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Relatos Ardientes

La sonrisa de Lucía no se borraba con nada

Esa noche había decidido que mis centros de placer iban a tener jornada completa. Me afeité los huevos con esmero, repasé los pliegues de la ingle y me lavé bien el culo. Sabía exactamente lo que me apetecía y sabía quién podía dármelo sin pedirme explicaciones: la sonriente Lucía.

Lucía no tardó en aparecer. Llegó con una mochila al hombro y un chubasquero amarillo que nunca terminaba de combinar con nada. Saludó con prisa, me dio dos besos, dijo algo de un autobús perdido y se encerró enseguida en el cuarto de baño. Cuando salió, llevaba puesta una americana de lino blanco sin nada debajo. La chaqueta le quedaba lo bastante ajustada como para insinuar todo y enseñar casi nada. En el pecho despuntaban unos senos pequeños y puntiagudos, de pezones rosados que se transparentaban contra la tela. Por debajo del bajo de la chaqueta asomaban algunos vellos púbicos rizados y cobrizos.

Acababa de cumplir veintiún años. Era alta, fibrosa, con la espalda larga de las nadadoras y los gemelos marcados de quien ha pasado media vida subiendo y bajando rampas en bici. Tenía el cabello castaño cobrizo, cuello fino, brazos estrechos y una cara siempre dispuesta al entusiasmo, como si cada cosa que la rodeaba mereciera una pequeña carcajada. Esa noche se había metido una piruleta roja entre los labios. No sé de dónde la había sacado, pero hacía maravillas con ella, la paseaba por la lengua, la sacaba, se mordía el palo, la volvía a meter sin perder la sonrisa. Casi me corro mirándola.

Lucía se crecía ante las pollas grandes a pesar de que le suponían un desafío para su discreta boquita, o precisamente por eso. Cuando se enfrentaba a una buena estaca de carne como la que le puse delante, era cuando daba lo mejor de sí misma. Su dedicación no implicaba que pudiera tragársela entera, pero lo intentaba con todas las ganas y lo hacía siempre sonriente, siempre smiley. Ese era su mayor encanto.

Le quité la chaqueta de un tirón seco y me saltaron a la vista dos pezones hinchados y un pubis recortado en forma de flecha. A Lucía le encantaba ser creativa con los pelos del coño. Una vez, en su cumpleaños, se había depilado el pubis en forma de corazón. En otra ocasión lo había dejado parecido a una calavera con dos cuernos puntiagudos. Esa estridencia no me había hecho ni pizca de gracia y se lo dije, pero ella se rio con la misma risa de siempre y me contestó que a mí me sobraban opiniones.

La empujé por los hombros hacia abajo para que se arrodillara. Enseguida empuñé mi polla endurecida y le embestí la cara con ella. Le paseé el miembro y los huevos por las mejillas, por los labios, por la barbilla. De la boca subí el escroto a su nariz y Lucía olfateó mis pelotas con ansia, como si quisiera esnifarse los pocos pelos que habían sobrevivido a la maquinilla. Desplacé los testículos hasta su frente y el comienzo del cabello, los pasé por las cejas, y después volví a frotarlos por su nariz, sus labios y sus mofletes hasta hacérselos sentir en todos los poros. No me detuve hasta que estuve seguro de que iba a olerme la cara durante el resto del día.

A continuación introduje el rabo hasta el fondo de su boquita varias veces seguidas, sin contemplaciones, arrancando un sonido como de chapoteo cada vez que mi falo entraba en su boca llena de saliva. Mis testículos intentaron golpear el mentón de Lucía en cada arremetida sin conseguirlo. Pese a todos sus esfuerzos, y la verdad es que lo intentaba con fogosidad, se notaba que en su boca y su garganta no había espacio suficiente. No podía evitar que sus dientes rozaran mi tronco de carne, y apenas era capaz de contener las arcadas que se elevaban desde su vientre plano y hermoso. Aun así, no apartaba la cara. Solo entrecerraba los ojos y me miraba desde abajo, llenos de lágrimas, sin perder la sonrisa.

—Despacio —dije, más para mí que para ella, cuando vi que las lágrimas le empezaban a caer.

Le acaricié las mejillas con los pulgares y le di una pausa. Tomó aire, escupió un hilo de saliva al suelo y me miró con esa cara de pillina que ponía siempre que estaba por hacer algo que aún no había anunciado.

—Ponte como yo te diga —le pedí.

Le indiqué que se pusiera a cuatro patas, apoyada sobre las rodillas y los codos, con la espalda arqueada y el trasero levantado. Me gustaba ver la redondez de sus nalgas mientras le restregaba la polla por la cara. Cogí mis huevos, los junté, se los metí en la boca y los dejé ahí un buen rato mientras me masturbaba a ritmo pausado. Medio minuto después la agarré del pelo y le ordené que se arrodillara de nuevo y cruzara los brazos a la espalda, justo por encima del culo, para follarle bien la boca sin el obstáculo de sus manos.

Cuando, tras unas cuantas embestidas de polla dura entre los dientes, se le puso la cara roja por la falta de aire, la tumbé sobre la espalda con las piernas dobladas. En esa postura me quedaron a la vista sus pequeñas tetas con pezones rígidos y el vientre hendido por un ombligo redondo y profundo. También obtuve una visión privilegiada de su coño recortado en forma de flecha y de los labios vaginales rosados y sobresalientes. No quedaba ni un solo pelo en las ingles rasuradas alrededor de la musculosa vulva. La abertura estaba húmeda y se veía muy apetecible, pero no me la follé. No era lo que tenía en mente esa noche.

Lo que hice fue colocarme sobre ella a horcajadas, con las rodillas ligeramente flexionadas, y ofrecerle la raja de mis nalgas. Lucía tenía una habilidad prodigiosa para mover la lengua sobre mi culo, y se dedicó a hacer virguerías en mi ano durante un buen rato. Me encantan las chiquillas que prefieren chupar y lamer que joder, y Lucía era una de ellas. Notaba la punta de su lengua dibujar círculos pequeños y rápidos, después largos y lentos, después pequeños otra vez, sin que su ritmo respondiera a otra lógica que la del placer mismo. Por momentos cerraba los ojos y solo escuchaba ese chasquido suave que hacía con los labios cuando me besaba.

—Joder —murmuré.

Lucía se rio sin sacar la lengua, y la vibración de su risa me subió por la columna como una corriente.

Cuando obtuve suficiente placer, me bajé de ella, le encasqueté de nuevo el rabo entre los dientes y vacié toda la leche en su boca gimiente. Lucía nunca ponía objeciones a recibir mi corrida en la lengua y esa vez no fue una excepción. Cuando retiré la punta del carajo, hizo gárgaras con el semen y luego me enseñó, orgullosa y sonriente, el resultado: la cavidad de su boca estaba a rebosar de sustancia blanca mezclada con saliva burbujeante.

Lucía chupaba mal, pero tragaba bien. Sin embargo, esa vez no se tragó mi lefa, sino que la escupió en la palma de la mano y me la mostró como quien enseña un trofeo. Me miró, sonrió de nuevo y, de repente, se estampó mi semen mezclado con su saliva en la mejilla izquierda y se lo restregó violentamente por toda la cara, hasta meterse la palma en la frente y deshacerle el flequillo. A veces Lucía me sorprendía con estridencias así. En una ocasión, en un trío con una compañera suya de la academia, al terminar de mamármela escupió el semen en la cara de la chica. A la chica no le hizo ninguna gracia y se largó dando un portazo, pero Lucía se partió el culo de risa durante media hora. Estaba un poco chiflada mi querida Lucía, pero nunca perdía la sonrisa mientras realizaba todo tipo de guarradas, y eso la hacía terriblemente sexi.

Lucía estalló en carcajadas con la cara todavía barnizada de esperma, y al hacerlo sus pezones pequeños y tiesos se movieron arriba y abajo. Un reguero de corrida le resbaló por la barbilla, una gota se desprendió y fue a encestarse directamente en su ombligo. Se la quedó mirando como si estuviera viendo una jugada de baloncesto y volvió a reírse, esta vez con esa risa floja y cansada que le entraba al final, después de cada cosa.

—Te juro que un día te vas a ahogar de la risa —le dije, secándome el sudor del cuello.

—Me da igual —contestó—. Mientras siga sonriendo.

Y siguió sonriendo. Se quedó tumbada en el suelo un rato más, con los brazos abiertos y la mancha blanca brillándole en el pómulo, mirando al techo como quien acaba de bajarse de una atracción. Después se levantó despacio, recogió su chaqueta, se la puso sin abrochar y se fue a la cocina a por agua, descalza, con el culo todavía moteado de marcas rojas de mis dedos.

Yo me quedé en el sofá, intentando recuperar el aliento, escuchándola tararear algo en la otra habitación. Pensé que de todas las mujeres con las que me había acostado, ninguna había sabido convertir el sexo en una broma compartida sin perder un solo grado de intensidad. Ninguna había tenido esa capacidad de pasar de la guarrada más cruda a la carcajada en menos de un segundo, sin que nada de lo anterior dejara de ser cierto.

Lucía volvió al salón con un vaso en cada mano y me ofreció uno.

—¿La próxima vez te follo ya o seguimos así? —preguntó como quien pregunta la hora.

—Como tú quieras —dije.

Ella se encogió de hombros y dio un trago largo. Tenía todavía restos de mi semen pegados al cuello, justo debajo de la oreja, y no parecía importarle.

Así era ella. Siempre sonriente, siempre smiley.

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Comentarios (7)

MiriamCba

tremendo!!! me quede pegada leyendo hasta el final

Santiago88

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi. Espero seguir leyendo!

lectora_nocturna

Me recordo a algo que vivi hace tiempo. Esa expectativa de saber lo que viene y prepararte para eso... muy bien capturado. Se siente real.

Pili23

increible!!! uno de los mejores que lei ultimamente en este sitio

Raul

Lo que mas me gusto es como esta narrado, con esos detalles justos que hacen imaginar todo sin ser burdo. Se nota que sabes escribir, ojala subas mas relatos.

NocturnoPY

jaja la parte de la piruleta roja me mato, que detallazo

Valeria_86

Muy lindo y bien contado. Me quede con ganas de saber mas de estos dos...

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