Hace meses que engaño a mi mujer con otro hombre
Me llamo Tomás, tengo cuarenta años y llevo casi una década casado con una mujer a la que amo. Lo que voy a contar no se lo he dicho a nadie. Ni a mis amigos, ni a mi hermano, ni a la psicóloga a la que fui hace un par de años por otra cosa. Lo escribo acá porque necesitaba sacarlo de adentro.
Conocí a Matías hace casi seis meses, en una de esas páginas a las que uno entra «solo a mirar» y termina escribiéndose con desconocidos a las dos de la mañana. Él tenía treinta y cinco, vivía a media hora de mi casa, trabajaba en logística y, como yo, estaba casado. Su mujer, enfermera de hospital. La mía, contadora. Los dos teníamos hijos pequeños, los dos cogíamos con nuestras parejas los sábados a la noche, los dos jurábamos que esto era una curiosidad y nada más.
Tres meses estuvimos así. Solo mensajes. Primero dentro de la página, después por WhatsApp con un número nuevo que me compré para él. Hablábamos de todo lo que nos gustaría hacer si algún día nos animábamos. Le contaba con detalle cómo lo desnudaría, dónde lo besaría primero, cómo le iba a chupar la polla hasta el fondo, cómo se la iba a mamar mirándolo a los ojos. Él me respondía con la misma minuciosidad: me contaba cómo me iba a coger, cómo me iba a abrir el culo con los dedos, cómo se iba a correr adentro mío. Ninguno de los dos había tocado a un hombre en su vida.
—Yo no soy gay —me dijo una vez—. Solo me imagino contigo.
—Tampoco yo —le contesté—. Pero hace semanas que se me pone dura pensando en tu verga.
Cada noche, cuando mi mujer se dormía, yo me escapaba al living con el teléfono y me hacía la paja leyendo lo que él me escribía. Cada amanecer me prometía borrar la conversación y nunca lo hacía. La idea de que alguien nos descubriera me aterraba más que la idea de hacerlo.
Una tarde de jueves, sin discutirlo demasiado, decidimos vernos. En un centro comercial, en un lugar lleno de gente, donde no pudiera pasar nada y, sobre todo, donde fuera fácil escaparse si uno de los dos se arrepentía. Pedimos dos jugos en el patio de comidas y nos sentamos frente a frente como si fuéramos colegas poniéndose al día. Lo único que delataba algo era que ninguno de los dos tocaba la bebida.
Matías era más bajo que en las fotos. Tenía las manos grandes, los hombros anchos, la barba bien recortada. Olía a un perfume cítrico que después se me quedó pegado en la ropa el resto del día. Hablamos del fútbol, del trabajo, de los hijos. Cada tanto, sin querer, alguno deslizaba algo de lo que nos habíamos prometido por mensajes, y entonces nos mirábamos un segundo de más.
—¿Cuánto tiempo tenés? —me preguntó al rato.
—El que haga falta —dije.
***
Lo que pasó después fue, en parte, planeado y, en parte, no. Subimos al último piso del centro comercial, ese baño que casi nadie usa porque queda lejos de los locales abiertos. Entró él primero. Yo lo seguí un minuto después. No había nadie.
Cuando salí del cubículo, él estaba esperándome contra la pared del fondo, con la mirada baja y la respiración corta. Lo besé sin pensarlo. Un beso torpe al principio, todo dientes y nervios, y enseguida otro más largo, con la mano en su nuca. Sentí su barba en mi mejilla, su lengua metiéndose entera en mi boca, el bulto de su pantalón apretándome el muslo. Le bajé el cierre y le metí la mano adentro del calzoncillo. La tenía dura, gruesa, mojada en la punta. Se la agarré entera y empecé a mover la mano de arriba abajo mientras él me mordía el labio. Me buscó el paquete con la palma abierta y me apretó la polla por encima del pantalón hasta arrancarme un gemido.
—Acá no —susurró cuando escuchamos pasos afuera—. Te la quiero chupar tranquilo, no acá.
Salimos uno por uno, con cara de no haber hecho nada. Cuando llegamos al estacionamiento, ya casi no hablábamos. Subimos a mi auto y dimos vueltas por la ciudad sin rumbo, fumando con la ventanilla baja, intentando armar el resto del plan. Su mujer estaba de turno en el hospital hasta las siete de la mañana. La mía, en una capacitación a dos horas, durmiendo en un hotel pagado por la empresa. Nadie nos esperaba.
Buscamos un motel sobre la ruta vieja, uno de esos con habitaciones temáticas y entrada por garage. Pedí una con jacuzzi. La chica de la recepción ni nos miró la cara. Antes de entrar, paramos en un kiosco 24 horas y compramos lubricante y forros. Los pagué yo, sin mirarla a la vendedora.
***
La puerta se cerró y, por primera vez en seis meses, no había una pantalla entre nosotros.
Lo besé en el medio de la habitación, todavía vestidos. Le saqué la campera, después la remera, después el cinturón. Él hacía lo mismo conmigo, con la torpeza de quien nunca le había desabrochado el pantalón a otro hombre. Cuando le bajé los jeans y el bóxer al mismo tiempo, la polla le saltó afuera dura, apuntando hacia arriba, con una vena marcada del lado izquierdo y la cabeza colorada. Me arrodillé sin pensarlo. La agarré con las dos manos y me la metí en la boca hasta la mitad. Sabía a piel limpia y a algo salado en la punta. Él me clavó los dedos en el pelo y soltó un «la puta madre» ronco que me la puso todavía más dura a mí.
Le mamé la verga ahí parado, con los ojos cerrados, aprendiendo a coordinar la mano con la boca, tragando lo que ya no me entraba. Él me la empujaba despacio contra el paladar, sin forzar, midiendo hasta dónde podía. Cuando sentí que las piernas le empezaban a temblar, aflojé y me paré. Se agachó él y me devolvió el favor: me bajó el pantalón, me sacó la polla y se la metió entera de una. Me la chupó con los cachetes hundidos, haciendo un ruido de succión que rebotaba en los azulejos del baño abierto. Me tuve que agarrar de la pared para no venirme ahí mismo.
Pasamos a la tina con el agua a punto de desbordar. Me senté detrás de él, lo abracé contra mi pecho, le pasé las manos enjabonadas por el vientre, por los pezones, por la cara interna de los muslos hasta agarrarle otra vez la polla debajo del agua. Se la empecé a masturbar despacio mientras le mordía el cuello, justo debajo de la oreja. Él echó la cabeza hacia atrás, apoyada en mi hombro, y con la mano buscó atrás la mía, apretándome los huevos.
—Quería hacer esto desde el primer mensaje —le dije al oído—. Quería tener tu polla en la boca, quería que me la metieras.
—Yo también, hijo de puta —respondió con la voz ronca—. Te voy a coger toda la noche.
Volvimos a la cama mojados, sin secarnos. Nos miramos un momento como si hubiera que decidir quién empezaba. Empecé yo. Lo empujé de espaldas al colchón, le abrí las piernas y me tiré entre ellas. Bajé por su pecho lamiéndole los pezones, después por el estómago dando mordiscos suaves, hasta metérmela en la boca de nuevo, esta vez con más confianza. Le lamí toda la extensión desde la base hasta la punta, después le chupé los huevos uno por uno, después volví a subir. Lo hice como me hubiera gustado que me lo hicieran a mí: despacio, con la mano acompañando el movimiento, mirándolo de reojo para no perderme ninguna reacción. Cuando lo vi cerca de venirse, paré.
—No, todavía no —le dije—. Vení.
Se acomodó al revés, su cabeza entre mis piernas, las mías entre las suyas. Un sesenta y nueve torpe y caliente a la vez, en el que cada uno aprendía algo nuevo del cuerpo del otro. Yo le mamaba la verga hasta la garganta mientras él me chupaba a mí con la lengua enroscada. Sentía su barba raspándome la cara interna del muslo, sus dedos separándome las nalgas para lamerme más abajo. Cuando me pasó la lengua por el culo por primera vez, se me escapó un gemido que le hizo reír contra mi entrepierna. Volvió a hacerlo, más despacio, dando vueltas alrededor con la punta de la lengua, y yo se la chupé más fuerte, hundiéndomela hasta el fondo, para que entendiera lo que me estaba haciendo.
Cuando se vino en mi boca, me sorprendió la cantidad, el calor, el sabor amargo y espeso que se me quedó pegado al paladar. Tragué sin pensarlo, aunque un hilo se me escapó por la comisura. Él siguió chupándome sin parar, con dos dedos apretándome la base de la polla, y yo terminé un minuto después, corriéndome en su boca a chorros mientras le apretaba el muslo con la mano libre. Lo escuché tragar. Después me lamió la punta hasta la última gota.
Nos quedamos tirados de costado, abrazados, sin decir mucho. Le pasaba la mano por la espalda, despacio, contando los lunares que tenía en el omóplato. No voy a poder mirarla igual mañana. Lo pensé y, aun así, supe que no iba a arrepentirme.
***
Dormimos una hora, apenas. Me despertó él, pegándose contra mi espalda, las manos en mi cintura, la verga dura apoyada justo entre mis nalgas. No necesitamos hablar. Buscó el lubricante que habíamos comprado de paso al motel y se puso una buena cantidad en los dedos. Sentí el frío del gel primero, y después el dedo entrando despacio, hasta el nudillo. Se me escapó un quejido más de sorpresa que de dolor.
—Avisame si te duele —dijo pegado a mi oreja.
Metió uno, después dos, moviéndolos en círculos, abriéndome. Me estaba preparando con una paciencia que no le conocía. Cuando llegó al tercer dedo, ya estaba jadeando y empujando el culo hacia atrás yo solo, buscándolo. Los sacó, se puso más lubricante en la polla y apoyó la cabeza contra mi entrada.
—Despacio —le pedí.
Empujó despacio, milímetro a milímetro. Dolió un poco al principio, un ardor que me hizo apretar los dientes, y después dejó de doler. Después fue otra cosa. Una mezcla rara de incomodidad, abandono y placer que no se parecía a nada que hubiera sentido con una mujer. Sentía cada centímetro de su verga entrando, empujando algo adentro mío que no sabía que existía. Cuando estuvo hasta el fondo, se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar, respirando pesado contra mi cuello.
—Movete —le dije.
Empezó a coger despacio, embestidas largas y profundas, agarrándome de la cadera con una mano y de la garganta con la otra. Me besaba el hombro, me hablaba al oído como en los chats, solo que ahora con la voz quebrada.
—Qué rico culo tenés, hijo de puta. Te lo voy a llenar todo.
Me la metía cada vez más fuerte, el sonido de las pelvis chocando llenaba la habitación. Con la mano que tenía libre me agarró la polla y me la empezó a masturbar al ritmo de las embestidas. Yo no podía hablar, solo gemir contra la almohada, empujando el culo hacia atrás para recibirlo. Cuando encontró el ángulo justo, algo adentro mío hizo un click y sentí una descarga que me recorrió entero.
—Ahí, ahí, no pares, la concha de tu madre —le grité.
Aceleró. Me embestía cada vez más rápido, más fuerte, la cama golpeando contra la pared. Cuando se vino dentro mío, escuché claramente cómo gimió mi nombre mientras me clavaba las uñas en la cadera. Mi nombre. No el apodo ni la inicial que usábamos en los mensajes por seguridad. Mi nombre completo, dicho como si llevara meses esperando para decirlo en voz alta, entre chorros calientes que sentía llenarme por dentro. Con dos movimientos más de su mano en mi verga, me vine yo también, manchándole los dedos y las sábanas.
La sacó despacio. Sentí el semen escurriéndose entre las nalgas, tibio, pegajoso. Me di vuelta y lo besé con la boca abierta.
—Ahora vos —me dijo.
Lo puse boca arriba, le levanté las piernas hasta apoyarlas en mis hombros y le pasé los dedos con lubricante por el culo. Estaba cerrado, virgen. Metí uno despacio, después el otro, sin dejar de masturbarlo con la otra mano para relajarlo. Cuando lo vi listo, apoyé la cabeza de mi polla contra su entrada y empujé despacio, viendo cómo arrugaba la cara y después la aflojaba.
—Puta madre, qué apretado estás —le dije entre dientes.
—No pares, dale, más adentro —jadeó él, agarrándose de las sábanas.
Entré hasta el fondo. Me quedé quieto sintiendo cómo me apretaba, cómo su culo se acomodaba a mi verga. Después empecé a moverme, primero suave, después más fuerte, como él me había pedido. Me dijo que no parara, que más fuerte, que así. Le hice caso. Le cogí las piernas por atrás de las rodillas para abrírselas más y le empecé a meter la polla hasta la base, sacándomela casi entera y volviéndola a meter de un golpe. Él se agarraba la verga con la mano y se masturbaba mirándome a los ojos, la boca abierta, gimiendo cada vez que yo empujaba.
—Correte adentro, no te salgas —me pidió con la voz destrozada.
Terminamos a la vez, o casi. Yo me vine adentro suyo a chorros, apretando los dientes, hundido hasta el fondo. Él se corrió sobre su propio estómago un segundo después, un charco blanco que le llegó hasta el pecho. Los dos cubiertos de sudor, mirándonos a los ojos a un palmo de distancia, con mi verga todavía adentro suyo, latiendo.
***
A las seis y media de la mañana, la habitación olía a sexo, a transpiración, a semen y al perfume cítrico que nunca se le había ido del todo. Nos metimos juntos en la ducha. Mientras me enjabonaba la espalda, sentí su erección otra vez contra mi cadera y no pude evitarlo. Le agarré la cara con una mano, lo giré, lo apoyé contra los azulejos con la mejilla pegada al frío, le abrí las nalgas con la otra mano y me metí adentro de un empujón, sin lubricante, solo con el jabón y con lo que le había quedado de la vez anterior.
Gimió fuerte, un gemido que era mitad queja mitad placer, y arqueó la espalda para recibirme mejor. Le cogí el culo parado, mientras el agua nos caía encima, agarrándolo del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Fue corto, urgente, casi violento, como queriendo cerrar todo lo que nos quedaba pendiente. Le mordí la nuca cuando me vine adentro, la tercera vez de la noche, apenas unas gotas espesas. Él se masturbó con una mano contra el azulejo y se vino también, con el semen resbalándole entre los dedos y perdiéndose por el desagüe.
Cuando terminamos, nos quedamos abrazados bajo el chorro, sin movernos, hasta que el agua empezó a enfriarse.
Nos vestimos en silencio. Lo dejé en una esquina cerca de su casa. Antes de bajarse, lo agarré de la nuca y le di un beso largo, sin importarme si pasaba alguien por la vereda. Manejé hasta mi casa con la ropa todavía oliendo a él, con el culo ardiéndome cada vez que apoyaba el peso en el asiento. Me duché otra vez, dos veces. Por las dudas.
Mi mujer llegó esa noche cansada, me contó del curso, cenamos juntos, hicimos el amor. La amo. La sigo amando. No me pregunten cómo conviven estas dos cosas adentro mío, porque no lo sé.
***
Eso fue hace cuatro meses. Desde entonces, Matías y yo nos vemos casi todos los fines de semana. Encontramos un motel que nos gusta, una habitación en particular, una rutina que ya no es solo sexo: cocinamos algo rápido en la pequeña cocina del lugar, vemos veinte minutos de alguna serie, dormimos un rato abrazados como una pareja que nunca vamos a poder ser.
A veces, cuando estoy con mi mujer, pienso en él, en su verga entrando despacio, en el ruido que hace cuando se viene. A veces, cuando estoy con él, pienso en ella. No hay un lado bueno y un lado malo. Hay dos vidas que coexisten dentro de la misma persona y que, por ahora, ninguna de las dos quiero soltar.
No sé cuánto va a durar esto. No sé qué pasaría si una de las dos mujeres se enterara. Lo único que sé, y por eso lo escribo acá, es que durante seis meses creí que esta confesión iba a aliviarme. Y todavía estoy esperando que llegue ese alivio.
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