Mi confesión: la tarde que probé estar con un hombre
Aquel año estaba pasando una racha larga sin pareja. No me quejaba demasiado: tenía mi trabajo, mi rutina, mis amigos los fines de semana. Pero las noches eran otra cosa. Entre el porno y la masturbación empezó a colarse una pregunta que al principio me costaba formular incluso para mí mismo. ¿Qué se sentiría estar con un hombre? No solo penetrarlo, también dejarme penetrar.
La idea me daba vueltas durante el día. En la oficina, manejando, en la ducha. Al principio la rechazaba como quien aparta una mosca. Después empecé a buscar videos específicos, a leer foros, a guardarme cuentas privadas en una carpeta que nadie iba a abrir. Y un jueves cualquiera, casi sin pensarlo, abrí el chat y le escribí a Damián.
A Damián lo conocía desde la universidad. Era el único amigo abiertamente gay de mi círculo cercano y nunca habíamos hablado de nada parecido. Pero algo me decía que con él iba a ser distinto. Que no iba a juzgarme, que no iba a hacer un escándalo si yo después me arrepentía, que no iba a contárselo a nadie.
—¿Tienes un rato? —escribí.
—Para ti siempre. ¿Qué pasa?
Le di vueltas un buen rato. Le mandé tres mensajes que borré antes de enviarlos. Al final escribí lo más simple posible: que tenía una curiosidad que llevaba meses persiguiéndome, que no sabía a quién más preguntarle, que si podíamos hablar en persona.
Quedamos en un café cerca de su trabajo. Llegué con el estómago hecho un nudo. Damián apareció diez minutos después, vestido de oficina, con esa sonrisa relajada de siempre. Pidió un cortado y me miró fijo.
—A ver, suéltalo.
No sé cómo lo dije. Recuerdo que tartamudeé, que se me trabaron varias palabras. Le conté lo del porno, lo de las fantasías, lo de querer probar. Él me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, ni siquiera pareció sorprendido.
—¿Y qué quieres? —preguntó tranquilo—. ¿Que te lo explique con un PowerPoint o que te ayude a averiguarlo?
Me reí. Era la primera vez que me reía en toda la conversación.
—Lo segundo, supongo.
—Entonces propongo algo. Un motel del centro, una tarde entre semana, sin presiones. Si llegas, llegas. Si te arrepientes a mitad de camino, también está bien. La única condición es que vayas sabiendo lo que quieres.
***
La cita la pusimos para el jueves siguiente, a las cuatro de la tarde. Esa semana no dormí bien ninguna noche. En el trabajo me costaba concentrarme. Me imaginaba escenas y después me asustaba de imaginarlas, y después volvía a imaginarlas con más detalle.
En aquella época yo era un chico bastante común: estatura media, algo de panza, piel morena, barba descuidada. No me veía sexy, pero tampoco me odiaba al espejo. Damián era todo lo opuesto: más alto, más delgado, con el cuerpo trabajado de quien va al gimnasio cuatro veces por semana. Esa diferencia me ponía nervioso. Me daba la sensación de que él iba a estar haciéndome un favor.
El jueves salí del trabajo a las tres. Me bañé dos veces. Me cambié tres veces. Llegué al motel quince minutos antes. Siempre he sido obsesivo con la puntualidad, pero esa tarde la puntualidad era una forma de no quedarme solo en mi casa con la cabeza dándome vueltas.
Damián llegó a las cuatro en punto. Cruzó el estacionamiento mirando el celular y, cuando levantó la vista, me sonrió como si fuéramos a tomar un café cualquiera. Esa naturalidad suya me ayudó más que cualquier conversación previa.
Pagamos tres horas. Nos dieron una llave con un llavero de plástico verde. La habitación era de las baratas: una cama enorme, un espejo en el techo, un baño con ducha y nada más. Olía a desinfectante de pino.
Cerró la puerta detrás de mí y echó el pestillo.
—¿Estás bien?
—Estoy nervioso —admití.
—Yo también.
No le creí del todo, pero me gustó que lo dijera.
Se acercó despacio. Me tomó la cara con las dos manos y me besó. Fue mi primer beso con un hombre. Lo primero que noté fue la barba, ese roce áspero que no había sentido nunca antes en otra boca. Lo segundo fue que su lengua se movía distinto, con menos rodeos. No fue un beso de película romántica: fue un beso que me dejó claro que él sabía exactamente lo que quería, y que estaba dispuesto a esperarme a mí.
Cuando nos separamos, yo ya tenía una erección que no podía esconder.
—Esto es buena señal —dijo mirándome los pantalones.
Me reí otra vez. Me estaba riendo demasiado de pura tensión.
Nos desvestimos despacio. Él me ayudó con la camisa, yo le bajé el cinturón. Cuando lo vi desnudo me quedé mudo unos segundos. Tenía el pecho marcado, los muslos firmes y entre las piernas algo que de inmediato me hizo dudar de si yo iba a poder con todo aquello. Era oscuro, grueso, más largo que el mío.
—Tranquilo —dijo al ver mi cara—. Vamos por partes.
Me hizo acostarme boca abajo en la cama. Sentí cómo me abría las piernas con cuidado y cómo me besaba la espalda, los riñones, el inicio del coxis. Cuando bajó más y me besó ahí, donde nadie me había besado nunca, perdí toda noción del tiempo. La sensación era nueva, húmeda, íntima. Me agarré a las sábanas porque no tenía idea de qué otra cosa hacer con las manos.
Después me volteó.
—Quiero verte la cara —dijo.
Sacó un sobre de lubricante de su pantalón. Me embarró un dedo, despacio, y empezó a introducirlo. Al principio me tensé. Me dolió un poco, no por la cantidad sino porque mi cuerpo entero estaba a la defensiva. Damián no se apuró. Me besaba mientras lo hacía, me hablaba bajito, me pedía que respirara.
—Respira por la nariz. Suelta el aire por la boca. Otra vez.
Un dedo. Dos. Tres. No sé cuánto tiempo pasó. Por dentro de mí solo había una idea repitiéndose como un rezo: que ya pasara a lo siguiente, que dejara de prepararme, que terminara de meterse de una vez. Pero no se lo dije. Me daba vergüenza pedirlo.
Cuando entendió que yo estaba listo, se separó de mí, se arrodilló frente a la cama y me hizo arrastrarme hasta el borde. Yo sabía lo que venía. Le tomé la verga con la mano, dudé un segundo y me la metí en la boca. Era más gruesa de lo que había imaginado. Me costó al principio coordinar la respiración, pero me concentré en lo que él hacía con la cara, en cómo me miraba, en cómo me ponía la mano en la nuca sin forzarme.
—Despacio —me dijo—. No tienes que demostrar nada.
Le hice caso. Cuando llevaba un par de minutos así, él me detuvo, me empujó hacia atrás en la cama y se subió encima de mí.
***
Lo que vino después duró más de una hora. No exagero. Damián tenía un control de sí mismo que yo no entendía, una capacidad de aguantar que me dejó claro la diferencia entre la inexperiencia y la práctica. Me puso en cuatro, me puso boca arriba con las piernas en sus hombros, me puso de costado pegado a su pecho. Me palmeó las nalgas más de una vez, no con violencia, con esa firmeza de quien marca un ritmo. En algún momento dejé de pensar y me dejé llevar por una sucesión de sensaciones que no sabía que mi cuerpo podía producir.
Lo único que me sorprendió de mí mismo fue cuánto me gustó. Me había preparado mentalmente para soportarlo, para aguantar la novedad, para registrar la experiencia como si fuera un experimento. No estaba preparado para disfrutarlo de esa manera. Para querer más. Para sentir que mi cuerpo encontraba algo que llevaba años esperando.
Acabó dentro de mí. Me lo avisó antes, me preguntó si estaba bien y yo le dije que sí sin dudar. Cuando salió, se quedó tumbado a mi lado un buen rato, abrazándome por la espalda, sin decir nada. Yo tenía los ojos cerrados y me costaba creer que aquello acababa de pasar.
—¿Te arrepientes? —preguntó al fin.
—No.
—¿Lo volverías a hacer?
Tardé un par de segundos en responder.
—Sí.
Nos duchamos juntos en aquella ducha diminuta. Él me enjabonó la espalda y yo le devolví el favor. Nos vestimos despacio, sin prisa, como si ninguno de los dos quisiera que aquello terminara. Antes de salir, me besó otra vez. Un beso más corto, más limpio, con menos hambre. Un beso de despedida.
—Cualquier cosa, me avisas —me dijo en la puerta.
***
Lo de Damián y yo no se convirtió en una relación. No quise que lo fuera y creo que él tampoco. Pero durante los meses siguientes nos vimos varias veces más. En su casa, en la mía, en otro motel distinto. Cada encuentro fue una versión más relajada del primero, sin esa tensión de novato que tuve aquella tarde de jueves.
Con el tiempo dejamos de acostarnos y volvimos a ser solo amigos. Pero hay algo de aquella tarde que sigue intacto en mi memoria. No fue solo el sexo. Fue darme cuenta de que yo era más complejo de lo que me había contado a mí mismo durante treinta años. De que el deseo no se acomoda a las casillas en las que uno quiere meterlo. De que a veces hace falta cruzar una puerta, en un motel del centro, a las cuatro de la tarde de un jueves, para entender quién eres.
A Damián lo veo todavía, una o dos veces al año, en cumpleaños y reuniones. Nos saludamos con un abrazo corto y una sonrisa que solo nosotros entendemos. Nadie a nuestro alrededor sospecha nada y, mientras tanto, los dos sabemos que aquella tarde existe, archivada en algún lugar entre el recuerdo y la confesión que estoy haciendo ahora.