Mi nueva vecina no sabía que la estaba mirando
Me llamo Carmen y vivo en una urbanización tranquila a las afueras de Valencia, en uno de esos chalets adosados que parecen todos iguales hasta que prestas atención. Tengo veintinueve años, mido 1,70 y heredé de mi madre las curvas que los hombres giran la cabeza para mirar en el supermercado. Pelo castaño con reflejos cobrizos, ojos color miel, pecho generoso y una cintura que dibujo con vestidos ajustados los sábados por la noche. No lo cuento por presumir. Lo cuento porque, durante años, esa imagen que veo en el espejo me convenció de que sabía perfectamente qué me gustaba.
Hasta el verano en que se mudó al chalet de enfrente.
Antes de seguir, debería aclarar algo. He tenido novios, dos relaciones serias y un par de hombres ocasionales después de cada ruptura. También he besado a alguna amiga en fiestas largas, pero hasta entonces siempre me había contado a mí misma que esos besos eran un juego, una curiosidad que no necesitaba explorar a fondo. Cuento esto como confesión, no como presentación: lo que pasó aquella noche me hizo reescribir esa historia entera.
El chalet de enfrente llevaba seis meses vacío. Desde mi ventana del dormitorio, en el segundo piso, se ve directamente al balcón y al cuarto principal del otro lado de la calle. La calle es estrecha y casi no hay coches; entre balcones habrá unos quince metros, no más. Durante esos meses vi pasar a un comercial de la inmobiliaria una y otra vez, abriendo persianas, encendiendo luces, mostrando habitaciones a parejas que jamás volvían.
Una tarde de mayo, mientras yo doblaba ropa en la cama con la ventana entreabierta, llegó una visita distinta.
Era una mujer sola, alta, con el pelo rojizo recogido en una coleta baja y una camisa blanca de lino que dejaba ver la línea de un sujetador beige cuando se inclinaba para mirar el jardín. Salió al balcón con el comercial detrás. Apoyó las manos en la barandilla, arqueó la espalda como si midiera el aire de la calle, y desde mi posición pude ver el escote completo. Pechos firmes, redondos, con una piel ligeramente pecosa que se desvanecía hacia el cuello.
Me quedé inmóvil con un calcetín en la mano. No exagero cuando digo que me ruboricé sola, en mi propia habitación, sin que nadie me mirara. Esa mujer tenía algo. No solo era guapa: tenía una manera de estar de pie, de inclinar la cabeza al hablar, que me hizo sentir como si una corriente eléctrica baja me recorriera el estómago.
Cerró los ojos un instante con la cara hacia el sol y sonrió. Después se giró, le dijo algo al comercial y volvieron a entrar.
Diez días después oí un camión de mudanzas.
***
Era ella. La vi bajar de un Audi blanco con una taza de café para llevar en la mano y unas gafas de sol de pasta. Llevaba un mono vaquero corto y unas zapatillas blancas; el pelo suelto le caía hasta la mitad de la espalda. Los operarios entraban cajas y muebles, y ella dirigía con gestos tranquilos, sin levantar la voz, sin enfadarse cuando uno de los chicos golpeó el marco de la puerta con una mesilla.
Tardé en darme cuenta de que llevaba media hora detrás del visillo de la cocina, fingiendo lavar tazas que ya estaban limpias.
Esa primera tarde la perdí de vista cuando los muebles desaparecieron escaleras arriba. Pero a las nueve y media, cuando ya empezaba a oscurecer, las luces del cuarto principal del chalet de enfrente se encendieron y ella apareció en escena.
Mi marido —porque sí, omití contar esto al principio: estoy casada con Andrés desde hace cuatro años— estaba en un viaje de empresa por Zaragoza. Volvía el viernes. Yo me preparé una copa de vino blanco y subí al dormitorio con la luz apagada, diciéndome que solo iba a leer un rato con la ventana abierta porque hacía calor.
Lo que iba a hacer realmente era mirarla.
Ella había puesto música. Se oía bajito, una balada que reconocí pero no supe nombrar. Se acercó a una caja sin abrir y empezó a sacar libros. Llevaba el mono vaquero todavía, descalza ya. Cada vez que se agachaba, la tela se le tensaba alrededor del culo, y desde mi balcón yo veía cada curva con una claridad que casi me asustó.
Le dio la vuelta a una caja, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y leyó por un instante el lomo de un libro. Sonrió a algo que recordaba. Después se levantó, se desabrochó los tirantes del mono y lo dejó caer al suelo, todo en un mismo movimiento, como si llevara horas deseando quitárselo.
Debajo no llevaba sujetador.
Me quedé sin aire.
Sus pechos eran exactamente como los había imaginado en el balcón aquella tarde de mayo: redondos, firmes, los pezones rosados y erguidos contra el aire fresco de la habitación. La piel de pecas continuaba por el esternón. Se quitó las bragas con dos movimientos rápidos y caminó desnuda hasta el armario, sacó una toalla y se la pasó por encima del hombro.
Yo todavía no me había movido. Estaba de pie junto a la cortina, con la copa de vino temblándome en la mano, sintiendo cómo la respiración se me iba acortando.
Antes de meterse en el baño, ella se acercó a la ventana.
Por un segundo creí que me había visto. Cerró las persianas un poco, no del todo, solo bajándolas hasta la mitad, y entonces entendí que no me había visto a mí: estaba dejando entrar el aire. La ventana quedó abierta. Las persianas medio bajadas dibujaban líneas de luz sobre su cuerpo desnudo, y se metió en el baño dejándome con una imagen que todavía hoy no he podido borrar.
***
Esperé a oír el agua de la ducha y entonces me senté en el suelo de mi propio dormitorio, con la espalda apoyada en el somier de la cama y la copa al lado.
No quiero mentir, así que voy a contarlo tal como pasó. Me metí la mano dentro de los pantalones del pijama. Estaba mojada de una forma que no recordaba haber estado nunca, ni siquiera la primera vez que un chico me tocó. Era una humedad distinta, espesa, casi vergonzosa, que me sorprendió cuando la sentí en los dedos.
Cerré los ojos y traté de pensar en Andrés. Lo intenté, lo juro. Pero la imagen que tenía detrás de los párpados era ella, agachada para sacar libros de una caja, ella desabrochándose el mono, ella desnuda caminando hacia el baño.
Me acaricié despacio, sin prisa, escuchando el rumor del agua al otro lado de la calle.
Cuando volví a abrir los ojos y a asomarme por encima del alféizar, ella ya había salido. Caminó hasta la cama envuelta a medias en la toalla, y al sentarse en el borde la toalla se le abrió por completo. Se recostó de espaldas, una pierna doblada, la otra estirada.
Vi cómo se llevaba una mano al pecho y se acariciaba un pezón con dos dedos, con calma, casi distraída. La otra mano la bajó entre los muslos.
Yo dejé de respirar.
Empezó a tocarse con una lentitud que me pareció obscena. Abría los labios de su sexo con dos dedos y los recorría con la otra mano, despacio, sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La música de fondo seguía sonando.
Mi mano se movía dentro del pijama al ritmo de la suya. Sin pensarlo, me había bajado los pantalones hasta los muslos. Tenía dos dedos hundidos en mí, y otro sobre el clítoris, y todo el cuerpo en tensión apoyado contra el lateral de la cama.
Ella se metió dos dedos. Yo gemí bajito y me mordí la mano libre para no hacer ruido.
Lo más extraño no era estar mirándola. Lo más extraño era cómo se me hacía la boca agua imaginándome ahí, en esa habitación al otro lado de la calle, arrodillada entre sus piernas, besando esa piel pecosa que ella se estaba acariciando. Pensar en lamer lo que ella tenía debajo de los dedos me llevó al borde de un orgasmo más rápido de lo que estaba lista para asumir.
Su cuerpo empezó a tensarse. Vi cómo arqueaba la espalda, cómo se le contraía el vientre, cómo movía la cabeza de un lado a otro contra la almohada. Su mano se aceleró. La mía también. Las dos respiraciones, aunque ella no podía oír la mía, se sincronizaron en una sola.
Vino primero. Me lo dijo el ruido sordo, ahogado, que escapó por la ventana abierta cuando la vi quedarse muy quieta y después temblar entera. Me bastó verla así para llegar yo también. Me corrí mordiéndome el dorso de la mano, mojándome los dedos hasta la muñeca, conteniendo un gemido que se quedó atrapado entre mis dientes.
Después me quedé un rato sentada en el suelo, con el pulso latiéndome todavía entre las piernas y la mirada fija en el techo.
***
Cuando me asomé otra vez por encima del alféizar, ella estaba boca abajo en la cama, abrazada a la almohada, con la luz aún encendida. Una pierna fuera de la sábana. El pelo cobrizo desplegado sobre las pecas de la espalda.
Me alejé del balcón antes de que ella pudiera sentir, en algún rincón de la nuca, que alguien la había estado mirando.
Esa noche dormí poco. No por culpa, aunque algo de culpa había. Dormí poco porque por primera vez en años entendí algo sencillo y un poco aterrador: que llevaba mucho tiempo contándome a mí misma una historia que no era exacta, y que esa mujer del chalet de enfrente, sin saberlo, acababa de obligarme a empezar otra.
Al día siguiente la vi salir al jardín a regar las macetas. Me acerqué a la ventana, levanté la mano y la saludé. Ella sonrió de vuelta, con la misma sonrisa que le había visto al sol en el balcón.
Tengo que conocer a esta mujer, pensé.
Y ya estaba pensando, también, cómo iba a hacerlo.