Confesión: lo que viví con el almacenero del barrio
Mi nombre es Hugo, tengo cincuenta y ocho años y vivo en Rosario. Estuve casado casi treinta años, tengo tres hijos ya grandes, y siempre, en cada esquina, en cada bar, en cada mirada cruzada con una mujer, sentí esa atracción inmediata por ellas. No fue un disfraz: me gustaban de verdad. Lo que pasa es que, debajo de todo eso, había otra cosa que crecía en silencio.
Empezó hace muchos años, casi por accidente. Una madrugada de insomnio me puse a leer relatos eróticos en internet. Buscaba algo con mujeres, pero un enlace me llevó a una sección distinta. Empecé por curiosidad y terminé acabando como hacía meses no acababa. Después vinieron los videos. Al principio me daban rechazo, casi vergüenza ajena, pero los seguía mirando con una sola mano libre. Con el tiempo, no me hacía falta nada más: dos hombres en la pantalla me alcanzaban para volverme loco.
Lo guardé. A nadie le conté nunca esa parte mía. Ni a mi mujer, ni a mis amigos, ni a mi médico. Lo guardé tan bien que ni yo mismo lo miraba de frente. Era una fantasía, me decía, y las fantasías no se concretan. Las fantasías se quedan ahí, encendiendo la imaginación, y uno sigue con su vida.
Hasta que llegó la pandemia.
Soy hipertenso desde los cuarenta y, cuando empezaron a hablar de grupos de riesgo, mis hijos casi me encerraron con candado. Trabajaba desde casa, hacía gimnasia en el living mirando videos de YouTube, y comía lo que me traía Damián, el dueño del almacén de la esquina. Damián tenía cuarenta y dos años, era flaco, con una barba prolija y unos ojos verdes que tardé meses en notar. La primera vez me dejó las bolsas en la puerta y se fue. La segunda ya pasamos diez minutos hablando del clima. A la tercera, hablamos de fútbol, de la cuarentena, de la política, de la vida.
Entraba y se sentaba en una silla a unos metros, con barbijo, y charlábamos como dos viejos amigos. No tenía nada de afeminado, nada que yo pudiera identificar con un código de los que uno se inventa. Era un tipo común, simpático, que hablaba bajito y se reía con los ojos.
Cuando levantaron las restricciones y nos vacunamos, yo seguí trabajando desde casa. Damián siguió viniendo. Ya entraba sin barbijo, dejaba las bolsas sobre la mesada, aceptaba un café y se quedaba media hora. Una tarde, un amigo me dijo, así nomás: «Cuidate con ese pibe, Hugo. Es del palo». Yo me reí. No le creí. No tenía la menor pista para sospechar. Y, sobre todo, no quise creerle, porque sabía que, si era cierto, algo en mí iba a empezar a moverse.
Pasaron semanas. Lo miraba distinto. Buscaba en sus gestos algo que confirmara lo que mi amigo había dicho, y no lo encontraba. Pero a veces lo veía secándose el sudor de la nuca y se me hacía la boca un poco más seca.
Una tarde de jueves me animé.
—Decime una cosa —le pregunté, mientras él acomodaba las cervezas en la heladera—. ¿Conocés a alguna piba del barrio? Estoy hace mucho sin nadie y, viste, uno tiene sus necesidades.
Damián cerró la heladera, se dio vuelta y me miró sin sonreír. Tardó dos segundos en contestar.
—No, no conozco. Pero capaz te puedo conseguir algo.
—Bah, mientras sea mujer, mejor —agregué, y me arrepentí en el acto.
La frase quedó flotando entre los dos. Damián asintió con la cabeza, se rio sin ganas, y se fue antes de lo habitual. Esa noche pensé que la había arruinado, que él se había dado cuenta de que yo estaba sondeando algo, o que se había ofendido. No volví a dormir bien.
Al día siguiente, sin embargo, golpeó la puerta a la hora de siempre. Entró con las bolsas, las dejó en la mesada, se sentó en la misma silla de siempre y me miró largo.
—Estoy podrido del almacén, Hugo —me dijo—. A veces pienso en cerrar todo y prostituirme.
Lo dijo medio en broma, pero la frase me sacudió. Esperé. Decidí no hablar primero.
—¿En serio? —le contesté al rato—. ¿Y los clientes?
—Hombres, obvio. ¿Por qué pensás que te lo digo? —se rio.
Me quedé en silencio. Sentí la sangre subiendo a la cara, las orejas calientes, las manos pesadas.
—¿Sos gay, Damián? —pregunté, con un hilo de voz.
—Desde los quince. ¿No te habías dado cuenta?
—No —dije—. Ni en pedo. Sos el último al que le hubiera apostado.
Damián me miró fijo, con esa media sonrisa que tenía. Se levantó de la silla, se acercó dos pasos, y se sentó a mi lado en el sillón.
—Pero vos me dijiste ayer que si era mujer, mejor. Y acá estoy. Soy lo otro.
—Sí —dije, y no agregué nada más.
—¿Estuviste alguna vez con un hombre?
Sentí que se me caía el piso. Tantos años. Tantas madrugadas mirando videos a escondidas. Tantas veces preguntándome qué se sentiría sin atreverme a buscar la respuesta.
—Nunca —contesté—. Pero hace años que es lo único que me imagino cuando estoy solo.
—¿Querés probar? —preguntó, y me apoyó la mano en la pierna.
***
Le agarré la mano y se la apreté. No supe decir nada más. Damián se inclinó y me besó, primero apenas, un roce, y después con la boca abierta, con la lengua. Yo le respondí. Veintisiete años hacía que no besaba a nadie nuevo, y el primero que me tocaba después de mi separación era un hombre con barba que olía a jabón blanco. No me importó nada.
Se levantó, se paró delante de mí y se dio vuelta. Se bajó los pantalones, despacio, hasta los tobillos. No tenía calzoncillo. Me apoyó el culo contra el bulto y empezó a moverse en círculos. Yo le agarré las caderas y lo miré desde abajo. Tenía el cuerpo flaco, las nalgas firmes, una espalda larga que se le marcaba con el movimiento.
—Vamos adentro —le dije, con la voz ronca.
Lo llevé a la habitación. Lo desvestí mientras él me desvestía a mí. Hacía calor, las persianas estaban a media asta, y un rayo de sol entraba por una rendija y le cruzaba el pecho. Nos tiramos sobre la cama y nos abrazamos como dos chicos. Lo dejé que me besara el cuello, los hombros, los pezones. Lo dejé que bajara despacio, mordiéndome la cadera, hasta encontrarme con la boca.
Cuando me la metió entera, cerré los ojos. No esperaba que fuera tan distinto. No esperaba que la lengua de un hombre pudiera ser tan exacta. Damián sabía lo que hacía. Lamía, succionaba, soltaba, volvía. Me masturbaba con la mano mientras me chupaba los huevos, y yo agarraba las sábanas con los puños y me decía a mí mismo que no acabara todavía, que faltaba mucho.
Después se sentó arriba mío. Se ensalivó la mano, me pasó saliva por la verga y se sentó despacio: primero apoyó la entrada, después la dejó deslizarse de a poco, y al final se dejó caer hasta que mi cuerpo desapareció dentro del suyo. Apretó los ojos un segundo, abrió la boca sin sonido, y empezó a moverse.
Lo miré desde abajo. Lo miré sin parpadear. Le toqué el pecho, los pezones, la garganta. Me dijo que no me cuidara, que hacía años que no estaba con nadie, igual que yo. Le dije que sí, que me dejara acabar adentro, que hacía tres décadas que no acababa adentro de nadie sin pensar en consecuencias. Cuando sentí que se me venía, le agarré la cintura, lo apreté contra mí y lo llené.
Quedamos así, en silencio, durante dos minutos largos. Él arriba, todavía con la cabeza hacia atrás. Yo abajo, sin respirar bien.
—¿Te gustó? —me preguntó cuando se acostó al lado mío.
—Sí —dije—. Pero quiero la otra parte.
Sonrió. Le besé la boca. Le besé el cuello. Bajé como había bajado él, repasando los pezones, el ombligo, los costados. Cuando llegué a su verga, me detuve. La tenía dura, gorda, con una vena marcada de arriba abajo. Nunca había hecho lo que estaba por hacer.
La agarré con la mano. Le di unos toques largos, midiendo el peso. Después me la metí en la boca sin pensarlo demasiado. Casi se me cae el alma del gusto raro, salado, vivo, distinto a todo lo que yo había imaginado. Bajé hasta donde pude, subí, bajé de nuevo. La lengua me iba aprendiendo lo que tenía que hacer. Damián gemía bajito, me agarraba el pelo sin tirar, me iba diciendo «así, despacio, así». Yo le obedecía. Me sentía un alumno aplicado en el primer día de clase.
Después se acostó él y yo me di vuelta. Hicimos un sesenta y nueve que duró diez minutos. Él me chupaba mientras yo lo chupaba. Los dos al mismo tiempo. Los dos sintiendo lo mismo. Era una simetría perfecta, casi musical.
Cuando paró, me preguntó si quería que me penetrara. Le dije que sí, pero que era virgen. Le pedí que me dilatara bien, que no me lastimara. Se rio. Me hizo poner en cuatro y empezó a besarme el culo. Me pasó la lengua, me la metió, me escupió. Yo sentí cosas que no sabía que se podían sentir. Después un dedo. Después dos. Me los movía adentro, los abría como tijera, me los hundía hasta el fondo. Me preguntaba si estaba bien y yo le decía que sí, que más, que siguiera.
Cuando me la puso, me la puso con vaselina, despacio, en tres tiempos. La cabeza primero. Esperó. Después un poco más. Esperó. Después hasta la mitad. Yo respiraba como un buzo. Me ardía y al mismo tiempo no quería que parara. Cuando finalmente me la metió toda, sentí que se le apoyaba el cuerpo entero contra el mío. La barba en mi nuca. Las manos en mis caderas. La voz en mi oído diciéndome que ya estaba, que ya era oficial.
—Date vuelta —me dijo después de un rato—. Quiero verte la cara.
Me acosté de espaldas, levanté las piernas y se las apoyé en los hombros. Me volvió a entrar, esta vez sin pausa, y empezó a moverse rápido. Yo lo miraba. Le tocaba la cara. Le metía los dedos en la boca y él los chupaba. Nos besamos así, con él adentro, con mis piernas en alto, sudando los dos.
Me preguntó dónde quería que acabara. Lo pensé un segundo. Pensé en lo que había imaginado tantas veces.
—En la boca —le dije.
Salió, se arrodilló al borde de la cama y yo me senté en el piso. Le abrí la boca como un pajarito y dejé que terminara ahí. Sentí el sabor primero salado, después amargo, después tibio. No lo escupí. Me lo tragué entero, despacio, mirando hacia arriba. Después le limpié la punta con la lengua, como si fuera un postre. Damián me agarró la cara con las dos manos y me besó así, con la boca todavía sucia, sin asco.
***
Eso fue hace seis meses.
Damián viene dos o tres veces por semana. A veces me trae los pedidos. A veces no me trae nada y se queda igual. Mis hijos creen que tengo un amigo nuevo y se alegran por mí. Mi ex mujer ni se entera, y aunque se enterara, ya no me importa.
Cumplí cincuenta y nueve la semana pasada. Damián me regaló una corbata azul, me cocinó milanesas con puré y me cogió hasta que se hizo de noche.
Estoy podrido de haber esperado tanto tiempo para animarme. Si alguno me lee y se reconoce, no espere a los sesenta. La fantasía no se gasta por contarla. La fantasía, cuando se cumple, recién ahí empieza.