de cumpleaños y mi madre, contra todo pronóstico, me lo concedió. Desde entonces nunca dejé de valorar tener cuatro paredes propias donde nadie tuviera que tocar para entrar.
Siempre supe que me gustaban los hombres y las mujeres por igual, no en abstracto, sino con la misma intensidad concreta. No era una etiqueta que hubiera tenido que aprender: era el modo en que mi cuerpo respondía al mundo desde que tengo memoria. En aquellos años salía con una chica que se llamaba Carmen. Carmen también era bisexual y, lo más curioso, su mejor amiga Marisol también lo era. Y Marisol tenía un hermano, Diego, que cerraba el cuadrado.
Los cuatro nos conocíamos por separado desde hacía meses sin haber coincidido todos al mismo tiempo. Carmen y Marisol se mensajeaban hasta dormirse. Yo había cruzado dos palabras con Diego en una fiesta y me había quedado mirándolo más de la cuenta. Diego, según supe después, había hecho lo mismo conmigo.
Una tarde, Carmen llegó a mi departamento con una sonrisa que no le conocía.
—Tengo una idea —dijo, dejándose caer en el sofá—. Marisol y yo estuvimos hablando. Queremos que tú y Diego sean novios.
La miré sin entender del todo. Ella sabía lo de Diego, sabía lo nuestro, sabía lo de ella y Marisol. Aquello que proponía no era abrir nada nuevo: era darle nombre a algo que ya estaba pasando entre las grietas.
—¿Para que todo quede en familia? —pregunté, medio en broma.
—Exacto —contestó sin sonreír—. ¿Te parece raro?
Me parecía muchas cosas. Raro no era ninguna de ellas. Lo que sentí fue una mezcla de vértigo y alivio: alguien por fin estaba diciendo en voz alta lo que yo no me animaba a articular.
—Invítalos el sábado —dije.
***
El sábado llegó más rápido de lo que esperaba. Pasé la tarde acomodando cosas que no necesitaban orden, comprando hielos de más, eligiendo música como si la música fuera a salvar algo. A las nueve sonó el timbre.
Marisol entró primero. Le di un abrazo corto y formal, el de quien no sabe todavía qué tan cerca puede estar del cuerpo del otro. Detrás de ella, Diego. Más alto de lo que recordaba, con una camisa azul abierta hasta el segundo botón y una sonrisa contenida que no llegaba a sus ojos.
—Hola —dijo, y me dio la mano con una formalidad que se sentía a propósito.
Cenamos cualquier cosa. Pizza, creo, o quizás unas quesadillas que armé sobre la marcha. Lo importante no era la comida sino la mesa: los cuatro sentados a la misma distancia, mirándonos por turnos sin sostener la mirada nunca demasiado tiempo. Carmen llenó las copas de vino tinto. Marisol contó un chiste largo que terminó mal. Diego se rio por compromiso, después de mí, y cuando se rio en serio fue por algo que dije yo.
—Juguemos algo —propuso Marisol al terminar la segunda botella.
—¿Qué tal verdad o reto? —dijo Carmen.
Lo dijo como quien tira la primera piedra a un estanque para ver cuánto se mueve el agua.
***
Empezamos suave. Confesiones tontas: la primera vez que alguien se masturbó pensando en un profesor, el peor coscorrón que se ganó cada uno en la adolescencia, qué famoso te llevarías a una isla. Las preguntas se reían más que mordían. Las botellas seguían vaciándose y nosotros nos íbamos acomodando en los almohadones del piso, cada vez más cerca, cada vez con menos espacio entre las rodillas.
Carmen subió la apuesta primero. Le tocó a Marisol y le pidió que le diera un beso. Marisol se acercó, le agarró la nuca con una confianza que no escondía nada y le plantó un beso largo, con lengua, sin separarse hasta que se quedaron las dos sin aire. Diego se quedó mirándolas. Yo también. Cuando Marisol se sentó de nuevo en su sitio, tenía los labios rojos y los ojos brillantes.
—Tu turno —me dijo, todavía agitada.
Yo elegí reto. Marisol me hizo desabrocharle el botón del jean a Diego con los dientes. Lo intenté. Tardé más de lo que hubiera querido y, cuando lo logré, Diego respiró hondo y no dijo nada. Carmen aplaudió como en un teatro y pidió otra ronda.
Entonces le tocó a Carmen castigar a Diego. La conocía: sabía qué iba a decir antes de que abriera la boca.
—Que él te haga sexo oral —le dijo, señalándome con la copa—. Tres minutos.
Hubo un silencio que se podía oír.
—Tres minutos —repitió Diego, más para sí mismo que para nosotros.
Se sirvió un tequila para agarrar valor, se lo tomó de un trago, se sirvió otro, y otro. Tres shots seguidos. Carmen y Marisol se sirvieron lo propio para no dejarlo solo en el coraje. Yo también. Brindamos sin palabras, chocando los caballitos en el centro de la mesa con la misma solemnidad con que se firma un contrato.
Después de eso, el tiempo dejó de avanzar en línea recta.
***
Diego se arrodilló frente a mí en la alfombra del living. Tenía las manos firmes, mucho más firmes de lo que su mirada dejaba ver. No fue tímido. No fue torpe. Hizo lo que tenía que hacer con una precisión que delataba experiencia, y los tres minutos se estiraron como una hora. En algún momento dejé de contarlos. Carmen y Marisol no estaban mirando: estaban besándose en el sofá, Marisol arriba de Carmen, una de las manos de Carmen ya por debajo de la blusa de su amiga.
Cuando Diego se incorporó, le sostuve la cara y lo besé. Él no se hizo de rogar. Sabía a tequila, a deseo guardado, a permiso recién dado. Le quité la camisa azul como quien le quita una excusa a alguien que llevaba toda la noche buscando una. Tenía la piel tibia y un lunar grande en el hombro izquierdo que me dieron ganas de morder. Lo mordí.
Lo que pasó después no tiene un orden claro en mi memoria, pero sí escenas sueltas, nítidas como fotos que alguien hubiera dejado caer al piso.
Marisol y Carmen en el sofá, primero vestidas, después no. Marisol tenía un tatuaje pequeño detrás de la oreja que yo nunca le había visto. Carmen le mordía el cuello como si lo hiciera todos los días. Las dos se daban placer con una naturalidad que me hizo entender que aquello no era una primera vez para ellas, que la idea del cuarteto había sido el último paso de una construcción más larga.
Diego y yo en la alfombra, después en el sillón, después de pie contra la pared. Cambiamos de posiciones sin pensar, como si el cuerpo del otro fuera un idioma que ya supiéramos hablar. En un momento abrí los ojos y vi a Carmen mirándonos por encima del hombro de Marisol. Sonreía.
Más tarde, mucho más tarde, vi algo que no esperaba ver. Marisol y Diego, los dos hermanos, encontrándose en la mitad del cuarto sin pedirse permiso. Ella le tocó la cara primero, despacio. Él bajó la mirada un segundo, como buscando si lo que iban a hacer cabía dentro de lo que eran. Después siguieron. Lo hicieron con una mezcla de torpeza y reconocimiento que solo puede tener gente que comparte sangre. Carmen y yo nos quedamos quietos, mirando, sin atrevernos a meternos en algo que no era nuestro.
Al final, los tres me reclamaron a mí. Uno detrás de otro, sin prisa, sin competir. Pasé de manos de Diego a manos de Marisol a manos de Carmen, y de vuelta. No recuerdo cuánto duró. Recuerdo el techo, recuerdo la lámpara encendida, recuerdo el sudor en la espalda de alguien que no sé identificar.
***
Amaneció.
Estábamos los cuatro tirados en el piso del living, envueltos en la sábana que alguien había arrastrado del cuarto. Diego dormía con la cabeza apoyada en mi pecho. Carmen y Marisol estaban abrazadas como dos hermanas chiquitas. Olía a tabaco, a tequila barato, a piel.
—Fue el alcohol —dijo Carmen con la voz pastosa, cuando abrió los ojos.
—Fue el alcohol —repetí yo.
—Fue el alcohol —murmuró Marisol contra el cuello de Carmen.
Diego se rio bajito sin abrir los ojos.
—Fue el alcohol —dijo al final, como si cerrara una votación.
Los cuatro sabíamos que no había sido el alcohol. Sabíamos que el alcohol había sido la excusa, el permiso prestado, la forma elegante de no tener que decir «esto lo queríamos hacer desde el primer día». Pero a esa hora, con la luz entrando por la ventana y los cuerpos todavía pegados al piso, ninguno tenía ganas de discutir la versión oficial.
Diego y yo terminamos siendo novios. Carmen y Marisol también. Y los cuatro fuimos algo más grande, algo que no tenía nombre todavía en mi vocabulario pero que funcionó durante cinco años sin grietas mayores. Vacaciones de a cuatro, fines de año de a cuatro, departamento compartido en algún momento, peleas, reconciliaciones, llantos, todo de a cuatro.
Después la vida nos llevó a cada uno por su lado, como se lleva siempre. Marisol se fue a vivir afuera por trabajo. Diego conoció a alguien que no aceptaba el formato y tuvo que elegir. Carmen y yo nos cansamos antes de admitir que estábamos cansados. No hubo un solo culpable: nos diluimos despacio, como se diluye casi todo lo bueno.
Pero todavía hoy, cuando alguien menciona el tequila o propone jugar a verdad o reto en una cena, yo bajo los ojos y sonrío para adentro. Aquella noche de hace diecisiete años sigue siendo, sin discusión, la más honesta que recuerdo.