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Relatos Ardientes

La nueva entró y encontró a la otra de rodillas

Hace años que armé mi vida sentimental al margen de las reglas. Salgo casi siempre con mujeres casadas o de pareja estable. No lo hago por hacerle daño a nadie. Lo hago porque, cuando una mujer llega a mí con la cabeza llena de rutina y el cuerpo aburrido, mi trabajo es devolverle el apetito. A veces eso le sirve para reordenar lo que tiene en casa. A veces termina disfrutando más de lo de afuera. Y en dos casos puntuales —dos relaciones largas, de varios años— el equilibrio se sostiene en una complicidad que jamás encontré dentro de una pareja convencional. Sin mentiras entre nosotros, sin promesas que pesen, sin nada que demostrar.

Desde hace unos meses estoy abriendo un tercer frente. Le digo Camila para esta historia. Fiel a la regla que me impuse, le conté todo el primer día: que hay otras dos, que no las pienso dejar, que con ella tampoco voy a fingir nada. Levantó las cejas, se rió nerviosa, me preguntó si era una prueba. No lo era. Una semana después estaba acostada en mi cama pidiéndome que le hiciera todo lo que su marido no se animaba a hacerle.

Camila vino con un hambre que yo no le había visto a nadie en mucho tiempo. Quería probar cosas, hablar de cosas, mirar cosas. Le mostré algunos videos que tengo de las otras dos, siempre con las caras fuera de cuadro o cuidadas. Esa parte no la negocio. La discreción es lo único sagrado en este mundo que me armé.

Una tarde, mientras me la chupaba con esa concentración suya que ya empezaba a reconocerle, levantó la cabeza y me miró distinto.

—¿Estuviste con otra hoy?

—Sí —le dije sin pensarlo dos veces—. Hace un par de horas.

Esperaba un reproche. Esperaba que se incorporara, que se enojara, que se vistiera. Pasó lo contrario. Bajó la cabeza y me chupó con más ganas, como si la respuesta la hubiera enchufado a un cable. Después me limpió entera con la lengua, despacio, sin levantar la vista, y se subió encima a cogerme con una intensidad que no le conocía. Acabó dos veces. Yo me corrí adentro, callado, mirándole los ojos hasta el final.

Mientras la cogía me decía cosas en voz baja, frases entrecortadas, mitad reproche y mitad disfrute. Creo que el reproche era más para guardar las formas, para no admitir todo lo que estaba sintiendo. La besé largo, sabiendo que arrastraba el rastro de la otra en la lengua. La besé otra vez por las dudas.

Esa noche, mientras la abrazaba dormida, se me ocurrió ir un paso más.

***

De mis dos amantes largas, la que más me iba a servir para el experimento era Mariana. Llevamos siete años. Está casada, tiene dos hijos chicos, una rutina perfecta puertas afuera y un apetito de novia adolescente apenas cruza la puerta de mi departamento. Hace mucho me dijo que se sentía mi esclava, y la palabra le gustó tanto que la repite cada vez que puede. Conmigo se animó a cosas que ni en sus mejores fantasías privadas se había permitido. Sobre todo, Mariana no se asusta con nada. Si se asustara, hace tiempo que esto que tenemos no existiría.

Le propuse la idea por mensaje un martes a la tarde. Que viniera media hora antes que Camila. Que cuando Camila abriera la puerta —tiene llave desde hace unas semanas— se la encontrara arrodillada, desnuda, con mi pija en la boca. Que decidiera ella sola qué hacer después. No saber cómo iba a reaccionar la nueva era parte del juego. Mariana contestó con un audio de tres segundos en el que solo se le escuchaba la risa.

El día llegó. Mariana entró puntual, se sacó la ropa en el pasillo como si la quemara y me preguntó dónde quería que se pusiera. Le señalé un punto exacto sobre la alfombra, frente a la puerta.

—¿Para que me vea bien? —preguntó, casi sin aire.

—Para que te vea perfecta.

Le pasé la mano por el pelo y se la metí en la boca despacio. Lo hace bien Mariana, lo hace con la misma paciencia con la que pone la mesa para sus hijos. Cuando empezó a calentarse en serio, antes incluso de que sonara la cerradura, ya estaba apurando el ritmo. Le susurré que se calmara, que el plan era largo, que tenía que durar hasta que la otra entrara.

—No aguanto —me dijo bajito—. Me prendí fuego pensando en ella.

Se acabó así, contra mi pierna, sin que la tocara, con un temblor seco que le sacudió la espalda y un quejido apagado contra mi piel. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que no se acordaba de haberse calentado tanto en años. Que la idea de coger para otra mujer, para una desconocida, le había puesto la cabeza al revés.

Cinco minutos después escuché la llave.

***

La puerta se abrió y se cerró. Hubo un silencio largo. Mariana, que ya estaba prendida otra vez de mi pija, hizo un movimiento mínimo con la nuca, casi imperceptible, como diciéndome la oigo. Yo abrí los ojos.

Camila estaba parada contra la puerta, todavía con la cartera colgando del hombro, los labios entreabiertos, las mejillas encendidas. Me miró primero a mí, buscando una explicación. Le sostuve la mirada sin moverme, sin decir nada, sin sonreír siquiera. Después ella miró a Mariana —la espalda desnuda, las nalgas levantadas, la cabeza moviéndose despacio entre mis piernas— y se quedó mirando un rato largo. No dijo nada. Y, sobre todo, no se fue.

Levanté un dedo y le pedí que se acercara. Mariana, que en el fondo estaba pendiente de todo, soltó la pija de la boca y empezó a pasarme la lengua por las bolas sin mirar para atrás, dándole tiempo a la otra para entrar al cuadro y decidir.

Camila avanzó tres pasos y se detuvo. Le hice una señal con la barbilla. Soltó la cartera al piso. Se sacó el saco. Se desabotonó la camisa con dedos torpes que no le había visto nunca. Cuando estuvo en ropa interior se inclinó hasta mi cara y me besó. Fue un beso largo, hambriento, distinto a los otros que me había dado. Lo entendí enseguida: ese beso era también para Mariana, era para que Mariana lo escuchara.

—Sacate todo —le dije al oído.

Se desprendió el corpiño, se sacó la bombacha, y se arrodilló al lado de Mariana. Hubo dos segundos en los que las dos se quedaron mirándose. No fue un duelo. Fue un reconocimiento. Después Camila bajó la cabeza primero y se sumó a la chupada en silencio, como si llevara haciendo eso toda la vida.

Lo que vino después es difícil de contar sin caer en lugares comunes. Las dos lenguas se turnaban. A veces se rozaban, a veces se cruzaban, a veces se quedaban quietas una al lado de la otra y se miraban con los ojos achinados. Camila probaba a Mariana en mi piel. Mariana le devolvía el sabor con un beso al pasar, sin separar mucho la cara de mi cuerpo. Yo intentaba no acabar todavía. Quería ver hasta dónde llegaban si me corría a un costado del cuadro, si dejaba de ser el centro de la escena.

En un momento, Mariana se prendió de mis nalgas y me las abrió. Camila aprovechó la apertura y me pasó la lengua por lugares que con ella todavía no habíamos cruzado. Sentí la risa ahogada de Camila cuando el cuerpo de Mariana tembló al lado, y entendí que la mano de Camila había bajado a buscarla entre las piernas. Cerré los ojos. Las dejé hacer lo que quisieran un rato largo.

—Acabate en las dos —dijo Mariana de pronto, levantando apenas la cabeza—. Las dos lo queremos.

Camila asintió sin hablar. Las dos se acomodaron de rodillas, hombro contra hombro, las lenguas afuera, esperando. Bajé la vista y eso fue suficiente para terminar de irme. Apoyé la pija sobre la cuna que las dos lenguas armaban juntas y dejé caer todo encima, sin moverme, mirando.

Vi cómo la leche se partía en dos hilos sobre las lenguas. Vi cómo Camila giró la cabeza hacia Mariana. Vi cómo se besaron compartiendo lo que les acababa de tirar, sin querer dejar nada en el aire entre ellas. El beso duró más que la acabada. Cuando se separaron, las dos tenían los ojos cerrados y una sonrisa que no era de orgullo: era de descubrimiento.

Quedamos los tres tirados en la alfombra, sudados, riéndonos sin motivo claro. Mariana giró la cabeza, miró a Camila y le habló por primera vez.

—Así que vos eras la nueva.

—Así que vos eras la vieja —contestó Camila, sin maldad.

Se rieron las dos al mismo tiempo, una risa larga, sin aire, de las que solo aparecen cuando se cruzó una frontera. Yo me quedé callado, todavía sin recuperar el aliento, pensando en lo poco que las había conocido a las dos hasta ese momento. Que se reconocieran, que se hablaran, que se hicieran bromas, me abrió una puerta que no esperaba que se abriera tan rápido. Lo que pasó esa misma noche, lo que se animaron a hacer entre ellas después de esa primera presentación, lo voy a contar en otra parte. Pero esa primera vez, esa primera vez que dos de mis amantes se vieron las caras adentro de mi casa, no la voy a olvidar nunca.

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