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Relatos Ardientes

El trío bisexual con el vecino de al lado

Después de todo lo que les conté la vez pasada, Camila y yo tuvimos que arrancar otra vez desde cero. Las infidelidades suyas, las discusiones, las ganas mías de no perderla — todo se fue acomodando como pudo, y la única salida que encontramos fue mudarnos a una ciudad donde nadie nos conociera. Un amigo nos prestó una casa pequeña en un barrio tranquilo, con cochera enrejada y un vecino solitario al lado. Vivimos ahí tres meses y cada uno de esos meses lo recuerdo con un nudo en el estómago y una sonrisa que todavía me delata.

Yo trabajaba de noche. Salía del turno a las cinco y media de la madrugada y llegaba a la casa cuando recién empezaba a clarear. La regla era simple y la habíamos hablado mil veces: ella me esperaba desnuda en la cama. Sin excusas, sin frío, sin pereza. Cuando entraba al cuarto y la veía recostada sobre las sábanas revueltas, con el pelo suelto y un brazo cruzado sobre el vientre, sentía que las horas en el trabajo habían valido la pena.

Una mañana olvidé las llaves. La llamé desde la puerta y le pedí que me abriera el portón. El portón daba a la cochera y tenía rejas verticales que dejaban ver hacia adentro. Pensé que se pondría una bata. No lo hizo. La vi venir caminando descalza por el cemento, completamente desnuda, con los pezones erguidos por el aire fresco de la madrugada y una sonrisa que decía que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—¿Estás loca? —le susurré.

—Te avisé que te esperaba así.

Me besó antes de abrir. Yo le tomé las nalgas con las dos manos y le metí la lengua en la boca como si llevara meses sin verla. Mientras la besaba, le abrí las piernas con la rodilla y sentí cuánta humedad tenía. Estaba lista, mojada, esperándome desde hacía rato.

Fue entonces cuando escuchamos la puerta del vecino. Andrés salió de su casa con una bolsa de basura en la mano y nos vio. No miró un segundo y siguió. Se quedó parado, con la bolsa colgando, observando cómo yo le tocaba la vagina a mi mujer entre las rejas. Camila no se movió. Yo tampoco. Por algún motivo, en lugar de detenerme, le metí dos dedos más adentro.

—¿Te gusta que nos mire? —le pregunté al oído.

—Mucho —contestó.

***

Adentro, ya en la cama, ella seguía caliente con la escena del portón. La penetré despacio al principio, mirándole los ojos.

—¿Te gustó que el vecino nos viera? —le pregunté.

—Sabes que sí. Me encanta que me vean desnuda.

—Imagínate que ahora mismo nos esté espiando desde la ventana. Que vea cómo te cojo. Cómo te meto todo.

—Sí. Quiero que mire. Quiero verlo masturbarse mientras me coges.

—¿Y si te dijera que se la chupes mientras yo te penetro? ¿Que le saques toda la leche con la boca?

—Sí, sí, otra verga, quiero otra verga.

Esa sola frase me hizo terminar. Ella tuvo un orgasmo que le mojó los muslos y yo me vacié adentro casi al mismo tiempo, con la imagen del vecino todavía dándome vueltas. Quedamos pegados, sudados, riéndonos por lo bajo de lo que había pasado.

A partir de esa mañana, cada vez que yo volvía del trabajo y le pedía que me abriera, ella iba al portón desnuda. Y el vecino — sin que ninguno se lo pidiera — siempre salía a tirar la basura o a regar las plantas. Siempre. Tres meses son muchas mañanas, y Andrés nunca falló.

***

Una tarde yo estaba en el trabajo cuando Camila me escribió. Se había ido la luz en la casa y no sabía qué hacer con la caja de fusibles. Le contesté que le tocara la puerta a Andrés.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—Ponte algo provocativo. Y si pasa lo que tiene que pasar, te doy permiso.

Veinte minutos después me llegó una foto. Camila se había puesto una playera blanca mía, sin nada debajo. Se la había mojado en la pileta para que se transparentara entera. Los pezones se le marcaban como dos sombras oscuras y la playera apenas le cubría hasta el inicio de las nalgas. Si se paraba en puntitas, ya no le cubría nada.

Más tarde, cuando llegué a la casa, me contó todo con lujo de detalles.

Andrés tocó la puerta y ella lo hizo pasar. Él preguntó dónde estaba la caja. Ella se puso en puntas, señaló hacia la parte alta del pasillo y, claro, la playera se le subió. Andrés se quedó mudo unos segundos. Después, como buen actor, le dijo que se cambiara antes de pescarse un resfrío con la ropa mojada. Ella le sonrió y le dijo que tenía razón, que iba al cuarto.

—No cerré la puerta —me confesó—. Quería que viera.

Se quitó la playera de espaldas a él y se giró desnuda con cualquier excusa boba. Andrés ya estaba parado en el marco. Le dijo que así estaba mucho mejor, que para qué se cambiaba. Ella se rió y le contestó que ya la había visto desnuda otras veces, así que daba igual.

Caminó hacia él, le bajó el pantalón sin preámbulo y se la metió en la boca. Andrés le tomó la cabeza con las dos manos, pero no la empujó. La dejó hacer. Cuando se la sacó de la boca, él la levantó en peso, la llevó al sillón del living y la abrió de piernas. Le pasó la lengua por la vagina con calma, sin apurarse, hasta hacerla acabar en menos de cinco minutos.

Después ella se sentó encima. Lo montó despacio al principio, después con todo, hasta que él le dejó toda su leche adentro. Camila se quedó sentada sobre él, sintiéndolo deshincharse, mirándolo a los ojos como si lo conociera desde hacía años.

—Cuando se fue, me quedé en el sillón un rato sin moverme —me dijo—. No quería que se cayera nada antes de que llegaras.

Cuando entré por la puerta, me recibió desnuda. Me llevó al sillón sin hablar, se acostó, abrió las piernas y me pidió que la limpiara. Le pasé la lengua despacio. Sentí el sabor del otro, del vecino, mezclado con el de ella. La hice acabar de nuevo así, con la boca llena de algo que no era mío y que me prendió como nunca. Después la monté y le di hasta que los dos terminamos otra vez.

Esa noche, en la cama, tirados de espaldas mirando el techo, le propuse algo.

—¿Y si lo invitamos?

—¿A los tres?

—A los tres.

Ella se quedó callada. Después me dijo, sin mirarme, que ya había hablado con Andrés de algo parecido. Que él le había contado que era bisexual. Que estaba dispuesto a lo que fuera, cuando le dijéramos.

Esa última palabra — bisexual — se me quedó dando vueltas toda la noche.

***

El sábado siguiente lo invitamos. Pusimos música, descorchamos una botella de vino y dejamos las luces bajas. Andrés llegó con un pack de cervezas y una sonrisa de tipo tranquilo. Hablamos de cualquier cosa durante una hora, como si esto fuera una visita normal entre vecinos.

Hasta que dejé el vaso en la mesa y lo miré de frente.

—Sé que te cogiste a mi mujer.

Él no contestó. Solo bajó la vista y volvió a subirla. No había culpa en sus ojos, había anticipación.

—Quiero verlo —le dije—. Quiero ver cómo lo haces.

Camila ya estaba parada. Sin esperar más, se sacó la remera, se bajó la falda y se quedó desnuda frente a los dos, con el vaso de vino todavía en la mano. Después nos miró.

—Sáquense la ropa ustedes también.

Andrés y yo nos miramos. Yo me reí, nervioso. Después me saqué la camisa. Él hizo lo mismo. Quedamos los tres desnudos en el living, con la música sonando bajita y el aire denso de algo que ya no se podía deshacer.

Ella se paró frente a nosotros, dio un trago al vino y me señaló a Andrés.

—Quiero que te la chupe.

El vecino se arrodilló sin pensarlo. Me la tomó con la mano, me miró a los ojos un segundo, y se la metió en la boca. Yo nunca había sentido una boca de hombre. La diferencia era inmediata: más firme, más decidida, sin titubeos. Camila se hincó a su lado y le empezó a chupar a él, pasándole la lengua por los huevos, bajando entre las nalgas, abriéndoselas con las manos.

Después fuimos a la cama. Yo me acosté de espaldas, ella se montó encima y se la metió toda. Mientras me cabalgaba, sentí una segunda lengua recorrerme los huevos y bajar hasta el ano. No abrí los ojos. Sentí un dedo entrar despacio. Después dos. Camila me apretaba la verga adentro mientras Andrés me trabajaba por atrás, y entre los dos me hicieron acabar como un animal, vaciándome dentro de ella.

***

—Ahora yo —dijo ella, y se puso en cuatro.

Andrés se acomodó atrás de ella y empezó a penetrarla con calma. Yo me puse detrás de él, le abrí las nalgas y le pasé la lengua. Era la primera vez que tocaba a otro hombre así. No me dio ni vergüenza ni rechazo. Solo me dio curiosidad de ir más allá.

Camila se dio cuenta, paró, y me miró por encima del hombro.

—Quiero que él te coja a ti.

No contesté.

—Acuéstate boca arriba. Te voy a ayudar.

Me puso una almohada bajo la espalda y me levantó las piernas. Me empezó a chupar el ano y a meterme los dedos despacio, primero uno, después dos. Andrés esperaba a su lado, con la verga dura, mirándome la cara como pidiendo permiso.

—Despacio —le dije.

Sentí la cabeza primero. Una presión que se abría camino. Después fue entrando de a poco, milímetro a milímetro, mientras Camila me sostenía las piernas y me besaba el pecho. Cuando entró del todo, me quedé quieto, respirando. No dolía. Era otra cosa. Una intensidad que no había sentido nunca.

Empezó a moverse. Despacio, después con más ritmo. Camila se masturbaba a un costado, mirando todo. Cuando terminó de acabar — gritando, con la boca abierta — sentí que él también palpitaba adentro mío. Una descarga tibia que me llenó por dentro y que me hizo entender por qué a ella le gustaba tanto sentirla.

Cuando salió, Camila se acercó, me abrió las nalgas y me chupó. Se comió la leche que él me había dejado, igual que yo le había hecho a ella la tarde de la luz. Después me dio vuelta, se puso en cuatro otra vez, y le pedí a Andrés que mirara mientras la cogía hasta vaciarme una última vez adentro de ella.

Los tres caímos rendidos, cruzados en la cama, sin energía ni para taparnos. Andrés se vistió un rato después, nos dio un beso a cada uno y se fue a su casa sin decir mucho más.

A las dos semanas nos mudamos. Yo cambié de trabajo, ella encontró algo mejor, y nunca más volvimos a ver a Andrés. A veces, cuando estamos haciendo el amor y ella está cerca de acabar, todavía me lo nombra al oído. Y yo, en lugar de molestarme, todavía sonrío.

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