El juego que me propuso mi facilitador esa noche
Hace cinco años, en abril, me asignaron viajar a Montevideo para hacer un curso intensivo sobre gestión integral de riesgos. Era un programa de diez meses dictado por la Universidad de la República, y el ministerio para el que trabajaba en Bogotá lo consideraba prioritario para mi carrera. Yo tenía treinta y dos años y nunca había salido de Colombia por más de quince días seguidos.
El apartamento que me asignaron quedaba en el barrio de Cordón, en una calle estrecha y arbolada. Pertenecía a una socióloga uruguaya que estaba en Madrid haciendo un posdoctorado, así que mi gobierno simplemente le pagaba el alquiler en su ausencia. Era pequeño pero acogedor, con un balcón angosto que daba a una panadería, y el olor del pan caliente subía cada madrugada como una bendición. La universidad quedaba a unas doce cuadras. Yo iba y volvía caminando todos los días, porque me gustaba el movimiento de la calle, los kioscos, los bares, la gente apurada que tomaba mate sin dejar de caminar.
Los cursos comenzaban a media mañana y terminaban con el atardecer. Durante la primera semana, casi no hablé con nadie. Mis compañeros eran funcionarios públicos de medio continente —chilenos, peruanos, paraguayos, dos bolivianos muy serios— y todos parecían conocerse de antes. Yo almorzaba solo en la cafetería del campus, leyendo en el celular, y por la noche cenaba en mi apartamento mirando alguna serie sin volumen.
El jueves de esa primera semana, al salir de clase, empezó a caer una llovizna fina. Caminaba por una calle lateral cuando un Peugeot azul oscuro se detuvo a mi lado y bajó la ventanilla.
—Matías, ¿necesitás que te alcance?
Lo miré. Era Andrés, el facilitador del módulo de riesgo operativo. Cuarenta años más o menos, alto, delgado, con un corte de pelo prolijo que parecía hecho esa misma mañana. En clase hablaba con esa voz baja y precisa de los que están acostumbrados a que los escuchen sin tener que levantar el tono.
—No quiero hacerte ir hasta allá —respondí.
—No me hacés ir a ningún lado. Yo vivo del otro lado del parque, igual paso por ahí. Subí.
Subí. Olía a cuero del asiento y a un perfume cítrico, leve, que no era el de las farmacias. Andrés condujo despacio, preguntándome cosas sin importancia: cómo me adaptaba, si extrañaba la comida, si tenía con quién hablar. Yo le conté que vivía solo, que la mayoría de los días no cruzaba palabra con nadie después de las seis de la tarde, que el silencio del apartamento por momentos se me hacía cuesta arriba.
—Mañana es viernes —dijo cuando frenó frente a mi edificio—. ¿Te molesta si después del curso subo un rato? Yo me encargo de traer todo. Para distendernos un poco. ¿Vale?
Lo pensé tres segundos. La idea de pasar otro viernes solo, en un país ajeno, con una botella de agua tibia y el ruido del tránsito, me deprimía. Y Andrés me caía bien.
—Vale.
Al día siguiente, al salir de clase, no lo vi en la puerta. Pensé que se había arrepentido y empecé a caminar a mi casa con una mezcla rara de alivio y decepción. Media cuadra después escuché un bocinazo corto detrás de mí. Era él.
—Disculpá, tuve que pasar por mi casa a buscar las cosas —dijo abriendo la puerta del acompañante—. Subí.
En el asiento trasero llevaba dos cajas de cerveza, una bolsa grande de papas fritas saborizadas, dos botellas de vino tinto y un maletín de cuero negro, ancho y de tapa rígida, como esos que usaban los médicos de mi abuelo para visitar pacientes en su casa. Me llamó la atención el maletín, pero no pregunté.
Subimos al apartamento. Andrés se quitó el saco, dobló las mangas de la camisa hasta el codo y se movió por la cocina como si la conociera. Yo puse música, algo de bossa que tenía en una vieja lista del celular, y abrimos la primera botella mientras él destapaba dos cervezas.
Hablamos de todo y de nada. De su separación, tres años atrás. De un viaje que había hecho a Cartagena cuando era estudiante. De mi madre, que me llamaba todos los domingos para saber si comía bien. La música cambió sola dos o tres veces. Las cervezas se acumulaban en la mesa baja del living. En algún momento, sin darme cuenta, ya estaba mareado.
—Te quiero proponer un juego —dijo Andrés, cruzando una pierna sobre la otra. Tenía esa calma del que ya ha pensado todo lo que va a decir—. Si decís que no, no pasa nada. Pero quiero que me escuches hasta el final antes de decidir.
—Decime.
—Vos no me conocés bien. Yo a vos tampoco. Lo que te voy a proponer no es para todo el mundo, y por eso te lo pregunto despacio. Me gusta atar a los hombres con los que estoy. Me gusta vendarles los ojos. No los lastimo, no los obligo a nada. Solo les pido que confíen y se entreguen, que me abran el culo y me dejen hacer. Si en algún momento te incomoda, decís una palabra y yo paro en seco. ¿Vale así?
Lo miré. Sentí la sangre subiéndome a la cara. No por vergüenza, sino por una mezcla de miedo y curiosidad que no había sentido antes con tanta claridad. Yo nunca había estado con un hombre. Lo había pensado, alguna noche, con la mano metida en el bóxer y la polla dura pensando en pollas ajenas, pero nunca lo había buscado. Y ahora ese hombre tranquilo y limpio me estaba abriendo una puerta que yo no sabía que quería abrir.
—¿Cuál es la palabra? —pregunté.
—La que vos quieras.
—Cartagena.
Sonrió.
—Cartagena, entonces.
***
Abrió el maletín sobre la mesa. Lo primero que sacó fueron unas esposas forradas en terciopelo negro, suaves, pesadas. Me las puso en las muñecas con cuidado, ajustándolas para que no apretaran. Después un antifaz, también de terciopelo, que me cubrió los ojos hasta dejarme en una oscuridad limpia, sin filtraciones.
—Vení —dijo, y me tomó del codo con suavidad.
Caminé a ciegas. Tres pasos, cuatro, una vuelta corta. Sentí el borde de la cama contra la parte de atrás de las piernas. Andrés guio la cadena de las esposas hasta algo metálico —el copete de hierro de la cama— y la enganchó con un clic seco. Después me empujó suavemente y caí sentado, después de espaldas, y mis brazos quedaron levantados por encima de la cabeza, sujetos.
—Tranquilo, Matías —dijo en voz baja, muy cerca de mi oreja—. Si querés que pare, decís Cartagena. Solo eso.
—Estoy bien.
Y lo estaba. Estaba asustado, sí, pero era un miedo nuevo, de los que vienen mezclados con un deseo que uno no termina de reconocer. Mi corazón latía rápido, fuerte, y sin embargo no quería irme. Sentía la polla hinchándose sola contra la tela del bóxer, adelantándose a mi cabeza.
Me sacó los zapatos primero. Después aflojó el cinturón y bajó el pantalón. Después el bóxer, tirando despacio, y sentí el aire fresco del apartamento golpearme la verga, ya erecta, apoyada contra el vientre. Andrés hizo un sonido bajo, apreciativo, algo entre un chasquido y un suspiro.
—Mirá cómo la tenés, y ni te toqué —dijo.
Sentí sus dedos rodearme la base del pene, apretar apenas, deslizarse hasta el glande y volver. Una sola vez. Después soltó, como recordándome quién mandaba. Me dejó solo con la camisa, abierta. Me separó las piernas y noté que ataba mis tobillos al pie de la cama con algo más blando, una tira de seda quizá, no lo supe. Quedé como una equis sobre la colcha, ciego, atado, con la polla parada contra el ombligo, y a la vez, por primera vez en mucho tiempo, completamente presente.
Andrés me hizo oler algo dulce, una colonia o un aceite, no distinguí. Después sentí sus manos subiendo por las pantorrillas, los muslos, deteniéndose en cada centímetro como si memorizara el camino. Tenía las palmas tibias. Se había puesto crema, una crema gruesa que olía a almendras. Bajó por la ingle, evitó a propósito la polla —que dio un tirón buscándolo— y me acarició los huevos con la yema del pulgar, rodándolos despacio en la palma.
—Todavía no —murmuró.
Después subió a la boca. Sentí su lengua abrirme los labios, meterse, salir. Me besó como si me estuviera enseñando algo. Y cuando ya tenía la respiración cortada bajó por el cuello, por el esternón, se detuvo en un pezón y lo mordió apenas, lo justo para que se me escapara un jadeo. Del otro pezón se ocupó la mano. Sentí cómo mi polla, sola, chorreaba una gota tibia sobre la piel del abdomen.
Entonces bajó del todo. Su boca envolvió el glande sin previo aviso, húmeda, caliente, ajustada, y yo tiré de las esposas por instinto. Bajó hasta la mitad, subió, bajó hasta el fondo, y sentí la garganta apretándome la punta. Chupó con hambre, sin apuro, sacando la verga de la boca con un ruido húmedo para volver a hundirla. Me pasó la lengua plana por debajo, desde los huevos hasta la punta, y después escupió una vez, sobre el glande, y usó su propia saliva para masturbarme mientras me lamía los huevos uno por uno.
—Andrés —dije, porque no sabía qué otra cosa decir, y él respondió con un ronroneo que me vibró contra la piel.
Cuando sintió que yo estaba por acabarle en la boca, aflojó. Soltó la polla con un beso ruidoso en la punta y me dejó latiendo en el aire, a medio camino.
—Date vuelta —dijo, soltando un tobillo, después el otro, ayudándome a girar.
Quedé boca abajo, las muñecas todavía sujetas al copete, la polla dolorida aplastada contra la colcha. Volvió a atarme los tobillos, separados. Sentí su peso sobre el colchón, su rodilla cerca de mi cadera.
—Qué culo tenés, mierda —dijo, casi para sí mismo—. Qué culo virgen tenés.
Sus manos abrieron mis nalgas y su aliento llegó tibio, directo al agujero. Nunca me había imaginado que algo así me iba a gustar. Pero su lengua, cuando entró, me arrancó un sonido que no me reconocí. Algo entre un gemido y una protesta que se quedó a mitad de camino. Andrés se rio bajito, con la boca todavía apoyada ahí.
—¿Ves que sí?
Su lengua trabajó con paciencia. Rodeó el borde del culo primero, en círculos, mojándolo, y después empujó adentro, dura, puntuda, follándome con la boca como si fuera una pequeña polla caliente. Se separaba para escupir sobre el agujero y volvía a lamer, chupando ahora los bordes, mordiendo apenas la piel del interior de las nalgas. Después puso más crema, fría esta vez, y hundió el dedo del medio hasta el nudillo, de un solo movimiento firme. Yo grité contra la almohada.
—Aflojá —dijo—. Empujá contra mi dedo, no lo cierres.
Obedecí. El dedo entró más. Después salió, entró otro con él, y sentí cómo me abría desde adentro, con paciencia, buscando algo. Cuando encontró lo que buscaba —un punto que yo no sabía que tenía— la polla se me sacudió sola contra la colcha y solté un gemido largo, gutural, que no había hecho nunca en mi vida.
—Ahí está —murmuró—. Ahí lo tenés.
No tenía apuro. Cuando paraba, era solo para volver a empezar de otra manera. Yo no podía moverme, y eso, contra todo lo que había imaginado, me relajaba: no tenía nada que hacer, nada que decidir, nada que sostener. Solo abrirme y dejarme follar por esos dedos, cada vez más adentro, cada vez más hondos.
***
Entre lengua, dedos y crema, en algún momento, sentí algo distinto. Algo duro, fino, suave, de silicona. Entró sin esfuerzo y me hizo cerrar los ojos detrás del antifaz. No dolía. Era una presencia nueva, llenando algo que yo no sabía que estaba vacío. Andrés lo movió despacio, adentro y afuera, y mientras tanto seguía hablándome en voz baja, palabras que no eran del todo frases, sonidos de aprobación.
—Cómo te lo traga —decía—. Mirá cómo te lo traga el culo.
Después fue algo más grueso. Eso sí dolió, al principio. Un dolor sordo, profundo, que me hizo aspirar fuerte por la nariz y apretar los puños arriba de la cabeza. Andrés se quedó quieto, con el juguete a medio entrar, y me pasó la mano libre por la espalda, largo, hasta la nuca, calmándome.
—Respirá. Sacá el aire. Empujá, no cierres.
Esperó. Cuando mi respiración volvió a su ritmo, empezó a moverse de nuevo, con la misma paciencia obstinada de antes. Empujó otro centímetro, y otro, hasta que la base topó contra mis nalgas. Lo dejó ahí, enterrado. Después empezó a follarme con él, despacio, y yo sentía cómo mi propio culo se abría y se cerraba alrededor del silicón, apretándolo, chupándolo cuando salía. No quería conquistarme. Quería acompañarme.
Metió la otra mano por debajo de mi cadera y me agarró la polla, ahora empapada del líquido que goteaba solo. Empezó a masturbarme al mismo ritmo con que me follaba con el juguete, y yo perdí toda coordinación: gemía contra la almohada, movía el culo hacia atrás buscando más, hacia adelante buscando su puño.
—Si querés, Cartagena —dijo.
—No.
Lo repitió minutos más tarde, con el juguete adentro hasta el fondo y su puño apretándome la punta de la polla. Otra vez le dije que no.
Sacó el objeto de un tirón lento, y sentí el vacío inmediato, el culo abierto y palpitando en el aire, buscando qué tragarse. Volvió a aplicar crema, embadurnándome sin pudor con dos dedos, y me dejó descansar un segundo. Sentí cómo se movía sobre la cama, cómo se acomodaba detrás de mí, cómo su piel desnuda —tibia, no velluda, firme— se apoyaba contra la mía. Sentí su polla —gruesa, caliente, mucho más pesada de lo que había imaginado— deslizarse entre mis nalgas dos o tres veces, sin entrar, resbalando en la crema, apoyándose contra el agujero y retirándose, como anunciándose.
—Última vez que te pregunto.
—Andá.
—Decílo bien. Decíme qué querés.
Tragué saliva. Tenía la boca seca y la cara ardiendo.
—Cogeme —dije—. Metémela.
Se rio bajito, satisfecho, y apoyó la punta contra el culo. Empujó despacio. Despacísimo. Sentí cómo el glande, ancho, forzaba la entrada, cómo me abría de otra manera —una manera que ningún juguete había alcanzado— y hubo un momento, al principio, en el que pensé que no iba a poder, en el que mi cuerpo se cerró por instinto contra el intruso. Andrés se detuvo, con solo la cabeza adentro, respirando fuerte contra mi nuca.
—Respirá conmigo. Uno. Dos.
Respiré. Empujó otro centímetro. Esperó. Empujó de nuevo. Tardó casi un minuto en estar completamente dentro de mí, y cuando sentí sus huevos apoyarse contra los míos, mojados de la crema y el sudor, entendí por primera vez qué era tener a un hombre adentro hasta el fondo. Estaba lleno. Estaba abierto de par en par. Me temblaban los muslos atados a la cama.
—Ya está —susurró—. Todo adentro.
Me dejó acostumbrarme, sin moverse, con la polla dura latiendo dentro mío. Sentía cada pulsación como un aviso.
Después empezó. Lento. Profundo. Sacaba casi toda la verga y volvía a hundirla hasta la base, con un empujón firme que me hacía deslizar unos centímetros sobre la colcha. Cada empujón un poco más firme que el anterior, cada salida un poco más larga. La cama crujía. El copete golpeaba la pared en un ritmo que subía. Yo respiraba con la boca abierta contra la almohada, las manos cerradas en puños arriba de mi cabeza, la baba mojándome la mejilla.
—Así, así —le decía yo, sin reconocer mi propia voz—. Más adentro.
—¿Más? —jadeó él, y aceleró.
Empezó a follarme fuerte, en serio, con las caderas chocando contra mis nalgas en un sonido húmedo y seco a la vez, la crema haciendo espuma en el borde del agujero. Me agarró de las caderas con las dos manos, hundiéndome los dedos, y me clavó la polla hasta el fondo una y otra vez, cada estocada un poco más brutal, más honda. Cada vez que golpeaba adentro me arrancaba un gemido sin quererlo. La polla mía, aplastada contra la colcha, chorreaba sin que nadie la tocara, dejando una mancha caliente bajo mi vientre.
En algún punto dejé de pensar. En algún punto la diferencia entre el placer y la rendición se borró, y yo era nada más que ese cuerpo entregado, ese culo abriéndose una y otra vez para recibirlo, esa boca gimiendo palabras rotas contra la tela.
—Me voy a correr adentro —dijo Andrés con la voz apretada—. Te voy a llenar el culo.
—Sí.
—Decílo.
—Llenámelo. Corréte adentro. Todo.
Aumentó el ritmo, brutal, unos segundos más, y después lo sentí. Su clímax fue largo, callado, tibio. Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, sacudiéndose apenas, y yo sentí los chorros calientes de su corrida disparándose dentro de mí, uno, dos, tres, cuatro, cada uno acompañado de un gruñido bajo contra mi nuca. Se derrumbó sobre mi espalda y se quedó así un rato, respirando, su mejilla contra mi cuello, la polla todavía adentro, aflojándose despacio.
No dijo nada y yo tampoco. La música del living, que yo había olvidado, sonaba todavía bajito en el otro cuarto.
Cuando por fin salió, lo sentí resbalar hacia afuera con un ruido líquido, y sentí también cómo un hilo grueso de su semen empezaba a escurrirme por el perineo, tibio, denso, mojándome los huevos. Andrés me miró desde arriba —eso lo supe después, porque lo escuché suspirar— y con el pulgar recogió el chorreo y volvió a empujarlo adentro, como si no quisiera perder nada.
Después bajó la boca. Sentí su lengua ahí, limpiándome el culo lleno de su propia corrida, chupando, tragando. Me arrancó un último gemido que ya no tenía fuerza. Metió la mano por debajo, me agarró la polla —todavía dura, empapada— y me hizo dos, tres, cuatro pajas firmes, y yo me corrí contra la colcha con un espasmo largo que me sacudió de los pies a la cabeza, la corrida saliendo a chorros gruesos que ni siquiera vi.
Me soltó con la misma calma con la que me había atado. Primero los tobillos, después las muñecas, por último el antifaz. La luz me molestó. Andrés me miró sin sonreír, con una seriedad nueva, y me pasó la mano por el pelo despacio, como quien deja apoyada una promesa.
—Dormí —dijo.
Y me dormí.
***
Cuando desperté, Andrés ya no estaba. La cama olía a él y a almendras y a semen y a algo más que no quise nombrar. Estaba desnudo de la cintura para abajo, la camisa arrugada bajo la espalda, y entre las piernas tenía la humedad espesa que él había dejado dentro de mí, chorreando todavía, mojándome el interior de los muslos.
Me senté despacio. Me dolían los hombros, los muslos, el culo abierto, la mandíbula de tan apretada que la había tenido. En la mesa de luz había un papelito doblado en dos.
Lo abrí.
«Volvé a clase el lunes como si no hubiera pasado nada. Si en algún momento querés que vuelva a pasar, sabés cómo encontrarme.»
Lo guardé en el bolsillo de la camisa.
Después, sin pensarlo demasiado, llevé los dedos hasta mi propio culo, todavía abierto, todavía tibio, los hundí en mí, los saqué brillantes y espesos de su corrida mezclada con la crema. Los miré. Los olí. Y, por primera vez en mi vida, sin asco y sin culpa, me los llevé a la boca y los chupé despacio, uno por uno, tragando lo que él me había dejado adentro.
Esa fue mi primera confesión. La que nunca le conté a nadie, hasta hoy.