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Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre fue en un viaje de trabajo

Tengo cuarenta y nueve años, llevo veintidós casado y, durante los últimos cinco, mi matrimonio ha ido perdiendo lo poco que le quedaba de chispa en la cama. Mi mujer me sigue queriendo y yo a ella, pero el sexo se volvió un trámite. Ella se queda muy quieta, casi ausente, y yo termino más por costumbre que por deseo.

Quizá por eso, hace algún tiempo, empecé a fijarme en otras cosas cuando veía porno. Dejé de mirar solo a las mujeres y empezaron a engancharme las pollas, los huevos, esos primeros planos en los que un tío se corre encima del vientre con la mano marcada de venas.

Soy hetero, lo he sido toda mi vida, pero descubrí que se me ponía dura como una piedra viendo a un hombre empalmado. Pasé del porno hetero al bisexual, y de ahí a fantasear con cómo sería tener una polla en la boca. La fantasía se quedó ahí encerrada durante meses, hasta que llegó el viaje.

Por motivos de auditoría interna, mi empresa me mandó dos semanas a la Costa del Sol a inspeccionar tres delegaciones que tenemos repartidas entre Málaga, Fuengirola y Marbella. Llevaba más de tres semanas sin tocar a mi mujer y, para ser sincero, ella tampoco daba muestras de echarme de menos. Solo me había pedido que volviera con regalos.

La habitación del hotel era una de esas amplias, con cama gigante y un balcón estrecho que daba al paseo marítimo. Nada más entrar y dejar la maleta, pensé en voz alta lo que llevaba meses callando: «aquí, con un tío, se montaría algo serio». Y por una vez no me dio vergüenza pensarlo.

Saqué el portátil esa misma noche.

No quería un tipo cualquiera. Tenía mis condiciones, claras como si las llevara escritas. Nada de musculados de gimnasio embadurnados en tatuajes; me parecen una caricatura. Nada de pollas exageradas: prefería una normalita, ni grande ni pequeña, sobre todo porque me imaginaba con miedo de que me hiciera daño si las cosas se torcían. Nada de hombres peludos: la sola idea de tener un pelo en la lengua me cortaba el rollo.

Después de tres días respondiendo mensajes con calma, me detuve en uno. Un hombre de Córdoba que también estaba por la zona por trabajo, casado y, sobre todo, igual de novato que yo. Lo del matrimonio fue lo que me terminó de convencer: los casados sabemos cuidar la discreción mejor que nadie. Quedamos un jueves a las ocho de la tarde en un bar pequeño cerca de la catedral.

Aquella tarde acabé de trabajar a las seis y media. Me fui directo al hotel y me dediqué a mí mismo con un cuidado que no me dedicaba desde la luna de miel. Ducha larga, jabón en sitios que normalmente apenas rozo, depilación rápida de lo estrictamente necesario, perfume justo. Me probé tres camisas hasta dar con la que disimulaba la barriga que llevo arrastrando desde los cuarenta y dos.

Salí del hotel con las piernas un poco temblonas. No tanto por lo que iba a pasar como por lo que estaba a punto de demostrarme a mí mismo.

***

El bar estaba a medio gas. Una pareja mayor cenando bocadillos, dos chicas riéndose en la barra y nadie en las mesas del fondo. Me senté en una junto a la ventana, pedí una caña y esperé.

A las ocho menos diez entró él. Más alto que yo —yo mido un metro setenta y seis, él rondaría el uno ochenta y tres—, regordete, con cara de no haber dormido bien y unos ojos pequeños que recorrieron el local antes de fijarse en la mesa que no tocaba. Se sentó en la otra punta, frente a la pared, agarrado al móvil como a una tabla de salvación. Pensé que era él, pero quise asegurarme.

A los dos minutos vibró mi teléfono. «Ya estoy en el bar».

Levanté la cabeza, lo vi consultar la pantalla y le escribí: «Mira a tu izquierda. El de la mesa de la ventana, solo, soy yo».

Le cambió la cara. Soltó una risa pequeña, casi tímida, recogió su consumición y se sentó frente a mí.

—Pensaba que no ibas a venir —dijo, todavía sin mirarme a los ojos.

—Yo pensaba lo mismo de ti.

Le propuse relajarnos un poco antes de hablar de cualquier cosa, charlar como dos cualquiera. Aceptó al instante. Me contó que sería su primera vez con un hombre, que llevaba meses dándole vueltas, que sentía mucho morbo por tocar una polla, sostenerla en la mano, notarle el peso. Hablaba sin mirarme, dando vueltas al posavasos, y yo notaba cómo me iba subiendo la temperatura por dentro. Me acomodé el paquete sin disimular del todo.

—¿Te estás empalmando? —me preguntó. Lo dijo bajito, casi sin voz, como si estuviera tan asustado de la respuesta como yo de darla.

—Sí.

Sonrió. Esta vez sí me miró a los ojos.

—Yo también. Y tengo muchas ganas de ver lo que tienes ahí.

Pedí la cuenta. Dejé una propina absurdamente generosa, no por simpatía con el camarero sino porque no quería pararme a contar monedas. Salimos del bar caminando deprisa, sin decirnos nada, los dos con esa sensación de que cualquier interrupción podía romper el hechizo.

***

En el ascensor del hotel cometí mi primer atrevimiento. Le puse la mano derecha encima del paquete y apreté, suave, midiendo. Estaba duro debajo del pantalón. Él soltó el aire por la nariz y se inclinó a besarme. Su boca sabía a cerveza y a un chicle de menta puesto a última hora. Su lengua entró sin pedir permiso, y yo le respondí con todo lo que tenía contenido desde hacía meses.

Llegamos a la planta sin separarnos del todo. Le costó tres intentos meter la tarjeta en la cerradura.

Dentro de la habitación, cerré la puerta y me lancé a su boca otra vez. Mis manos buscaron el cinturón y se lo abrieron mientras él me iba quitando la camisa botón por botón, con dedos que no le obedecían. El pantalón le cayó al suelo de golpe. Llevaba unos calzoncillos blancos con una mancha húmeda en la zona del glande, una mancha redonda, oscurecida, que me puso aún más cachondo.

—Estás chorreando —le dije.

—Es que llevo dos horas así, desde antes del bar.

Se ocupó de mí en silencio. Me bajó los bóxer, me agarró la polla con la mano izquierda y con la derecha empezó a tantearme los huevos. La tenía dura desde el momento en que cruzamos la puerta. Le bajé yo a él los calzoncillos y, al fin, vi lo que llevaba semanas imaginando. Sus huevos eran grandes, colgones, completamente depilados; su polla era algo más corta que la mía. La mía mide unos dieciséis centímetros; la suya rondaría los catorce. Tenía el tronco ligeramente curvado hacia arriba y un capullo de color rojizo, brillante por el líquido que iba soltando.

—Vas ganando puntos —le dije sin pensarlo—. Me encanta tu polla. Vamos a quitárnoslo todo, quiero verte entero.

Nos terminamos de desnudar. Él se había depilado de cuello a tobillos. No le quedaba un solo pelo, ni en el pecho ni en las piernas, y al verlo desnudo me dieron ganas de morderle la piel.

—Quería decirte una cosa —murmuró, sentándose en el borde de la cama—. No me hago a la idea aún de que me la metas. Aunque me he depilado entero, hoy prefiero que no.

Le pasé la mano por el muslo.

—Tranquilo. Para mí también es la primera vez. No necesito eso.

—¿Y qué te apetece?

—Lo que quieras. ¿Mamadas? ¿Pajas?

—Lo segundo —dijo, casi sin dejarme terminar—. Quiero tu polla en la boca.

***

Estábamos sentados en la cama, hombro contra hombro. Le agarré la polla con la mano izquierda y me incliné sobre su entrepierna. Él me cogió por la nuca, sin presionar, solo guiándome. Olía a jabón y a algo más, algo metálico y caliente que no había olido nunca de tan cerca. Olía a macho.

Abrí la boca y le metí el capullo. Lo primero que noté fue el sabor; lo segundo, el peso, la forma en que mi lengua se acomodaba alrededor de la coronilla. Empecé a moverme despacio, frotando la lengua contra el frenillo, mientras mi mano libre iba a buscar los huevos. Bajaba la boca por el tronco hasta llegar a las pelotas y las chupaba una a una; él soltaba el aire en gemidos cortos, cada vez más seguidos.

Quería verle la cara. Le saqué la polla de la boca y le hice tumbarse de espaldas, abierto de piernas en el centro de la cama. Tenía el nabo apuntando al techo y los huevos hinchados, casi tirantes.

—No pares, por favor —pidió, con la voz quebrada—. No pares.

Volví a su polla, esta vez con más ritmo, con la mano cerrada en la base. Mi otra mano fue bajando por dentro de su muslo, sin avisar, buscando el ano. Le puse el dedo índice delante de la boca y lo entendió enseguida: me lo lamió como si fuera una polla, lo ensalivó entero, hasta los nudillos. Lo bajé hacia su culo y, en cuanto encontré el sitio, levantó las caderas y se sentó él mismo sobre mi dedo.

—Joder, joder, joder —repetía—. Joder, qué bueno.

Su polla empezó a tener pequeñas contracciones contra mi lengua. Conocía esa señal: iba a correrse. Aceleré con la mano lo que la boca ya no abarcaba y empujé el dedo más rápido, marcando un ritmo de embestidas pequeñas dentro de él.

—¡Dame, cabrón, dame más! —gritó, en un susurro ronco—. ¡Fóllame con el dedo! ¡Me corro!

Y se corrió. El primer chorro salió con fuerza y me alcanzó en la frente, caliente, espeso. Los siguientes fueron cayéndole encima del ombligo, del pecho depilado, en regueros que se cruzaban. Mi dedo seguía dentro, notando los espasmos de cada contracción. Cuando paró del todo, le saqué el dedo despacio y se desplomó hacia atrás, la respiración tan acelerada que el pecho le subía y bajaba a un ritmo que daba miedo.

Me incliné a preguntarle si estaba bien. Me cogió de la nuca, me bajó hasta su boca y me besó largo, sin importarle lo que tenía en mi frente.

—No te voy a dejar de ver —dijo cuando me soltó—. Ha sido, de lejos, el mejor polvo de mi vida. Y ahora te toca a ti.

***

Se incorporó de un movimiento y se metió mi polla en la boca sin avisar, sin titubeos. Para ser una primera vez, sabía perfectamente lo que hacía. Su lengua trabajaba el frenillo como si llevara años practicando, y cuando bajaba a chuparme los huevos lo hacía mirándome desde abajo, con esos ojos pequeños fijos en los míos.

—No pares —le dije.

No paró. Bajó más, mucho más de lo que yo esperaba, y su lengua empezó a buscarme el culo. Nunca nadie me había hecho eso. Cuando noté el primer lametazo en el ojal me crucé las manos por detrás de la cabeza y me dejé hacer. Me comía el culo mientras me pajeaba, y yo iba notando cómo se me escapaban gotas cada vez más grandes de precum por el capullo, gotas que él lamía después, subiendo otra vez al tronco.

Volvió a la polla y supe que no iba a aguantar mucho.

—Más rápido —le dije—. Me corro.

Sacó la boca y me miró desde abajo.

—No, espera, todavía no. No te corras dentro. Quiero que me la eches en el culo, sin meterla. Quiero notarte caliente en las nalgas, en el ojal.

Le hice ponerse a cuatro patas en la cama. Le agarré las caderas con una mano, me coloqué detrás, y con la otra mano pegué tres golpes secos a la polla apoyando el capullo contra su agujero. El primer chorro salió tan fuerte que le subió por la rabadilla; los siguientes le cayeron sobre las nalgas, le resbalaron por el ojal, le mancharon los muslos. Él se pajeaba mientras tanto y al poco se corrió otra vez, más débil, con un quejido largo.

Caí encima suyo y los dos rodamos a un lado, riéndonos sin saber muy bien por qué. Las sábanas estaban hechas un cuadro. Nos quedamos un rato así, sin hablar, abrazados como dos chavales de veinte años en una habitación robada.

***

Después él se levantó, fue al baño, volvió a medio limpiar, y se sentó al borde de la cama para llamar a su mujer. Era casi medianoche. Le contó con una voz tranquila, casi aburrida, que había cenado solo en el hotel y que se iba ya a dormir. Mientras hablaba, yo me incliné sobre él y le pasé la lengua por el glande, recogiendo lo que le quedaba. Me miró con cara de pánico y me hizo una mueca señalando el teléfono, pero noté cómo se le tensaba el muslo cada vez que mi boca subía.

Cuando colgó, soltó el aire de golpe.

—Eres un cabrón —dijo, sonriendo.

—Lo soy.

—¿Mañana?

—Mañana.

Quedaban once días de viaje. Lo de mañana, y lo de los nueve días siguientes, será para otro relato.

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Comentarios (5)

SantiCba88

Uno de los mejores que lei en mucho tiempo, gracias por animarte a contarlo

Lautaro_BA

Por favor una segunda parte!! Me quedé con las ganas de saber que pasó despues

ViajeroSol

Los viajes de trabajo te cambian sin previo aviso jajaja. Me recordó vagamente a algo que me pasó en circunstancias muy distintas. Gracias por compartir algo tan personal

camper77

Lo de las manos temblorosas de los dos al mismo tiempo... eso no se inventa. Muy real y muy bien contado

PakoMex

Que valiente publicar algo así. Muchos relatos de esta categoría arrancan en el momento y se saltan todo lo anterior, pero vos te tomaste el tiempo de contar esa incomodidad inicial y eso hace que se sienta verdadero. Esperando mas!

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