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Relatos Ardientes

La nieta de mi cliente me llevó a un onsen mixto

El vuelo Doha–Haneda me dejó hecho un despojo. Dieciséis horas de escalas encadenadas, turbulencias sobre el Mar Caspio y una comida que sabía igual servida en primera que en última. Menos mal que mi tarjeta platino me permitió esperar en la sala VIP de Qatar Airways, donde pude ducharme y tomar algo parecido a comida humana. Mientras en las pantallas repetían las noticias en inglés, llegué a creer que no despegaríamos por el temporal del Golfo, pero al final el tramo largo fue sorprendentemente tranquilo.

La business iba llena y la fila del desembarque se eternizó, aunque bajé entre los primeros. Atravesé la terminal de Haneda a paso vivo, tirando de mi Rimowa por ese suelo de Japón que siempre parece recién pulido. Solo quería un taxi y una cama. La empresa me había reservado en el Hotel Aoyama, en pleno corazón de Minami-Aoyama, para ahorrarme trayectos. Era el típico cuatro estrellas japonés: paredes de madera oscura, luces tenues, empleados que se inclinaban al saludar y ese silencio que reconforta cuando vienes de cualquier otro aeropuerto del mundo.

Y entonces, en la puerta giratoria del lobby, me crucé con ella.

Era una de esas mujeres japonesas que rompen cualquier cálculo: podía tener dieciocho o treinta y cinco, no había manera de saberlo. Piel de alabastro, cuerpo menudo y unas caderas que parecían esculpidas sin permiso del resto del cuerpo. Llevaba un vestido color índigo, de corte tradicional pero ajustado, que se le pegaba a la cintura como si alguien lo hubiera cosido sobre ella esa misma mañana. Nuestros ojos se trenzaron apenas un segundo, pero fue suficiente. Sentí esa corriente que no se puede fingir ni negar.

Pagué al taxista con el móvil y, cuando me volví hacia el lobby, ella ya había desaparecido. No le di demasiada importancia. Subí a la habitación, me serví el whisky del minibar, me tomé un Orfidal y me quedé frito encima de la colcha, medio vestido.

***

A la mañana siguiente, el teléfono de la habitación me devolvió al mundo con un zumbido discreto. Era una voz femenina, suave, con un acento japonés marcado pero un castellano impecable. Me informaba de que Hoshino-san no podía recibirme hasta la noche. Tenía todo el día por delante. Me duché, me vestí con lo más cómodo que encontré en la maleta y bajé al lobby.

Y ahí estaba ella. Otra vez.

Sentada en una butaca de la cafetería, esta vez con un traje gris marengo de corte perfecto, más cerca del mundo corporativo que del vestido de la noche anterior. En cuanto me vio, se incorporó con una sonrisa comedida y caminó hacia mí. Se presentó como Ayumi, la nieta de Hoshino. Su abuelo la había mandado para hacer de guía mientras yo esperaba la reunión. A los diez minutos estábamos dentro de una Mercedes Van de cristales tintados, rumbo al Palacio Imperial.

Esto no va a salir bien, pensé mientras el chofer arrancaba.

Sentado a su lado, no lo podía disimular: los ojos se me iban a sus piernas. Tenía una piel blanquísima y unas piernas larguísimas que cruzaba con esa elegancia que parece natural solo en algunas mujeres. De pronto reparé en un detalle que me disparó el pulso: la falda se le había subido lo justo como para dejar a la vista el encaje de un liguero negro. Fue un golpe de morbo puro. Aparté los ojos rápido, como un adolescente pillado en falta, pero al levantarlos me choqué con los suyos. Nos pusimos rojos al mismo tiempo y pasamos los siguientes minutos mirando cada uno por su ventana, incapaces de hablar.

El resto del día fue un duelo de miradas furtivas. Yo le escaneaba el escote cuando ella anotaba algo en su libreta; ella me estudiaba las manos cuando yo sostenía el móvil. Más de una vez la pillé bajando la vista hasta mi entrepierna y desviándola con una rapidez de ninja. Recorrimos el templo de Asakusa, comimos sushi en un mostrador de Tsukiji que solo conocen los locales y cruzamos el caos ordenado de Shinjuku, pero el verdadero paseo turístico iba por dentro.

Al caer la tarde, Ayumi me miró por encima de su taza de té con una calma que me pareció peligrosa.

—Sergio, te vendría bien un baño —dijo—. Vamos a un onsen. Pero uno especial. Es un konyoku.

Resultó ser un baño termal mixto, escondido en un pequeño valle a una hora de Tokio. Llegamos por un sendero de piedras iluminado con farolillos de papel. A mí me guiaron a un vestuario de madera, me desnudé con torpeza, me pasé la alcachofa de la ducha a toda prisa y me sumergí en el agua caliente, casi humeante. Me puse la toallita pequeña sobre la cabeza, cerré los ojos y traté de disolver el jet lag en ese vapor denso que olía a azufre y a musgo.

***

Entonces oí el chapoteo.

Era Ayumi. Entró en el agua completamente desnuda y no pude evitar recorrerla entera con la mirada. Tenía unos pechos medianos, firmes, con aureolas grandes color caramelo. Su cuerpo era una sucesión de curvas imposibles en una estatura tan menuda, y abajo, un pubis cuidadosamente depilado dejaba ver unos labios carnosos que asomaban con una provocación que no necesitaba pronunciarse. Intenté disimular bajo el agua, pero ya era tarde: se me había puesto dura en cuestión de segundos.

Ayumi no fingió que no lo veía. Se acercó flotando, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con una mezcla exacta de ternura y hambre. Bajo el agua, su mano encontró mi miembro sin titubear. Cuando deslizó el prepucio y el agua caliente bañó mi glande mientras sus dedos jugueteaban con la base, sentí que me derretía. Le abrí la boca para dejar que su lengua explorara la mía.

Estuvimos así un rato largo, yo acariciándole los pezones endurecidos y recorriéndole los labios menores con la yema de los dedos, mientras ella me masturbaba con una timidez deliberada que aumentaba el morbo más que cualquier atrevimiento. De pronto se levantó. El agua le resbalaba por los hombros, por la espalda estrecha, por las nalgas perfectas. De pie frente a mí, pude verle el sexo entreabierto a la altura de mi cara. Me hizo un gesto silencioso y la seguí por un pasillo de madera clara hasta una habitación cálida, iluminada solo por velas, con un gran futón extendido en el suelo.

Me tumbé. Ella, sin decir una palabra, se colocó entre mis piernas. Empezó besándome el abdomen, bajando despacio, hasta que sentí su aliento en el pubis. Noté cómo abría los labios y engullía mi glande, sumergiéndome en una oscuridad húmeda y perfecta.

Sentí cómo sus dedos se entrelazaban con los míos, sujetándome las manos contra el futón mientras su boca hacía un trabajo increíble. El contraste me tenía mareado: el aire de la habitación estaba fresco, pero el interior de su boca era un refugio de calor que me rodeaba por completo. Ayumi no tenía prisa. Me succionaba con una técnica lenta, rítmica, dibujando círculos con la lengua alrededor de la corona mientras sus ojos, oscuros y brillantes por la luz de las velas, se clavaban en los míos desde abajo.

Esa mirada me desarmaba. Había en ella una mezcla de recato y apetito que me hacía vibrar.

—Ayumi… —susurré, arqueando la espalda.

Ella se detuvo apenas un segundo, solo para lamer la base con la lengua plana y volver a hundirme hasta el fondo de la garganta. Podía sentir sus mejillas apretándose contra mí. Dejé de intentar controlarme. Solté mis manos de su agarre, las hundí en su pelo negro, lacio, sedoso, y marqué un ritmo mientras mis dedos se perdían en su nuca.

***

Después de lo que me pareció una eternidad, se incorporó despacio. El brillo de mi saliva y la suya le cubría la barbilla; tenía los labios hinchados y rojos. Se colocó sobre mí a cuatro patas, con ese trasero perfecto a pocos centímetros de mi cara. El aroma del onsen, el azufre, la madera y el olor limpio de su piel excitada lo llenaban todo.

Se sentó sobre mis muslos, dándome la espalda. Pude ver la curva de su columna, frágil como una rama, y cómo sus labios rozaban mi piel con cada movimiento. Se inclinó hacia adelante y buscó mi mano para llevarla directamente a su sexo. Estaba empapada. Al tacto, sus labios parecían terciopelo mojado, hinchados y calientes. Empecé a juguetear, abriéndolos con los dedos para encontrarle el clítoris, que sobresalía pequeño y firme.

—Ah… Sergio-san… —su voz era un hilo, un gemido que rompió por fin el silencio de la habitación.

Se giró para quedar frente a mí y se dejó caer encima. Sentí cómo me buscaba, cómo la punta de mi polla tropezaba con la entrada de su humedad. Se elevó un poco y, con un movimiento lento y decidido, se empaló hasta el fondo.

La sensación fue brutal. Estaba tan estrecha que sentí cada pliegue de su interior abrazándome, ajustándose a mí como un guante de seda. Ayumi cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando al aire el cuello largo y blanco, mientras empezaba a moverse en círculos, triturando la pelvis contra la mía.

Mis manos bajaron por su cintura fina hasta las nalgas, apretándoselas, sintiendo la firmeza de los músculos mientras ella ganaba velocidad. El sonido de nuestros cuerpos, ese chapoteo rítmico y húmedo, se mezclaba con palabras en japonés que no entendía pero que adivinaba. Empecé a empujar desde abajo, buscando el fondo, sintiendo cómo su interior latía contra mi glande en cada golpe.

Ayumi se inclinó hacia adelante y aplastó los pechos contra mi pecho, buscándome la boca. El beso fue profundo, desesperado, mientras sus uñas se me clavaban en los hombros. Sentía sus contracciones rítmicas, cómo las paredes internas me apretaban en oleadas.

—No pares —me pidió al oído, con ese acento que me estaba volviendo loco.

La giré con cuidado hasta dejarla debajo de mí, le subí las piernas hasta los hombros —esas piernas blancas que me habían obsesionado todo el día en la furgoneta— y la penetré con fuerza. La vista era pornográfica: mi miembro entrando y saliendo, sus labios carnosos estirándose y envolviéndome en cada embestida.

El placer me nubló la vista. Sentí cómo ella se tensaba, cómo las piernas le temblaban y cómo los ojos se le ponían en blanco al llegar al orgasmo. Sus paredes me estrujaron con una fuerza que parecía imposible en un cuerpo tan menudo, y eso fue el detonante. Solté un gruñido sordo y me corrí dentro de ella, sintiendo los latidos de mi propio corazón en el glande mientras la inundaba, disfrutando de cada espasmo que nos sacudía sobre aquel futón en el corazón de Japón.

***

Me desplomé sobre el futón con los pulmones ardiendo y el corazón golpeando contra las costillas. Estaba vacío, en esa nube de dopamina que te deja el cuerpo como lastrado de plomo. Pero Ayumi no había terminado conmigo. Se incorporó con agilidad felina y, sin decir una palabra, se deslizó de nuevo sobre mi cuerpo.

Sentí su lengua, cálida y experta, recorriéndome con una lentitud casi ceremonial. Empezó a limpiarme, lamiendo cada gota de nuestro encuentro con una devoción que me hizo estremecer. Pero mientras su boca se ocupaba de mi miembro, ella maniobró con una precisión que me dejó sin aire. Giró el cuerpo, apoyó las manos sobre mis rodillas y plantó su sexo directamente sobre mi cara.

El mensaje era claro: me estaba ofreciendo su intimidad más cruda, empapada y todavía palpitante. No esperó a que yo tomara la iniciativa; simplemente bajó la cadera y me selló la boca con su humedad.

Lo que vino después fue un festín para los sentidos. Hundí la lengua en esa mezcla cargada de mi propio semen, sus flujos calientes y el rastro de saliva que lo lubricaba todo. Tenía el sabor del onsen, de la madera húmeda y de la piel prohibida. Ayumi empezó a mover la pelvis con un ritmo frenético, frotando el clítoris contra mis labios, usándome sin pudor. Me estaba follando la cara con una urgencia que apenas me dejaba respirar, y yo me dejé llevar, succionándole los labios menores, sintiendo cómo se hinchaban y vibraban contra mi lengua.

Fueron cinco minutos de trance puro. Yo la devoraba, agarrándole las nalgas para mantenerla pegada a mí, mientras ella soltaba gemidos guturales que se perdían en la penumbra. De pronto sentí cómo sus músculos se ponían rígidos, como si una corriente eléctrica la atravesara de arriba abajo. Se quedó quieta, se clavó las uñas en mis muslos y, literalmente, explotó sobre mí.

Jamás, en todos mis años de viajes y hoteles, había sentido nada igual. Fue una inundación. Un chorro caliente y denso me llenó la boca, desbordándose por las comisuras y bañándome la barbilla. Ayumi se arqueó, temblando durante diez segundos eternos en los que no paraba de emanar de ella esa esencia pura. Era el orgasmo más largo que había presenciado nunca, una rendición total.

Cuando por fin el último espasmo la dejó sin fuerzas, se dejó caer a mi lado, agotada pero con una sonrisa que iluminaba la penumbra de las velas. Se pasó el dorso de la mano por la frente, me miró con una ternura inesperada y, con ese castellano perfecto que ahora sonaba más íntimo que nunca, me susurró al oído:

—Bienvenido a Japón, Sergio-san.

Me quedé allí, tumbado, sintiendo el rastro de su placer secándose en la cara, sabiendo que aquel viaje de negocios acababa de convertirse en algo que ninguna milla de vuelo me podría pagar jamás.

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Comentarios (10)

CarlosMdp78

Tremendo relato!! me enganchó desde la primera linea

LectoraNocturna

Lo lei de corrido sin poder parar. Ese detalle de que ella ya sabia su nombre antes que el el de ella... muy bien pensado, da esa sensacion de que todo estaba armado de antemano.

andrespaz22

jajaja la situacion inicial es lo mas inesperado que lei en mucho tiempo, bien logrado el efecto sorpresa

Renatex

Por favor seguí escribiendo, me quede con ganas de mas. Muy bueno!!

NochesBsAs

Me recordó algo que vivi hace años, diferente pero con esa misma sensacion de que las cosas pasan solas sin que uno las planee. Muy bien narrado.

RobertoQuilmes

El arranque te atrapa de inmediato. Esa frase del inicio ya dice todo.

FerminR

Uno de los mejores que lei ultimamente. Tiene tension, sorpresa y muy buen ritmo. Espero mas relatos asi!

Valentina_91

Que manera de arrancar jaja, nunca te esperas que una reunion de trabajo termine de esa forma

Diegote_77

buenisimo!! sigue asi

MarisolCR

Me gusto mucho como lo contaste, muy natural todo. Espero que hagas la segunda parte porque para mi gusto quedó muy cortito :)

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