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Relatos Ardientes

Mi primera vez con el amante de mi tía

Me llamo Mateo, tengo diecinueve años y desde hace ocho meses vivo con mi tía Lorena en un barrio tranquilo del sur de la ciudad. Soy delgado, mido un metro sesenta y siete, y siempre fui más bien tímido para todo lo relacionado con el sexo. Hasta esa tarde de sábado no había tocado a nadie y nadie me había tocado a mí.

Mi tía tiene cincuenta y dos años y lleva un negocio pequeño en la parte delantera de la casa: una mercería con telas, botones y cierres. Yo vuelvo de la facultad por la tarde y me hago cargo del mostrador para que ella descanse. Vivimos los dos solos. Su última pareja se fue hace casi un año, después de doce años juntos, y aunque al principio la vi triste, hace meses que no pasa los fines de semana sola.

Damián aparece los viernes por la tarde, siempre sin avisar y siempre con una bolsa de cervezas. Es albañil, debe rondar los cincuenta y pocos, y tiene unas manos enormes, callosas, marcadas por el trabajo. Apenas habla. Saluda con un gesto, deja la bolsa en la mesa y se mete en la habitación de mi tía. No salen hasta el lunes a primera hora, salvo para calentar comida o sacar hielo de la nevera.

Yo me ocupo de todo en esos días. Mi tía me deja el mostrador, me pasa una lista de pendientes y se encierra. La oigo reír a través de las paredes, oigo la cama golpear contra el zócalo, oigo cosas que no debería oír y que tampoco puedo dejar de oír. La oigo gemir como una perra, la oigo pedirle más fuerte, la oigo llamarlo hijo de puta con la voz rota. Trato de no pensar en eso. Pero cuesta. Cuesta cuando después, en mi cama, se me pone dura sola y termino corriéndome en la mano imaginándome qué le estará haciendo él para arrancarle esos gritos.

Damián siempre fue amable conmigo. La primera vez me preguntó qué estudiaba, asintió con la cabeza cuando le dije «ingeniería», y desde entonces, cada vez que nos cruzamos en el pasillo, me palmea el hombro como si nos conociéramos de hace años. No es un hombre guapo en el sentido convencional. Es ancho, con el pelo entrecano y la barba descuidada. Pero tiene algo. Una calma. Una manera de mirar sin curiosidad ni juicio.

Aquel sábado, cerca del mediodía, mi tía bajó las escaleras vestida y maquillada, con las llaves del coche en la mano.

—Mateo, me voy a casa de mi hermana, vuelvo en un par de horas. Damián está dormido, anoche bebió de más. Si despierta, le calientas la salsa que dejé en la nevera y le dices que me espere. Es una orden.

—Tranquila, tía, yo me encargo.

La oí salir, oí el motor del coche perderse al fondo de la calle y me quedé atendiendo el negocio. Vendí dos metros de elástico y un par de agujas. Despaché a una vecina que pagaba en cuotas. Cerré el local a las doce y media porque ya no entraba más nadie y subí las escaleras.

Antes de pasar a la cocina, algo me empujó hasta la puerta del cuarto de mi tía. Estaba entornada. La empujé despacio, casi sin respirar.

La habitación estaba en penumbra. Las persianas bajas, una luz amarilla colándose por una ranura. Olía fuerte, a sudor y a cerveza, y había otra cosa por debajo, algo más íntimo, denso, que no supe nombrar pero que me erizó la nuca. Era olor a semen seco, a coño, a dos cuerpos que llevaban horas frotándose. Damián estaba acostado boca arriba sobre la cama deshecha. La sábana le tapaba apenas hasta el pecho. Roncaba bajito.

Lo miré. Lo miré durante mucho tiempo, más del que un sobrino debería mirar al amante de su tía. La luz le marcaba el contorno de los hombros, los brazos pesados sobre el colchón, la boca entreabierta. Y entonces bajé la vista.

Tenía un bóxer gris, elástico, gastado. Y debajo del bóxer, descansando contra la cintura, se le marcaba un bulto que no parecía dormido del todo. Grueso. Apuntando hacia el ombligo. Más grande que cualquier cosa que yo hubiera visto en mi vida, incluida la mía.

Sentí la boca llena de saliva. Se me puso dura al instante, apretándome contra la bragueta del pantalón.

Vete ya, Mateo. Cierra la puerta y vete.

No me fui. Me arrodillé al lado de la cama, lentísimo, con miedo de que el colchón crujiera. Estiré las dos manos hasta el elástico del bóxer y lo bajé centímetro a centímetro, como si desactivara una bomba. Damián respiró hondo una vez, masculló algo y siguió durmiendo.

Quedó al descubierto.

Era una polla gruesa, brillante, marcada por la circuncisión, todavía húmeda de lo que había estado haciendo con mi tía horas antes. El glande estaba morado, hinchado, con restos secos de ella en la base. Los huevos le colgaban pesados, grandes, cubiertos de vello canoso. Me llegó el olor de cerca, un olor macho, cargado, a sudor y a coño ajeno. No fue desagradable. Fue todo lo contrario: me hizo apretar las piernas debajo del pantalón y tragar saliva tres veces seguidas.

Le rodeé la base con la mano, despacio. La piel estaba caliente, mucho más caliente que la mía. Le di un apretón suave y sentí cómo, dormida y todo, la polla latió contra mis dedos y empezó a engordar. Se me hizo aún más grande en la mano. No podía cerrarla del todo. Le pasé el pulgar por la parte de abajo del glande, por esa venita gruesa, y una gota clara asomó por la punta.

Acerqué la cara. Cerré los ojos. Abrí la boca todo lo que pude.

***

No iba a chuparlo. Sabía que cualquier movimiento brusco lo despertaba. Solo quería sentirlo dentro, sentir el peso, el sabor, el calor. Lo sostuve apenas con los labios, sin lengua, sin succión, dejando que mi propia saliva lo fuera empapando. Tenía un sabor agrio, metálico, raro, mezclado con algo más ácido que tenía que ser mi tía. No me dio asco. Me dio hambre.

Poco a poco fui bajando la boca. Un centímetro. Dos. La polla me llenaba entera, me apretaba la lengua contra el paladar, me estiraba los labios. Cuando la punta me tocó el fondo de la garganta se me saltaron las lágrimas y tuve que subir. Un hilo de baba me quedó colgando de la barbilla. La chupé de vuelta y volví a bajar, más lento, aprendiendo la forma, la curva, el peso.

De la punta brotaba cada tanto una gota espesa, transparente, casi salada. La tragué sin pensar. Tragué otra. Y otra. Cada una me bajaba por la garganta como una pequeña descarga que me iba directo a la polla mía, dura como piedra dentro del pantalón. Sin dejar de mamarlo, bajé una mano y me la apreté por encima de la tela. Casi me corro ahí mismo, arrodillado, con la verga de él en la boca.

Le lamí toda la base, le pasé la lengua por los huevos, uno y otro, hasta metérmelos en la boca con cuidado. Estaban salados, cargados, pesaban. Volví a subir por el tronco, siguiendo la vena con la punta de la lengua, y cerré los labios de nuevo sobre el glande. Damián respiró más hondo. La polla le latió fuerte una vez, se le puso todavía más dura, casi de piedra. Un chorrito más grueso de líquido pre me llenó la boca. Lo tragué entero, sintiéndolo bajar caliente.

Estuve así no sé cuánto tiempo. Tres minutos, cinco, diez. Damián seguía respirando hondo, seguía roncando, pero cada tanto la cadera se le movía un poco, buscándome. En algún momento sentí que se me empezaba a tensar la mandíbula y que me iba a doler la espalda por la postura. Me obligué a parar.

Saqué la polla de mi boca con el mismo cuidado con el que había bajado el bóxer. Estaba brillante, empapada de mi saliva, más gruesa que cuando había empezado. Le acomodé la tela con dos dedos, como si nunca hubiera pasado nada, pero apenas cabía. Me incorporé. Caminé hasta la puerta sin hacer ruido. Cerré detrás de mí.

Cuando llegué a la cocina me temblaban las manos y tenía la bragueta manchada por adelante de mi propio líquido.

***

Estaba calentando la salsa cuando escuché el coche de mi tía estacionarse afuera. Llegaba antes de lo previsto. Me lavé la boca tres veces con agua del grifo, hice gárgaras, me sequé con un trapo y traté de poner cara de aburrido.

—Volví —cantó desde el pasillo—. ¿Cómo está mi Damián?

—Hola, tía. Recién pasé por la puerta. Lo escuché roncar.

—Qué bueno. Que descanse, pobre.

No la miré. No podía. Sentía que cualquier persona normal me iba a leer en la cara lo que acababa de hacer. Mi tía, en cambio, ni se detuvo. Pasó por detrás de mí, abrió la nevera, sacó una botella de agua y, antes de irse a la habitación, me dijo distraída, como si comentara el clima:

—Mateo, una cosa: Damián no ronca.

Sentí el cuerpo helarse. Quise responder algo, lo que fuera, pero no me salió. Ella siguió caminando hacia el cuarto sin esperar respuesta.

Diez minutos después volvió. Trajo dos platos: uno con salsa y fideos para Damián, otro para ella. Me hizo señas para que me sentara con ella en la mesa de la cocina. Comimos en silencio. Yo masticaba sin sentir el sabor.

Cuando terminamos, ella se levantó, juntó los platos y, antes de volver a la habitación, se apoyó contra el marco de la puerta y me miró. Por primera vez en todo el día me miró de verdad.

—¿Sabes lo que me dijo Damián recién? —preguntó, con media sonrisa.

—¿Qué?

—Que tuvo un sueño rarísimo. Que estaba durmiendo y soñaba que yo le mamaba la polla. Y que era tan real que se despertó con la verga mojada y la boca seca.

Me quedé quieto. Mirándole los pies, las pantuflas, el suelo de baldosa amarilla. Sentí cómo el calor me subía desde el cuello hasta las orejas.

—Qué bueno que te sueñe —dije al fin, casi sin voz.

—Sí. Me hace sentir bien que me piense incluso cuando no estoy. —Hizo una pausa breve, larguísima en mi cabeza—. Aunque, fíjate, es curioso. Yo no le chupo la polla. Nunca. No me gusta tenerla en la boca.

Levantó los platos y se metió en el cuarto. La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé sentado frente a la mesa vacía, con el corazón golpeándome contra las costillas y la boca todavía con el sabor de él.

***

Esa noche no dormí. Repasé cada gesto, cada palabra, cada pausa. ¿Lo había hecho a propósito mi tía? ¿Me estaba avisando? ¿Me estaba dando permiso? ¿O simplemente había soltado un comentario sin saber lo que decía? Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el peso de él en mi boca, el sabor agrio en la garganta, el latido grueso contra el paladar. Me hice una paja pensando en eso, me corrí en la panza en tres tirones, y quince minutos después ya la tenía dura otra vez.

Me levanté tres veces a tomar agua. La tercera, al pasar por el pasillo, me detuve frente a la puerta de su cuarto. No se oía nada. Ni voces, ni cama, ni nada. Solo el silencio espeso de una madrugada de domingo. Pegué la oreja un segundo y me sentí ridículo. Volví a mi cama y miré el techo hasta que entró la luz por la ventana.

El domingo a la tarde Damián salió de la habitación, en pantalón corto y camiseta, descalzo, a buscar agua. Me cruzó en el pasillo. Esta vez no me palmeó el hombro. Se detuvo, me miró un segundo más de la cuenta y me dijo en voz baja, sin que mi tía lo escuchara desde la cocina:

—La próxima, no tengas tanto miedo.

Y siguió caminando, descalzo, hacia la cocina, como si acabara de pedirme la sal.

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Comentarios(6)

PatriciaVK

Por favor escreve uma continuação, acabou na hora mais emocionante, quero saber o que aconteceu depois...

CarolinaFC

me lembrou de uma situação parecida que passei certa vez. Essas coisas a gente nao esquece nunca

DiegoMdp

Muito bem escrito, parece com algo que realmente aconteceu. Parabéns

Fernandillo_23

kkkk aquela parte do silencio, meu deus. que tensão

NataliRV

Sinceramente um dos mais intensos que li aqui. A tensão do momento ficou muito bem descrita, continua escrevendo!

GymLector

novo por aqui e ja viciei, esse relato me fisgou de verdade

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