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Relatos Ardientes

El cumpleaños de mi mejor amigo terminó en un trío

Conozco a Diego desde el último año del colegio, cuando los dos descubrimos al mismo tiempo que las chicas no eran lo único que nos llamaba la atención. Lo descubrimos juntos, en realidad. Pasamos del primer beso con dudas a las pajas mutuas en su buhardilla y nunca llegamos a más, en parte por miedo, en parte porque la vida se encargó de separarnos en facultades distintas. Pero seguíamos siendo los mejores amigos, de esos que se cuentan todo, y esa amistad cargaba con un secreto que ninguno de los dos había soltado en años.

Lo que pasó la noche de su cumpleaños fue hace un par de meses. Diego organizó una fiesta en su departamento del barrio norte, una de esas con alcohol a cubrir el costo, parlantes hasta tarde y la promesa tácita de que cualquiera podía terminar haciendo lo que quisiera en cualquier rincón. Mi novia, Camila, sabía de él, claro. No sabía lo de los besos, ni lo de las pajas, pero sabía que con Diego me reía como con nadie y que esa noche íbamos a beber mucho.

Días antes de la fiesta, Camila me había confesado una fantasía que le daba vueltas en la cabeza desde hacía meses: quería tener sexo en un lugar lleno de gente, sin que nadie nos viera del todo pero con el riesgo a flor de piel. Yo le seguí el juego. Compré condones, conseguí unas pastillas que un compañero de trabajo me juraba que multiplicaban todo, y en una tienda del centro le compré una tanga que se abría a la altura del pubis, hecha justamente para eso: para poder colarle la mano debajo del vestido sin tener que bajar nada.

Llegamos a la fiesta cerca de las once. Diego nos recibió con un abrazo demasiado largo y un brillo en los ojos que yo conocía bien. Camila se rió, le dio dos besos y se metió en la cocina a buscar hielo. Diego me miró y soltó:

—Te ves bien. Demasiado bien para ser tu novia la que se lleva el premio.

Yo me reí y le di un golpe en el hombro. Era nuestro lenguaje de toda la vida, ese tira y afloja que llevaba años sin desembocar en nada concreto.

***

El departamento se llenó rápido. Música a un volumen que ya no permitía conversaciones largas, gente recostada en los sillones, dos chicas bailando descalzas encima de la mesa baja. Camila bebía gin con tónica y se reía con el brazo apoyado en mi hombro. Tomamos las pastillas a la una. Veinte minutos después, ella me clavó las uñas en la pierna y me arrastró hacia el balcón cerrado, una especie de invernadero pequeño que Diego usaba de depósito.

Me besó como si quisiera tragarme entero. Le subí el vestido sin pensarlo, encontré la abertura de la tanga y metí los dedos. Estaba empapada. Me los recibió con un suspiro que se ahogó contra mi boca, y empezó a moverse encima de mi mano sin disimulo, con las rodillas separadas y la cabeza echada hacia atrás.

—Está mirándonos alguien —susurró sin abrir los ojos.

—Que mire.

Pero la fiesta seguía a tres metros de distancia y la sensatez todavía me alcanzaba. Le saqué los dedos despacio, se los puse en la boca y ella los chupó sin dejar de mirarme. Volvimos al salón con las mejillas encendidas, como si nada hubiera pasado.

Fue ahí cuando Diego se acercó y me pidió que lo acompañara al cuarto. Necesitaba una campera, dijo. Yo asentí sin pensar. Camila se quedó hablando con una amiga, copa en mano, y nosotros subimos las escaleras del dúplex hasta el segundo piso.

***

El cuarto de Diego tenía una luz roja en la mesita, de esas que se compran para dormir cuando uno trabaja de noche. La música del piso de abajo llegaba apagada, como un latido lejano. Diego cerró la puerta detrás de mí, pero no le puso seguro. Después se quedó parado en el medio del cuarto, mirándome.

—¿Qué? —le pregunté.

—Te vi.

—¿Qué viste?

—Los dedos. En el invernadero.

No alcancé a responder. Me besó. Me besó como no nos habíamos besado nunca, con las manos en mi nuca y todo el peso del cuerpo encima del mío. Algo en mí dudó dos segundos. Después dejé de pensar. Le saqué la remera de un tirón, él me bajó los pantalones, los míos cayeron al suelo y los suyos terminaron a la altura de las rodillas. Lo agarré por encima del bóxer y empecé a masturbarlo despacio, sin dejar de besarlo, sintiendo cómo se ponía duro contra mi mano.

—¿Por qué ahora? —le pregunté al separarnos un segundo para respirar.

—Llevo años queriendo. Verte con ella terminó de empujarme.

Le iba a contestar algo. Levanté la vista hacia la puerta y se me cortó la frase a la mitad. La puerta estaba entreabierta. Y en el resquicio, contra el marco, estaba Camila. Con una mano apretándose el pecho por encima del vestido y la otra hundida en la tanga, moviendo los dedos sin disimulo. Me miraba directo a los ojos.

Esto se acabó, pensé.

Pero no se acabó. Diego se dio cuenta de mi mirada y giró la cabeza. Ella, al notar que la habíamos visto, no salió corriendo. Empujó la puerta, entró, le puso el pestillo y se apoyó contra ella sin decir una palabra. Después dejó caer el vestido. Sin ninguna prisa, como una actriz que ya conoce el guion de memoria.

Debajo del vestido solo tenía la tanga abierta y los pechos al aire. Diego soltó un sonido a mitad entre risa y sorpresa. Yo no soltaba nada porque tenía la garganta cerrada. Ella se acercó descalza, se arrodilló entre los dos y, sin dejar de mirarme, me bajó el bóxer hasta los tobillos y me metió la verga en la boca de una sola vez.

El sonido que me salió no fue elegante. Diego, parado al costado, todavía con los pantalones a la rodilla, no tardó en imitarla. Se desnudó del todo, se arrodilló frente a mí en el ángulo opuesto y la lengua de él empezó a alternarse con la de ella sobre mi verga. Las dos lenguas se rozaban a cada subida y ninguno de los dos hacía el gesto de evitar al otro. Cerré los ojos. No quería pensar.

***

—¿Dónde están los condones? —preguntó Camila levantándose del piso, con la boca brillante.

—En la caja de cartas. Pantalón —contesté con esfuerzo.

Buscó el pantalón, sacó la cajita, eligió uno. Me lo puso ella misma, despacio, como si fuera parte del juego. Después miró a Diego con una sonrisa nueva.

—Yo interrumpí algo. Sigan ustedes. Yo miro un rato.

Diego dudó medio segundo. Camila se le acercó por la espalda, le puso una mano en la cintura y, en voz baja, le dijo al oído algo que no alcancé a escuchar pero que lo hizo asentir con la cabeza. Después lo giró, lo empujó hacia mí, y me dijo:

—Acostate.

Obedecí. Diego se subió a la cama, se arrodilló sobre mí y, con un cuidado que no esperaba, se fue sentando despacio sobre mi verga. Tardó. Yo apreté los dientes y le agarré las caderas para que no se apurara. Cuando entró completo, los dos largamos el mismo sonido al mismo tiempo, y eso nos hizo reír por un instante antes de que se pusiera serio otra vez.

Empezó a moverse de a poco. Después rápido. Yo lo miraba desde abajo, lo veía sudar, y atrás de él Camila se había sentado en el sillón pegado a la cama y se masturbaba sin pudor. Entre embestidas la busqué con la mano. Ella entendió. Se levantó, vino a la cama, me pasó una pierna por encima de la cabeza y me apoyó la vagina justo encima de la boca.

El sabor fue lo primero. Después el peso. Empecé a lamerla mientras Diego seguía cabalgándome arriba, y los gemidos de los dos se mezclaban tan cerca de mis oídos que por momentos no sabía a quién estaba escuchando.

***

Diego acabó primero. Vi de reojo cómo se le tensaba el cuerpo, cómo se llevaba la mano a la verga y cómo el semen le caía sobre mi estómago en dos golpes secos. Soltó un gruñido áspero, se levantó tambaleándose y se dejó caer al borde de la cama. Camila bajó de mi cara y rió.

—Mi turno —dijo.

Cambié el condón. Me lo puso ella otra vez. Después se montó encima y me la clavó de un solo movimiento, sin transición. Estaba tan mojada que entré como si no hubiera nada en el medio. Empezó a moverse rápido desde el primer segundo, tirándose el pelo hacia atrás, agarrándose los pechos, soltando palabras que no eran palabras. Diego, recuperado, se acercó a un costado y me ofreció la verga todavía blanda. Sin pensarlo, abrí la boca y me la metí.

Él gimió bajo. Camila aceleró arriba. Yo no podía con tanto. Sentí que estaba a punto de venirme y solté la verga de Diego, agarré las caderas de Camila y la frené un instante.

—Espera, espera.

—Vente —me dijo ella, sin parar—. Vente conmigo.

Y nos vinimos al mismo tiempo. Ella primero, en una sucesión de espasmos que sentí en toda la base de mi verga, y yo enseguida, llenando el condón con tanta fuerza que el plástico cedió hacia los lados. Se desplomó sobre mí, sudada, riendo, jadeando. Diego se acostó del otro lado, los tres apretados en una cama de dos plazas, con olor a sexo y a colonia barata.

***

—¿Cuánto tiempo llevabas en la puerta? —preguntó Diego pasados unos minutos, cuando recuperamos el aliento.

Camila se rió contra mi cuello.

—Lo suficiente. Vi cuando le metía los dedos abajo. Te vi tocándote por encima del pantalón al rato. Y cuando subieron pensé que algo bueno iba a pasar. No me equivoqué.

—Pensé que ibas a salir corriendo —dijo Diego.

—¿Por qué saldría corriendo? —contestó ella, y los tres nos quedamos en silencio buscando la respuesta.

Diego se levantó, se vistió con torpeza y dijo que tenía que bajar antes de que alguien se preguntara dónde estaba el cumpleañero. En la puerta giró la cabeza.

—El cuarto es de ustedes hasta que se vayan. Pero quiero la revancha. Otro día. Con tiempo.

Salió. Camila se acostó boca arriba y se quedó mirando el techo con esa sonrisa que pone cuando algo le salió mejor de lo que esperaba. Le acerqué la cajita de las pastillas. Quedaba una de cada.

—¿Te animás? —le pregunté.

—Te animaste vos primero —contestó.

Las partimos. Lo hicimos otra vez, más despacio, sin público, hablando entre cada beso de lo que acababa de pasar como si lo hubiéramos visto en una película ajena. Después otra. Cuando nos quedamos dormidos, la fiesta de abajo todavía se escuchaba.

***

Me desperté con luz de la mañana entrando por la persiana mal cerrada. Camila roncaba suave a mi lado. La casa estaba muerta, llena de vasos en el piso y de gente desparramada en los sillones. Salí al pasillo en bóxer, buscando el baño. La puerta del cuarto de los padres de Diego estaba entreabierta. Por costumbre, asomé la cabeza.

Diego dormía boca abajo, desnudo, abrazado a un chico que yo no había visto en mi vida. Los dos respiraban en sincronía.

Cerré la puerta con cuidado. Entré al baño. Me miré en el espejo y me reí solo. La fiesta había sido para cumplir años. Lo que cumplimos esa noche fue otra cosa.

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